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miércoles, 13 de enero de 2010

No hay paz sin ecología humana

Los discursos de los Papas al cuerpo diplomático destacado ante el Vaticano tienen siempre un interés particular, pues se aprovechan para exponer ideas con alcance mundial. Así sucedió también con el último de Benedicto XVI, el pasado 11 de enero, analizado por Antonio R. Rubio Plo, Doctor en Derecho y Analista de Política Internacional:



El discurso del Papa al cuerpo diplomático, en 2010, vuelve a insistir en la importancia de la ecología humana, aspecto subrayado tanto en la encíclica Caritas in veritate como en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz. Destaquemos algunos incisivos momentos de este discurso. El primero afirma que “Si se quiere construir una paz verdadera, ¿cómo se puede separar, o incluso oponer, la protección del ambiente y la de la vida humana, comprendida la vida antes del nacimiento? En el respeto de la persona humana hacia ella misma es donde se manifiesta su sentido de responsabilidad por la creación. Pues, como enseña santo Tomás de Aquino, el hombre representa lo más noble del universo”. Las palabras de Benedicto XVI son claras.

La Iglesia defiende al ser humano en su integridad, no sólo a ese ser humano fuerte, joven y capaz de decidir por sí mismo que nos presentan como modelo a imitar en las sociedades desarrolladas. A ese arquetipo de persona se le suele atribuir, en el marco de la corrección política imperante, una alta conciencia ecológica, que suele ser más teórica que real, y que en ocasiones obedece a imperativos de las modas o una especie de impulso sentimental. A ese mismo arquetipo se le atribuyen deseos de paz para toda la humanidad, aunque esa paz no tenga contornos definidos. Pero la gran tragedia de nuestro tiempo es que algunas buenas intenciones sobre la paz y el medio ambiente transforman su rostro amable en adusto cuando se habla de protección de la vida humana antes del nacimiento. Un lenguaje político y social de corte orwelliano se difunde a través de una poderosa máquina mediática para decirnos que defender la vida supone un atentado a los derechos humanos, derechos que sólo se miden a través del prisma de una acrítica libertad de elección.

Pero es una incongruencia defender la sacralidad del ser humano, por emplear la conocida expresión de Séneca, y al mismo tiempo considerar que ciertos aspectos o edades de la existencia humana son de libre disposición por otros hombres, eso sí con argumentos, o más bien consignas, que nos hablan de felicidad o de libertad. Esto es, sin duda, una manifestación de lo que también señalaba el Papa: “la vigente mentalidad egoísta y materialista, que no tiene en cuenta los límites inherentes a toda criatura”. Se tiende a considerar en la práctica, aunque no se exprese abiertamente, a la sociedad como un agregado de individuos parapetados en sus derechos. Hay quienes ven esta mentalidad como una expresión de liberación, pero no deja de ser un factor que atenta contra la paz social.

Benedicto XVI lleva la protección del medio ambiente al terreno moral, al resaltar que el egoísmo humano hiere a la creación de muchas maneras y, por supuesto, el hombre forma parte también de esa creación, aunque cierto ecologismo panteísta pretenda olvidarlo. Herir al hombre no sólo es hacerlo físicamente sino que también se le hiere al atentar contra sus creencias o convicciones. En los países occidentales ha renacido un anticlericalismo tan virulento que parece del siglo XIX y esto lo denuncia el Papa como otro atentado contra el ser humano y, en definitiva, contra la paz. Señalaba el Pontífice a los diplomáticos: “Lamentablemente, en ciertos países, sobre todo occidentales, se difunde en ámbitos políticos y culturales, así como en los medios de comunicación social, un sentimiento de escasa consideración y a veces de hostilidad, por no decir de menosprecio, hacia la religión, en particular la religión cristiana. Es evidente que si se considera el relativismo como un elemento constitutivo esencial de la democracia se corre el riesgo de concebir la laicidad sólo en términos de exclusión o, más exactamente, de rechazo de la importancia social del hecho religioso. Dicho planteamiento, sin embargo, crea confrontación y división, hiere la paz, perturba la ecología humana y rechazando por principio actitudes diferentes a la suya, se convierte en un callejón sin salida”.

