Por la Libertad, contra la dictadura del relativismo, el laicismo y todo lo políticamente correcto. No tengamos miedo, el único verdadero enemigo está dentro: que los buenos no hagan nada.
miércoles, 22 de abril de 2026
¿Para qué puede servir un diputado?
miércoles, 18 de septiembre de 2024
Falacias de la "justicia social"
¿Tienen razón los defensores de la "justicia social"?, se pregunta Thomas Sowell en su ensayo Falacias de la justicia social. El problema es el apriorismo ideológico y la falta de realismo que manifiestan en muchos casos. Se debe luchar contra la segregación racial o la discriminación sexual, pero resulta ilusorio imponer la igualdad mediante una agenda que puede derivar en «ingeniería social» y que no siempre soluciona las injusticias, sino que más bien las agrava.
En el mundo ideal rousoniano del que bebe la justicia social —señala Sowell— todos deberían tener los mismos resultados, independientemente de la clase o raza. La experiencia nos dice que no es así. Y ello no se debe a la discriminación ejercida por las mayorías dominantes contra las minorías, sino a un cúmulo de factores, incluidos la libertad humana y el azar. Pero la justicia social reduce «la búsqueda de causas a una búsqueda de culpables».
Así, movimientos como el Black Lives Matter sostiene que las mayores tasas de pobreza de los negros son principalmente producto del persistente «racismo sistémico». Pero olvida otros factores no menos influyentes, objeta Sowell. Por ejemplo, las familias monoparentales, de EE.UU., independientemente de que sean blancas o negras, tienen una tasa de pobreza superior a las familias compuestas por parejas casadas.
La trayectoria del propio Sowell, afroamericano y de origen humilde, sirve para desmontar determinados tópicos sobre el racismo en Norteamérica. Huérfano desde niño, no terminó el bachillerato y pudo matricularse en la universidad, gracias a una ley que beneficiaba a los veteranos de guerra como él, y con el tiempo llegó a ser un prestigioso académico.
Ingeniería social
A la hora de buscar soluciones, la justicia social recurre a los «decisores sustitutos» de la sociedad, es decir a élites expertas que aplican recetas creyendo que «pueden mover a las personas como se mueven las piezas de ajedrez», según el símil de Adam Smith. El ejemplo más gráfico es la confiscación y redistribución de la riqueza, «núcleo de la agenda de la justicia social». Según esta, «las subidas de impuestos y los ingresos fiscales se mueven automáticamente en la misma dirección, cuando a menudo se mueven en la dirección opuesta». No menos contraproducentes son otras medidas de los «decisores sustitutos» como el control de precios; el «impuesto» de la inflación; o la legislación del salario mínimo.
Debido al conocimiento que acumulan, las elites expertas creen ser los que mejor saben lo que le conviene a la sociedad, pero no siempre sus políticas son acertadas. Cita el autor, entre otros ejemplos, el de los jueces del Supremo de EE.UU. que reinterpretaron la Constitución en los años 60 al considerar el delito como una enfermedad. Resultado: se duplicó la tasa de homicidios.
Y no es que no tengan razón los defensores de la justicia social al detectar lo que está mal, indica Sowell. El problema es el apriorismo ideológico y la falta de realismo que hace que, en muchos casos, sea peor el remedio que la enfermedad. Una irónica pregunta lo deja en evidencia. ¿Queremos que los pilotos de las aerolíneas sean elegidos por representar a diversos grupos demográficos o preferimos volar en un avión cuyo piloto sea capaz de llevarnos sanos y salvos a nuestro destino?
miércoles, 23 de marzo de 2022
Laicismo: sociedad neutralizada
martes, 24 de febrero de 2015
Cristianofobia, una fe bajo ataque
En la entrevista que le hace Jordi Picazo para Religión en Libertad, cuenta una jugosa anécdota para ilustrar el desconocimiento que en occidente tenemos de los cristianos de Oriente Medio:
Citaba Shortt en este artículo publicado en The Guardian un encuentro sorprendente entre un general de Estados Unidos y un árabe cristiano. La pregunta del general aparentemente fue “cuándo se convirtió su familia”, a lo que el árabe, o cristiano, era las dos cosas, dijo que “hace 2000 años”.
En el libro se denuncia el clamoroso silencio informativo que pesa sobre la persecución de los cristianos minoritarios en países musulmanes, y se hacen juiciosas puntualizaciones que pueden resultar sorprendentes para la mayoría del público occidental (y oriental), como que el cristianismo NO es una religión de Occidente (no sólo).
Pero lo mejor es leer la entrevista.
viernes, 24 de diciembre de 2010
El Apocalipsis Oculto
Es una semi novela, una trama sin desarrollar y una edición nejorable para un fin: denunciar la Nueva Tirania de hoy, el gobierno global laicista, cosa que hace de manera clara, amena, profunda, muy documentada... e inquietante; porque es muy actual, una realidad de aquí mismo y de hoy mismo.
Los hechos comienzan en 2009, con motivo del estreno de la película Ágora, y quita la careta a los apóstoles del Nuevo Orden Mundial laicista, además de sacar del silencio y la oscuridad esa otra realidad de rabo y cuernos de los cultos luciferinos.
martes, 16 de noviembre de 2010
Cómo convertirse en un icono progre
El mejor y más decoroso modo de ser pijo a la moda hoy en día es ser, al mismo tiempo, un progre de manual. Este axioma podría reformularse a la inversa y seguiría siendo válido: el mejor y más decoroso modo de ser un progre de manual es ser un pijo a la moda. Y no porque todos los progres sean pijos, ni todos los pijos progres, sino porque la fusión de ambas condiciones se ha demostrado una fórmula magistral.No es casualidad que ya sean legión los que, venidos de un lado y del otro, hayan decidido convertirse en pijoprogres, último eslabón de una virtuosa cadena que ha conseguido, al fin, aunar tranquilidad de espíritu y de bolsillo.
Hace sólo unos años eso parecía imposible. Ser de izquierdas requería la exteriorización de ciertas actitudes, y sobre las opiniones políticas aleteaba amenazador el fantasma de la coherencia. De ahí que los ancestros ideológicos del progre actual, los pelmazos setenteros de Cuadernos para el Diálogo y Temas , se preocupasen tanto de parecer pobres, de ir hechos unos adefesios y, sobre todo, de pasar largas y provechosas horas en compañía de los obreros en tascas del extrarradio, dándole a los callos guisados y al vino peleón.
Ser izquierdoso consistía, aparte de en profesar un odio africano a los Estados Unidos y al capitalismo, en semejarse a un currela, evitando así cualquier concesión a la moda (burguesa), al buen gusto (burgués) o a la ostentación (burguesa). El Alfonso Guerra de la Transición, Arfonzo, era su santo varón, y la insufrible y repipi Rosa León su modelo de elegancia y compostura femeninas.
Eso, evidentemente, ya es historia. Hoy, lo normal para los apóstoles del Progreso es gastar trajes italianos de mil euros, vivir en lujosos apartamentos de barrios exclusivos y, como principio y motor primero, no privarse nunca y bajo ninguna circunstancia de nada. En nombre del Progreso, claro. El pionero fue el mismo Arfonzo, que pasó de las gafotas cuadradas y la trenca raída al peluco suizo y el terno de alpaca en un pispás. Pero le sobraba osamenta y le faltaba elegancia y hondura intelectual. Por suerte, ahí estaban los protoprogres actuales para enderezar el rumbo, dando a luz una nueva casta que es la que hoy domina esta parte del mundo que aún llamamos España.
