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lunes, 16 de diciembre de 2024

Humillando en nombre del feminismo

Artículo de Jacobo Bergareche en El Mundo, allá por octubre de 2024. Un botón de muestra de la dictadura que ejerce la ideología de género. Se comenta por sí solo.

foto atarifa CC
¿Dónde están los hombres?

Hace unos meses publiqué en Elle una columna titulada ¿Dónde están los hombres?. Era una reflexión que hice después de impartir el enésimo curso de escritura al que solo asistieron mujeres. Me ocurre todo el rato, cursos, clubes de lectura, presentaciones: apenas se ve un hombre. Constato que les pasa a muchos otros escritores y escritoras.

Me preocupa que mis congéneres piensen que la conversación en torno a la literatura no les incumbe. No hablo de literatura ligera, sino de aquella que aspira a interpelarnos sobre aquello que puede acontecernos: el amor, la paternidad, el duelo, la pertenencia, el deseo irreprimible o los miedos mal curados de la infancia. La literatura nos enseña a mirar dentro de nosotros, nos pone en la piel del prójimo, nos invita a entender sus motivos. Es decir, nos aproxima de una manera aficionada a ser psicólogos con los personajes y también con las personas que nos rodean, a las que comparamos con los personajes de las novelas muchas veces. Nos desciframos a nosotros mismos cuando nos vemos retratados en las miserias, anhelos y contradicciones de un personaje.

Poco después de la publicación de esta columna recibí una invitación para participar en el Encuentro Internacional por la Coeducación, que organizaron el Ministerio de Igualdad y el de Educación. Me propusieron acudir con mi hija Pepa, que es una estudiante de Psicología y Criminología de 19 años, para tener una conversación con ella en el escenario. Nos daban libertad para expresar nuestras ideas e impresiones en torno a la educación por la igualdad, y yo creí que pensar con mi hija en voz alta y frente al público sobre este tema sería una buena experiencia para ambos. La experiencia resultó una pesadilla.

Una experiencia de pesadilla

Acudimos al Centro Niemeyer de Avilés, donde tuvo lugar el encuentro sin certezas ni convicciones, mi hija y yo no militamos en nada, procuramos simplemente aportar ideas y dudas que nos parecía interesante exponer en ese foro. Le propuse a Pepa relacionar de alguna manera mi experiencia como escritor que asiste frustrado a la deserción del hombre de las actividades literarias con la suya como estudiante de una carrera donde los hombres hoy suponen solo el 20% del alumnado. En su curso, de hecho, solo hay tres chicos. ¿Habría quizás alguna relación en estas ausencias que ambos percibimos ¿Tiene el hombre algún problema con la introspección y con la conversación sobre los sentimientos que le aleja tanto de la conversación en torno a la literatura como de la psicología? 

La idea final que quise plantear es que la promoción del hábito de leer narrativa contemporánea ayuda a desarrollar habilidades importantes -de alguna manera ligadas a la psicología- para que los jóvenes varones puedan entender mejor aspectos como el deseo femenino o los problemas de ciertas relaciones. En definitiva, que no se trata tanto de explicarle al hombre qué masculinidad es la deseable sino de darle herramientas para poder ver y entender a una mujer, y a sí mismo. Pensaba que reivindicar la novela podía aportar algo valioso para la educación en la igualdad y quería poner ejemplos concretos de títulos y de conversaciones esclarecedoras que se pueden tener en torno a ellos. 

Todo esto se truncó porque fuimos interrumpidos e increpados durante nuestra charla por una mujer vociferante que además era ponente y tenía un cargo público, y que venía con una claque de obedientes palmeros. Los ataques comenzaron cuando le pregunté a mi hija por qué pensaba que en Psicología las mujeres están tan sobrerrepresentadas, algo que también pasa en Medicina, Trabajo Social o Educación Infantil. Pepa dijo despreocupadamente que podría ser porque de manera ancestral las mujeres tenían una inclinación hacia los roles de cuidado. Aquí se inició la gresca: oímos un grito desgarrador que chillaba «¡nos están asesinando!». 

Pepa y yo nos quedamos descolocados, no entendíamos el porqué de ese grito o su relación con la charla. Más adelante nos harían saber que aquello que Pepa me había respondido era una provocación: expresar la idea de que las mujeres puedan tener una disposición biológica a roles de cuidado es anatema para quienes piensan que el cuidado es una imposición cultural del patriarcado. Para estas personas cualquier asociación de alguna característica biológica con el género femenino es poco menos que un intento de sometimiento. La ciencia, que es la que debiera dirimir cualquier polémica en torno a esta cuestión (de la que yo me considero completamente ignorante), solo es relevante para algunas en la medida en que desmienta la intuición expresada por mi hija, como comprobaríamos más adelante.

¿Por qué los jóvenes son cada día más conservadores?

La siguiente declaración inaceptable de mi hija, que ya nos valió gritos histéricos de «fuera de aquí, este foro no es para vosotros», llegó cuando le pregunté por qué pensaba ella que los jóvenes de su edad eran cada vez más conservadores, según aseguran estudios y encuestas del CIS y la FAD. Pepa dijo que tenía la sensación de que en los últimos años el feminismo había perdido su foco, que es la lucha por la igualdad de la mujer, y se había enredado en otro tipo de debates como el de definir masculinidades alternativas y deseables, y decir a hombres y mujeres cómo debían ser. «¡Levantémonos y vayámonos todas, así terminan antes!», gritó esa tipa a la que no podíamos ver a través de los focos que iluminaban el escenario. Hubo aplausos a su propuesta y una sensación terrible de hostilidad.

Ya sabemos que los radicales de cualquier signo creen que su verdad les autoriza a silenciar a los demás y a interrumpirles cuando exponen ideas que no son las suyas. Mi hija, que jamás había estado en un escenario, se sentía cada vez más tensa, las piernas empezaban a temblarle, algunas personas del público trataban de amedrentarla para que callara ante la absoluta pasividad de la presentadora del acto, Luján Argüelles, que no hizo intervención alguna mientras se nos vituperaba.

Turno de humillaciones finales

Cuando comprobé que mi hija ya se trababa hablando y que nuestra charla no iba a poder discurrir con normalidad, abrí el turno de preguntas para cerrar nuestra intervención. Solo un hombre alzó su mano, dirigió su pregunta a Pepa y comenzó diciendo: «No quiero hacer mansplaining, pero…». Y acto seguido hizo exactamente lo que decía que no quería hacer. Le explicó a mi hija cómo algunos antropólogos que olvidó citar han descubierto que las mujeres también cazaban y que no estaban en la cueva cuidando a los bebés, y que por tanto eso del rol del cuidado era un invento, y que qué tenía que decir ante eso. La claque le aplaudió con alegría, con eso ya le daban la última bofetada pública a mi hija y la callaban del todo.

Después intervino por fin Luján, le preguntó a Pepa su edad y, cuando se enteró de que tenía 19 años, ofreció entonces al público la  explicación de lo que pasaba: era una adolescente que aún no entendía nada, el producto de una educación sesgada, dijo. Sí, dijo eso. Añadió que se haría mayor y vería que ese «libro de la ley» que le han dado no es tal, y aprendería entonces a ver las cosas. Pepa se echó a llorar, nos levantamos y nos fuimos. Cuando la quise calmar me dijo que estaba llorando de rabia, no por la hooligan ni el mansplainer del final, sino por la humillación a la que la sometía la presentadora, que con toda la condescendencia del mundo apaciguó al público presentándola como el deshecho de una educación sesgada, faltándole así al respeto no solo a Pepa, sino a todos los que hemos participado en su educación.

A la salida, muchas personas del Ministerio de Igualdad abrazaron a Pepa, consternadas por lo que había pasado, ofreciendo cariño y disculpas que agradecimos mucho, pero sugiriendo que nos había faltado un poco de contexto. ¿Qué significa eso?, me pregunto. Supongo que significa que a estos foros no se viene a pensar en alto sino a hablar con sumo cuidado de no cruzar las líneas que trazan los radicales. Y yo les diría, con cariño también, que personas como las que humillaron a mi hija en nombre del feminismo son precisamente las que hacen que el sentimiento antifeminista crezca  preocupantemente entre los jóvenes, y aquellas que ponen en riesgo todo lo bueno que se ha logrado.