Benedicto XVI presenta muy bien una mentalidad que no quiere dialogar con actitudes diferentes a la suya. Si el diálogo es expresión suprema de racionalidad, y es la racionalidad lo que debía definir a quienes se consideran continuadores de las ideas de progreso defendidas por la Ilustración, no se entiende esta actitud irracional. Si uno está convencido de la absoluta superioridad de sus convicciones, no teme al diálogo ni a la cooperación con otros que piensan de forma diferente. Sin embargo, esa cerrazón de algunos sectores políticos y sociales existe, y unas veces se manifiesta con rabia y otras, con la sonrisa despreocupada de quien no se considera aludido.

Algunos dirán que no se trata de un discurso ecologista, pero el Papa no hace más que defender el aspecto moral de la ecología, de una ecología que tiene rostro humano. Lo hace, incluso, cuando dedica esta observación a la agresiva ideología de género: “Las criaturas son diferentes unas de otras y, como nos muestra la experiencia cotidiana, se pueden proteger o, por el contrario, poner en peligro de muchas maneras. Uno de estos ataques proviene de leyes o proyectos que, en nombre de la lucha contra la discriminación, atentan contra el fundamento biológico de la diferencia entre los sexos. Me refiero, por ejemplo, a países europeos o del continente americano. Como dice san Columbano, “si eliminas la libertad, eliminas la dignidad”. La realidad es que esta mentalidad que, desde Occidente se pretende exportar al mundo entero, da una visión fragmentada, como pasa en tantas ideologías, del ser humano. Da tanta importancia a la igualdad, que identifica absolutamente con la justicia, que no le importa cercenar la libertad en nombre de un supuesto “bien superior”. No se puede dispensar obligatoriamente la felicidad porque la auténtica dignidad humana se resiente. Por desgracia, a lo largo de la Historia siempre han existido esclavos felices.

martes, 5 de junio de 2007

Relativismo e irracionalismo: Un efecto perverso

Antonio R. Rubio Plo, Historiador y Analista de Relaciones Internacionales, en Analisis Digital

Criticar el relativismo imperante en nuestra sociedad supone exponerse a duras críticas porque una opinión extendida es que relativismo equivale a pluralismo y libertad. Atacar el relativismo supondría tomar partido contra estos valores y defender supuestas formas rígidas y autoritarias de concebir a la persona y organizar la sociedad. Pero si profundizáramos un poco e el concepto, a lo mejor descubrimos que los sinónimos más ajustados de relativismo son individualismo y subjetivismo. Quien defienda una actitud relativista ante la vida suele ser a menudo una persona que considera su propia opinión como punto exclusivo de referencia. Si ésta es la actitud extendida en una sociedad, el resultado será un conjunto de “individuos-islas”, un agregado de seres humanos partidarios de una libertad que rehúsa tener límites. Es comprensible que estos individuos defiendan el relativismo porque todo criterio objetivo de comportamiento supondría una cortapisa a su sacrosanta autonomía. Pero nadie podrá decirnos que relativismo es pluralismo pues las opciones no relativistas serán rechazadas en nombre de un subjetivismo que sólo se fundamenta en la dictadura del yo. Tal dictadura será por definición escéptica y nos gritará un no a las ideologías y un no a las religiones, que considera términos equivalentes porque rechaza reconocer la diferencia entre fe secular y fe religiosa. Mas con esto se nos está diciendo que hay que renunciar a la funesta manía de pensar más allá de las cuatro esquinas de nuestro universo particular. ¿No es esto irracionalismo, una contradicción impropia de un ser racional? El irracionalismo es un efecto perverso, quizás no buscado, del relativismo.