Pablo Molina, que ha dedicado varios años al estudio de la clase emergente –ya dominante–, ha encontrado ciertos patrones de conducta que se repiten en toda la población observada. Desde el más humilde gafapasta imitador de Pablo Motos que se pasea arrastrando su ejemplar de Público por las exposiciones de arte de vanguardia con aire de suficiencia hasta la aristocracia del gremio, que se muestra exuberante en la gala de los Goya, todos comparten un interés común: el dinero, la pasta, la guita, el parné, los billetes verdes que todo lo pueden y a todos contentan.
Esa fijación ha obrado la maravilla de que entre la alta progresía española se dé una concentración de capital equivalente a la que, en tiempos, disfrutaban los magnates de la industria pesada vizcaína y los empresarios del textil catalán juntos. Eso es mucho dinero, de ahí que la tele sea suya (en todos los sentidos), que los bancos de inversión les adoren, que los chefs y los diseñadores de postín se los rifen y que hasta la derechona de la que echan pestes caiga rendida a sus encantos.
Pero no son despiadados estraperlistas como los que triunfaban en la posguerra trapicheando con sacos de garbanzos y bidones de gasolina. Nada de eso. Son la conciencia de la sociedad, el tejido sano sin el cual el cáncer del embrutecido egoísmo capitalista se habría extendido ya por todo el cuerpo social. Son necesarios, y así nos lo hacen ver. Si viven a todo trapo es porque se lo merecen, lo que no significa, obviamente, que los demás podamos hacer lo mismo. Ellos, nosotros, simples zánganos que trabajamos para llevar un mediano pasar, son, somos, la verdadera amenaza.
Que se lo digan a Al Gore, que vela por la limpieza de los cielos contaminándolos sólo lo justo con su avión privado para transmitirnos, cheque mediante, la buena nueva. O a Noam Chomsky, incansable batallador anticapitalista que, sin embargo, procura colocar su bien ganado dinerito en los mercados especulativos, para que pase a sus hijas con algún cero de más. O a Ana Belén, santa madre del pijoprogrerío patrio, que lucha denodadamente por un mundo más justo desde su mansión de La Moraleja. La lista es tan larga como un chorizo de Cantimpalo, dicho sea esto sin segundas intenciones.
Pablo, que nunca ha permitido que una prosa coñazo e inaccesible le estropee un buen análisis, da cuenta de todo y de todos. Se pregunta, además, el porqué y el cómo para que usted, o yo, o nuestro respectivo vecino, pueda llegar también, si así le place, a alcanzar la magistratura pijoprogre, que en justicia merecemos todos. Tan sólo debe cumplir una condición: coja sus principios, métalos en una botella y arrójelos al océano, a ser posible el Pacífico.
Pensándolo bien, a mi ya se me han quitado las ganas. ¿Y a usted?
domingo, 1 de agosto de 2010
Laicidad y Laicismo
Andrés Ollero es de sobra conocido por los lectores de este blog, como lo es su empeño por explicar la diferencia -importante-, entre laicidad y laicismo, por activa, pasiva y perifrástica.El tema lo ha abordado desde multitud de perspectivas, predominantemente jurídicas, con rigor y con humor; pero en su obra Laicidad y laicismo lo hace por la directa.
Ahora, acaba de publicarlo la Universidad Nacional Autónoma de México y, como es habitual en esta institución, se halla disponible en la red, en el enlace antes citado.
Espero -como el autor-, que resulte de interés.
lunes, 8 de febrero de 2010
Fundamentalismo democrático
«¿Es la corrupción un mal menor que se produce en nuestro sistema democrático, como se suele pensar, o es un rasgo inherente a la propia democracia? ¿Pueden los instrumentos del Estado de derecho acabar con la corrupción política como si de cualquier caso de delincuencia común se tratase? ¿Acaso es la democracia un sistema inmune, inatacable y perfecto que no puede verse dañado nunca por la corrupción?Con gran sutileza conceptual y mordacidad polémica, el filósofo Gustavo Bueno analiza las ideas de corrupción y de democracia y trata de establecer su conexión interna. A continuación, hace un estudio exhaustivo de algunos de los casos más sonados de perversión democrática (corrupción no delictiva) que se han producido en España en los últimos años: el proyecto de ley de plazos del aborto, el «complejo de Jesucristo» del juez Garzón, los estatutos de autonomía y la opa hostil a Endesa, así como las leyes de memoria histórica, de matrimonios homosexuales o contra la violencia de género.
Una obra que somete a crítica los principios ideológicos del fundamentalismo democrático, que considera a la democracia como la forma perfecta de la sociedad política, el fin de la historia y el mejor de los mundos posibles.»
El fundamentalismo democrático
La democracia española a examen
Temas de Hoy, Madrid 2010
157×235 mm, 416 páginas, ISBN 978-84-8460-826-4
Primera edición: enero 2010 [en las librerías el 13 de enero]
miércoles, 3 de febrero de 2010
Ocupar el lugar de la fe es el error del laicismo (español)
¿El obispo de San Sebastián, Munilla, será látigo y «cólera de Dios» para los nacionalistas?No será «látigo» para nadie, sino pastor para todos.
Laicista confeso, Zapatero se integra entre orantes. ¿Confía?
Tengo la esperanza de que se vea como una forma de valorar la Religión. Tal vez ZP tome conciencia de que el Estado necesita de energías morales que éste no puede aportar.
¿Obama es el «Dios» de ZP?
Todos están de paso en la política, sobre todo los presidentes. No sería razonable adorar a quien antes de que se dé cuenta deberá partir.
Benedicto XVI vs Barack Obama. ¿El más poderoso?
El poder político en estado puro reside en la Casa Blanca; la primera autoridad moral de la tierra es el inquilino del Vaticano. Actúan en coordenadas diversas. A la larga, el espíritu acaba imponiéndose sobre la biología: ley de vida.
¿Quién tiene más adeptos, la política o la espiritualidad?
No son incompatibles, pero la espiritualidad, que es la búsqueda del mundo interior, preocupa a millones de seres. A la política se dedica un reducido número, aunque repercuta en la sociedad.
Un lustro después de su muerte, ¿hemos olvidado a Wojtila?
No es fácil olvidar a quien fue calificado de «portavoz planetario de los derechos humanos». Su pronta beatificación es universalmente aplaudida por millones de seres.
La izquierda quiere un «Estado laico». ¿Tiene explicación?
También yo soy un fan del Estado laico, pero siempre que la laicidad se entienda positivamente, no como forma de sustituir las antiguas «teocracias» por modernas «ideocracias». Es un error del laicismo español querer ocupar en las almas de los ciudadanos el lugar de la fe.
¿Qué demoledoras consecuencias tuvo la errónea identificación entre laicidad del Estado y hostilidad hacia la Iglesia?
La política religiosa de la II República no fue acertada, al no aceptar el peso de la Iglesia. La Constitución subsanó ese error estableciendo un punto de equilibrio entre la neutralidad radical de la II República y la sospechosa camaradería de la época posterior.
¿Laicidad es indiferencia o animadversión hacia la Religión?
Régis Debray (que no es una hermana de la caridad) preconiza el paso de una «laicidad de incompetencia» o de combate a una « laicidad de inteligencia», de «mano tendida». Es decir, una laicidad positiva que reconoce el valor social del factor religioso.