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Las entradillas y los destacados en negrita son del editor.
Foto: atarifa CC


miércoles, 17 de marzo de 2021

Dogmatismo y cervezas

O cuando la realidad te estropea un buen prejuicio. 


Artículo de Víctor Bermúdez, profesor de filosofía, en El Periódico de Extremadura de hoy. Los resaltados en negritas son nuestros.

«Cuando comencé la licenciatura, hace treinta años, la Facultad de Filosofía estaba aún repleta de profesores cercanos al Opus, la Iglesia y/o más o menos afectos – algunos – al “antiguo régimen”, así que, rojo y ateo que era uno, acudía a sus clases con la escopeta dialéctica cargada y dispuesto a discutirles todo lo que pudiera. Para mí sorpresa, no solo se podía discutir con ellos, sino que incluso eran ellos los que, a veces, no dejaban pasar ni una sin razonarlo a conciencia. 

Ya por de pronto, y lejos del autoritarismo que se les suponía, me sorprendió que aplicaran el mismo “soft power” pedagógico que los profesores más jóvenes y “de izquierdas” que yo admiraba. Así, tanto unos como otros minusvaloraban (retóricamente) la jerarquía entre docentes y alumnos, se mostraban cercanos y accesibles (“se enrollaban”, solíamos decir entonces) y declaraban, ante todo, estar abiertos siempre, y en todo, al diálogo. 

Y en esto del diálogo vino mí mayor pasmo. Resulta que aquellos profesores calificados (por la “intelligentsia” estudiantil) de “carcas”, teístas y dogmáticos, se prestaban a dialogar mucho más que aquellos otros que, pese a su apariencia “alternativa” o su furibundonietzscheanismo, se mostraban menos dados a cuestionar sus propios prejuicios (que eran también los míos). 

Las generalizaciones son odiosas, pero no puedo negar que, desde entonces (y hasta ahora), la mayor parte de las veces que he leído o tratado a pensadores tachados a priori de reaccionarios o dogmáticos (esencialistas, apóstoles del derecho natural, teístas jesuíticos, metafísicos olvidados…) he encontrado a tipos que demostraban un exquisito respeto por los argumentos en general (y por los del contrario en particular), amén de rigor y capacidad para asumir todo lo que significa pensar a fondo (con todas sus consecuencias) lo que creemos superficialmente pensar. 

Sin embargo y al revés, con aquellos filósofos y colegas de la “izquierda intelectual”, y con los que comparto más afinidad ideológica, me resulta a veces imposible el diálogo. De entrada, no suelen aceptar hablar seriamente de todo: hay temas y perspectivas relevantes – están de moda, son de las “nuestras” – y otras que solo generan silencio o sonrisas displicentes. De otro lado, consideran los argumentos como “objetos sospechosos” (ocultadores de la realidad, tiranos de la experiencia, “falogocéntricos” dispositivos de poder…), aunque no por ello se priven de usarlos constantemente. Y, por último, muestran, a mi juicio, una profunda incapacidad para asumir (no digamos pensar o cuestionar) la parte más dogmática o axiomática de sus teorías. 

¿Por qué ocurre esto? Lo ignoro. Quizá un teísta o creyente no necesite agarrarse con tanta desesperación como un ateo a sus más mundanas creencias (con Dios como red de seguridad uno se atreve a discutir de todo). O tal vez sea ese injustificable complejo de superioridad moral y filosófica que sufre a menudo el intelectual de izquierdas, y que hace que conciba sus tesis como dogmas de fe. 

El otro día – para muestra un botón –, en un seminario universitario repleto de profesores de lo más iconoclasta (aunque dedicados, todos, a la idolatría más posmoderna) se me ocurrió insinuar que tal vez no teníamos suficientes argumentos para sostener lo que se estaba sosteniendo de modo natural (es decir: porque está de moda y la tribu entera lo mantiene). Y tras la reacción de costumbre (silencio, sonrisas compasivas, incredulidad), uno de los profesores, el más dicharachero, no pudo resistirse: “¡Y qué coño – exclamó divertido –, esto también es cosa de fe!”. Solo le faltó proponer que compartiésemos unas birras. 

Porque esa es otra: en el colmo de la desfachatez y la intolerancia disfrazada de buen rollo, es corriente entre mis colegas de la izquierda intelectual que se aborten las discusiones esenciales con una especie de repentina deflación cordial. Es lo de “esto se arregla con una cervecita”; lo cual viene a decir que la verdad importa un comino, que el diálogo es, en el fondo, banal y que, puestos a vivir en la noche en que todos los gatos son pardos, mejor es estar un poco más ciegos. 

Así que, ya ven, en esta comedia del mundo los dogmáticos son, a veces, los que más razonan, y los anti-dogmáticos los que – místicos sobrevenidos – aborrecen de todo lo que “imponga” esa satánica prostituta (Lutero dixit) que es la razón. Sobra decir que los peligrosos son, hoy, los segundos: te ahogan en cerveza (o en la escolástica que esté de moda) igual que los primeros, en sus buenos tiempos, lo hacían en el agua: para probar, igualmente, tu inocencia».

martes, 10 de noviembre de 2020

El feminismo contra la "ley trans"

Este blog nació para proponer una laicidad positiva y luchar, con argumentos, contra el laicismo. Sin olvidar este objetivo, la controversia cultural-social y sus derivaciones políticas y legales nos impulsaron a ampliar el objetivo a la argumentación contra la ideología de género. 

Como se veía venir, parte de la argumentación contra esta ideología de género y sus absurdas consecuencias, viene del feminismo. Es lo que han hecho ocho feministas históricas en una carta dirigida recientemente al Gobierno de mi atribulado país, para debatir el proyecto de la llamada "ley trans". Estas mujeres, que han elevado la misiva al ámbito público para que quien quiera la suscriba en Google Docs, acusan al Ministerio de Igualdad de querer «borrar» a la mujer de la lucha feminista. 

El pasado sábado, en una interesante noticia en mi diario de cabecera, Doménico Chiappe recogía buena parte de la argumentación feminista anti trans, básicamente por desligar y luego confundir sexo y género; es decir, en el fondo, por el motivo principal de los que consideramos la ideología de género como profundamente deshumanizadora. 

"Parece un contrasentido pero, según se desprende de los argumentos de las firmantes, desarrollar la idea de que el género se puede elegir, sin nada más que la voluntad del momento, inicia una peligrosa senda de invisibilización hacia lo que es el «sexo» femenino. 

Diferenciar los conceptos «género» y «sexo» es la primera cuestión que desarrollan Freixas, Ángeles Álvarez, Marina Gilabert, Alicia Miyares, Rosa María Rodríguez Magda, Victoria Sendón de León, Juana Serna y Amelia Valcárcel, algunas de ellas con carrera política en el socialismo. 

La Ley Trans «minimiza» la «opresión para las mujeres, hace el juego a la visión patriarcal y misógina, y perpetúa la opresión», alertan quienes han pedido «una y otra vez» una reunión con la ministra de Igualdad Irene Montero, sin éxito. 

Recomiendan las firmantes evitar la «confusión» de conceptos. El sexo, dicen, es la «realidad biológica constatable», mientras que el género es una «construcción jerárquica de los estereotipos sexuales que ha fundamentado la desigualdad y la opresión». Las feministas explican que ellas no van contra el sexo, que es la naturaleza del cuerpo. Van contra el género, una imposición cultural. Mientras que las leyes Trans, tanto la que abandera Montero, como otras «aprobadas en diversas comunidades autónomas», parecen combatir el sexo." 

A continuación viene uno de esos ejemplos de cómo, cuando subviertes la naturaleza de las cosas y de las personas; aunque sea un poco, se cumple inexorablemente la ley de la pendiente resbaladiza, hasta llegar a situaciones surrealistas. 

"Ante la estrategia de entremezclar a las personas trans con las mujeres, se denuncia la existencia de una «neolengua» que «invisibiliza» y «borra a las mujeres con la excusa de la inclusividad». Empieza por proscribir el uso del vocablo «mujer», sustituido por 'cuerpos feminizados' o 'cuerpos menstruantes'. En ese léxico, se tiene como una «ofensa» hablar de vaginas, reglas y embarazos, y a las madres se les llama 'progenitor gestante' y al sexo, 'género sentido'. 

