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lunes, 27 de abril de 2026

La fe católica: la razón y la libertad

Rescato de mi lectura de "Contracorriente... hacia la libertad", de  Mariano Fazio (ed. El buey mudo), el texto siguiente, por lo que me ha inspirado. Fazio comenta alguno de los reveladores pensamientos de G.K. Chesterton sobre la fe y su relación con la sociedad en la que viven los creyentes.

Cuando Chesterton descubre la fe católica, se le abre un mundo nuevo, amplio, donde reina la razón y la libertad. Para el autor inglés la Iglesia se ha convertido en «la única campeona de la razón en el siglo XX». 

Fe católica, razón y libertad

Afirma que «convertirse en cató­lico enriquece la mente»; y se siente capaz de «justificar toda la teología católica, si se me concede empezar por el supremo valor y santidad de estas dos cosas: la Razón y la Libertad. No deja de arrojar luz sobre los actuales debates anticatólicos el que sean precisamente las dos cosas que la mayoría de la gente supone que le están vedadas a los católicos».

La visión de Chesterton es refrescante, pues supera todos los clichés culturales que identifican al catolicismo con la ce­rrazón mental y la obediencia servil. El autor inglés, por el con­trario, considera que esas enfermedades culturales se encuen­tran precisamente fuera de la Iglesia.

Chesterton ve por todos lados una estrechez mental que impide abrirse a los amplios horizontes de una vida con sentido. «La mayoría de los huma­nos volvería a los viejos cauces de la fe y de la moral si lograran ampliar su mente lo suficiente como para poder hacerlo. Es su pobreza mental la que básicamente les mantiene en el camino de la negación. 

Pero semejante ampliación es fácilmente mal comprendida, porque la mente debe ampliarse para ver las co­sas que son medio evidentes. Se necesita una cierta elasticidad de la imaginación para ver las cosas obvias sobre un fondo asi­mismo obvio; y, de forma especial, las grandes cosas sobre un fondo igualmente grande».

La fe católica libera la mente del nacionalismo

Nuestro autor va desarrollando en numerosos artículos cómo la fe amplía las perspectivas vitales. Para Chesterton «la conversión es el comienzo de una activa, fructífera, progresiva e intrépida vida para el intelecto».

Por ejemplo, la fe católica libera la mente del pequeño mundo del nacionalismo. Por un lado, el catolicismo es uni­versal -católico, en griego, significa precisamente universal-, y por el otro, está dirigido a personas comunes, que tienen sus raíces existenciales en un determinado territorio y en una tra­dición cultural previa. 

El buen católico se siente ciudadano de su patria, hijo de su tradición y abierto a todos sus hermanos los hombres. Hay en el catolicismo un sano equilibrio entre la apertura a lo universal y la identidad cultural particular. No es este el caso de la tradición anglicana, insular y provincia­na. 

Habiendo superado todos los prejuicios anticatólicos de la mentalidad inglesa, Chesterton sostiene que «el católico es leal al país donde nació. De hecho, suele serlo apasionadamente, entre otras cosas, porque el apego a las tradiciones locales es connatural con su religiosidad, pródiga en altares y reliquias. 

Pero del mismo modo que el culto a las reliquias es una conse­cuencia de su religión, sus lealtades locales son el resultado de la hermandad universal de todos los hombres. El católico dice: "Debemos amar a todos los hombres, desde luego, pero ¿qué es lo que todos los hombres aman? Aman su tierra, sus fronte­ras establecidas, la memoria de sus padres. Esto es lo que jus­tifica el sentimiento nacional, porque es lo normal". Mientras que el patriota protestante nunca ha sido capaz de concebir otro patriotismo que el suyo».

Patriotismo y provincianismo

El católico se siente a sus anchas en todo el mundo y a lo lar­go de veinte siglos de historia. El patriota protestante inglés se encuentra encerrado en una tradición arbitraria que comienza en el siglo XVI. Pero la misma existencia de la nación inglesa no se entiende sin la cultura greco-romana, la disolución del Imperio y la evangelización de las Islas británicas por monjes irlandeses. 

«Y si el patriota es tan tonto para enfrentarse a la tradición universal de la que emana su propio patriotismo, si pretende imponer su pretendida prioridad en detrimento de la primitiva ley del Universo entero, lo único que conseguirá será que le respondan con la demoledora sencillez del Libro de Job. Como Dios dijo al hombre: "Dónde estabas cuando yo echa­ba los cimientos de la tierra?", del mismo modo podríamos decirle a la nación "¿Dónde estabas cuando se echaron los cimientos de la Iglesia?". Y la nación sería incapaz de conocer la respuesta (en caso de que se le ocurriera dar alguna) y se vería obligada a taparse la boca con la mano, aunque solo fuera para fingir que bosteza y tiene sueño».