¿Es vital enseñar la Religión?
La Religión no está out (fuera) y el agnosticismo in (dentro). La firmeza de las convicciones -a la que la enseñanza de la Religión contribuye- ayuda a difundir principios vitales como la solidaridad, el respeto a la vida humana y la tolerancia.
¿Por qué quieren descolgar los crucifijos?
Porque no reflexionan sobre estas palabras de un Tribunal Constitucional europeo: «No es inconstitucional que los niños desde su infancia -y los hijos de padres ateos- conozcan que hay personas con creencias religiosas y que desean practicarlas».
¿El aborto da carta de naturaleza a la cultura de la muerte?
Para la sociedad secularizada, la vida de «aquí abajo» es la única de la que muchos creen disponer. Una ley de aborto, al eliminar esa «única» vida, contradice la imagen de sí mismo que el hombre «moderno» ha elaborado. Paradoja y ataque a los derechos humanos.
¿El matrimonio es un bien social o un contrato basura?
Es un bien social, pero se convierte en «contrato basura» cuando la legislación se empeña en resaltar sus accidentes y no su sustancia.
Y a la unión gay, ¿se le debe llamar matrimonio?
¿Debe llamarse contrato de permuta al de compraventa?
jueves, 31 de diciembre de 2009
Cristianismo y laicidad
El concepto político de laicidadLa esencia de lo que denomino “concepto político de laicidad” puede definirse como la exclusión de la esfera política y jurídica pública de toda normatividad que haga referencia a una “verdad” religiosa –justamente en cuanto verdad-; lo que trae consigo la neutralidad e indiferencia pública respecto a cualquier pretensión de verdad en materia religiosa. En materia de religión, un Estado laico no utiliza criterios de verdad, sino que trata a las religiones aplicando criterios de justicia política, que incluyen imparcialidad y neutralidad (p.115-116).
La coexistencia entre la Iglesia y el Estado laico
Más que introducirse en el Estado constitucional democrático, sometiéndose a la lógica de su organización política y jurídica, la Iglesia quiere coexistir con ese Estado, conservando su propia identidad, su libertad organizativa y su independencia. (…) Ahora bien, esa “coexistencia” con el Estado laico y esa presencia pública independiente no puede implicar una especie de interferencia con las instituciones estatales o incluso de oposición a su legitimidad. Es más, si la Iglesia actúa en la vida pública y ejerce, conforme a su autocomprensión, la tarea de maestra de humanidad y de moralidad, debe hacerlo siempre en pleno respeto a las normas del Estado laico, al que ella misma reconoce como un “valor adquirido” que “pertenece al patrimonio de civilización alcanzado” en la sociedad moderna. (…)
A fin de evitar cualquier “hipertrofia magisterial”, la Iglesia debe tomar conciencia una y otra vez de su específica misión y de su finalidad sobrenatural, limitándose a intervenir en aquello que, en la perspectiva de la dignidad del hombre y de su destino eterno, sea para ella realmente “innegociable” (p. 143-144).
Iglesia libre en Estado libre
El Estado –esto es, el proceso político– debe hallarse libre de constricciones institucionales por parte de la Iglesia. Y esta última ha de reconocer una libertad política que no está vinculada a formas de coerción dictadas por el poder espiritual de la Iglesia o de cualquier otra instancia religiosa.
En sentido inverso, la Iglesia debe gozar de la libertad de decir lo que considere oportuno a quienes ostentan el poder y a los ciudadanos, que en las democracias modernas son también ostentadores del poder. De esta forma, la Iglesia, con la autoridad que le es propia, ejerce un influjo en las conciencias de los ciudadanos. Cierto es que, en una democracia moderna, esa palabra influyente puede constituir un auténtico poder, pero no de tipo coercitivo, sino moral y cultural. Dicho poder sólo puede negárselo a la Iglesia un Estado que quiera erigirse en fuente última de valor, rectitud y justicia, por erigir en valor absoluto la relatividad y disponibilidad política de todos los valores y no tolerar junto a él ninguna voz capaz de relativizar su pretensión (p. 161).
El integrismo laicista
La laicidad integrista pretende la autonomía de las instituciones políticas no sólo como autonomía política, institucional y jurídica, sino también –en un sentido comprensivo– como último criterio moral en el ejercicio de dicha autonomía (p. 127).
Por su propia naturaleza y a modo de principio, este tipo de laicidad tiende a anular la distinción entre poder y moralidad. Es decir, tiende a excluir, al menos implícitamente, el hecho de que existan criterios de valor objetivos, independientes del ejercicio práctico del poder político, según los cuales pueda enjuiciarse el ejercicio del poder. La laicidad de este segundo tipo, en efecto, no sólo combate a la religión, sino que se arroga una especie de “exclusivismo político”, en el sentido de que, en el discurso político, sólo acepta como criterio de moral y de justicia a aquellas instancias laicas que se hallan sometidas al control del proceso político, y en la medida en que forman parte de él: un proceso que, como es obvio, será idealmente democrático y, por tanto, estará regulado por el principio de mayoría (p. 121).
La laicidad integrista ve en el fenómeno religioso un oponente, un enemigo del carácter laico del Estado. Y lo que es todavía más importante: ve en el fenómeno religioso un enemigo de la autonomía “laica” de la conciencia de los ciudadanos. La laicidad integrista viene a ser, pues, una especie de paternalismo, que intenta proteger al ciudadano de toda influencia religiosa –y de instituciones como la Iglesia católica–, porque estima que tal influjo es irracional y corrosivo de la libertad (p. 123).
Posturas católicas y laicas
La defensa alarmista de tal “integrismo laicista” contra las presuntas “intromisiones” de la Iglesia –o de los católicos– no constituye en realidad más que un juego de propaganda y de poder político. ¿Por qué? El quid reside en el simple hecho de que, a pesar de que también los “católicos” –y la Iglesia misma– proponen políticas y legislaciones que resultan sustancialmente justificables conforme a una razón pública laica, los “laicos” se empeñan en considerarlas “no laicas”; y, por tanto, tampoco generalizables, ni aptas para ser impuestas mediante el proceso democrático. ¿Y por qué dicho empeño? Pues únicamente porque son planteadas por “católicos” o, como a veces sucede, son defendidas oficialmente por la Iglesia, motivo inmediato para cargar pesadamente con el baldón de ser posturas de tipo “religioso”.
Así las cosas, en diversas ocasiones, la defensa del carácter laico del Estado por parte del “integrismo laicista” se reduce a rechazar de entrada un verdadero debate público sobre los argumentos proferidos por ciudadanos “no laicos” o por la Iglesia (p. 125-126).
Lo que exige un punto de vista laico no es acallar a la Iglesia y su voz, que habla en nombre de una verdad superior, abrazada por muchos ciudadanos, sino someter la acción de la Iglesia en la escena política pública a las reglas comunes, políticas, civiles, válidas para todo actor en la esfera pública; dejándole, eso sí, plena libertad para expresarse y hacer valer sus razones en el debate político (aun cuando con esto ejerza un verdadero poder, en el sentido de una autoridad espiritual que, según los casos, será más o menos reconocida y seguida) (p. 130).