«El sexo es un dato objetivo en sus aspectos genético, gonadal, hormonal, anatómico y genital. No puede hablarse de 'autodeterminación del sexo' como ejercicio de la libre voluntad»." 

Aunque el feminismo radical mantiene muchos de sus desvaríos, se da cuenta de los riesgos para la mujer, que ahora vienen "del otro lado", y de sus consecuencias. 

"«Pretender que el ser mujer u hombre es una mera elección desdibuja la realidad material del sexo, justo aquello que determina el género en que se nos socializa». 

Se muestran preocupadas por las consecuencias futuras de «encaminar» a los menores hacia «bloqueadores de pubertad», una vez que se les etiqueta como «niños y niñas trans» a aquellos que disienten con la normativa de género. «Creemos necesario un acompañamiento que contemple acciones de apoyo y autoafirmación». «Es preciso investigar los efectos a largo plazo de la hormonación y medicalización, así como prever un posible cambio de parecer en el futuro, con el añadido de la imposibilidad de revertir acciones quirúrgicas y hormonales agresivas». 

La Ley Trans genera una conducta «coactiva» del Estado contra la infancia y los profesionales de la salud, acusan. Además, peligran derechos que las mujeres de su generación han conquistado: «la defensa de las mujeres, el mantenimiento de los espacios reservados, las cuotas, las ayudas, la diferenciación por sexos en competiciones deportivas, o los datos desagregados por sexo para analizar el comportamiento social o tomar medidas frente a las desigualdades entre los sexos», enumeran. Y concluyen. «Negar la relevancia del sexo y encaminarnos hacia una supuesta autodeterminación de éste según el género elegido, colisiona con las leyes de igualdad y de violencia de género»." 

 ¿Sería mucho pedir que, además, las feministas sacaran consecuencias de cómo su feminismo "de género" perjudica también, no solo a las mujeres, sino al ser humano en su totalidad, hombre y mujer, joven y anciano, niño y niña?
   
Cuanto antes aceptemos el cuerpo sexuado, femenino y masculinos, como un don recibido para cuidar y perfeccionar, y dejemos de jugar a ser el doctor Frankenstein, mucho mejor.
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Foto: atarifa CC 
La negrita del texto citado es del original.

miércoles, 13 de mayo de 2020

La presencia de la religión en el ámbito público. El artículo 16 de la Constitución Española

Por Andrés Ollero, Catedrático de Filosofía del Derecho.
En la revista Sevilla Nuestra, primavera de 2020

1. Se garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley.

Andrés Ollero
Lo primero que salta a la vista en este epígrafe del artículo 16 de nuestro texto constitucional es la equiparación de la libertad religiosa con la ideológica. Esto implica un rechazo de todo intento de subordinación o minusvaloración de la dimensión religiosa en el ámbito público, como la pretendida por los planteamientos laicistas. La libre expresión de la propia ideología es exigencia elemental en una sociedad democrática; lo mismo cabe pues afirmar en ella de la vivencia sin obstáculos de las propias convicciones religiosas.

Entre unas cosas y otras, es fácil que uno acabe oyendo de vez en cuando alguna tontería. Nunca he oído sin embargo que alguien defienda la conveniencia de una igualdad ideológica, salvo que pretenda reinventar el partido único. Pero la estadística no perdona: he oído a algunos que se quejan de que en España no hay igualdad religiosa. Asunto distinto es cómo convivir en una sociedad pluriconfesional.

Tan absurdo como impedir la libre manifestación de la propia concepción del mundo sería el intento laicista de privatizar la vivencia religiosa, como si se la considerara perturbadora de la convivencia social. Ya suena demasiado a viejo aquello de considerar a lo religioso como el opio del pueblo, pero -quizá inconscientemente- los laicistas parecen pretender replantearlo como si la religión debiera ser tratada como el tabaco del pueblo: fume usted poquito y en su casa.

El mantra que esgrime el laicista de turno es que no se puede imponer las propias convicciones a los demás; como si él mismo no tuviera convicciones. Ya Io escribió Machado: "Zapatero, a tu zapato, os dirán. Vosotros preguntad: ¿y cuál es mi zapato? Y para evitar confusiones lamentables, ¿querría usted decirme cuál es el suyo?".

Por si no quedara claro, la primera línea del precepto arriba citado incluye a la vez la libertad de culto, con su inevitable proyección pública; a la vez que deja bien claro que no se trata de una mera piadosa actividad individual sino que incluye manifestaciones comunitarias, como las tan gozosamente abundantes en Sevilla.

El Tribunal Constitucional, al referirse al ejercicio de los derechos fundamentales, no deja de avisar que no hay derechos ilimitados. Los derechos son siempre libertad delimitada, para hacer posible la convivencia, e igualdad delimitada, para no ahogar la libertad. Al fin y al cabo la justicia, que aparece con una y otra como valor superior del ordenamiento jurídico (artículo 1.1), no es sino el ajustamiento de libertad e igualdad.

El límite de las libertades ideológica y religiosa es sin embargo particularmente mínimo: lo estrictamente necesario para el mantenimiento del "orden público". (...) Tal orden es como el núcleo duro de los derechos fundamentales, ajenos a toda negociación. Por muy devotos que parecieran sus adeptos, no se consideraría constitucional una comunidad que se reuniera los miércoles para realizar sacrificios humanos, premiando al afortunado con pasar a mejor vida.

El segundo epígrafe de nuestro artículo es sin duda el menos conocido, lo que facilita que se vea con facilidad atropellado. Dice así: 2. Nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias.

Lo que tiende a olvidarse es su consecuencia: atenta a la convivencia democrática quien descalifica inquisitorialmente opiniones ajenas echándole a su autor en cara sus creencias religiosas; como si con ello estuviera profanando un ámbito público presuntamente neutro. Algo tan poco elegante como nombrarle a la madre. Bien experimentado lo tendrán quienes se atrevan a defender la vida del no nacido o del enfermo terminal.

Una sociedad religiosamente neutra sería tan poco democrática como una sociedad ideológicamente neutra. La frontera entre lo neutro y la neutralización es muy tenue. Sobre todo cuando, opinando uno seis y otro tres, llega el neutral de turno y lo soluciona a su manera: cero y todos contentos...

El epígrafe más enjundioso del artículo 16 acabará siendo el tercero, que pone en cuestión el dogma laicista de una obligada separación entre lo religioso y los poderes públicos, entendida como no contaminación. Quizá por alergia al incienso, se pretende imponer un espacio social libre de humos. El término "separación" ni siquiera está presente en la Constitución, que lo sustituye -como veremos- por otro bien distinto: cooperación.

3. Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones.

Queda pues claro que el Estado español no es confesional. Cada ciudadano podrá tener la religión que libremente prefiera o no tener ninguna. Dejará en su contorno social, como es lógico, la huella de sus propias convicciones; como un ejemplo de pluralismo, reconocido también como valor superior del ordenamiento jurídico en el artículo que abre la Constitución.

Lejos de mostrarse ciegos ante lo religioso, los poderes públicos han de tenerlos en cuenta, no para ajustarle las cuentas, sino para ver el modo de atenderlos con la cooperación en cada caso más eficaz. A eso llama el Tribunal Constitucional laicidad positiva. Dado el pluralismo de confesiones religiosas, el resultado será obligadamente desigual; pero no de acuerdo con los caprichosos humores de quienes ejerzan el poder, sino del modo consiguiente a las creencias religiosas de sociedad española. De ahí la referencia a la Iglesia Católica, ausente en el anteproyecto de constitucional, pero incluida luego con el elocuente apoyo del mismísimo Santiago Carrillo.

lunes, 13 de junio de 2016

Totalitarismo "de género" y libertad de expresión

CAÑIZARES Y EL NUEVO TOTALITARISMO DE GÉNERO
Por Benigno Blanco. Abogado
Publicado en La Razón, el 6 de junio de 2016

