- La madre genética (la donante del óvulo, que puede ser la madre gestante, o la comitente o una donante ajena).
- El padre genético que es el donante de esperma.
- La madre gestante, el marido o pareja de la madre gestante.
- La mujer o varón comitente que ha encargado el bebé.
- La pareja de la mujer o varón comitente.
Por la Libertad, contra la dictadura del relativismo, el laicismo y todo lo políticamente correcto. No tengamos miedo, el único verdadero enemigo está dentro: que los buenos no hagan nada.
martes, 5 de enero de 2021
LA MATERNIDAD SUBROGADA
martes, 18 de febrero de 2020
Algunas falacias sobre la eutanasia
Hablemos de eutanasia.
Algunas falacias sobre la eutanasia.
Por Francisco de Borja Santamaría en El Comercio, 17 de febrero de 2020
Foto: Ismael MS
La legalización de la eutanasia en España ha sido admitida a trámite en el Congreso de los Diputados con un amplio apoyo parlamentario. Los argumentos que se invocan para su aprobación se apoyan, sin embargo, en falacias. Son muchas más, pero me ocuparé sólo de algunas.
Resulta falaz presentar la legalización de la eutanasia como una solución ‘químicamente pura’, que consistiría, simplemente, en respetar la autonomía de la persona y el derecho de cualquier individuo a dejar de vivir cuando lo desee. Legalizar la eutanasia no obliga a nadie a recurrir a ella, se nos dice. Sobre el papel –el papel lo aguanta todo– es así, pero desgraciadamente la legalización de la eutanasia no consiste ‘simplemente’ en respetar la autonomía del individuo. Cuando una sociedad legaliza la eutanasia envía a todos los ciudadanos un mensaje diáfano: «Si tu vida es una carga para ti, para tu entorno o para la sociedad, deberías considerar seriamente la posibilidad de quitarte de en medio. Vivir en ciertas condiciones representa una indecencia». La persona anciana, enferma o impedida pasa, así, a tener que justificar su voluntad de vivir.
El planteamiento de que oponerse a la legalización de la eutanasia representa la imposición de unas ‘creencias’ irracionales de algunos al resto de la sociedad es otro argumento falaz. Según este tópico, la oposición a esta regulación procede de creencias religiosas que unos pocos intentan imponer al conjunto de la sociedad. Las leyes han de articularse sólo con razones (válidas para todos), no con creencias (particulares, por definición). La jugada, hay que reconocerlo, resulta bastante hábil porque demarca torticeramente dos territorios entre los que elegir: el de la razón o el de las creencias (irracionales, claro). Así, pues, no existirían argumentos racionales para oponerse a que una persona quiera quitarse la vida y a que la sociedad se lo facilite. El ‘no matarás’ en esta argumentación se presenta como un principio exclusivamente religioso. O sea, no representa un argumento racionalmente defendible.
Alguien que lea esto podría aducir quizá que la eutanasia no va de matar. Pero, sí. La eutanasia precisamente va de eso, de matar o de ayudar a quitarse la vida. El ‘ayudar a morir’ que se invoca no deja de ser un eufemismo. Éste es precisamente el gran salto de la eutanasia y lo que provoca rechazo: que procura positivamente la muerte. No es un mero ‘dejar morir’ y no caer en el ensañamiento terapéutico, no es un ‘ayudar a morir’ aliviando el sufrimiento. Es matar.
Tiene sentido discutir sobre si el imperativo de no matar admite excepciones o no. Pero sostener de antemano que admitir salvedades a la prohibición de matar es ‘lo racional’, mientras que no admitirlas sólo puede provenir de una creencia religiosa e irracional, resulta tramposo. ¿Por qué es más racional admitir excepciones al ‘no matarás’ que no hacerlo, que es, por otra parte, en lo que se ha sustentado nuestra civilización?
Bueno, se nos dirá, dejémonos que si racionalidad o que si creencias. Lo definitivo, en cualquier caso, es que cada persona pueda elegir cómo morir y que la sociedad no obligue a nadie a vivir contra su voluntad. Ya, pero entonces volvemos a lo dicho más arriba. ¿De verdad que legalizar la eutanasia ‘solo’ consiste en que a nadie se le obligue a vivir contra su voluntad? La realidad real es que para que algunos puedan ejercer su soberana voluntad de morir cómo y cuándo lo deseen, muchos morirán sin haberlo pedido y muchísimos más deberán pedir disculpas por no haber tenido la decencia de quitarse de en medio. Esto es lo que realmente significa legalizar el ‘derecho a morir’.
¿De verdad que no hay otras alternativas más humanitarias?*
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*Nota del editor: sí las hay. Empecemos por hablar de los cuidados paliativos.
viernes, 19 de febrero de 2016
La Justicia defiende la objeción de conciencia ante el poder político
Dos sentencias, en Uruguay y en Polonia, acuden en auxilio de la objeción de conciencia médica, de acuerdo con las respectivas leyes, frente a la inveterada costumbre de los gobiernos de legislar de acuerdo con posiciones ideológicas y desprecio de las leyes (como ya criticó con lucidez Cicerón, la cosa viene de antiguo).
Es conocido que la función principal de la Ley consiste en defender a la persona del abuso de poder; que tiende a utilizarla, por el contrario, para afianzar ese poder, con desprecio de la persona, su dignidad, su autonomía y su libertad originales; que los poderes públicos deberían reconocer y tutelar, en lugar de avasallar, con las ínfulas de considerar que son quienes las otorgan.
Para mí, que el origen de los derechos humanos está en la persona y es anterior al Estado, y no al revés, es la clave de distinción entre lo que hoy llamamos "derecha" e "izquierda", con todos la matices que haya que hacer a continuación.
Pues bien, en sentencia de 11 de agosto de 2015 (descargar), el Tribunal de lo Contencioso acepta parcialmente la demanda de hasta cien ginecólogos uruguayos, anulando, con efectos generales y absolutos los apartados del Decreto 375/012, de 22 de noviembre de 2012, que restringen su derecho a la objeción de conciencia.
El fallo definitivo -informa El Observador- permite a todos los ginecólogos –no solo a los que presentaron el recurso– abstenerse de participar en cualquiera de los pasos que una mujer deba seguir para realizarse un aborto, por no estar de acuerdo con la práctica, lo que se considera objeción de conciencia.
La Revista de Derecho Público dedica un extenso y pormenorizado artículo de Carmen Asiaín Pereira a comentar esta sentencia. Interesante lectura para jurista y defensores de la objeción de conciencia y, por extensión, de la vida humana.