Catolicismo y modas culturales

Si el católico defiende un patriotismo de raíz universal frente a la tradición cerrada del protestantismo inglés, también defiende una amplitud mental respecto al dogmatismo de las sectas y las nuevas modas filosóficas y culturales que pululan en su época -la tiranía de lo que hoy llamaríamos lo políticamen­te correcto-. 

Chesterton subraya que el católico puede opinar libremente de todo salvo de lo que es materia de fe, considera­da no como un límite, sino como ampliación de la razón. Los católicos tienen clara la distinción entre lo que es dogmático y lo que es opinable. Según nuestro ensayista, «los católicos son mucho más individualistas que el resto en lo tocante a sus opiniones generales». 

Citando a un propagandista católico americano, sostiene «que los católicos se entienden muy bien en lo referente al catolicismo, pero que es sumamente difícil que sepan entenderse en cualquier otra cosa». A continuación, pone ejemplos de distintas interpretaciones de hechos históri­cos, vistos desde muy distintos ángulos por autores católicos. 

Y a nadie se le pasa por la cabeza imponer una determinada lectura "católica" de esos hechos. No sucede así en las llama­das "iglesias libres" o entre los "librepensadores", que inten­tan imponer sus opiniones no solo en cuanto a los fines, sino también a los medios. Para ser "modernos" hay que estar de acuerdo sobre un sinnúmero de cosas que se afuman como verdades dogmáticas -y que no lo son-, y la masa va como bo­rregos por los mismos raíles hacia la misma estación.

La fe como punto de partida para pensar correctamente

El ensayista inglés encontró en la fe un punto de partida para pensar correctamente. La idea de que la Iglesia es un lu­gar estrecho, asfixiante y cerrado al pensamiento es todo lo contrario a lo que experimentó él mismo al ingresar en su seno. «Los espectadores ven o creen que ven al converso agachán­dose para entrar en una especie de templo enano, que además imaginan diseñado interiormente como una cárcel, cuando no como una cámara de tortura. Pero en realidad lo único que sa­ben de él es que ha entrado por una puerta. Ignoran que detrás de esa puerta lo que se abre no es la oscuridad del alma, sino la brillante luz del día. 

Quien en puridad, y en el sentido más bello y pacífico de la palabra, es un espectador, es el converso. No quiere pasar a una habitación más amplia, ya que para él no hay ninguna otra que pueda ser más espaciosa». 

El converso abe que hay muchos cuartos más pequeños: son los ocupados por las ideologías y las corrientes de pensamiento a la moda, que solo poseen una parte de la verdad, la cual, absolutizada, termina en una locura. 

La Iglesia, para Chesterton, «es un lu­gar de encuentro; el lugar donde se ponen a prueba todas las verdades del mundo». Y la Iglesia tiene como aliada al sen­tido común, que condena muchas de las herejías -entendidas como la absolutización de un aspecto relativo de la realidad­aun al margen de la autoridad eclesial-.

Habiendo establecido que en la fe católica uno se puede mover a sus anchas, respirando el espíritu de libertad y pen­sando con amplitud, Chesterton continúa su tarea apologética intentando demostrar que el problema cultural de su tiempo no es principalmente religioso, sino antropológico: se ha perdi­do la confianza en la capacidad de la razón para orientarnos en la vida. Cunde el escepticismo y las modas pasajeras que mu­chas veces van en contra del sentido común. 

Si Newman tuvo que habérselas con una tradición protestante todavía viva, que no había olvidado las doctrinas fundamentales, Chesterton se encuentra ante un panorama cultural donde el protestantismo ha perdido su vigor religioso. Habla de un "protestantismo líquido". Ante la afirmación "Gran Bretaña es tan protestan­te como el océano es salado", responde que es un sinsentido, pues abundan en las islas millones de agnósticos, ateos, teóso­fos, seguidores de cultos asiáticos y muchas personas a las que no les interesa para nada las cuestiones religiosas. 

Ahora el problema no lo constituyen los ataques a los dogmas católicos, sino la pérdida de la razón y del sentido común.