Al laicismo integrista le resulta difícil argumentar, además, que las posiciones católicas en el ámbito de la política matrimonial o familiar y en el campo de la bioética puedan considerarse incompatibles con un punto de vista “laico”. Y le resulta difícil, sin ir más lejos, por el hecho de que muchas posturas “católicas” actuales en dichos asuntos eran, hasta hace escasos decenios, generalmente compartidas también por “laicos”; y todavía hoy lo son en parte. El estatuto privilegiado de las uniones heterosexuales, llamadas “matrimonio”, ordenadas a la reproducción y perpetuación de la sociedad, así como el rechazo a conceder tal estatuto a las uniones de personas del mismo sexo, formaba parte de la normalidad en los Estados laicos del pasado reciente; y no porque estos Estados fueran víctimas de presiones eclesiásticas, sino porque se consideraba políticamente justo que fuese así. En su día, pues, la equiparación de las uniones de homosexuales con el matrimonio entre varón y mujer resultaba inaceptable por motivos puramente “laicos”.
Los laicos del pasado también veían en el aborto, por ejemplo, una praxis que, por principio, en el orden jurídico debía considerarse un delito: la protección del concebido fue una novedad de las grandes codificaciones de la era de las luces y del desarrollo de la embriología a finales del siglo XVIII. En materia de derecho natural, por tanto, no resulta posible identificar, en lo referente a los contenidos, las posiciones que en sí mismas serían “laicas” o bien “católicas”, de tipo confesional y, por ello, incompatibles con la laicidad del Estado (pp. 151-152).
Doble identidad del cristiano en el Estado laico
El ideal de ciudadanía secular democrática de un cristiano podría ser lo que me gustaría denominar “secularidad cristiana”. “Secularidad cristiana”, según yo la entiendo, significa desarrollar la propia identidad cristiana y realizar la propia vocación cristiana en el contexto de una sociedad –y de una comunidad internacional– cuyas instituciones públicas están definidas de forma secular, aceptando plenamente –con la información y a la luz que proporciona la experiencia histórica– esa secularidad como un valor político y considerando esa aceptación parte integrante de la propia autocomprensión como cristiano (p. 187).
La secularidad cristiana, así definida, significa ser capaz de vivir una especie de “identidad diferenciada” o “doble” como cristiano y como ciudadano (…) “Doble identidad” significa la capacidad (exigida a todos los ciudadanos) de cooperar políticamente en condiciones de desacuerdo, incluso profundo, sobre valores morales esenciales y, con ello, afrontar constructiva y pacientemente configuraciones concretas de pluralismo que el cristiano, en tanto que tal, podría considerar ajenas al verdadero bien común de la sociedad y necesitadas de cambio. Por ejemplo, lo que Juan Pablo II denominó “cultura de la muerte” (p. 188).
“Doble identidad” significa la disposición a reconocer la legitimidad procedimental de las decisiones democráticas incluso cuando contradigan las propias convicciones fundamentales acerca del bien y, por tanto, a apoyar a instituciones políticas como legítimas incluso cuando, en determinados casos, generen decisiones que uno mismo considere profundamente injustas y corruptoras del bien común. Esto, finalmente, implica la disposición a anular esas decisiones o enmendar esas instituciones solamente con medios legales, democráticos, tratando de convencer a otros ciudadanos de la racionalidad de las propias demandas, lo cual, en realidad, refuerza la legitimidad de las instituciones democráticas (pp. 188-189).
La antes mencionada “doble identidad” como cristiano y como ciudadano no significa que sea necesario renunciar al carácter transformador del mundo que es propio del cristianismo, ni que los cristianos no tengan que hacer una contribución específica como cristianos a la conformación social y política de este mundo y, así, al contenido de la ciudadanía. Muy al contrario: la fe cristiana, basada en la fe en la encarnación del Verbo Divino, está llamada a seguir siendo una fuerza transformadora del mundo, pero ello en un mundo secularizado y de un modo secular. (p.189).
El verdadero “poder” del cristianismo y de la Iglesia reside, a día de hoy, en la acción de los fieles cristianos que, con la conciencia cristianamente formada, actúan como “sal de la tierra” y “luz del mundo” en el seno de la sociedad, en todos los ambientes. Un proyecto de nueva evangelización no debe, por eso, abolir los fundamentos de la moderna laicidad del Estado (p. 158).
lunes, 7 de diciembre de 2009
Los retos del multiculturalismo
ACEPRENSA
Firmado por Juan Meseguer Velasco
Fecha: 3 Noviembre 2009
El término “multiculturalismo” surgió en Canadá para aludir a una política que reivindica el derecho a la diferencia de las distintas identidades culturales. El problema es que lo que al principio se concebía como una actitud de resistencia frente a los procesos de imposición de una cultura sobre otras, pasó a designar un modelo interpretativo que renuncia a cualquier criterio de universalidad.Contra esta visión relativista se alzan los autores de este libro editado por Javier Prades y Manuel Oriol, que recoge los trabajos presentados en un seminario organizado por la Fundación Subsidiariedad. Desde una perspectiva interdisciplinar, expertos de diferentes países reflexionan sobre el fenómeno de la diversidad y proponen gestionarla de un modo nuevo a partir de categorías como la racionalidad, el encuentro o el reconocimiento.
La primera sección del libro analiza los desafíos que el multiculturalismo de signo relativista plantea hoy a las ciencias jurídicas. Frente a quienes presentan los derechos humanos como un invento típicamente occidental, Marta Cartabia propone redescubrir su justificación racional.
En la misma línea, Lorenza Violini desafía el dogma políticamente correcto según el cual las leyes deben ser éticamente neutras ante las cuestiones morales controvertidas. A su juicio, “es fundamental recuperar elementos racionales de diálogo y de confrontación, además de la capacidad de configurar leyes que se establezcan como elementos de cohesión respecto a valores que hay que compartir”.
Andrés Ollero pone al descubierto la estrategia laicista de quienes afirman que no cabe imponer convicciones –sobre todo, religiosas– a los demás, pero luego son los primeros que pretenden imponer su relativismo al resto de la sociedad.
La segunda sección del libro trata de comprender la diversidad desde la filosofía y la sociología. El artículo de Carmine de Martino explica muy bien la batalla de las ideas que está detrás del debate sobre la diversidad: el multiculturalismo no es un modelo interpretativo entre tantos, sino el punto de llegada del relativismo cultural que se ha ido fraguando en Occidente bajo el impulso de Nietzsche y Heidegger.
Pierpaolo Donati señala el déficit de fondo que lastra a la solución multicultural: se trata de una teoría reductora del encuentro y del reconocimiento. Para superar esta carencia, el sociólogo italiano propone revisar la racionalidad occidental moderna a la luz del paradigma relacional.
Por último, la tercera sección introduce la perspectiva teológica, algo absolutamente novedoso en la literatura española sobre el multiculturalismo. Frente a quienes ven la religión como un germen de conflicto, los autores coinciden en reconocer a Dios como el fundamento común de la convivencia.
Mons. Javier Martínez plantea una tesis aparentemente paradójica: si la Iglesia quiere ser instrumento de paz en las sociedades crecientemente multiculturales, ha de romper con las categorías de la modernidad secular y aprender a ser ella misma desde su propia tradición.
Javier Prades recuerda que, aun en medio de un contexto multicultural y multirreligioso, el cristianismo no renuncia a la pretensión de la verdad de su anuncio para la salvación de los hombres. Ahora bien, ese anuncio sólo puede difundirse como propuesta razonable (y, por tanto, creíble) a través del testimonio que remite a un referente preciso: Jesucristo y Dios Trino.