Por último, la revista polaca Ordo Iuris (en inglés, no se asusten), da noticia de una sentencia en el mismo sentido del Tribunal Constitucional de 7 de octubre de 2015. En la información se recuerda el famoso caso del doctor Bogdan Chazan, cesado y despedido de un hospital por negarse a realizar un aborto.
lunes, 20 de mayo de 2013
Aborto y libertad individual
ABC 13 de mayo de 2013
Cada vida humana deja de ser un fin en sí mismo, para convertirse en un medio o instrumento para beneficio de otros
ANDAN los dirigentes del Partido Popular dubitativos en torno a la cuestión del aborto, sobre la que no saben cómo legislar; y, a medida que se suceden las dubitaciones, parece cada vez más claro que, como el Bartebly de Melville, «preferirían no hacerlo». A poco que uno rasca, descubre que todas las disensiones de los dirigentes del Partido Popular evitan un juicio de principios, para aferrarse a razones pragmáticas: hay dirigentes que consideran que, siendo la reforma de la ley de plazos un compromiso asumido por el partido en su programa, su incumplimiento podría enajenarle el voto de una porción significativa de su electorado; y los hay que abogan por aparcar tal reforma, pues sólo acarreará un mayor «desgaste» a un Gobierno que ya tienen abiertos muchos frentes, dando alas a los socialistas. Este duelo de pragmatismos seguramente se resolverá en la solución de consenso o maquillaje que impulsan los «moderaditos» del partido, consistente en volver a la ley de supuestos de 1985, la misma que permitió perpetrar abortos a troche y moche durante los mandatos de Aznar. Ley que, a juicio de los «moderaditos» del Partido Popular, funcionó «razonablemente bien».
He aquí un ejemplo paradigmático de las «soluciones» a las que conduce una acción política que no se asienta sobre principios, sino sobre cálculos de conveniencia. En realidad, el aborto no es sino una consecuencia inevitable de la exaltación de la libertad individual que, como señalaba Benedicto XVI, «es la rebelión fundamental que atraviesa la historia, y la mentira de fondo que desnaturaliza la vida». A esta rebelión le dio forma filosófica el racionalismo idealista, que declaró al hombre autónomo de toda ley moral, erigiéndolo en regla suprema de moralidad; y luego le daría carta de naturaleza política el liberalismo, consagrando una libertad de conciencia desarraigada de todo orden moral objetivo. Una consecuencia inevitable de tal rebelión es la pérdida del sentido de la inviolabilidad de la vida humana, que se considera supeditada a ese bien absoluto de la «libertad individual». Y cuando el bien supremo de la vida es supeditado a la libertad individual, es inevitable que se imponga una consideración meramente funcional y utilitaria de la vida; y todavía más si esa vida humana es todavía gestante, o si avanza hacia sus postrimerías. Cada vida humana deja entonces de ser un fin en sí mismo, para convertirse en un medio o instrumento para beneficio de otros; y así, la verdadera ética de la dignidad de la vida humana es suplantada por una falsa ética de la «calidad» de la vida humana, una calidad que es medida por criterios de utilidad. Sólo si una vida es útil, si es «deseada» por otros en razón de su utilidad, esa vida tiene valor; de lo contrario, podemos disponer de ella a nuestro antojo. ¡Con tal de que nadie nos obligue a abortar, oiga!
El progresismo contemporáneo no ha hecho sino acicalar este concepto de libertad individual con subproductos ideológicos derivados de la «revolución sexual» del 68, otorgando además al Estado la misión de auspiciar, promover y financiar el aborto, que queda así convertido en una suerte de «servicio público». Pero para combatir el aborto de forma no estrictamente retórica o farisaica habría que empezar por combatir, en el plano de los principios, esta concepción perversa de libertad que ha facilitado el eclipse de la conciencia moral. Todo lo demás son ganas de marear la perdiz, que a estas alturas ya está tan mareada y confusa como para aceptar soluciones de «consenso» o maquillaje que, como dicen los moderaditos del Partido Popular, han funcionado «razonablemente bien».
domingo, 14 de octubre de 2012
Imparcialidad, religión y Tribunal Constitucional
Por Juan Antonio García Amado
Análisis Digital, 21 agosto, 2012 Por Manuel Cruz
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| foto Alberto Tarifa |
Antes de entrar en materia, añadiré tres pequeños datos que me conciernen. Uno, que tengo una buena relación académica y personal con Andrés Ollero. Este mismo año ha aparecido un libro que recoge una polémica nuestra a propósito del positivismo jurídico, libro editado por la Fundación Coloquio Jurídico Europeo y que corresponde a un debate organizado en Madrid por dicha Fundación, ligada al Colegio de Registradores de la Propiedad. Ollero me pidió que fuera contraponente y discutidor de sus tesis y la experiencia fue personalmente gratificante y académicamente estimulante. Dos, que ni soy creyente de religión ninguna ni simpatizo especialmente con el Opus Dei, organización católica con la que aquí mismo he sido bien crítico más de una vez.
Tengo compañeros del Opus con los que me llevo de maravilla y otros que me caen regular; igual que me pasa, como a cualquiera, con compañeros ecologistas, conservadores, izquierdistas, liberales, feministas, machistas, nadadores, abstemios, borrachines, aficionados al fútbol o coleccionistas de sellos. Por último, he de decir que el asunto del aborto me parece extremadamente difícil y que no tengo una postura completamente definida sobre cómo conviene tratarlo en Derecho. Me desagradan tanto la hipocresía de la derecha que se conforma con el simbolismo jurídico y no repara demasiado en las consecuencias de los abortos clandestinos o en las mil maneras de hacer la trampa a la ley restrictiva, como el ancha es Castilla de alguna izquierda, que trata el abortar como si de extirparse una espinilla estuviéramos hablando.
Permítaseme que, en lo que sigue, haga toda la abstracción posible sobre el asunto jurídico y moral de fondo y que no hable de si aborto sí o aborto no, sino de los tribunales constitucionales y las condiciones de su decidir.
El problema de Ollero en relación con la sentencia del TC sobre el aborto estriba, según ciertos medios y muchas reacciones, en que él es católico confeso y declarado miembro del Opus y que, por tanto, se sabe con bastante certeza que no le hace ninguna gracia la tolerancia jurídica de la interrupción voluntaria del embarazo. Sobre esa base, se conoce o se sospecha con buen fundamento o con algún fundamento que es probable que proponga la inconstitucionalidad de la norma legal en cuestión y que así vote en el seno del Tribunal.