Ideas católicas que se han degradado

Con singular agudeza, nuestro autor ve detrás de las modas siempre cambiantes alguna idea de la fe católica que ha sido criticada, pero que regresa llevada hasta los extremos y que finaliza en locura. «A estas alturas debería estar claro que to­das y cada una de las cosas que el mundo moderno ha hallado culpable a la Iglesia católica han sido adoptadas por ese mismo mundo, pero siempre en una forma degradada». 

Chester­ ton ofrece varios ejemplos de esto. Los puritanos rechazaron el arte católico y el rico simbolismo de sus representaciones, pero ahora el arte ha vuelto con toda su fuerza, aunque lamen­tablemente en forma de decadentismo sensual e inmoral; los racionalistas rechazaron la curación sobrenatural, pero ahora pululan charlatanes que ofrecen curaciones casi mágicas, des­echando la ciencia médica; los moralistas protestantes abolie­ron el confesonario, pero los psicoanalistas se han encargado de restaurarlo, con todos sus supuestos peligros y ni una sola de sus reconocidas garantías; los patriotas protestantes aborre­cieron la intervención de una fe universal que atravesaba las fronteras nacionales, y ahora se encuentran dedicados a resolver los problemas de un imperio enredado en la madeja de las finanzas internacionales; tras mucho denunciar que las reglas monásticas eran un insulto para la familia, hemos asistido al desmembramiento de la institución familiar por la burocracia; tras no poco quejarse de que cualquiera pudiera ayunar solo durante periodos excepcionales, ha habido que soportar que vegetarianos y abstemios quieran imponernos a todos un ayu­no sin pausas y sin remisión.

Chesterton pone un ejemplo muy gráfico de cómo ideas que parecían patrimonio del acervo moral de la humanidad se han ido perdiendo, porque se ha perdido la razón: en la época victoriana, al contemplar a un hombre desde cualquier postura ideológica, todo el mundo estaba de acuerdo en que tendría que usar vestidos. En el momento en que escribe el ensayo hay un auge del nudismo que pone en tela de juicio la necesidad de vestirse. Aunque intuitivamente se considera que el nudismo está mal, pocos aciertan a encontrar la causa de su error. 

La antropología católica, en cambio, llena de esperan­za en la redención del hombre y de su cuerpo, pero también consciente de las consecuencias del pecado original, puede dar una respuesta clara, que coincide con la del buen sentido de las personas normales.

Esperanza y alegría

Su conocimiento de la historia y -más en profundidad- del alma humana hacen de Chesterton un escritor lleno de esperanza y alegría. Sabe -como sabía Newman-que las modas pasan y que la verdad es la que permanece. 

En uno de sus ensayos, aplica la teoría de Darwin acerca de la supervivencia del más apto para explicar la increfüle vitalidad de la Iglesia ca­tólica después de 2000 años de ataques: el más apto sobrevive porque tiene todos los elementos necesarios para hacer frente a las necesidades de la vida. Así es la Iglesia católica. Por el contrario, las modas superficiales necesariamente perecen en una o dos generaciones.

Pero la esperanza chestertoniana no es pasiva: exige a su vez una colaboración con la verdad. Pide al lector que se libere de prejuicios y que utilice la razón. Una razón cultivada por la tradición católica, que ha sabido rescatar verdades de orden natural de las continuas tormentas provocadas por la rebelión del hombre ante las señales puestas por Dios en el camino que conduce a la felicidad: «Lo que se ha perdido en esta sociedad no es tanto la religión como la razón; la luz del instinto intelec­tual que ha guiado a los hijos de los hombres».

Chesterton se muestra siempre aliado del hombre "vulgar", que conserva el sentido común, mientras que critica el esnobis­mo de la clase cultivada, que pone en duda las verdades más elementales. «La gran masa de la humanidad, con su gran masa de libros y palabras insustanciales, no ha dudado ni dudará nunca de que el valor es algo maravilloso, ni de que la fidelidad es algo noble, ni de que hay que rescatar a las damiselas en apuros y respetar la vida de los vencidos. Hay muchas perso­nas cultivadas que ponen en duda estas máximas de la vida diaria».

Sentido común

La pérdida del sentido común tiene un efecto devastador en los principios morales por los que se guían las clases di­rigentes, siempre dadas a las últimas modas. «De todos los rasgos de la modernidad que parecen señalar una especie de decadencia, no hay ninguno más amenazador y peligroso que la exaltación de los asuntos más nimios y secundarios frente a los verdaderamente grandes y primordiales, frente a los lazos eternos y a la trágica moralidad humana. 