El conjunto del libro ofrece una visión reposada sobre el debate del multiculturalismo.
miércoles, 26 de agosto de 2009
Entrevista al escritor canadiense Michael O’Brien, autor de La última Escapada
«Debemos resistirnos al adoctrinamiento»
Nunca un medio de comunicación español ha entrevistado al escritor Michael O’Brien. A pesar de que sus novelas son best-sellers traducidos a nueve idiomas y de que la crítica lo ha comparado con George Orwell o Aldous Huxley, cuenta cómo en Canadá, su país natal, ninguna editorial se atrevió a publicar sus títulos. «Durante 20 años estaba convencido de que mis libros nunca serían publicados. Estaba seguro de que las fuerzas que reprimen la cultura católica habían ganado. Me equivoqué». Se equivocó. Hoy es uno de los periodistas y escritores más brillantes y leídos del mundo, y un referente en el panorama católico internacionalHa publicado algunas de las novelas católicas más leídas del mundo, es ensayista, pintor y director la revista familiar «Nazareth Journal». La editorial LibrosLibres acaba de publicar «La última escapada», una obra que escribió en 1999 sobre el «totalitarismo suave» y el adoctrinamiento del Estado. ¿Le extraña que en España casi no se hable de él? Lea esta entrevista y comprenderá por qué tan pocos medios se atreven a publicar lo que O’Brien piensa, dice y escribe…
domingo, 26 de julio de 2009
La última escapada
Esta mañana, junto a la piscina, he acabado de leer la última novela del canadiense Michael D. O'Brien, el autor de El Padre Elías, titulada La última escapada; una auténtica profecía que, diez años después de su publicación en Estados Unidos, es ya una dolorosa realidad: la Nueva Tiranía.La Nueva Tiranía de lo políticamente correcto se va imponiendo sin notarse, después de anestesiar a las sociedades opulentas y democráticas, con una faz de bondad y razonabilidad que convierte a todo resistente en un anti social, un peligro, un fundamentalista, un enfermo.
La novela sirve para hacer pensar a aquellos que aún no están del todo devorados por el nuevo Mundo Feliz, y para comprometer en la lucha a cuantos, como yo, nos resistimos como el protagonista, Nathaniel Delaney, quien, cuando el Estado llamó a su puerta para educar a sus hijos, tomó una decisión: huir para ser libre.
No encuentro mejor definición de lo que está pasando y de lo que relata La última escapada, que la cita del Lilith de George MacDonald que el propio O'Brien ha elegido como pórtico:
Nos asustamos al verlo, pero no salimos corriendo sino que nos quedamos mirándolo. Corrió hacia nosotros como si nos fuera a atropellar. Pero antes de alcanzarnos comenzó a extenderse más y más, a crecer más y más, hasta que finalmente era tan grande que lo perdimos de vista, y es que estaba del todo ya sobre nosotros.
jueves, 9 de julio de 2009
Feminismo radical y cultura de la muerte
Acabo de leer “La ideología invisible. El pensamiento de la nueva izquierda radical”, de Jesús Trillo-Figueroa (Libros Libres 2005), que además de interesarme muchísimo y explicarme muchas cosas, me ha dejado verdaderamente aterrado ante el sesgo destructor de la ideología que subyace en la cultura hegemónica en Europa y en gran parte de la acción política, principalmente en España. Algunas citas sacadas de este ensayo:
Es necesario establecer una gran alianza entre feminismo y socialismo que abarque todas las áreas del pensamiento y de la acción política (María Teresa Fernández de la Vega, marzo de 2005).
El interés por la sexualidad es lo que diferencia al feminismo radical (…). Para ser radicales no se trata sólo de ganar el espacio público (igualdad del trabajo, la educación o los derechos civiles y políticos), sino que también es necesario transformar el espacio privado(Nuria Varela, “Feminismo para principiantes”, 2005).
Una de las ideas más radicales del feminismo contemporáneo es su pretensión de que el espacio privado del hogar y la familia debe estar sujeto al escrutinio público (Mary Evans, “Introducción al pensamiento feminista contemporáneo, 1997).
La discriminación que han sufrido tradicionalmente las mujeres en el mundo tiene múltiples manifestaciones, una de ellas es estrictamente lingüística (…). En ello consiste el sexismo lingüístico, en el diverso tratamiento que, a través de la lengua, hacemos del individuo en función de los genitales con que ha nacido (María Ángeles Calero Fernández, “Sexismo lingüístico”, 1999).
La igualdad feminista radical significa (…) que las mujeres no tengan que dar a luz. La destrucción de la familia biológica que Freud jamás ha visualizado permitirá la emergencia de mujeres y hombres nuevos (Alison Jaegger, “Political philosophies of woman’s liberation”, 1977).
Pensamos que ninguna mujer debería tener esta opción. No debería autorizarse a ninguna mujer a quedarse en casa para cuidar a sus hijos. La sociedad debe ser totalmente diferente. Las mujeres no deberían tener esa opción (Christina Hoff Sommers, “Who stole feminism?”, 1994).
Una sociedad autónoma es una sociedad que se autoconstituye; los individuos autónomos son individuos que se autoconstituyen. (…) Este tipo de sociedad es la que se determina asimismo plenamente, sin un límite exterior, referencia o finalidad preconstituida (Zygmunt Bauman, “En busca de la política”, 1999).
Con el referente beauvorista (de Simone de Beauvoir) de fondo , algunos estudios determinan, de manera taxativa, que la madre no nace, se hace y que, por tanto, el amor maternal no es universal, como se pretende desde la retórica ilustrada, sino constituido por nuestro pasado histórico, nuestra sociedad y nuestra cultura (Helena Establier Pérez, “La teoría de la maternidad en el contexto crítico español).
El feto es un invasor extraño que le roba a la mujer su individualidad frente al considerado por los médicos como una entidad sagrada para definir la identidad de la mujer. La lucha de esta mujer será por tanto la lucha entre los intereses de la especie y los de la mujer individual (Simone de Beauvoir, “El segundo sexo”, 1987).
martes, 23 de junio de 2009
Notas sobre "La Ideología Invisible"
Estoy leyendo “La Ideología Invisible. El pensamiento de la nueva izquierda radical” de Jesús Trillo-Figueroa, un ensayo imprescindible para entender de dónde viene, qué es y a dónde nos lleva la ideología de los socialistas que gobiernan España en este momento.Trillo-Figueroa hace un alarde de conocimiento de autores y textos significativos –a veces con alguna falta de sistematización- con un esfuerzo de divulgación y síntesis, cosa que consigue…, casi siempre. Pero cuando mejores son sus páginas es cuando se suelta y elabora su propio discurso, como por ejemplo, al comentar lo que Enrique de Diego llama “nuevos clérigos” (algunos profesores, periodistas y artistas, pág. 142):
En fin, la característica común de todos ellos es que son buscadores de renta pública. Su interés por lo público se concreta en su interés por la subvención y el gasto público, en su propio beneficio. Es la vieja historia de la cultura subvencionada.Más adelante, expone su visión de las disyuntivas ética pública-ética privada y espacio privado-espacio público (págs. 187-188):
Otra de las causas fundamentales que, a mi juicio, han conllevado el desprestigio de la política en nuestra sociedad ha sido, sin duda, el intento excesivo de politización de la misma. El socialista Joaquín Leguina, en un viejo opúsculo publicado por la Comunidad de Madrid, "Viejas y nuevas ideas de la Izquierda", a modo de cuasi catecismo de su propio pensamiento ideológico, afirmaba que cada vez más aspectos de la vida cotidiana se convierten en aspectos de dominio público. Según Leguina, “la frase feminista lo personal es político resume la falsa escisión entre lo privado y lo público”.