Ahora bien, con parecida certeza o convicción podríamos adivinar el voto de Ollero por otras razones, reales o supuestas. Por ejemplo, si fuera o hubiera sido miembro de algún grupo defensor del aborto libre y despenalizado y hubiera firmado escritos con tales propuestas. O por ser o haber sido militante y destacado diputado del PP, que además es el partido que ha propuesto inicialmente su nombramiento como magistrado. De hecho, lo que la experiencia enseña hasta ahora y con muy limitadas excepciones es que los magistrados propuestos por el PP votan en el Tribunal lo que el PP propugna y los que fueron respaldados por el PSOE votan de acuerdo con lo que al PSOE le interesa.
¿Preocupa en los medios políticos y en los periódicos que son sus voceros la imparcialidad de los magistrados? ¿Proviene la inquietud de que los magistrados puedan no meramente tener su precomprensión o su opinión previa de asuntos tan delicados y polémicos como este -lo cual es inevitable entre gente que reflexiona sobre los grandes asuntos del Derecho y el Estado-, sino de que puedan algunos ser meras correas de transmisión de partidos políticos, asociaciones ideológicas de cualquier tipo o confesiones religiosas? Es decir, ¿se teme que en razón de su adscripción política, ideológica o confesional algunos magistrados no razonen en su labor con la debida ponderación e imparcialidad?
Me parece que no es esa la tónica general de este debate, por desgracia. Si de tan elevada preocupación se tratara, los diversos medios y grupos que tercian en la discusión invocando el prejuicio posible de algunos magistrados harían completa abstracción de la índole de tal prejuicio presunto. O sea, que el antiabortismo de Ollero o el proabortimo anterior de un hipotético magistrado inquietarían por igual a El País o Público que a ABC o La Razón. Creo que no es el caso. O que un magistrado haya tenido o tenga estrechos vínculos con un partido que interviene en el debate sobre la ley importaría lo mismo al margen de cuál sea ese partido, el PP o el PSOE, por ejemplo. Tampoco es el caso, en mi opinión. Una cosa es desear que los magistrados sean imparciales y no estén predeterminados por la disciplina o los postulados de ningún grupo “ideológico” y otra es querer que ganen “los nuestros” al precio que sea. El que solo se inquieta por la parcialidad de una parte es parcial por definición, por mucho que enarbole la bandera de la imparcialidad y jure que vive al lado del auditorio universal o de la comunidad ideal de hablantes. De muchos de los colegas de mi gremio que más aprecio y respeto puedo adivinar con el mismo grado de probabilidad que con Ollero lo que en este caso votarían si ellos fueran los que estuvieran en el Tribunal Constitucional. Lo sé por lo que les he leído, lo que les he escuchado y porque conozco con bastante certeza su legítima adscripción ideológica o de partido. No son ni peores ni mejores que Ollero por militar en otros partidos o en otras “iglesias”.
Si de defensa de la imparcialidad y objetividad del Tribunal Constitucional se tratara, lo que se estaría poniendo en solfa serían los procedimientos de nombramiento de los magistrados y las condiciones para su desempeño. Si la ligazón pasada o presente de un magistrado con un partido político es lo que se cuestiona, habrá que hacer completa abstracción de cuál sea ese partido y habrá que hablar de las reglas generales atinentes a la relación entre magistrados y partidos. Lo que razonablemente y con mínima ecuanimidad no cabe es que ese obstáculo se plantee nada más que para los del PP o para los del PSOE o los de IU o cualquier otro partido. ¿O acaso hay partidos legales que no “contaminan” porque su discurso y su programa se corresponde objetivamente con el Bien, la Verdad y la Justicia, mientras que otros sí dañan porque viven en el error y la impostura y a esos ni agua? ¿Es compatible una tal actitud con la democracia, la Constitución y el Estado de Derecho?
Luego, con matices especiales, está el tema de la religión. A mí las religiones me gustan bien poco, ya lo he dicho, y menos todavía me agradan las confesiones o iglesias que intentan forzar para que la vida social y la organización de los asuntos públicos se adapte, sí o sí, a los imperativos de la moral de sus creyentes o al dogma de sus libros sagrados. Ahora bien, ¿hay una diferencia cualitativa entre una manifestación de católicos contra el aborto y una manifestación de ecologistas contra las centrales nucleares o contra la llamada fiesta de los toros y debe esa diferencia cualitativa plasmarse en menores derechos de los primeros que de los segundos? ¿Debería vetarse el acceso a la magistratura constitucional a los primeros solamente o a todos? ¿Tendría Andrés Ollero que abstenerse en la votación sobre la ley del aborto y debería también abstenerse el magistrado ecologista defensor de los derechos de los animales y conocido antitaurino si se fuera a votar la constitucionalidad de una ley que prohibiera las corridas de toros? ¿Y el magistrado que hubiera escrito un libro argumentando a favor de la inexistencia de todo impedimento moral o constitucional de una ley de plazos para el aborto? Si extremamos esos razonamientos, tendríamos que acabar proponiendo que solo llegaran al Constitucional magistrados que nunca hubieran dicho nada relevante o comprometido sobre ningún asunto que puedan tener que juzgar un día; o deberían abstenerse siempre que les tocara sentenciar sobre temas de los que antes opinaron. Pero todos. Y, por cierto, ¿alguien dudó alguna vez de lo que votaría María Emilia Casas, entre tantos otros de acá o de allá, en cualquier asunto sobre el que tuviera postura muy marcada el PSOE? ¿Duda alguien de lo que votará Pascual Sala sobre el tema del aborto? O fuera máscaras o todos con máscara. Yo preferiría desenmascarar, ciertamente, pero entonces hay que ir a por todos y todas.
En un Estado constitucional, democrático y no confesional, la religión no debe ser favorecida y los creyentes de tal o cual confesión no tienen que contar con ventajas especiales. Pero tampoco se puede suponer que haya base constitucional para su discriminación.
¿Qué tiene de particular la religión como base del juicio moral y político de sus fieles? El dogma, el distinto fundamento para la ética del sujeto. Si yo, ateo, opino que la acción A es moralmente lícita y la acción B es moralmente ilícita y me preguntan por qué pienso así, tendré que buscar razones y razones e intentaré construir una teoría coherente y convincente que respalde mis tesis y las haga aptas para su razonable aceptación por los demás. El creyente también puede razonar así, por supuesto, pero en su fuero interno cuenta con una base de la que yo carezco: en última instancia, lo que está bien está bien porque así lo dispuso Dios por sí o por sus representantes, y lo que es moralmente malo e indebido lo es, en últimas, porque Dios no lo quiere y a Dios ofende. Una ética apoyada en la fe religiosa es una ética que da a quienes la profesan un respaldo de verdad y objetividad del que las demás éticas carecen o que exige una fundamentación mucho más difícil. Donde la razón no alcanza o allí donde sus resultados se vuelven brumosos e inciertos, el creyente tiene el sostén de la divina autoridad y el otro no tiene autoridad a la que acogerse. Al menos en teoría, el católico congruente dudará menos sobre la licitud o ilicitud moral del aborto voluntario, pues de mano ha de partir de lo inmoral y pecaminoso de tal acción.