Precisamente ese subjetivismo que pretende entender de todo, aunque no haya profundizado en nada, prescinde poco a poco de la razón para interpretar los problemas sociales, políticos y filosóficos, y reduce todo a un psicologismo sentimental. Sobran los expertos o los estudiosos porque el yo soberano ha decidido que lo que yo digo o pienso es la verdad, que mi opinión vale tanto como la de los demás o acaso más porque es la mía. El subjetivismo radical puede escuchar con educación el consejo del especialista pero no se moverá un ápice de su posición porque si lo hiciera pensaría que se coarta su libertad. Lo primero es la libertad individual antes que todas las verdades o certezas del mundo si es que realmente existen porque todo es relativo, tal y como afirma el dogma profesado. Asistimos así a la paradoja de que los que dicen haberse emancipado en nombre de la razón y optado por la libertad, caen en un rígido inmovilismo que les impide admitir la posibilidad de cambiar sus posiciones preconcebidas. No hay ninguna verdad que descubrir. Esta actitud irracionalista es fruto del relativismo.

Pero otro fruto relativista es la desconfianza hacia todo lo que nos rodea: pensar que nadie obra rectamente sino que todos actúan con doblez para ocultar sus intenciones. Dicho de otro modo, todo es mentira porque nada es verdad. La desconfianza también es una vía hacia el irracionalismo. En esas circunstancias, el ser humano es un animal aislado tan sólo preocupado por marcar el territorio del santuario de su autonomía personal. Lo malo es que la desconfianza sistemática alimenta el odio y se puede llegar a “deshumanizar” a los demás. Esto supone privarles de rostro, de su condición de personas concretas, porque así es más fácil desatar la rabia y el rencor. Al final el otro no es un “él” sino un “lo”, un peligroso ismo que hay que desechar. Mas lo peor es que algunas veces el odio se disfrace de realización de la justicia, de exigencia de los propios derechos. ¿Son de verdad derechos o coartada de egoísmos individuales o colectivos? Pero el término “egoísmo” está proscrito para muchas personas porque supone un juicio de valor –y encima con fundamento objetivo- acerca de conductas que suelen fundamentarse en una libertad sin límites. Sin duda, este sería el eslogan más apropiado para los actuales tiempos: “¿Qué es libertad? ¡Mi santa voluntad!”. Este planteamiento también nos lleva hacia la irracionalidad.

El otro desaparece en el discurso del relativismo entendido como subjetivismo e individualismo radical. El mundo que podemos construir es el de unos paseantes solitarios, vagabundos sin rumbo fijo, sin pasado ni futuro apegados a un presente que se desea sin fin. El corazón – importante en una sociedad que tanto dice valorar los sentimientos- se vuelve poco a poco raquítico y pequeño, lo que contrasta con frecuentes llamamientos a la solidaridad. Mas esa solidaridad corre el riesgo de reducirse a lo material, a facilitar un número de cuenta corriente en el que se domicilian recibos para causas benéficas. El relativismo no es lo más adecuado para resolver los problemas de la convivencia humana. En teoría, parecería que sí porque supuestamente respetaría la libertad de los otros individuos. Habría que decir más bien que en el relativismo todos tendrían el derecho de permanecer anclados en sus convicciones y no deberían imponerlas –ni siquiera sugerirlas- a los demás. Pero si no buscamos lo que tenemos en común, y eso no se alcanza con el mero consenso en textos o declaraciones, ¿cómo podremos buscar objetivos comunes para el bien de la sociedad? La debilidad del relativismo radica en que se queda en el caparazón de lo abstracto y no es capaz de ofrecer soluciones concretas para problemas concretos. Presumirá de pragmático pero al final es muy poco práctico. Es incapaz de aportar soluciones específicas porque piensa que eso coarta la libertad de los individuos y en su escepticismo tampoco está muy seguro de cuál puede ser la solución adecuada. El relativismo termina por ser lo que quizás no hubieran querido sus patrocinadores: una forma más de inmovilismo.

Es irracionalista renunciar a pensar y a profundizar en muchos aspectos de la compleja existencia humana; es irracionalista pensar que no existe otra ética que la que me doy a mí mismo. El relativismo construye en el vacío y no nos puede extrañar que venga un Estado, que presumirá incluso de ser un referente ético, a llenar ese hueco.