El socialismo y todas las demás ideologías que conciben la realidad desde la sola óptica de la política consideran que “todo es política”, y esto es radicalmente falso. El gran problema es confundir los dos planos, confundir el plano de lo personal y de lo público. Resulta curioso sin duda que aquéllos que son partidarios de distinguir entre una ética privada y una ética pública –cuando ambas no dejan de ser ética- se empeñen en no distinguir entre esfera privada y esfera pública, pues afirman que todo es política.
La conclusión de los que piensan que todo es política es, en definitiva, que todo es competencia del Estado. Y así eliminan la legitimidad de la existencia de una sociedad civil frente al Estado, e infiltran la maquinaria estatal en todos los aspectos de la vida social, de manera que jamás entienden la diferencia entre la sociedad, el individuo y el Estado. Esta es la explicación más clara de una concepción política totalitaria.
jueves, 26 de febrero de 2009
Libros en torno a un tema: la fe y la razón
Firmado por Josemaría Carabante
ACEPRENSA, 20 Febrero 2009

¿Dios existe?
Joseph Ratzinger, Paolo Flores d’Arcais
Espasa. Madrid (2008). 133 págs. 15,90 €. T.o.: Dio esiste?Traducción: Carmen Bas y Alejandro Pradera
Dios salve la razón
Varios Autores
Encuentro. Madrid (2008). 199 págs. 19,95. T.o.: Dio salvi la ragione. Traducción: Lázaro Sanz.
La fe es razonable
Scott Hahn
Rialp. Madrid (2008). 238 págs. 14 €. T.o.: Reasons for Believe. Traducción: José Enrique Carlier
Buenas noticias
C. J. McKloskey III, R. Shaw
Palabra. Madrid (2008). 149 págs. 12,50 €. T.o.: God News, Bad News.
Ni en su tiempo de afamado teólogo, ni como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Benedicto XVI dejó escapar la ocasión para debatir y exponer lo que el cristianismo y la Iglesia católica pueden aportar a un mundo secularizado. Lo hizo con el filósofo Jürgen Habermas (ver Aceprensa 27-09-2006) y con Marcello Pera (ver Aceprensa 14-06-2006). Unos años antes, en 2000, el entonces Cardenal Ratzinger mantuvo un encuentro con un representante del pensamiento laicista italiano, Paolo Flores d’Arcais. En ¿Dios existe? se recoge la trascripción del encuentro.
Ratzinger hace uso de la formalidad académica; se muestra respetuoso y, sobre todo, trama un discurso razonable, en continuidad con la tradición apologética de los primeros siglos del cristianismo. Advierte cómo la religión cristiana supo asimilar el pensamiento filosófico anterior. La fe, sostiene, da por supuesta la razón, de la misma manera que la gracia da por supuesta la naturaleza. De ahí que existan valores cristianos que son “valores humanos” y que, por tanto, todo hombre puede compartir con independencia de sus creencias personales. Flores d’Arcais realiza en su exposición una defensa de la altura intelectual y de la tolerancia del ateísmo… pero lo hace de forma intolerante, tosca, interrumpiendo en ocasiones al cardenal. En su intervención la retahíla dogmática de lo políticamente correcto deja paso a un pensamiento débil, escéptico, que a fuer de racionalista obvia el sentido común.
No es de extrañar que ante el panorama de la filosofía contemporánea Benedicto XVI haya considerado urgente ampliar los límites de la razón, sin circunscribirla al ámbito de lo científico. Así ha sido interpretado el discurso que pronunció en la Universidad de Ratisbona (ver Aceprensa 27-09-2006), como se pone de manifiesto en Dios salve la razón, un libro en el que se recogen trabajos de distintos intelectuales sobre la lección magistral del Papa.
A partir de la naturaleza racional de Dios y la compatibilidad entre fe y razón, Benedicto XVI considera que la fe puede desempeñar un papel importante como factor equilibrante y corrector de una razón abandonada a su propia suerte. Al hilo de estas consideraciones, sorprende que un filósofo materialista como Gustavo Bueno coincida en afirmar que el modelo de razón de la tradición católica resulta más adecuado, tanto para evitar el fundamentalismo de nuevas formas de religiosidad como los extravíos dogmáticos del cientificismo.
Dios salve a la razón hace realidad el diálogo entre diferentes culturas, también propuesto por el Papa. Escriben Wael Farouq, profesor en la Universidad de El Cairo, Sari Nussseibeh, de la Universidad de Jerusalén, y J. Weiler, de la New University. La altura de sus trabajos, la profundidad de sus aportaciones y, sobre todo, el reconocimiento a la labor filosófica y teológica del Papa contrastan con la intransigencia de Paolo Flores.
A este respecto resulta especialmente interesante la exposición de Glucksmann, que argumenta en contra del pensamiento débil. Para el pensador francés, “la razón no peca ya por arrogancia sino por renuncia suicida; propaga entre los posmodernos el odio por el pensamiento”. En sintonía con lo manifestado por Benedicto XVI en Ratisbona, recuerda que la renuncia a la verdad y a los fundamentos, el nihilismo consecuencia de la posmodernidad filosófica, es el caldo de cultivo de los enfrentamientos. Felicita al Papa por su tesón a la hora de reconocer que la razón busca y ha de encontrar la verdad.
Fe y razón se complementan, afirma el Papa. El libro La fe es razonable, del protestante converso Scott Hahn, se basa en estas ideas para proponer una breve introducción a la teodicea, ya que el católico de hoy, como el de los primeros siglos, ha de estar especialmente preparado para “dar razón de su esperanza”; Hahn repasa y actualiza las pruebas tradicionales de la existencia de Dios, desde las vías de Santo Tomás hasta la “apuesta de Pascal”.
En la segunda parte se introduce, en cambio, por los caminos de la teología. Teniendo en cuenta al lector protestante, Hahn intenta fundamentar los principios de la religión católica en la Biblia. Por ello mismo, La fe es razonable constituye también un libro de espiritualidad que ayuda a comprender la trascendencia bíblica de los misterios de la fe católica y a profundizar en el conocimiento de la Escritura, como ha recomendado el último Sínodo de los obispos.