Pero dos apostillas convine añadir de inmediato. La primera, que, por desgracia, el monopolio del dogmatismo, el grupalismo y los apriorismos no lo poseen las personas religiosas. Vemos cada día a muchos no creyentes o ateos confesos que militan en las más variadas causas morales, políticas y sociales con un fervor perfectamente parangonable al religioso y con nula capacidad crítica o autocrítica. Esto está bien o mal porque sí o, sobre todo, porque así lo proclaman mi líder, mi partido, mi grupo o los de mi cuerda. Por eso son tantos los que siguen a ciegas a los de su camada y tanto cuando la camada o sus dirigentes dicen so como cuando dicen arre.
El segundo matiz es que no hay base para negar que los creyentes religiosos tengan capacidad para la deliberación ecuánime en los asuntos de interés general. Por cierto, creo que Obama no es o no se dice ateo, sino persona religiosa, de confesión protestante. Es perfectamente imaginable y en la historia podemos hallar un sinfín de individuos religiosos que no decidieron temas jurídicos y políticos bien delicados con arreglo a los dictados de su personal conciencia moral religiosamente marcada, sino con atención a los requerimientos del interés general, a los dictados de la ley o la Constitución y diferenciando entre ética personal y ética pública. A un católico coherente, por ejemplo, su moral le impele a no abortar o a no colaborar con un aborto, pero no necesariamente a votar contra una ley que permita bajo tales o cuales condiciones el aborto voluntario.
Veámoslo de otra manera. Dos magistrados, M y N, votan contra la constitucionalidad de la ley que permite abortar cuando se cumple determinada condición. De M sabemos que es ferviente católico, de N conocemos que es ateo. ¿Tiene por definición distinto valor racional el voto de M y N? ¿O habrá que hacer abstracción de esa circunstancia y mirar las razones con las que el voto expresamente se motiva y juzgar por la admisibilidad de esas razones? ¿Excluimos de entrada a M o a N de la comunidad de argumentadores racionales? ¿Y si resultó que M votó a favor de la constitucionalidad de la ley y N en contra? Porque si de lo que nosotros arrancamos es de que la verdad no tiene más que un camino y que ese camino es el que nosotros propugnamos, los dogmáticos al viejo estilo religioso o eclesiástico somos nosotros. Tan nociva o más que las religiones propiamente dichas es la religiosidad secular que abrazan muchos de los que se dicen no creyentes y no son capaces de vivir sin su “iglesia”, su comunidad de fieles, sus ritos, sus mandamientos, su inquisición y sin el hábito de dividir a los humanos en virtuosos y réprobos. El enemigo de la convivencia libre y en igualdad no es la fe, es el dogmatismo; el dogmatismo de muchos que tienen fe y de muchos de los que dicen no profesarla y se piensan progresistas y libérrimos. Ni Hitler ni Stalin ni sus seguidores y secuaces eran gentes de iglesia propiamente dicha, y ya se vio cómo era su catadura. Otros, como Franco y la mayoría de sus partidarios, eran unos meapilas. La diferencia que más importa, pues, debe de estar en otra parte, en otras cosas.
El día que acabemos de convencernos de que la decisión de cada magistrado constitucional está plenamente determinada por su adscripción religiosa o de partido nada más que nos quedará una salida, si es que no nos gusta el juego en esos términos de fraude: o cambiamos las reglas del juego y los elegimos de otra manera y bajo otras condiciones o, si pensamos que no hay arreglo por esa vía, imponemos un revolucionario sistema de control de constitucionalidad: a cara o cruz, puro aleas. Eso sería mucho más imparcial. Lo que no tiene presentación es que estemos todo el día en la procesión y repicando: que qué calamidad que los magistrados sean parciales y prejuiciosos, pero que qué bien cuando son de los míos o están en mi onda o de su prejuicio sale el fallo que a mí me gusta. Eso se llama ley del embudo.
Publicado por Garciamado en domingo, agosto 19, 2012
viernes, 10 de febrero de 2012
Las Mujeres y la Cultura de la Vida
En los dos siguiente artículos, trata con su clarividencia habitual un tema de lo más actual, y como siempre, contra corriente: Las Mujeres y la Cultura de la Vida. En el primero -Feminismo y dogmatismo- sienta las bases ideológicas de la ideología dominante y de su revisión. En el segundo -Un nuevo feminismo y una nueva cultura del trabajo- y el tercero -El nuevo feminismo y el papel del laicado-, expone su propuesta para un auténtico y positivo nuevo feminismo.
Como ella misma resume al comienzo de la serie:
- Un "nuevo feminismo para el siglo XXI" debe evitar el dogmatismo excesivo que caracterizó al viejo feminismo del siglo XX;
- La llamada a un "nuevo feminismo" en Evangelium Vitae se debe considerar conjuntamente con la llamada para "una cultura auténtica del trabajo" en Centesimus Annus; y
- La llamada para un "nuevo feminismo" se debe considerar conjuntamente con las llamadas recientes para que el laicado esté a la vanguardia de la nueva evangelización.
Vale la pena dedicar los 25 minutos que puede costar leer los tres artículos.
Fuente: ConoZe.com
lunes, 4 de mayo de 2009
Mary Ann Glendon planta a Notre Dame y a Obama
Aceprensa, 28 de abril de 2009
El doctorado honoris causa que la Universidad de Notre Dame ha concedido a Barack Obama se está convirtiendo en un quebradero de cabeza para esta universidad católica. No solo ha sido criticada por muchos católicos que consideran que no se debe dar honores a un político partidario del aborto y de la investigación con células madre embrionarias. Ahora, la otra personalidad invitada a la ceremonia, la profesora Mary Ann Glendon, ha renunciado a la distinción que se le iba a conceder, la Laetare Medal, para no avalar la postura de la Universidad.Notre Dame, la universidad católica más importante del país, decidió invitar a Barack Obama a pronunciar el discurso de la ceremonia de graduación el próximo 17 de mayo y le concedió un doctorado honoris causa. El rector, el Rev. John I. Jenkins, alegó que otros presidentes habían sido también invitados anteriormente, y que lo que se quería honrar en Barack Obama es su histórica elección y su ambicioso programa social de lucha contra la pobreza, la cobertura sanitaria, la ruptura de las barreras de raza... Eso no implicaba que estuvieran de acuerdo con todas sus posturas, en particular en lo referente a la defensa de la vida.