Un Cardenal, Antonio Cañizares, advierte en una homilía del ataque a la libertad y a la familia que supone la ideología de género y de su carácter incompatible con la visión cristiana del hombre. Esto no debiera ser noticia pues es, sin más, evidente que la ideología de género es una antropología radicalmente opuesta a la cristiana como acredita la literatura científica al respecto (cfr. por ejemplo las recientes obras de María Calvo y Jesús Trillo-Figueroa al respecto) y así lo han dicho reiteradamente los últimos Papas, tanto Benedicto XVI como Francisco. Y también es evidente que la agenda política de género es, junto al fundamentalismo islamista, la mayor amenaza a las libertades que existe hoy en el mundo occidental pues ambas ideologías exigen que los poderes públicos hagan suya e impongan a todos la visión de la persona y la sexualidad de unos pocos acabando así con la libertad de pensamiento, ideológica y religiosa; pues es también evidente que en materia de sexualidad coexisten varias concepciones en nuestra sociedad y -si una se impone ex lege- quienes no la compartan se verán privados de su libertad de pensar y opinar

Lo dicho por Cañizares es lo que se podía esperar de un Obispo católico. Noticia relevante hubiera sido que hubiera dicho lo contrario, que hubiera afirmado que el ser humano no tiene sexo sino que se crea a sí mismo en materia sexual definiendo autónomamente su “género” y que esa autodefinición es el único criterio relevante en materia sexual; que hubiera defendido que el único criterio moral en materia sexual es la autónoma libertad de autoconfiguración de cada individuo, que el hombre no es sino que se hace. Si un Cardenal hubiese hecho estas afirmaciones radicalmente contradictorias con la fe cristiana y propias de la ideología de género, entendería que los medios de comunicación se ocupasen del tema pues sería una noticia relevante, como si Pablo Iglesias declarase que el capitalismo es el ideal y la supresión de impuestos y la desregulación del mercado laboral su ideal político. Pero si Cañizares reafirma la visión de la sexualidad cristiana o Pablo Iglesias sus tópicos marxistas…no veo la noticia ni la novedad

Y, sin embargo, se ha desatado una ola de ataques e insultos desaforados a Cañizares acompañada de querellas y denuncias.

¿Por qué el ataque a Cañizares en los medios, en el parlamento valenciano y las querellas o denuncias contra él? Porque tiene razón en lo que dice: algunos, los portavoces de la ideología de género y en particular el lobby autodenominado LGTBI, quieren suprimir la libertad de pensamiento en materia de sexualidad en nuestra sociedad y aprovechan casos como éste para atacar, atemorizar y laminar a quienes tienen otra visión de la sexualidad y así imponer la suya propia como la única que se puede exponer y defender. Es el nuevo totalitarismo de género que amenaza nuestras libertades y empieza a concretarse jurídicamente en las leyes que van aprobando las CCAA que –bajo el título inocente de lucha contra la discriminación- imponen la ideología de género en todos los sectores de la vida pública, empresarial y en el sistema educativo con notorio desprecio a la libertad de pensamiento en materia de sexualidad.

Frente a este nuevo totalitarismo de género, afirmo que:


  • Se puede opinar sobre la sexualidad y, por tanto, también sobre la homosexualidad como sobre la heterosexualidad
  • La visión de la sexualidad de los adalides del género se puede defender como la de los cristianos o los budistas, pero el Estado no debe hacer suya ni una ni otra, ni menos imponer una en concreto a todos.
  • Obligar a educar en clave de género en todas las escuelas a todos los escolares es totalitario y desconoce derechos humanos básicos, aunque lo aprueben por unanimidad los parlamentarios del PP, del PSOE, de Ciudadanos y de Podemos en algunas CCAA como Murcia o Madrid.
  • Defender la ética sexual tradicional cristiana es tan legítimo al menos como defender la de género; y los poderes públicos no pueden imponer ni la una ni la otra. Estas confrontaciones son el terreno propio de la libertad.
  • Convertir la fiesta del Orgullo Gay y la bandera arco iris en fiesta y bandera oficiales como hace la reciente ley de la Región de Murcia en la materia -¡con los votos a favor incluso del PP!- es manifestación de un asalto partidista al poder público como no veíamos desde los años 30 del siglo pasado.
  • Discrepar de los planteamientos de género no es ningún ataque a los homosexuales ni expresa odio a éstos, como discrepar del comunismo no es odiar a los pobres por mucho que los comunistas quieran presentarse como los únicos legítimos defensores de éstos.
  • Las opiniones sobre sexualidad son opiniones sobre la humanidad y pertenecen, por tanto, al terreno propio de las libertades de pensamiento, ideológica y religiosa y no a la esfera legítima de intervención de los poderes públicos en una sociedad democrática.

Identificar la discrepancia con las ideas de género sobre la sexualidad con delitos de odio a los homosexuales es una argucia de márketing propagandístico que tiene caracteres de trampa liberticida que no podemos consentir.

Yo estoy convencido que la ideología de género es un inmenso error antropológico y tengo derecho a decirlo, como lo tiene Cañizares. Y por eso mismo me veo en la obligación de denunciar las leyes que se vienen aprobando últimamente en varias CCAA como leyes inaceptables de privilegios para los lobyss LGTBI defensores de la ideología de género en detrimento de las libertades de todos. Y por eso defiendo la libertad del Cardenal Cañizares de opinar con libertad sobre la ideología de género y el “imperio” de los lobbys que la defienden.

Y aclaro que no odio a los homosexuales sino que me limito a oponerme -usando mi libertad- a un lobby y una ideología defendidos por homosexuales y heterosexuales, como hay homosexuales que no defienden ni a ese lobby ni a esa ideología. Esta no es una disputa entre homosexuales y heterosexuales, sino una disputa entre distintas concepciones sobre la sexualidad.

Cuando en una democracia hay un debate ideológico y político legítimo y uno de los bandos quiere ilegalizar al otro y prohibirle expresarse como intenta hoy el lobby LGTBI en España con los que discrepan de él, la democracia está en peligro. Y cuando esos mismos logran que las leyes y las instituciones públicas hagan suya su ideología, sus símbolos y sus fiestas como empieza a suceder hoy ya en España, la libertad empieza a decrecer peligrosamente en un plano deslizante que da miedo según nos enseñan fenómenos semejantes en la historia, pues así empiezan todas las dictaduras fundamentalistas: confundiendo a una parte con el todo hasta la anulación de la otra parte con un amplio abanico de fórmulas que van desde la negación de los derechos civiles hasta el exterminio.

La mejor manera de defender la libertad es ejerciéndola. Por eso: gracias, Cañizares, por hablar claro.

lunes, 24 de agosto de 2015

Ideología de género y persona

El mes pasado me pidieron que diera una más charla que conferencia sobre esa corriente cultural de gran fuerza en Occidente que algunos llamamos "ideología de género", a un grupo selecto y variado de profesionales con formación universitaria y amplios intereses.

Escogí como guión la conferencia "Ideología de género y persona. Voluntarismo y dominio", que el profesor Francesco D’Agostino, de la Università de Roma Tor Vergata, pronunció en la reunión para docentes e investigadores universitarios, que organiza cada año la Fundación RUI en Castello di Urio (Lago de Como), del 13 al 15 de junio de 2014 (texto publicado en la revista Studi Cattolici, n. 643, septiembre 2014, pp. 580-584).

Tras un nada fácil -para mí-, proceso de desentrañamiento de las ideas expuestas por el profesor D'Agostino, llegué al siguiente esquema para mi propia exposición:
  1. Tú me dices el yo.
  2. La identificación del yo en tres planos: distinción entre identidad sexual, orientación sexual e identidad de género.
  3. Corrientes culturales de fondo:
    1. Feminismo radical: Toda diferencia es discriminación: leyes anti discriminación.
    2. Autodeterminación: toda persona puede o debería poder configurarse según sus propios deseos, sin ninguna predeterminación cultural o biológica. Aquí late el “seréis como Dios” de la primera tentación (Gen 3,5).
  4. Cuando uno pierde las raíces de su identidad (familia, patria, Historia, cultura) queda a merced del poder que tiraniza haciendo creer que uno hace lo que quiere (Juan Manuel de Prada).
  5. Juan Pablo II: relativismo, sin el timón de la referencia de la verdad, se hace imposible una referencia objetiva al bien en la conducta individual y social, y la nave va a la deriva.
  6. Cuando uno queda en el aire, sin raíces para su identidad, se lo lleva cualquier viento.
1. Tú me dices el yo.