Fundamentar la fe es importante, pero también es decisivo saber comunicarla. En continuidad con los libros anteriores se sitúa Buenas noticias. McClosey y Shaw, el primero sacerdote y colaborador frecuente en los medios de comunicación americanos y el segundo periodista, ofrecen formas atractivas de presentar la religión en un contexto que recuerda, a su juicio, al de los primeros tiempos de la cristiandad. Por ello no dudan en presentar su ensayo como un “manual de apostolado” en el que, a partir de historias personales y anécdotas, explican cómo animar los procesos de conversión. Respetando las decisiones de cada uno, Buenas noticias ayuda a repensar la dimensión pública de la fe, la importancia del ejemplo personal del cristiano y del compromiso en un mundo secularizado.
jueves, 30 de octubre de 2008
martes, 24 de junio de 2008
Contra el cristianismo
La ONU y la Unión Europea como nueva ideología
Eugenia Rocella y Lucetta Scaraffia
Ediciones Cristiandad
El rechazo a mencionar las raíces cristianas del Viejo Continente en la Constitución Europea es un síntoma inquietante de una situación muy generalizada sobre la condición de los derechos humanos. La Iglesia católica, defensora siempre de los más débiles, se ha convertido, paradójicamente, en el principal enemigo de quienes supuestamente defienden estos derechos. De este contrasentido, de sus razones y consecuencias y de otros temas referentes a los derechos humanos se ocupan Eugenia Roccella y Lucetta Scaraffia, en Contra el Cristianismo.Los derechos humanos, a los que hacen referencia todas las organizaciones internacionales, no se encuentran a comienzos de siglo XXI, en las mismas condiciones que estaban hace más de medio siglo cuando se promulgaron en la sede de la Naciones Unidas. Han ido perdiendo a lo largo de los años su característica originaria de código ético y su relación con la Revelación judeo-cristiana y con todo rastro de religión monoteísta.
En estas páginas, se denuncia como poco a poco se han convertido en la base ideológica de un relativismo totalitario que busca eliminar toda referencia a un derecho natural. Ellos mismos se han erigido en una especie de religión laica, de derecho positivo, sobre la que no hay nada parecido a un referente superior al que apelar en caso de conflicto. Ellos son su propio fundamento, la norma organizada de la nueva conciencia colectiva, que es tal en cuanto negociable y modificable.
Muchos son los delitos que se están cometiendo en defensa de ciertos, así llamados, derechos y en nombre de la dignidad humana. Este libro es una llamada a la toma de conciencia de que las cuestiones que aquí se debaten nos afectan a todos y de todos son también responsabilidad.
Eugenia Rocella (Roma, 1953) periodista y ensayista italiana. Hija de político, entró
a los 18 años a formar parte del Movimiento de Liberación de la Mujer, del que en los años 70 llegó a ser líder. Autora de ensayos sobre feminismo y sobre literatura femenina. Colabora en diversos periódicos y revistas de cultura política como "Ideazione”, “Il Foglio”y “Il Giornale”
Lucetta Scaraffia (Turín, 1948) historiadora y periodista italiana. Profesora de Historia Contemporánea en la Universidad de la Sapienza de Roma. Se ha dedicado sobre
todo al estudio de la historia de la mujer e historia religiosa, centrándose en la
religiosidad femenina. Colabora en diversos periódicos. Es vicepresidenta nacional de la Associazone Scienza & Vita, y miembro del Comité Nacional de Bioética.
domingo, 3 de febrero de 2008
Un feminismo de otro género
Gracias a buena parte del movimiento feminista la mujer es un sujeto de pleno derecho en el mundo occidental. Sin embargo, las mujeres empiezan a no reconocerse en un feminismo radical, que elimina las distinciones entre masculinidad y feminidad, y pretende que el género de las personas sea el que ellas elijan, sin condicionamientos biológicos. Jesús Trillo-Figueroa analiza esta ideología en su libro Una revolución silenciosa: la política sexual del feminismo socialista1. Ofrecemos una selección de párrafos.
Firmado por Jesús Trillo-Figueroa Fecha: 23 Enero 2008. ACEPRENSA
La primera revolución sexual tenía por objetivo la liberación sexual; es decir, la eliminación de todas las represiones que, según los partidarios de la revolución sexual, la sociedad había impuesto a través de normas morales y de prohibiciones a la práctica de la sexualidad, para llegar a conseguir la generalización del amor libre. La sexualidad era básicamente una relación biológica, psíquica y somática, pero una relación natural.La que llamamos segunda revolución sexual parte de la idea matriz, expuesta por Kate Millet, en virtud de la cual, la sexualidad, la relación sexual, expresa una idea de poder, una relación política. La primera revolución transformó la política en sexo; esta segunda ha transformado el sexo en política, convirtiéndola en política sexual. (...)
Foucault y la represión
Michel Foucault vino a decir que la historia es un “continuo” de prácticas represivas realizadas a través de instituciones creadas por el poder para controlar y dirigir la sociedad. Tales instituciones son el manicomio, la cárcel, o la sexualidad. Para él, “el sexo es algo que ha habido siempre” (...); lo que es una invención reciente es la sexualidad, que en su opinión aparece en el siglo XVIII y debe entenderse como el conjunto de “prácticas, sobreentendidos, palabras, miradas, normas, reglas y discursos relacionados con el deseo, la genitalidad, etc.”.
Foucault rechaza la tesis de la represión porque, en su opinión, “aunque el discurso sea represor, produce materialidades: exacerba el deseo”. (...) En conclusión, al poder le interesa que haya deseo exacerbado y haya delitos, para seguir manteniéndose en el chollo; todo esto es lo que llama “la astucia del poder”. Las tesis de Foucault, desde el punto de vista ético, no son nada nuevas; no son más que una traducción al sexo de la genealogía de la moral de Nietzsche, que estableció el relativismo histórico de la moral. La novedad reside en la ontología, y esto no se debe a Foucault, sino a las feministas.
Una relación de poder
(...) Según Simone de Beauvoir, la mujer no nace, se hace. En ello estaba implícita la diferenciación entre el sexo, como dato biológico, y el “ser mujer”, la función social asignada por la cultura a las funciones propias de cada sexo, que posteriormente se daría en llamar género. Kate Millet va más allá y dice que una cosa es el sexo biológico, como condición física y corporal de una persona, y otra cosa es el sexo como práctica del deseo sexual, que ya no es una relación amorosa entre hombre y mujer de carácter natural, sino que se convierte en una relación política, es decir, una relación de poder.
La novedad es que el amor, aunque sea en su versión hedonista de “hacer el amor”, ya no es una relación de naturaleza pulsional, libidinosa, gozosa o espiritual, sino un espacio político en el que se manifiesta una relación de poder. En su historia de la sexualidad, Michel Foucault recoge esta tesis y sostiene que el sexo es el producto de un discurso político concreto correspondiente a una época determinada: “La experiencia de la sexualidad está producida por una génesis histórica concreta”.
Dicho de otra forma: la sexualidad es un producto que el poder dominante en cada época histórica utiliza para controlar la sociedad de su tiempo. Para ello, el poder elabora tecnologías del sexo, que son las técnicas de control que desarrolla para asegurar su mantenimiento. (...) Si a ello añadimos la estructura elaborada por el feminismo de sexo-clase, serán las técnicas sexuales que el patriarcado burgués elabora para controlar a las mujeres. Esta es la clave teórica que da lugar a lo que venimos llamando política sexual.
Como filósofo que es, Foucault trasciende la historia y elabora una nueva ontología en torno a la verdad, que las feministas posteriores captan sutilmente para continuar la labor emprendida por Simone de Beauvoir y las feministas radicales americanas. La argentina Esther Díaz lo expresa bien: “Las verdades no valen por sí mismas, necesitan un poder que las sostenga. El poder de la verdad no es una metáfora. Únicamente se aceptan como verdaderas las proposiciones que obtienen poder de las prácticas sociales” (Esther Díaz, La sexualidad y el poder, Almagesto/Rescate, Buenos Aires 1993). Al cabo, la verdad será lo que diga el poder. (...)
Sexo y género
Las consecuencias derivadas de la idea de que el sexo es un invento artificial, de la cultura o de la política, pueden ser infinitas. (...) En general, lo que de manera inadvertida se ha impuesto es el empleo de la palabra género por sexo, lo cual no es inocente, porque constituye el propósito intencionado de la llamada ideología de género.