Si hay algo peor que el debilitamiento moderno de los grandes principios morales, es el reforzamiento de los pequeños principios morales. Así, se considera más irrespetuoso acusar a un hombre de tener mal gusto que acusarlo de tener malos principios éticos. Hoy en día la limpieza no va pareja a la santidad, porque la limpieza se ha convertido en esencial y la santidad, en una falta de tacto».

La actitud vital de Chesterton está en plena sintonía con las enseñanzas del reciente magisterio pontificio: la necesidad de ampliar la razón, superando el reduccionismo cientificista que relega todo lo referente a la religión y a la ética -es decir, los ámbitos donde se decide el sentido de la existencia humana­ a algo meramente interior, subjetivo o emocional. 

Diálogo entre fe y razón 

El diálogo entre fe y razón es necesario para alcanzar verdades morales objetivas que puedan servir de base para construir vidas llenas de sentido y una organización social que ponga en el centro la defensa y promoción de la dignidad de la persona humana. Porque, como señala Chesterton al comprobar la pérdida del sentido común en su ambiente circundante, «entre nosotros, lo humano ya solo puede encontrarse en lo sobrehumano. La naturaleza humana, al verse perseguida, ha corrido a acogerse a lo sagrado».

Chesterton observa cómo las respuestas que la cultura a él contemporánea ha dado a los interrogantes más profundos y trágicos de la existencia humana, lejos de ser revolucionarias, han sido insuficientes. «No puedo abandonar la fe sin caer en algo más superficial que la fe. No puedo dejar de ser católico, si no es convirtiéndome en alguien mucho más limitado que un  católico. 

Un hombre que desee abandonar la filosofía perenne no tiene más remedio que estrechar su mente. Todo lo que ha sucedido hasta el día de hoy confirma esta observación. Y lo que sucederá mañana también lo confirmará. Hemos salido de la ciénaga para caer en el único manantial profundo. Y la Ver­dad está en su fondo».

domingo, 16 de septiembre de 2012

Malos tiempos para la política

No soy de los que denigran a los políticos por sistema; pero sí pienso que los nuestros, los que nos vemos obligados a elegir, han caído en una especie de mimetismo perverso, que les hace acreedores a las iras mías, muy a menudo.

Por eso, en descargo de mi enfado, les dedico el poema Caídos por la patria de G.K. Chesterton, publicado en Elegy in a Country Churchyard, tras la Gran Guerra:

The men that worked for England
They have their graves at home:
And bees and birds of England
About the cross can roam.
But they that fought for England,
following a falling star,
Alas, alas for England
They save their graves afar.
And they that rule in England,
In stately conclave met,
Alas, alas for England
They have no graves as yet.
...............................
Hombres que trabajaron por su patria
Tienen su tumba aquí, en su suelo natal.
Las abejas, los pájaros, las nubes de su patria
Sobre su cruz vienen y van.
Pero los que lucharon por su patria,
Por su patria siguiendo una estrella fugaz,
Tienen –oh, pobre, pobre patria-
Su tumba en ultramar.
Y aquellos que gobiernan la patria
Siempre reunidos en la oscuridad
Tienen –oh, pobre, pobre patria-
Sus tumbas por estrenar.


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domingo, 28 de septiembre de 2008

Chesterton ha muerto

Sí, ya sé que de esto hace mucho; no, no me confundo con Paul Newman; se trata de Chesterton, la revista mensual de análisis, información y sentido común, cuya versión digital tenía enlazada en mi sección de publicaciones.

Desde julio tienen puesta una nota de Álex Rosal para los suscriptores que comienza diciendo:
Antes que nada quiero pedirle disculpas por la tardanza en ponernos en contacto con usted para ofrecerle una explicación al cierre de la revista Chesterton. Todos los que impulsamos Chesterton pusimos mucho empeño, ilusión y pasión en el proyecto, también una buena cantidad de dinero y, desgraciadamente, no supimos acertar suficientemente para que esta publicación se mantuviera en el mercado por mucho más tiempo. Es verdad que la crisis económica, que se venía incubando desde hacía meses, afectó rápidamente a la publicidad, que es la principal fuente de ingresos de una revista de este tipo. Fuera lo que fuera, no supimos, ni pudimos enderezar el rumbo de este apasionante proyecto. En fin, con dolor le transmito, en nombre de todos los accionistas y trabajadores, la noticia del fallecimiento de la revista Chesterton en papel.
Se plantean resucitar la revista en internet: ¡ojalá!

¡Larga vida a Chesterton (y a Paul Newman)!