Pero esta explicación no evitó que surgieran muchas críticas, tanto por parte de obispos como de líderes católicos y simples fieles. No en vano una de las primeras medidas que tomó Obama fue el levantamiento del veto a la financiación federal para organizaciones que promueven el aborto en el extranjero, medida que, según encuesta Gallup, solo ha sido apoyada por el 35% de los estadounidenses. Y poco después autorizaba también la financiación federal de investigaciones con células madre embrionarias, que suponen la destrucción de embriones humanos, y que, a diferencia de las células madre adultas, no han dado pruebas todavía de curar nada.
En el mismo acto estaba previsto –desde diciembre de 2008– entregar la Laetare Medal de Notre Dame a la célebre jurista Mary Ann Glendon, profesora de Harvard, ex embajadora de EE.UU. ante la Santa Sede durante la Administración Bush y presidenta de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales. Glendon había recibido ya el doctorado honoris causa por Notre Dame en 1996. La Laetare Medal es un prestigioso galardón.
Pero el 27 de abril la ceremonia de graduación de Notre Dame sufrió otra conmoción: Mary Ann Glendon renunciaba a la Laetare Medal. En una carta al rector de Notre Dame, John Jenkins, religioso de la Congregación de la Santa Cruz, explicaba sus motivos.
En primer lugar, recordaba al rector que los obispos habían pedido en 2004 a las instituciones católicas que “no concedieran honores a aquellos que actúan sin respetar nuestros principios morales fundamentales”, y que a tales personas “no se les deberían conceder premios, honores o plataformas que pudieran sugerir un apoyo a sus acciones”.
“Esta petición –apostilla Glendon–, que en modo alguno implica un control o interferencia con la libertad de una institución para invitar y debatir con quien quiera, me parece tan razonable que no entiendo cómo una universidad católica puede no respetarla”. Esta observación, proveniente de una profesora que ha enseñado en universidades tan seculares como Harvard, no puede despacharse invocando sin más la libertad académica.
La segunda cosa que molestó a Mary Ann Glendon fue que, en unas directrices escritas dadas por la universidad para que su consejo de patronos respondiera a las críticas por la distinción ofrecida a Obama, se diera a entender que el discurso de la jurista serviría como contrapeso para buscar un equilibrio en el acto académico. Glendon piensa que una ceremonia de graduación debe ser un día alegre para los alumnos y sus familias. Por eso, dice, no es el lugar oportuno para tratar el grave problema que suscita la decisión de Notre Dame de “conceder honores a un destacado e inflexible oponente a la postura de la Iglesia en cuestiones que tienen que ver con principios fundamentales de justicia”.
Por último, la jurista menciona que, ante noticias de que otras escuelas católicas podrían también hacer caso omiso de las directrices episcopales, “me preocupa –dice– que el ejemplo de Notre Dame pueda tener un desafortunado ejemplo expansivo”.
Por todo lo cual, Mary Ann Glendon renuncia a la Laetare Medal y a participar en la ceremonia de graduación.
La Casa Blanca ha lamentado la decisión de Mary Ann Glendon, pero ha dicho que el presidente mantiene su compromiso de dar un discurso “respetuoso e inclusivo” en la ceremonia de graduación. Obama se siente honrado por “contar con el apoyo de gentes de todas las creencias religiosas”, aunque no espera que todos estén de acuerdo con él en todo, pues “el espíritu de debate y de sano desacuerdo en temas importantes es parte de lo que le gusta de este país”.
viernes, 8 de agosto de 2008
¿Sigue vigente la Humanae vitae?
Por José Antonio Sayés, en Alfa y Omega
En conversaciones frecuentes con sacerdotes, teólogos o seglares, suele ocurrir que se encuentra la opinión de que la Humanae vitae es una doctrina que no va más allá del magisterio ordinario de un Papa y que, por tanto, podría cambiar con otro que viniese después. Y se lanzan sobre el tema una serie de opiniones y juicios que uno no ve cómo pueden encajar con la doctrina de la Iglesia. No se puede olvidar que sistemas de moral como el de la opción fundamental, el teleologismo o el proporcionalismo se gestaron en el seno de la Iglesia poco después de la encíclica, con el fin de justificar, entre otros puntos, la contracepción. ¿Magisterio definitivo?
A pesar de haber ocurrido hace ya 33 años, todavía recuerdo la impresión que me hizo una conferencia del padre de Lubac en Roma (1968), en el centro cultural de San Luis de los Franceses, poco después de la publicación de la encíclica. El teólogo francés, entonces con fama de progresista, había sido invitado probablemente para que formulara una opinión contraria a la encíclica. Pero aquel teólogo, conocedor como pocos de la Escritura y la Tradición, dejó atónito al auditorio al decir que el Papa no puede cambiar una Tradición de veinte siglos ni tiene poder para ello. En efecto, Pablo VI, amante de la cultura francesa y asiduo lector de la nueva tecnología, se quedó solo e incomprendido por su fidelidad a la Tradición.
Juan Pablo II ha vuelto a recalcar la doctrina de la Humanae vitae en numerosas ocasiones, y la misma ha sido recogida en el nuevo Catecismo (nn. 2366-2372). Pero Juan Pablo II, conocedor e impulsor del Vaticano II, ha venido a decir también que "cuanto ha sido enseñado por la Iglesia sobre la contracepción no pertenece a la materia libremente disputada por los teólogos. Enseñar lo contrario equivale a inducir a error a la conciencia moral de los esposos" (5-6-1987). Y al mismo tiempo ha señalado que "dicha doctrina pertenece a la doctrina moral de la Iglesia, que ésta ha propuesto con ininterrumpida continuidad tratándose de una verdad que no puede ser discutida. Por ello ninguna circunstancia personal o social ha podido nunca, puede, ni podrá jamás, convertir un acto así (de contracepción) en un acto justo en sí mismo" (14-3-1988).
Ciertamente, la doctrina de una encíclica pertenece al magisterio ordinario, pero, si se hace de una forma continua y definitiva, resulta irreformable, aunque no sea infalible.
¿Qué antropología?
