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viernes, 24 de diciembre de 2010

ISLAM Y OCCIDENTE: Jamón, jamón

Por Narcio Álvarez Quintana, escritor, ex preso político cubano.

La mesa está servida nuevamente. La noticia es simple y nada sorprendente: un alumno musulmán se siente ofendido porque su profesor se refiere al jamón durante una clase para ilustrar una explicación. Éste le aclara que no se trata de una alusión religiosa. Bien aleccionado al parecer, el alumno cuenta la anécdota a sus padres, que se apresuran a denunciar al profesor por un presunto delito de "maltrato de obra con motivaciones xenófobas" .

Es de notar que, en los últimos tiempos, los musulmanes parecen tener los nervios algo tensos, y acusan de xenofobia, de herir su sensibilidad y hasta de blasfemia a quien se atreve a hablar delante de ellos de tradiciones culinarias ajenas a las suyas, de fiestas cristianas o de la presencia de crucifijos en las aulas. Siempre han asistido a clase hijos de padres librepensadores, ateos, judíos o con cualquier otra concepción del mundo, sin que ninguno se molestara por alusiones a la Navidad o a la Semana Santa, a la cría de cerdos, a productos obtenidos de dicho animal, etcétera, ni concediera importancia alguna a éstas u otras cuestiones. No se saque a relucir al franquismo y todas sus parafernalias reales o ficticias, porque durante la transición a la democracia y hasta hace poco nada así sucedía.

Gonzalo Guijarro, portavoz de la Asociación de Profesores de Institutos de Andalucía (APIA), considera que se trata de unas de las nefastas consecuencias de la doctrina del multiculturalismo. Tiene razón, pero eso no es todo. Lo triste es que existe una gran confusión conceptual: muchas personas creen de buena fe que por multiculturalismo se entiende la convivencia pacifica de las distintas culturas. Nada más lejos de la realidad: el multiculturalismo consiste en considerar equivalentes todas las culturas, darles idéntico valor, de modo que es preciso respetar todos sus principios, leyes y costumbres. Por este camino, habrá que respetar la práctica de la antropofagia o del incesto entre los inmigrantes que tengan ambas prácticas por tradicionales.

No hace mucho tiempo se entablaron descabelladas discusiones en el seno de la Unión Europea a propósito de la ablación del clítoris de las niñas. Hubo quien no se limitó a exigir respeto para tan abominable práctica, sino que reclamó que se practicara en los hospitales con el fin de que se observaran las necesarias reglas de higiene. Otros insólitos defensores de semejante barbaridad llegaron a compararla con la circuncisión que en el judaísmo (y en el islam, por si lo han olvidado) se practica a los varones, absurdo explicable sobre todo por la creciente judeofobia europea: pues, a diferencia de lo que ocurre en la clitoridectomía, esa operación no consiste en la eliminación de órgano alguno, ni afecta de ningún modo la salud o la estabilidad emocional y sexual del circuncidado.

Algunos padres que no profesan la religión islámica han manifestado su desacuerdo con la presencia de crucifijos en las aulas. Eso no cambia las cosas. La intolerancia no es un defecto exclusivo del islam. Todos ellos, profesen o no alguna religión, se niegan a aceptar algo establecido desde épocas lejanas y que, quieran o no, es propio de la mayoría de la población española. El caso es que exigen para sí mismos lo que son incapaces de brindar a otros.

La tolerancia, según estas personas, parece consistir sólo en que se respeten sus propios sentimientos, pruritos y reticencias. Ellos no ofrecen lo mismo a cambio, ni en los países islámicos ni, por lo visto ahora, en los restantes: quienes piensan de otro modo no pueden manifestar sus ideas y creencias, so pena de ofender a una minoría que pretende imponer sus leyes en un país que ha acogido a inmigrantes de creencias y concepciones muy diversas. En el caso que ha motivado estas reflexiones, el niño que dio lugar a la denuncia contra el profesor es español por nacimiento, pero no sus padres. Fueron acogidos por una sociedad de credo y organización diferentes a las suyas. Una sociedad a la que pretenden transformar.

Es curioso que, junto a fenómenos semejantes, subsista la discriminación hacia los iberoamericanos en algunos sectores de la población española. Y más curioso aún es que no se haya oído hablar nunca de denuncias de ecuatorianos o de peruanos porque se les llame "sudacas"; o porque, ante alguna injusticia o actitud incomprensible, se les diga que se vuelvan a "su país", posean o no la nacionalidad española; o porque se les considere menos cualificados que los nativos en cualquier materia, o porque las peculiaridades de su español susciten burlas.

La inmigración musulmana de la pasada década no criticaba los símbolos religiosos ni las costumbres de los cristianos. Ahora está haciéndose cada vez más agresiva.
Tenemos mucho que aprender sobre tolerancia, porque no tenemos en lo absoluto claro en qué consiste esa virtud. Por lo demás, ha llegado el momento de que el gobierno establezca con claridad los límites de dicha tolerancia, que precise los derechos y deberes de las minorías. No se aduzca que la religión debe ser un asunto privado, porque el menor y los padres del caso del jamón no parecen compartir esa consideración. El respeto y las exigencias que de esta sagrada noción se derivan son un derecho de todos, no sólo de ciertos grupos.

