sábado, 20 de marzo de 2010

Lecciones del desayuno con Obama

He tratado ya del famoso desayuno con Obama al que fue invitado el presidente español Rodríguez Zapatero. Ollero, tauirónico como siempre, extrae algunas reflexiones iluminadoras al respecto.

Liderazgo digital

Por ANDRÉS OLLERO TASSARA. CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DEL DERECHO, en ABC SEVILLA Martes, 02-03-10

"Permítanme que les hable en castellano, en la lengua
en la que por primera vez se rezó al Dios del Evangelio en esta tierra.
Nadie como ustedes conoce el valor de la libertad religiosa
”.
(José Luis Rodríguez Zapatero. Washington. Desayuno de Oración)


Luis Miguel Dominguín fue un torero consciente de no estar llamado a ser figura, pero empeñado en pasar a la historia dando que hablar. De él no ha quedado ni un natural ni una verónica, ni falta que le hizo. Le bastaba levantar el dedo al final de sus faenas, autoproclamándose el número uno, para montarse con su cuñado un duelo fraticida que hizo disfrutar de un inolvidable verano a Hemingway.

Entre nosotros hay quienes hacen política pretendiendo también pasar a la historia por vía digital. Sus faenas consisten en meter el dedo en el ojo de más de media España, con ocasión sin ella. Pedir que además afronten los problemas del país por derecho, o que liguen coherentemente sus argumentos, sería demasiado.

Para ellos, la influencia de lo religioso en el ámbito público no merece el respeto de la autoridad moral, sino que suscita el recelo de un intruso ejercicio de poder. De ahí que pretendan devolver a los creyentes a las catacumbas, imponiendo un nacional-laicismo negativo y excluyente.

Gobernando, mejor o peor, se aprende mucho. Una buena lección de laicidad positiva bien vale un desayuno, aunque para recibirla haya que saltar el charco. Al presidente del Gobierno de España le han dado, a golpe de ensaimada, una lección memorable. Porque aunque él pretenda obligar a los españoles a convertir la religión en cuestión íntima, no fue a Washington a rezar a título personal: él mismo se abrió de capa aclarando que estaba allí «en nombre de mi país, en nombre de España». Recordó que nuestra nación significó hace siglos para los americanos bastante más que ahora, precisamente porque los enseñó a rezar.

El mensaje que recibió fue bastante simple: aquí somos muy normalitos. Rezamos en buena compañía y no se nos indigesta el desayuno. Tenemos un presidente de color (no hay que precisar cuál...), porque un fogoso clérigo no se conformó con llamarse Lutero. Lejos de acoquinarse ante la memez de poder ser acusado de imponer sus convicciones, peleó con fervor religioso por los derechos civiles, porque eso aquí nadie lo considera contradictorio. Obama, antes de jurar su cargo (sobre la Biblia y no mirando al tendido, como laicistamente impone el Rector de la Complutense) hizo lo mismo que sus antecesores: ir a la iglesia, como todo americano normal y corriente. Porque aquí a los ateos los respetamos mucho, pero no se nos ocurre que tengamos que actuar como ellos para parecer normales.

Toda una impagable lección, pero no parece que el alumno se haya llegado a enterar. Luis Miguel tampoco aprendió nada de Antonio Ordóñez; se conformó con rentabilizar más de un mano a mano. Al presidente del Gobierno de España el fervor no le duró ni hasta la hora del almuerzo. De regreso, su cuota de género brincó alborozada tras aprobarse el aborto a plazos; porque aquí para algunas desprestigiadoras del género los abortos son motivo de celebración; como si hubieran metido un gol (¿a quién?, si se puede saber...).

Matado ese toro, que no es poco matar, ya anuncian los clarines que el próximo salta al ruedo. Ahora toca meter el dedo en el ojo de más de media España reformando la ley de libertad religiosa. Seguro que no será para imitar al idolatrado Obama. La memoria histórica nos desentierra los viajes a Perpignan para ver películas subidas de tono. Las autoridades españolas tendrán que saltar el charco si quieren desahogar en público tanto rezo reprimido.
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