La palabra género tenía un uso gramatical, para distinguir entre una palabra masculina, femenina o neutra. El que primero utilizó el término género para referirse al concepto de identidad de género, definido como la conciencia individual que de sí mismo tienen las personas como hombre o como mujer, fue el doctor John Money, de la Universidad John Hopkins de Baltimore, en 1950 (John Money, Desarrollo de la sexualidad humana, Morata, Madrid, 1982).
Según Money, la identidad de género del individuo dependía de cómo había sido educado de niño, y podía resultar diversa del sexo biológico. Sostenía que se podría cambiar el sexo de la persona con la educación; y que a los niños nacidos con órganos genitales ambiguos se les podía asignar un sexo diverso del genético mediante una modificación quirúrgica, que en su opinión debería realizarse antes de los 18 meses, pues de otra forma el sexo biológico podría determinar un cierto rol de género impuesto por la sociedad (ver apoyo, pag.4).
Así nació también el concepto de género como “rol”, o conjunto de funciones que la sociedad asigna a cada uno de los géneros. En 1968, el psiquiatra Robert Stoller publicó una obra llamada Sex and Gender. En ella, popularizó las ideas de Money (...): “El vocablo género no tiene un significado biológico, sino psicológico y cultural. Los términos que mejor corresponden al sexo son macho y hembra, mientras que los que mejor califican al género son masculino y femenino, y estos pueden llegar a ser independientes del sexo biológico”.
Política sexual
Kate Millet, en su obra Política sexual, utilizó el concepto de género expuesto por Stoller para sus finalidades ideológicas, proporcionando a su convicción existencialista de que la mujer se hace, derivada de la influencia de Beauvoir, una fundamentación “científica”. Millet destaca y acentúa la idea de que no tiene por qué existir una correspondencia biunívoca y necesaria entre sexo y género, y, por tanto, sus desarrollos pueden tomar caminos independientes.
Millet escribe: “Lo que llamamos conducta sexual es el fruto de un aprendizaje que comienza con la temprana socialización del individuo y queda reforzado por las experiencias del adulto”. En principio, el género es arbitrario; es el patriarcado, y las normas impuestas por el sistema patriarcal, quien establece el papel de los sexos, pues según esta doctrina, al nacer no hay ninguna diferencia entre los sexos. (...)
¿Perspectiva o ideología?
El término género, que en principio tan sólo sirve para significar un instrumento analítico de las “funciones o roles” que a cada sexo se le asignan por la cultura, la historia, la sociedad y otros factores, era útil metodológicamente para las investigaciones; pues distinguir entre el sexo, asignado por la naturaleza biológica a cada persona, y el género, entendido como la función que la sociedad asigna a cada sexo, permitiría discriminar analíticamente estas, para corregir muchas injusticias que las mujeres sufrían por la asignación de unas funciones que realmente no se correspondían, o se derivaban de una irracional distribución de las funciones sociales en razón de la condición sexual de cada género.
Pero pronto se utilizó un término equívoco de género, como producto exclusivo de la cultura, que ha supuesto una auténtica revolución cultural. La ideología feminista ha transformado la palabra género en razón de sus intereses estratégicos convirtiéndolo en un concepto valorativo que sirve para desnaturalizar el sexo y convertir el género en el significante, en instrumento o “dispositivo” político de dominación.
Las teorías de Money encontraron un gran apoyoentre las feministas radicales, y el libro de Kate Millet Sexual Politics se convirtió en la difusión política e ideológica de sus doctrinas. A lo largo de la década de los 80, el término género se hizo omnipresente en todos los programas de Women Studies, al punto de que nació la disciplina de Estudios de Género, y la antropología de género pasó a ser una rama con pretensiones de disciplina académica.
A partir de aquí, (...) existe una radical escisión entre sexo y género, y entre naturaleza y cultura. Esta es la acepción de género que ha implantado la ideología de género, en la que podemos englobar todas las tendencias feministas derivadas del feminismo radical de la igualdad, del feminismo socialista, que tuvieron un éxito definitivo al conseguir que la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer celebrada en 1995 en Pekín adoptara una resolución en la que se consagró la llamada perspectiva de género. Desde entonces existe una gran confusión respecto de la utilización del término género, y de lo que significa perspectiva de género. En principio, nada tienen que ver la utilización del género por la ideología de género y el uso dado por la ONU o las instituciones europeas.
Una construcción social
La teoría feminista y la ideología de género consideran como dogmas inamovibles, que implican una nueva epistemología –una nueva forma de conocer la realidad–, el hecho de que la sexualidad está necesariamente desligada de su origen natural –que, en el mejor de los casos, considera al sexo biológico como un mero dato– y en consecuencia la sexualidad es una construcción social. Es decir, las personas humanas, según el dato biológico del sexo, nacen machos o hembras, pero la sociedad, con su actividad, construye la sexualidad, convirtiéndolos en hombres y mujeres, y la cultura engendra las ideas de masculinidad y feminidad.
Todo ello conduce al final al orden al que finalmente pertenece la sexualidad: el orden simbólico, el orden del significante. Por eso, a partir de aquí, la sexualidad humana no es una realidad biológica o derivada de la libido, gobernada por leyes naturales o químicas, sino más bien una idea regulada por las leyes del lenguaje de la representación. Todo esto es lo que se llama el triunfo del “construccionismo de género”; es decir, el artificio o invento creado por la voluntad de alguien; frente al “esencialismo de sexo”, que es la creencia de que el sexo lo determina la naturaleza. (...)
Deconstruir el género
A pesar de la teoría y de la corrección política feminista, existe una gran contradicción, porque la realidad es que la teoría feminista anhela un futuro sin género, un futuro sin sexualidad. (...) Se trata de excluir tanto la masculinidad como la feminidad, es decir, de acabar tanto con los sexos como con los géneros: de deconstruir el género mediante la destrucción del sexo y la resignificación del género.
Para ello, existen dos grandes vías en el feminismo de la igualdad: la de la tradición “ilustrada” que, basándose en el existencialismo de Beauvoir y en el igualitarismo radical, opta por suprimir cualquier diferencia entre hombre y mujer, masculino y femenino, y postula lo que llama universalidad, es decir, la total confusión, para desde ahí establecer la sexualidad según el principio de libre elección, en el sentido de que el género de las personas será aquel que elijan libremente en la realización de su existencia; y la de las “posmodernas”, que parte de la tesis estructuralista de que “el sujeto no habla” sino que “es hablado”; es una “posición en el discurso”, “un eslabón en la cadena de significado”, siempre ya constituida; por eso el género será lo que resignifique el discurso.
Por lo tanto ambas posibilidades pasan por la pluralidad de géneros: femenino, masculino, heterosexual, homosexual, lesbiana, transexual, para terminar postulando la desaparición del sexo-género. Para la primera posición, el sexo-género dejará de existir cuando se implanten las condiciones para que la mujer “acceda al estatuto de individuo” y a “la ciudadanía” (...). Para la segunda vía, antihumanista y foucaultiana, el género-sexo desaparecerá “perdido en la parodia” del drag queen y en la transgresión permanente de géneros.
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(1) Jesús Trillo-Figueroa. Una revolución silenciosa: la política sexual del feminismo socialista. Libroslibres. Madrid (2007). 308 págs. 20 €.