Cuando nace una criatura, todo el mundo se hace dos preguntas fundamentales. La primera es: ¿es niño o niña? La segunda: ¿qué nombre se le ha puesto? Cuando se nos dirige la pregunta ¿quién eres? y damos una respuesta, estamos recurriendo, aunque no nos demos cuenta, al otro y a su providencial ayuda (y éste es el sentido profundo del auspicio del rey Lear; Who is that can tell me who I am?), no porque la palabra del otro sea infalible, sino porque ponernos a su escucha hace activa en nosotros la conciencia de que es indispensable que la respuesta sea conforme a la verdad, y no según nuestro arbitrio. Lo que Pedro Salinas expresa tan poéticamente: Posesión tú me dabas de mí, al dárteme tú.

2. La identificación del yo en tres planos: distinción entre identidad sexual, orientación sexual e identidad de género.

El primero es el plano de la identidad sexual, que tiene una objetividad natural: la presencia de los cromosomas XY o XX. QUÉ SOY.
El segundo plano es el de la orientación sexual, y se refiere a la atracción pulsional, que puede dirigirse hacia personas del propio sexo. o a otros objetivos. QUÉ SIENTO
El tercer plano, es el de la identidad de género. Este se refiere a cómo se identifica una persona a sí misma en su propia mente, o más propiamente, a cómo una persona decide identificarse. QUÉ DECIDO SER.

El primer y segundo plano se refieren a una dinámica de hetero-determinación o, por emplear una expresión enfática, al destino; el tercer plano se refiere a la autodeterminación o, si se prefiere, a la elección.

3. Corrientes culturales de fondo.

Algunos estudiosos, incluso simpatizantes con los Gender Studies, comienzan a pensar que el del género es un modelo de transición, cuya función, en el momento histórico actual, podría reducirse fundamentalmente a desquiciar la idea tradicional según la cual el género humano se cualifique a partir de una obligada vocación genealógica. El objetivo último de los Gender Studies consistiría por tanto en cancelar la imagen del hombre como animal familiar. Según el parecer de estos estudiosos, la desestructuración y la desimbolización de la diferencia entre los sexos, potenciada por la banalización de las nuevas posibilidades de procreación asistida y sobre todo por la producción de embriones constitutivamente sin padres, vaciarían desde dentro el triángulo padre/madre/hijo y abrirían una nueva e irreversible fase de la autocomprensión histórica del hombre.

Esos días cayó en mis manos un reportaje (MAGAZINE, 29 de julio 2015) en el que el afamado Luis Rojas Marcos aventuraba que dentro de cincuenta años "sin duda habrá desaparecido la institucionalización legal y cultural del matrimonio (...). Las relaciones entre las personas serán más variadas y abiertas. La institución matrimonial como existe ahora no va con la con la mentalidad del ser humano, con sus cambios y etapas de vida". Cosa que me recuerda a esa nueva concejalía del ayuntamiento barcelonés llamada Ciclo de Vida, Feminismos y LGTBI.

La afirmación de un yo asexuado (o bien de un yo libremente polisexuado, que es esencialmente lo mismo) sería la frontera de la completa liberación social de la subjetividad y del eros, a lo que seguiría el comienzo de la nueva era.

Casualmente, recuperé poco antes dos fichas que conservo medios traspapeladas entre mis notas y papeles sobre laicismo. Son de 2004, y en ellas se apunta ya el largo aliento de algunas medidas políticas concretas:
La imagen de España en el mundo ha cambiado en estos 6 meses. El reconocimiento del matrimonio de homosexuales es un cambio histórico, de concepción de la sociedad, de valores, y eso tiene un potencial transformador muy importante. Estamos cambiando muchas cosas y lo mejor está por venir (José Luis Rodriguez Zapatero entrevistado por Jesús Ceberio, El País, 17 de octubre de 2004).
 Este gobierno ha presentado todos los cambios como una suerte de revancha a nivel social. Son iniciativas legales que llevan a crear una nueva conciencia social, como ocurrió con las leyes del aborto y del divorcio. Este es el efecto deseducativo de las normas (José Luis Requero, Vocal del Consejo General del Poder Judicial, Alfa y Omega, 21 de octubre de 2004).
4. Cuando uno pierde las raíces de su identidad (familia, patria, Historia, cultura) queda a merced del poder que tiraniza haciendo creer que uno hace lo que quiere (Juan Manuel de Prada).

Recomiendo leer la serie de artículos sobre La Nueva Tiranía.

5. Juan Pablo II: relativismo, sin el timón de la referencia de la verdad, se hace imposible una referencia objetiva al bien en la conducta individual y social, y la nave va a la deriva.

Si la determinación del Gender es voluntarística, puesto que no puede invocar en su propia justificación ninguna determinación naturalista, queda sin resolver el problema de cómo pueda ser reivindicada individualmente como absoluta y no negociable: como no hay un querer verdadero que pueda (sólo en cuanto tal) imponerse sobre un querer falso, y lo que cuenta –como había comprendido perfectamente Nietzsche– es solo cuál de los dos quereres se revele al final como el más fuerte, como capaz de imponerse al más débil, es muy dudoso que en sistemas de complejidad social siempre creciente, en lo que se refiere a la determinación de la identidad sexual, acaben prevaleciendo las voluntades de género de tipo individual, frente a las pretensiones reguladoras sobre el género que puedan imponerse desde el poder.

6. Cuando uno queda en el aire, sin raíces para su identidad, se lo lleva cualquier viento.

Así acabé mi exposición, dejando sola en el aire una pluma y soplando fuertemente sobre ella.

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jueves, 19 de febrero de 2015

Cómo se impone la ideología de género

Replico este artículo porque me ha parecido magistral e instructivo.

El nuevo idioma del poder habla en el nombre del gender. Así es cómo, a través de las grandes conferencias de la ONU, las lobbies han dictado la agenda de los Estados.

Family and Media
Lunes 19 de Enero de 2015 Stefano Di Battista

El análisis de la escritora y periodista Marguerite Peeters en un congreso organizado por la diócesis de Brescia (Italia).

El gender. Una norma política mundial. Marguerite Peeters, destacada periodista estadounidense y autora de muchos libros sobre temas éticos, barre con muchos de los lugares comunes recurriendo la historia de las grandes conferencias promovidas por la ONU (Organización de las Naciones Unidas) a partir del año 1990.

Fue justo en algunas de aquellas asambleas, en las que ella participó en calidad de periodista, que se emprendió el proceso de toma de poder por parte de algunas ONG (Organizaciones No Gubernamentales) que operan en el ámbito de los derechos humanos y la de igualdad de oportunidades: dichas organizaciones han logrado paulatinamente imponer su agenda, sustituyéndose de hecho a los gobiernos nacionales y condicionándolos según los intereses de un número reducido de lobbies económicos. En particular, fue en la Conferencia de Pekín sobre las mujeres (1995) cuando se allanó el camino a la ideología del gender, al establecerse la paridad entre los sexos como paridad de género, lo cual logró un consenso enorme a nivel mundial.

Para entender lo que ha ocurrido es menester retomar el concepto de soft power (poder blando) y el de consenso (internacionalmente consensus), una práctica con la que se pretenden evitar decisiones unánimes y difíciles de tomar. Cuando una resolución no es compartida, no se aprueba recurriendo a una votación formal, sino a través de una declaración concertada anteriormente entre los estados en la que simplemente se reconoce el acuerdo entre los miembros; un acuerdo constatado por el presidente que la preside mediante la fórmula «¿Hay alguna objeción? Si no hay objeción, así se acuerda».

Se trata de una tipología de resolución, cuyos contenidos resultan a menudo bastante vagos, y de la que se sirven las lobbies para orientar las políticas de los estados de acuerdo con sus propios intereses. Las conferencias de la ONU también han impuesto un nuevo lenguaje, véase al respecto los términos como partnership (partenariado), skateholder (partes interesadas) y, sobre todo, governance (gobierno corporativo).

«Pero la governance mundial –apunta la autora– es una realidad inaprensible: todos los términos de este nuevo lenguaje resultan ambivalentes, esto es, no tienen una definición diáfana. Su difusión sirve para ocultar un proyecto ideológico determinado finalizado a la toma de poder por parte de algunas minorías. La governance no es ningún gobierno mundial: la diferencia, en efecto, es que un gobierno propiamente dicho tiene su visibilidad democrática y una autoridad moral que procede directamente del mecanismo de la representación. Un gobierno se elige con el fin de dar voz a los valores de quienes lo han elegido. La governance, en cambio, no contiene en sí ni tampoco conlleva ninguna representación, sino exclusivamente la participación de algunos grupos de interés que han tomado el poder a nivel mundial».