Frecuentemente se ha tachado a la Humanae vitae de confundir persona con naturaleza, y de sustentar una antropología no personalista. Es cierto que tenemos que distinguir la persona (el yo que actúa) de la naturaleza; pero nunca puede existir una persona que no actúe en el marco de una naturaleza. Y en este sentido la Veritatis splendor, que ha venido a recalcar la necesidad de una moral basada en la verdad objetiva, ha señalado bien cuando enseña que la moral nace y radica en la dignidad de la persona humana provista de alma y cuerpo. Y así ocurre que el alma humana es creada directamente por Dios en cada hombre (Catecismo, n. 366), de modo que ha venido a enseñar Juan Pablo II que "en el origen de toda persona humana hay un acto creador de Dios; ningún hombre viene a la existencia por azar; es siempre el término del amor creador de Dios. De esta fundamental verdad de fe y de razón resulta que la capacidad procreadora inscrita en la sexualidad humana (en su verdad profunda) es cooperación con la potencia creadora de Dios. Por ello la contracepción es tan profundamente ilícita que jamás puede justificarse por razón alguna" (17-9-1983). "La contracepción es, por tanto, un acto de rebelión contra Dios" (14-3-1988).
De nada vale apelar al axioma de que ha de ser la conciencia de cada uno la que decida sobre el asunto, pues como bien explica la Veritatis splendor, la conciencia no es la fuente de la moral, sino un instrumento que Dios nos ha dado, para buscar la verdad. Una conciencia que no quisiera buscar la verdad objetiva sería una conciencia moralmente culpable. No olvidemos que también los terroristas pretenden basarse en su propia conciencia. Pretender que la contracepción sea un mal menor justificable es algo que, a juicio del Papa, no se puede admitir, dado que lo intrínsecamente malo no puede ser justificado por ningún fin.
Métodos naturales
La Iglesia, en cambio, sigue aceptando los métodos naturales como método de regulación de nacimientos dentro de una paternidad responsable. En contra de lo que se suele decir, la experiencia al respecto suele ser muy positiva. Métodos bien comprendidos como el Billings o el sintotérmico son, en cambio, desconocidos en la mayoría de los ambientes. Ellos permiten usar el matrimonio durante el periodo infértil, en el que no se da la oposición a la acción creadora de Dios. Naturalmente, sólo se pueden emplear dentro de una paternidad responsable y no por egoísmo. Habiendo razones para ello, están justificados. Habría que pensar por ello en una catequesis a fondo en este sentido, como se da, de hecho, en otros países.
viernes, 7 de marzo de 2008
Giuliano Ferrara en Madrid
Queridos amigos, señoras y señores,
Hace muchos años se decidió en Occidente que ninguna mujer podía ser legalmente obligada a dar a luz y que ninguna debería ser encarcelada por haber abortado. Fue una solución obligada y digna que hoy no sería ni justo ni posible anular y que se tomó para combatir el aborto ilegal. Sin embargo, desde entonces hasta hoy, el planeta ha sido golpeado con más de mil millones de abortos y una capa de desesperación ha calado en la humanidad. Los abortos se siguen practicando con una media de 50 millones al año. Ningún anticonceptivo ha limitado el número de abortos por la sencilla razón de que el aborto quirúrgico y farmacológico se ha convertido en el anticonceptivo más utilizado. Nuestro planeta ha envejecido precozmente y la vida ha sido maltratada y deshumanizada. De un tiempo a esta parte, el aborto también se ha trasladado desde el seno materno al tubo de fertilización artificial. Y se ha ido haciendo cada vez más selectivo, genéticamente despótico y es la nueva esclavitud a través de la cual una cultura fuerte y dominante, orgullosa de su pacto faustiano con el cientifismo, actúa sobre los seres humanos más débiles. Decide sobre la piel de las mujeres y de los niños en un naufragio universal en el cual ya nadie tiene la valentía de pronunciar el grito de la salvación que siempre ha sido el orgullo de navegantes y socorristas: ¡Primero las mujeres y los niños!Esta cultura de radical descristianización actúa de manera similar al Monte Taigeto que domina Esparta: se declaran anticuadas la atención de los pacientes, la aceptación de los distintos, y en cambio, fue considerada moderna la aniquilación de la vida no digna de ser vivida: no es digna de ser vivida la vida de millones de niñas en Asia, víctimas de políticas antinatalistas basadas en la exclusión sexista de quien se considera como una carga para la linealidad del eje hereditario o para el trabajo agrícola. No es digna de ser vivida una vida de los niños que padecen síndromes con los cuales se puede llevar una vida ordinaria o extraordinaria en búsqueda de la felicidad y del reconocimiento de una naturaleza humana común. Hace dos semanas, en un hospital de Nápoles fue eliminado, en condiciones infernales, un bebé de 21 semanas con síndrome de Klinefelter, una anomalía cromosómica que afecta a uno de cada 500, que se cura con métodos clásicos y llevando vida normal. Ni un solo periódico o telediario lo ha destacado. A los desechos urbanos que preocupan a la población italiana cuando montañas de basura se acumulan en las calles de una ciudad, se ha sumado, en la indiferencia general, otro desecho humano al que se le considera incluso indigno de sepultura.
En Italia, se ha llegado a la locura de debatir si se deben o no acoger y curar a los neonatos vivos que son el fruto de abortos terapéuticos en la vigésimo segunda o vigésimo tercera semana de gestación. A nuestra ministra de Sanidad, una católica que abdicó de su cultura y sensibilidad en aras de la ideología, le parece una “crueldad” que estos niños reciban atención médica sin antes pedir permiso a los padres. La lógica del aborto fácil, que la píldora RU 486 está destinada a reactivar, entregando a la antigua soledad femenina la práctica abortiva, persigue a su presa, el bambino “nasciturus”, hasta en el aire que todos respiramos, hasta dentro del mundo en el cual todos deberían ser titulares de la libertad de vivir.Una cultura mortífera -de la que todos somos más o menos cómplices- condena a la mujer a una lógica de miedo y rechazo violento y antinatural de la maternidad, a la ignorancia, a acostumbrarse al desamor y la infelicidad. Esta cultura despacha como derecho de autodeterminación y como libertad o soberanía procreativa la tendencia nihilista de disponer de la libertad de los demás a nacer, se ensaña con el cuerpo femenino imponiendo como modelo social libertario el acto más contrario a las más elementales consideraciones de humanidad y de piedad que todos los seres racionales, sean o no creyentes, comparten en el fondo del alma y en su propia conciencia: las mujeres y los bebés que están por nacer padecen el engaño y la práctica del homicidio perfecto.
Un poder ideológico históricamente masculino lleva a la negación total del futuro para las criaturas humanas concebidas por amor y arrancadas con violencia y dolor del refugio natural en el que habían recibido la promesa sagrada de la vida y del amor. Todo esto ocurre en la más absoluta indiferencia moral y filosófica y solo la Iglesia Católica y otras confesiones cristianas alzan la voz sin escuchar contra la costumbre de la muerte y su miserable significado de esclavitud y demencia civil.