Ha llegado la hora de que España –y el resto de Europa– deje claro qué lugar corresponde a cada grupo en la sociedad. Es tiempo de decir al islam que no tiene derecho a exigir a Occidente lo que no permite en sus países. No debe existir tolerancia con quienes no son tolerantes, ni cabe el respeto al que no respeta. ¿Han venido a crearse una vida nueva? Pues se les ha acogido bien. No pueden pretender imponer sus costumbres ni sus leyes, ni intentar destruir la columna vertebral de nuestro modo de vida. ¿Son ajenos al mundo occidental? Tienen países de sobra en los que imperan sus leyes y costumbres. Si no les gusta nuestro modo de vida, es hora de que, en lugar de intentar modificarlo a su manera, se replanteen su permanencia entre nosotros, que no vamos a sus tierras a imponernos ni a decirles qué deben hacer. Y que no se nos eche en cara la historia de las Cruzadas: podríamos replicar, por nuestra parte, y por sólo citar un ejemplo, con el asedio otomano a Viena.
Creo que vivimos momentos de decisión; y, como creía Oriana Fallaci, hay momentos en la vida donde hablar es una obligación, un deber civil, un desafío moral, un imperativo categórico al cual uno no puede sustraerse.

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jueves, 6 de mayo de 2010

Destocado

Por Andrés Ollero Tassara en ABC SEVILLA y otros periódicos, domingo, 2 de mayo de 2010

«Mi hija seguirá en el mismo instituto y con el hiyab» (Mohamed Malha, padre de Najwa Malha)

El torero, salvo que vaya a tomar o confirmar la alternativa, hace el paseíllo con la montera bien asentada en sus sienes con aire nada sumiso. Sólo en señal de duelo lo haría destocado. El modo de cubrir o no la cabeza ha jugado siempre un notable papel entre las normas de urbanidad que regulan la convivencia.

A Najwa, una adolescente musulmana, se le pretende prohibir, por ir tocada con un pañuelo islámico, el acceso a su centro escolar; su reglamento interno excluye al parecer el uso de gorras susceptibles de identificar pandillas juveniles. Oigo por la radio a una madre de alumno, sin duda bienpensante, clamar emulando al «Ronquillo»; exige que no se reforme el reglamento, esgrimiendo el clásico «aquí, o todos o ninguno».

Para empezar, parece obligado recordar que hablamos de derechos. No se trata de si la niña quiere o no llevar el pañuelo, sino de si tiene o no derecho a hacerlo. Habrá luego que considerar si se trata de un eventual derecho subjetivo otorgado por vía legislativa o de un derecho fundamental, que sólo puede verse desarrollado por una ley que respete su contenido esencial. Bastaría con ello para constatar la sarta de disparates que han ido surgiendo de los tendidos.

De un derecho fundamental no se es titular cuando a los demás les parece bien. No somos humanos a partir de la semana que decida la mayoría, ni podemos ejercer la libertad religiosa cuando y como a la mayoría le parezca bien. No hay que ser musulmán para distinguir entre un hiyab y una gorra. Afirmar, como se ha dicho en Andalucía, que en cada caso se decidirá si se puede o no entrar con velo equivale a atribuir a los centros competencias legislativas, lo que supone un despropósito. Por otra parte, no hace falta alguna reformar el reglamento de su centro escolar para que Najwa pueda acceder a él; basta con algo tan elemental como proceder interpretarlo, como cualquier otra norma, en el marco de la Constitución; o sea, de la manera más favorable a los derechos en ella reconocidos.

Surgen, sin embargo, otras voces desde los tendidos: no estaríamos ante un símbolo religioso, sino ante una intolerable muestra de sometimiento femenino. La cuestión es tan polémica como peliaguda. ¿Quién debe establecer el sentido de un símbolo? ¿El que lo usa o quienes le observan? En la medida en que esa negativa interpretación semántica tuviese fundamento, sería más razonable que a Najwa se la educara de tal modo en la importancia de la autonomía femenina como para que ella misma, si se sintiera ahogada por el velo, se lo acabara quitando. Renunciar a educarla, o desviarla a otro centro donde le concedan graciosamente lo que en justicia es su derecho, es el mejor modo de deseducar cívicamente a sus compañeros.

Desde el Gobierno se sigue mostrando una pueril alergia a lo religioso. En vez de reconocer que es el derecho fundamental a la libertad religiosa lo que obliga a interpretar que el hiyab no es una gorra sin visera, se descuelgan con que debe primar el derecho a la educación; pero esto sí obligaría a modificar el reglamento y convertiría en intachables las gorras. Todo antes que suscribir nuestra constitucional «laicidad positiva», que justifica un deber de cooperación con las manifestaciones religiosas y quienes las encarnan. Enfrente, una derecha hirsuta juega al Guerrero del Antifaz, para que los laicistas de turno se carguen de razón: una vez que Najwa haga el paseíllo destocada, una novicia asiática animada por sus superioras a completar estudios, no podría acceder a ese mismo centro con la toca sin generar una burda discriminación por motivos religiosos. Inteligente resultado: religión civil para todos por decreto.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Laicidad, laicismo y ética pública

Athena Intelligence publica en su revista el artículo de Rafael Palomino titulado "Laicidad, laicismo y ética pública: presupuestos en la elaboración de políticas para prevenir la radicalización violenta". Aunque está dirigido principalmente a personas dedicadas a la seguridad, tiene ideas muy sugerentes para toda persona interesada en estos temas.

Occidente se encuentra en una encrucijada marcada por nuevos fenómenos representados por la multiculturalidad, la identidad y la violencia (...)

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