«Se trata –ha explicado Peeters en un reciente congreso que se ha llevado a cabo en Brescia (Italia)– de una revolución política guiada por las ONG que pone al centro del interés asuntos como el crecimiento demográfico o la alerta ambiental. La igualdad entre hombre y mujer, en particular, ha sido el expediente que ha permitido la difusión de la ideología del gender: a partir de un asunto de derecho, justamente la igualdad, que dentro de Occidente nadie se atrevería a negar o a poner en cuestión, se ha ampliado paulatinamente su significado hasta desestructurar el dato biológico a favor de una interpretación libre y arbitraria de la identidad sexual de cada uno».

Al respecto, piénsese por ejemplo que en el Facebook cada usuario puede elegir entre 58 géneros. La ideología gender se ha difundido gracias a algunos mitos que Peeters nos invita a desenmascarar.

«Si bien predomina la idea de que se trata de un diseño que procede del frente homosexual, no hay que olvidar el aporte que dio el feminismo radical, que resulta tan indisociable de aquél que no sería impropio afirmar que se han allanado mutuamente el camino. En Occidente, el componente homosexual resulta mayoritario, pero en los países en vía de desarrollo existe un programa feminista que es el resultado de una mentalidad por la que a la mujer se le niega la identidad filial, materna y conyugal, inculcándole la idea de que las diferencias entre lo femenino y lo masculino, así como la distinción entre familia y vocación educativa, son construcciones sociales que se oponen a la igualdad y a la libertad de los ciudadanos. El mensaje más o menos implícito, por tanto, es que en una sociedad avanzada estos legados del pasado tienen que ser desmontados mediante cualquier medio: de ahí, los proyectos de cambiar las leyes nacionales de modo que la contracepción, el aborto y la fecundación artificial sean fácilmente asequibles para la población. Gracias a estas posibilidades, la governance promueve y fomenta la educación de un tipo de mujer cada vez más autónoma, exenta de las obligaciones familiares y, por ende, más motivada hacia la búsqueda del proprio poder y de autonomía».

El origen filosófico de este fenómeno se halla en la Ilustración. Fue precisamente en aquel contexto cultural, de hecho, cuando se impuso el principio deista según el cual «si Dios no es padre y el ciudadano no es hijo, entonces éste no adquiere su identidad de nadie, sino que ha de construirla por su cuenta». Y así el ciudadano occidental se convierte simplemente en individuo, en una entidad política abstracta e indiferenciada, que no adquiere igualdad y libertad mediante un proceso de filiación, sino que se adueña de ella mediante un gesto de rebeldía]. En este proceso, la paternidad representa claramente un obstáculo, tal como afirmaba el filósofo Jean-Jaques Rousseau (1712-1778), según el cual ser padres sería un privilegio que se opone al principio de igualdad.

El homicidio cultural de la figura paterna ha sido la consecuencia directa de dicho pensamiento».

Además, Peeters dice estar muy impresionada por la continuidad ideológica entre la Revolución francesa y la forma en que la teoría del gender ha sido introducida en los textos escolares adoptados más allá de los Alpes. «Desde la muerte de Dios hasta la del hombre, pasando a través de la del padre, de la madre y del hijo, el siglo XX ha sido terrible desde un punto de vista antropológico. El punto de llegada, de hecho, es que los hijos en cuanto tales ya no existen, porque se han convertido en los hijos de la República, en un proceso de secularización que dio por resultado la norma mundial del gender».

Pero, ¿cómo reaccionar frente a todo esto sin caer en extremismos que rechazan todo lo que sea occidental, o en las actitudes de esas minorías que abogan por un regreso del pasado? La única vía es el discernimiento. «Frente al gender no son los conocimientos globales los que nos sirven, sino el despertar de la conciencia: es ahí donde hemos de decidir sobre lo que es el bien y promoverlo. La elección que se nos plantea es si permanecer pasivos, porque nos sentimos aplastados por la gravedad del problema o, en cambio, si ser útilmente creativos a favor del bien y emanciparnos del pasado. La verdad es que ya no vivimos en una verdadera democracia, porque ya desde sus albores este sistema conllevaba en sí los gérmenes de su autodestrucción. En su parábola el Occidente ha llegado casi al fin del trayecto y hoy se encuentra en la necesidad de volver a ser evangelizado para volver a mirar a la persona humana en toda su esencia. Hace falta devolverle el poder al pueblo, pero para hacerlo hay que ser capaces de exponer públicamente dicho timo por parte de las lobbies. Ya no es suficiente oponerse a las normas culturales: hay que abrir una reflexión sobre el individualismo y sobre cómo han evolucionado los así llamados derechos de la persona. El error del pasado reside en el moralismo, mientras que el despertar de la conciencia humana pasa a través del amor. Hace falta, entonces, un esfuerzo de síntesis para regresar al humano en su verdadera experiencia existencial, haciéndole redescubrir su propia identidad de hijo».



(*) Marguerite Peeters se ocupa de cuestiones políticas, culturales y éticas relativas a la governance mundial desde 1994. Es autora de centenares de informes sobre este asunto y también de la obra La mondialisation de la révolution culturelle occidentale. Es consejera del Consejo Pontificio de la Cultura. La editorial San Paolo ha publicado recientemente su obra Il gender. Una questione politica e culturale (2014).

"Traducción de Matteo Torani"

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jueves, 3 de enero de 2013

El cristianismo como disidencia

Por Manuel Bustos. En Málaga Hoy, 2 de enero de 2013
LA TRIBUNA

C/ Virgen de Montserrat, Granada, foto Alberto Tarifa
DESDE el corazón mismo del siglo XIX se nos ha transmitido la idea de una Iglesia y una religión cristiana asociadas al inmovilismo y a los poderosos, y contraria a la modernidad y a la ciencia moderna. De poco habrían servido en este sentido los importantes servicios prestados por ambas a los marginados de toda índole a lo largo de la historia, así como al desarrollo de la cultura y de las tareas científicas.

Tras el Concilio Vaticano II se hizo en la Iglesia un esfuerzo considerable de denuncia de las situaciones de injusticia en nuestro mundo, de preocupación por la libertad y los derechos humanos, de promoción social y de apoyo a la ciencia. Fruto de todo ello fue el desvanecimiento temporal de la imagen heredada. Mas a medida que nos hemos ido acercando al presente, y particularmente en las últimas décadas, esa vieja imagen ha reaparecido con una fuerza inusitada. El cristianismo en general y la Iglesia católica en particular han pasado de ser héroes a villanos. Y no es porque se haya producido un giro sustancial en ninguno de los dos; más bien al contrario, la apertura al mundo secularizado les ha pasado factura con frecuencia.

El cambio de actitud debe buscarse en la profunda mutación que está experimentando la cultura de nuestro tiempo, una mutación de claro sesgo antropológico; de aquí su hondura y riesgos. Resumiendo mucho las cosas por falta de espacio, diríamos que dicha transformación pretende construirse sobre tres pilares clave: la universalidad o globalización, la ideología de género y el relativismo. Otros caracteres del momento actual, como la crisis económica, la crisis política o la emergencia nacionalista, poseen estrechos vínculos con ellos.

La presencia de la globalización hace que las dos restantes alcancen un eco mucho mayor del que les pertenecería si se tratara de un marco meramente local o nacional. El inusitado poder de los medios de comunicación, especialmente de Internet, de las redes sociales y de la televisión, le han otorgado un alcance extraordinario.

Ideología de género y relativismo conforman el sustrato de nuestra cultura en las últimas décadas, e inciden en los graves problemas que hoy nos afligen, y, en parte, en la debilidad de Europa. Actúan como disolventes de vínculos fundamentales y, en particular, de las bases cristianas de la sociedad occidental y del concepto mismo de lo humano.