El pasado 6 de enero, en su discurso al Cuerpo Diplomático, Benedicto XVI pidió reabrir el debate sobre el valor sagrado de la vida después de que una votación de Naciones Unidas pidiera la suspensión, la moratoria, de las ejecuciones legales en el mundo. Cuando era teólogo y cardenal, el Papa advirtió al planeta afirmando que con esta elección de “curar” la vida negándola “declaramos como herejes al amor y al buen humor”. En efecto, ¿cómo podemos alegrarnos de un gesto humanitario como la moratoria sobre la pena de muerte si no somos capaces de favorecer una moratoria sobre el aborto?
El Secretario de las Naciones Unidas ha declarado recientemente que las mujeres son objeto de violencia y la exclusión en el mundo, y que en muchos países "no tienen ni siquiera el derecho a la vida" y ha considerado “un flagelo” esta práctica criminal. Un gran jurista italiano, el fallecido Norberto Bobbio, liberal socialista, prototipo de intelectual laico, dijo en 1981 que, de todos los derechos, "el derecho a nacer debe ser defendido con intransigencia”, por la misma razón por la que se opuso a la pena de muerte. Un gran y añorado poeta italiano, Pier Paolo Pasolini, marxista y católico, dijo recordar su propia vitalidad de niño nasciturus, de sentir físicamente en su cuerpo la señal de una vida iniciada en el seno de su madre y definió como homicidio cualquier tipo de aborto.
Pero estas afirmaciones, estos sentimientos, estos pensamientos que unen a la esperanza con el voto de los creyentes y no creyentes han sido archivadas por el pensamiento dominante. Estas certezas y evidencias de la mente y del corazón son frecuentemente vilipendiadas como expresiones del oscurantismo liberal por la comunidad tecnocientífica, por los gurús en bata blanca que teorizan el derecho a morir y apoyan incluso la eutanasia según las reglas del protocolo holandés de Groningen. Ideólogos de buena fe, fanatizados por la presunción de estar en lo justo y de trabajar a favor del progreso de la historia, se arrogan el derecho de definir con pretensiones científicas los límites de la libertad de existir. Qué más da que en las salas de concierto se pueda escuchar la música divinamente orquestada por un director con la espina bífida, los que tienen la espina bífida han de morir por decisión legal. Estos gurús posmodernos quieren entrar en los Parlamentos, como ocurre hoy en Italia con la candidatura del profesor Umberto Veronesi en la filas del Partido Democrático. Copan las primeras páginas de los periódicos y de las revistas que venden el espejismo de una vida indefectiblemente sana y confortable, predican el derecho de fabricar niños a la carta según deseos y gustos subjetivos, difunden una cultura sanitaria que excluye cualquier salvación y esperanza para los débiles, los anormales y por los indefensos de cualquier tipo. Y todo en nombre de su mismísima felicidad, que la nada conseguiría mejor que la existencia. Y en nombre de la libertad y autodeterminación de las mujeres, cuando, en sus orígenes, el feminismo hacía de la lucha contra el aborto, del cual las mujeres son víctimas, su bandera. Dice San Pablo a los Romanos que “en la esperanza hemos sido salvados”. Y ahora, en la negación de cualquier esperanza, predicada por una medicina convertida en pura técnica que ha traicionado hasta el juramento hipocrático, estamos inevitablemente perdidos.
La batalla contra el aborto y la eugenesia, contra el gesto más antifemenino que uno pueda imaginar y contra el programa de mejora de la raza, es la frontera decisiva de nuestro siglo. No se trata de una contienda ética ni de una disputa sobre los valores morales. La batalla que se libra en torno a la familia, al amor, al matrimonio, al vínculo entre placer unitivo y el don de uno mismo, entre el eros y el ágape, es la gran batalla sobre el futuro de la humanidad, sobre el poder del buen humor y de la paz cristiana contra la lógica de guerra súper “hombrista” y “transhumanista” de la civilización occidental en la hora de su debilidad y de su resignación a la nada.
Nada es más importante en el frente cultural, civil y político. No existe salvación para el encanto de la vida moderna, para la ironía y la alegría en las relaciones personales, para las grandes posibilidades que la ciencia abre a la vida, si esta batalla no se libra con el ruido y fragor necesarios. No existe salvación de nuestro estilo de vida liberal si no se restaura la antigua alianza de vida y libertad, proclamada en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Entre la mentalidad abortista y la idea “binladenista” según la cual se debe amar más a la muerte que a la vida hay un sutil pero visible elemento de continuidad. El aborto masculino, moralmente indiferente, condena a las mujeres a la misma sumisión y soledad a las que les condena el natalismo forzado y de la obligación de dar a luz contemplada en la umma islámica. Hemos conquistado, contra el aborto clandestino, la posibilidad de elegir; y venceremos la batalla de civilización solo si conseguimos elegir la vida, a poner a toda mujer en situación de ser libre de no abortar. Esta es la frontera de una modernidad liberada de la esclavitud femenina y de la esclavitud infantil; es capaz de reproducir sin fanatismo y sin cinismo el futuro de nuestro mundo y de nuestro modo de vivir en el respeto absoluto de los inocentes y del descarte de cualquier relativismo y subjetivismo nihilista.
Queridos amigos, tengo mucho respeto por su presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, y no solo porque soy extranjero. Cuando vi a vuestro soberano responder a un dictadorzuelo latinoamericano con la ya famosa frase “¿Por qué no te callas?”, aplaudí ante mi televisión. Sin embargo, las ideas de Zapatero sobre matrimonio y familia, su concepción de lo que es la identidad de género y su filosofía sobre un poder democrático únicamente procesal basado únicamente sobre los números, lo considero como la negación de un racionalismo laico y moderno, como una superstición democrática capaz de promover horrores como la reforma del Código Civil que ha eliminado el concepto de padre y de madre del derecho de familia.
Para los liberales, la igualdad se realiza en el reconocimiento de la diversidad. Son los jacobinos y, luego, los totalitarismos del siglo XX, los que han cortado la cabeza al derecho liberal para traer a la tierra el paraíso de la igualdad como homologación que ha sido de los horrores del siglo pasado.
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viernes, 22 de junio de 2007
Arquitectos de la cultura de la muerte
Arquitectos de la cultura de la muerteDonald De Marco y Benjamin D. Wiker
Ciudadela
341 páginas
Schopenhauer, Nietzsche, Darwin, Marx, Comte, Sartre, Simone de Beauvoir, Freud o Margaret Mead... y nombres menos ilustres abrieron camino a la cripta.