Partiendo de grupos muy minoritarios, ambas corrientes han logrado alzarse, aprovechando el vacío moral, gracias a su organización, determinación y beligerancia, así como al apoyo institucional y de los medios, hasta imponer una auténtica dictadura de pensamiento en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Han nacido con pretensiones de ingeniería social para conformarla a su imagen y semejanza, proyectándose sobre ámbitos esenciales, como son la naturaleza del ser humano, la relación hombre-mujer, la familia, el matrimonio, los hijos, o sobre las bases morales que sirven de orientación e integración a los miembros de una sociedad.

Frente a esta deriva, pocas disidencias más importantes, pocas luchas más denodadas en defensa de la ley natural y de la dignidad de la vida humana que las del cristianismo y, a pesar de sus limitaciones, de la Iglesia. No viene de los partidos, sean estos de derecha o de izquierda, la disidencia frente a dicha dictadura, sino de la propia religión y, en particular, de una de las instituciones fundamentales en que toma cuerpo. Y esto es así, porque sólo ellos son capaces de presentar una verdadera concepción del hombre alternativa a la que se pretende imponer. Movimientos con un claro componente ecologista y antisistema están fuertemente contaminados a este respecto por ambas corrientes, aunque se presenten también como valedores de una cultura alternativa.

Todo esto, unido al previo calentamiento de la opinión en las anteriores décadas, explica la saña y, en algunos casos, la persecución crecientes con que se emplean los grupos que sostienen esta cultura emergente y sus albaceas. Sólo así se explica también la caza de brujas suscitada sucesivamente, entre otros, contra el parlamentario italiano Buttiglione, el primer ministro húngaro Viktor Orban y su constitución de inspiración cristiana o, entre nosotros, el juez Ferrín Calamita.

Les esperan, pues, tiempos difíciles a los cristianos en los próximos años, de difícil convivencia con una legislación que puede arrinconarlos y una ideología que ha calado a través de los medios en una previamente abonada población civil. Será preciso que, frente a ello, sean capaces de defender su derecho, en una sociedad democrática, a tener su propia voz y a obrar de acuerdo con su conciencia, sin ser tildados por ello de machismo, homofobia o fundamentalismo, por citar sólo algunas de los epítetos más frecuentes que se les suelen aplicar


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sábado, 25 de junio de 2011

La libertad de educación (y otras) en peligro

La dictadura de la ideología de género mantiene su programa contra viento y marea, a pesar de la crisis, de todas las advertencias, de todos los flagrantes atropellos. Ahora es la llamada "ley de igualdad", en fase de proyecto, un auténtico atentado a la libertad y, en el fondo, a la auténtica igualdad.

He aquí unos cuantos enlaces a artículos que arrojan luz sobre esta cuestión desde variadas perspectivas.

Artículo de Juan Manuel de Prada en ABC. Sobre la ley de igualdad y el derecho al sostenimiento con fondos públicos de los centros de Educación Diferenciada.

Columna de Paco Sánchez en su blog VAGÓN-BAR sobre la exclusión de los centros de Educación Diferenciada de la financiación pública.

El gobierno tendrá que modificar la LOE. El gobierno sigue su “guerra” contra la Educación Diferenciada.

15 razones contra la Ley de Igualdad de Trato.
La Ley de Igualdad de trato y no discriminación prevé su aplicación en todos los ámbitos de la vida política, económica, cultural y social y singularmente en el empleo, el trabajo, la educación, la salud y los servicios sociales, el acceso a bienes y servicios, incluida la vivienda, la participación social o política y los medios de comunicación.

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viernes, 4 de junio de 2010

Conexión entre el adoctrinamiento escolar, la ideología de género y la expulsión de los crucifijos

Grégor Puppinck, director del ECJL, lo ha resaltado en un desayuno de trabajo organizado por Profesionales por la Ética.


REDACCIÓN HO.- Esta mañana ha tenido lugar en Madrid un desayuno de trabajo sobre el tema Las religiones ¿fuera de la ciudadanía europea? Organizado por Profesionales por la Ética, el acto ha contado con la presencia de Grégor Puppinck, director del ECJL (European Center for Law and Justice), una entidad cuya sede principal se encuentra en Estrasburgo y que tiene como objeto salvaguardar y proteger los derechos humanos y las libertades civiles.

Puppinck ha acudido a España para intervenir como experto en la Reunión de Alto Nivel sobre La libertad religiosa en las sociedades democráticas organizada por el Gobierno español esta misma semana en Córdoba.

Para Puppinck, la discusión de fondo de la reunión de Córdoba era la presencia del Islam en Europa y su futuro. En su opinión, ha prevalecido una tendencia a favorecer el Islam. Sobre el futuro de la sociedad europea, el director del ECJL ha indicado que existe una corriente secularista que evita toda referencia religiosa en nombre de la tolerancia y el pluralismo, pero que pretende alianzas con el Islam:

“En Córdoba he percibido que la cuestión de las religiones se plantea en términos de conflicto, de reivindicación de derechos de una minoría frente a una mayoría pero no hay un interés por buscar soluciones ni en buscar el bien común”.

En materia de libertad religiosa, Puppinck ha explicado que el ECJL colabora en el procedimiento jurídico seguido ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) sobre la presencia del crucifijo en un centro público italiano:

“Este tema es de enorme trascendencia porque el Tribunal de Estrasburgo ha considerado que la presencia del crucifijo afecta a la educación y a la libertad”.

Para Puppinck, la reciente detención de un clérigo anglicano en Reino Unido, por predicar que la práctica de las relaciones homosexuales es un pecado, tiene mucho que ver con la expulsión de los crucifijos o con la Educación para la Ciudadanía en España.

El ECJL asesora a Profesionales por la Ética en la demanda presentada el pasado 19 de marzo por más de 100 padres objetores ante el TEDH en materia de objeción a Educación para la Ciudadanía. Este procedimiento es seguido con el máximo interés por la entidad dirigida por Puppinck, quien asegura que “en la objeción a esta asignatura está muy claramente en juego la libertad de los padres”.

También ha reconocido que el TEDH no está dando las mismas respuestas para defender los derechos y la libertad de todos los padres, como quedó patente en la demanda de la madre italiana a quien molestaba la presencia del crucifijo en el aula de su hijo:

“La Corte de Estrasburgo está más preocupada por que la formación sea plural, democrática y tolerante. La educación de los hijos es un derecho natural de los padres que en Europa está siendo restringido”.

Puppicnk ha explicado que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos está trabajando para dar soporte a lo que se ha llamado “nuevos derechos”. Para esta tarea cuenta con el respaldo de otras instituciones europeas, como el propio Consejo de Europa, que propone un nuevo modelo de sociedad no basado en los derechos naturales de la persona sino en una libertad tolerante. En este sentido, ha recordado que el pasado mes de enero la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa aprobó una recomendación para promover en los distintos estados europeos los “derechos” de los colectivos de homosexuales, como el matrimonio o la adopción por parte de parejas formadas por personas del mismo sexo:

“Estamos ante la imposición de una ideología frente a la que se prohíbe discrepar. La realidad de la familia natural y los derechos de los niños quedan sometidos al deseo de los colectivos homosexuales. Existe un proceso de reingeniería social diseñado y dirigido por minorías influyentes muy alejadas de la realidad que quiere hacer prevalecer una libertad sin límites por encima de la naturaleza humana. Se ha tomado una decisión de crear nuevos derechos y además, cambiar la naturaleza humana. El debate es antropológico, no sólo jurídico. Es una lucha sobre la naturaleza de la persona y sus derechos frente al Estado”.

La respuesta implica al ámbito jurídico pero también al intelectual y al político. Se trata de explicar ideas y salvaguardar espacios de libertad para los cristianos:

“Es importante llevar al ámbito internacional la defensa de la libertad religiosa y de conciencia porque en los diferentes países estos asuntos a menudo están condicionados por la confrontación política interna y no se resuelven”.

Por último, Puppinck ha expuesto algunos síntomas positivos ante la ofensiva laicista en el ámbito jurídico y político: Europa del Este tiene menos complejos que la Europa occidental a la hora de afirmar su identidad cristiana y está avanzando. Tras destacar que, en el procedimiento jurídico sobre el crucifijo, Rusia está apoyando al Estado italiano para defender la presencia pública del símbolo cristiano por excelencia, se ha referido a la fe como “ventaja” de los cristianos:

“Sólo desde la fe es posible entenderse sobre la naturaleza humana. Los cristianos tenemos una enorme ventaja sobre las imposiciones ideológicas: nuestro compromiso con la realidad”.