Son pocos ya los libros en que se piensa de un modo ordenado. Decía D’Ors que la claridad es una cortesía de la inteligencia. Hoy el ensayo se ha convertido en la casa de las más insospechadas y encadenadas neurosis. El caos, la inusitada apología del fragmento, florecen al dictado de una escritura automática que abomina de la clásica labor intelectual.
Este libro es una muestra de que todavía es posible pensar al compás del diapasón de la inteligencia. Es la prueba de que en el mundo anglosajón todavía pervive un reducto intelectual donde se agradece la explicitación del principio de causalidad. “Arquitectos de la cultura de la muerte”, es una obra pulida, reposada y divulgativa que busca retratar escuetamente a algunos de los ideólogos de esa mentalidad, cada vez más dominante en Occidente, que no cree que el hombre sea más que un elemento mayormente plástico sobre el que el hombre puede ensayar sus más arcanas inclinaciones.
A lo largo de la lectura, ágil y periodística, uno va descubriendo el “star-system” de la muerte y la desesperanza: los adoradores de la voluntad, los evolucionistas de la eugenesia, los utópicos seculares, los existencialistas ateos, los buscadores del placer, los planificadores del sexo, y los traficantes de muerte. En cada uno de estos cajones de sastre, los dos autores van haciendo emerger la textura humana e intelectual de personajes “ilustres” como Schopenhauer, Nietzsche, Darwin, Marx, Comte, Sartre, Simone de Beauvoir, Freud o Margaret Mead. Pero, quizás el plato más suculento a degustar en estas páginas son los “otros” teológos de la inhumanidad; hombres y mujeres que no han retronado tanto en nuestras librerías, pero que no dejan de suponer una tradición oculta pero letal, a la vez que un reemplazo generacional, para ese “nuevo humanismo” que deshumanizó el S. XX y acorrala al posmoderno S. XXI mediante epifanías numerosas y superfluas como la del Presidente, Rodríguez Zapatero.
No sabemos qué fue antes, si el huevo o la gallina. Algunos dicen que el gallo. Lo que está claro es que el irracionalismo del S. XIX tiene antecedentes. Ese huevo lo puso una gallina que se llamaba Pico de la Mirandola, que emancipó al hombre de su origen. Y también está claro que Ramón Sampedro y sus tétricas navegaciones “Mar adentro”, o “Sendero luminoso” y sus sembraderos de muerte en Leganés, no hubiesen existido sin esos sementales del “instinto de muerte” que desfilan por este preocupante panteón (Derek Humphry, Jack Kevorkian, Peter Singer,...).
Nuestra cultura tiende a la banalidad. Por eso, libros como éste nos ayudan a no ser prisioneros de ella, porque nos llevan –guiados por la razón y el estudio- a través de la apariencia, más allá de ese espejismo de la “libertad pura”, arrancándole la máscara a lo que no es más que el moridero/merendero más pestilente de la reciente “humanidad”. Sin embargo, está claro que los zombis no tienen por qué darse cuenta de que “aquí huele a muerto”.
miércoles, 25 de abril de 2007
Hacia una sociedad laicista.De Nietzsche a Zapatero
Si se analizan algunas de las leyes promovidas por el actual equipo de gobierno de nuestro país, no es difícil comprobar que gran parte de ellas se refieren a temas con una gran repercusión moral. El divorcio express, los matrimonios entre homosexuales, la legalización de la clonación humana, el uso de embriones humanos para experimentación, la utilización de células madre embrionarias para investigaciones biomédicas, la autorización del uso del diagnóstico genético preimplantacional, la producción de niños de diseño, la promoción de la píldora del día después, etc., todas ellas son disposiciones legales que en sí mismas conllevan aparejadas importantes repercusiones éticas.La guinda de este pastel laicista es el proyecto de ley 121/000104, de 28 de marzo de 2007, que trata de regular la investigación biomédica en España. No cabe duda que en dicho texto legal existen aspectos positivos, que especialmente se refieren a la regulación administrativa del proceso investigador y que fundamentalmente se pueden concretar en:
- dar cobertura jurídica y establecer las condiciones legales para la investigación biomédica;
- proteger algunos derechos de los ciudadanos relacionados con este tipo de investigaciones y
- establecer normas jurídicas que garanticen la protección de la salud, el consentimiento informado y el derecho a la investigación.
Pero, sin duda, el aspecto de mayor trascendencia ética de este proyecto de ley es que va a permitir, por primera vez en nuestro país, la transferencia nuclear somática, es decir, la clonación humana. Se va a permitir que legalmente se puedan clonar -producir- seres humanos que después podrán ser utilizados para experimentaciones biomédicas, siendo la gran mayoría de ellos destruidos. Algo que, a mi juicio, es de una gravedad ética inusitada.Pero, ¿es casual esta actitud gubernamental?, ¿puede no estar planificado este intento de cambiar el pensamiento moral de nuestra sociedad?, ¿o mejor puede ser consecuencia este desarrollo legislativo de un programado plan laicista de nuestros gobernantes? Yo me inclino por esto último y, además, pienso que es un plan probablemente derivado de una profunda motivación intelectual. En efecto, en relación con ello me parece de interés recordar aquí un pensamiento de Nietzsche, que se recoge en un interesante libro, Sin raíces, del que son autores Marcello Pera, profesor de filosofía del Derecho de la Universidad de Padua, y en ese momento presidente del Senado italiano, y el entonces cardenal Ratzinger, que un año después llegaría a ser Benedicto XVI. Afirma Nietzsche: «Hasta ahora el cristianismo ha sido atacado de un modo equivocado, mientras la moral del cristiano no se conciba como un crimen capital contra la vida, sus defensores lo tendrán siempre fácil. La cuestión de la verdad del cristianismo es un cosa completamente secundaria, mientras no se aborde la cuestión de la moral cristiana». Es decir, según Nietzsche, lo importante, el paso fundamental, para destruir el cristianismo es atacar sus principios morales.
Y esto que Nietzsche proponía como una meta intelectual es lo que al parecer nuestro Gobierno se ha propuesto como objetivo político para acabar con la cultura cristiana de nuestro país, al intentar cambiar gran parte de los valores morales que hasta ahora han regido en nuestra sociedad. Al parecer, nuestros gobernantes, haciendo caso a Nietzsche, no quieren errar el camino para implantar el más rampante laicismo. Ciertamente, no sé si Zapatero lo sabe, ni si ha fundado en el pensamiento del filósofo alemán las bases de su programa político, pero de lo que estoy seguro es de que sí lo saben los que saben lo que él tiene que saber, para luego ejecutarlo, como está haciendo.