Ver vídeo

jueves, 9 de julio de 2009

Feminismo radical y cultura de la muerte

Acabo de leer “La ideología invisible. El pensamiento de la nueva izquierda radical”, de Jesús Trillo-Figueroa (Libros Libres 2005), que además de interesarme muchísimo y explicarme muchas cosas, me ha dejado verdaderamente aterrado ante el sesgo destructor de la ideología que subyace en la cultura hegemónica en Europa y en gran parte de la acción política, principalmente en España. Algunas citas sacadas de este ensayo:

Es necesario establecer una gran alianza entre feminismo y socialismo que abarque todas las áreas del pensamiento y de la acción política (María Teresa Fernández de la Vega, marzo de 2005).

El interés por la sexualidad es lo que diferencia al feminismo radical (…). Para ser radicales no se trata sólo de ganar el espacio público (igualdad del trabajo, la educación o los derechos civiles y políticos), sino que también es necesario transformar el espacio privado(Nuria Varela, “Feminismo para principiantes”, 2005).

Una de las ideas más radicales del feminismo contemporáneo es su pretensión de que el espacio privado del hogar y la familia debe estar sujeto al escrutinio público (Mary Evans, “Introducción al pensamiento feminista contemporáneo, 1997).

La discriminación que han sufrido tradicionalmente las mujeres en el mundo tiene múltiples manifestaciones, una de ellas es estrictamente lingüística (…). En ello consiste el sexismo lingüístico, en el diverso tratamiento que, a través de la lengua, hacemos del individuo en función de los genitales con que ha nacido (María Ángeles Calero Fernández, “Sexismo lingüístico”, 1999).

La igualdad feminista radical significa (…) que las mujeres no tengan que dar a luz. La destrucción de la familia biológica que Freud jamás ha visualizado permitirá la emergencia de mujeres y hombres nuevos (Alison Jaegger, “Political philosophies of woman’s liberation”, 1977).

Pensamos que ninguna mujer debería tener esta opción. No debería autorizarse a ninguna mujer a quedarse en casa para cuidar a sus hijos. La sociedad debe ser totalmente diferente. Las mujeres no deberían tener esa opción (Christina Hoff Sommers, “Who stole feminism?”, 1994).

Una sociedad autónoma es una sociedad que se autoconstituye; los individuos autónomos son individuos que se autoconstituyen. (…) Este tipo de sociedad es la que se determina asimismo plenamente, sin un límite exterior, referencia o finalidad preconstituida (Zygmunt Bauman, “En busca de la política”, 1999).

Con el referente beauvorista (de Simone de Beauvoir) de fondo , algunos estudios determinan, de manera taxativa, que la madre no nace, se hace y que, por tanto, el amor maternal no es universal, como se pretende desde la retórica ilustrada, sino constituido por nuestro pasado histórico, nuestra sociedad y nuestra cultura (Helena Establier Pérez, “La teoría de la maternidad en el contexto crítico español).

El feto es un invasor extraño que le roba a la mujer su individualidad frente al considerado por los médicos como una entidad sagrada para definir la identidad de la mujer. La lucha de esta mujer será por tanto la lucha entre los intereses de la especie y los de la mujer individual (Simone de Beauvoir, “El segundo sexo”, 1987).

lunes, 5 de noviembre de 2007

Ciencia e ideología

El “cambio climático” se está convirtiendo en una poderosa y rentable mitología, cuando no en pura superchería

Por Ignacio Sánchez Cámara, en La Gaceta, 5 de noviembre de 2007

Los hombres tenemos obligaciones con relación a la naturaleza. Y no porque ella tenga derechos. El titular de esos eventuales derechos, correlativos a las obligaciones, es también el hombre y sólo él: las generaciones actuales y las futuras. Sólo la persona es titular de derechos y obligaciones. Estas obligaciones relativas a la naturaleza han sido y son, con frecuencia, incumplidas. No son pocos los desmanes perpetrados. Pero si el hombre es capaz de agredir a la naturaleza, acaso sea porque no es un ser meramente natural.

No es fácil negar la realidad, al menos parcial, de lo que ha venido en denominarse “cambio climático”. La agresión a la capa de ozono, junto a otros factores (también conviene evitar el fundamentalismo del factor causal único), ya ha provocado alteraciones y efectos perceptibles, que se manifiestan en un aumento de la temperatura anual media y en el consiguiente deshielo que provoca el aumento del nivel del mar. Es a los científicos, y no a los charlatanes ventajistas, a quienes compete evaluar la dimensión del problema, establecer previsiones verosímiles y proponer las recomendaciones y las medidas políticas supranacionales que habría que adoptar (si bien, esto último ya no les corresponde sólo a ellos). No es infrecuente que algunas predicciones agoreras se funden en la condición, casi nunca cumplida, de un mantenimiento inalterado de las demás condiciones actuales (lo que en Derecho se llama la cláusula rebus sic stantibus, es decir, el presupuesto de que permanezcan inalteradas las demás circunstancias). Cuando comenzaba mis estudios universitarios, circulaba por ahí el dogma del “crecimiento cero”, patraña de la que apenas nadie se acuerda ya. El debate, si ha de serlo auténticamente, tiene que ser científico.

Existen síntomas evidentes de que el debate empieza a transitar más por la senda ideológica que por la científica. Para empezar hay mucho barullo y griterío, y ya decía Galileo que donde se grita no hay verdadera ciencia. El “cambio climático” se está convirtiendo en una poderosa, y rentable, mitología, cuando no en pura superchería. La ciencia nunca impone, silencia o censura, nunca amonesta o insulta, sino que persuade. Ciertamente, en ocasiones debe ser algo dura con los charlatanes, pero nunca escamoteando el debate e imponiendo una ortodoxia asfixiante. Ortega y Gasset decía que ciencia es aquello sobre lo que siempre cabe discusión. Y los apóstoles de la nueva “religión” seudoecologista pretenden imponer su creencia. El debate ha pasado ya de su lugar natural científico al ámbito ruidoso de la política y de la ideología, en el sentido de conocimiento deformado por intereses o de falsa conciencia, cuando no al del puro negocio. La naturaleza cotiza al alza en el mercado ideológico. Siempre es fácil traficar con los buenos sentimientos.

El futuro de la vida en nuestro planeta es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de demagogos poco escrupulosos que no desean que los hechos les estropeen una buena causa. Los retos que tiene planteados la humanidad van mucho más allá del logro de un descenso de uno o dos grados de temperatura media anual durante los próximos seis años. Ojalá fuera ese el único o el principal reto. Eso no significa, ciertamente, que no pueda tratarse de un objetivo necesario o conveniente. Por lo demás, como afirmó Popper, nadie cambia mediante argumentos y razones una opinión a la que no ha llegado mediante argumentos y razones. Es cierto que cualquier gobernante responsable debe enfrentarse a las amenazas del “calentamiento global” en toda su gravedad. Pero valorar y determinar las proporciones de esta gravedad no le corresponde a él sino a los científicos, y se da la circunstancia de que en la comunidad científica no existe unanimidad sobre este problema. También hay que evaluar el coste que entrañan las políticas propuestas, pues acaso muchos de los que se adscriben con fervor a la nueva fe no estén dispuestos a asumirlo. Casi siempre el problema son los otros. El pensamiento simple nunca llega a apresar una realidad compleja. Es muy probable que convenga reducir las emisiones de dióxido de carbono, pero no parece razonable convertirlo en el enemigo público número uno. Como he afirmado al principio, a mi juicio, el problema y su debate son de naturaleza moral, pero sus presupuestos y condiciones son científicos.

Nadie debe ser excluido del debate, salvo los que no estén dispuestos a plantearlo a partir de los conocimientos científicos. También la ciencia puede convertirse en una poderosa mitología, pero sus resultados nunca serán tan devastadores como los que puede producir la sustitución de la ciencia por la ideología. Y toda ideología presta al mal una sola cara, ya sea la clase social, la raza, la propiedad privada o, como en este caso sucede, la emisión de dióxido de carbono. La ideología, en el mejor de los casos, simplifica, siempre engaña, y, en el peor, esclaviza. Sustituyamos la ideología por la ciencia, y el fanatismo por la inteligencia.