Mostrando entradas con la etiqueta Josep Miró i Ardèvol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Josep Miró i Ardèvol. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de abril de 2007

El gran engaño: la ideología de género

Por Josep Miró i Ardèvol

La ideología de género es una patraña insostenible. Posiblemente una de las mayores de la historia solo equiparable al mito de la superioridad de las razas. A pesar de ello, sus planteamientos han contaminado en gran medida nuestra cultura, y en el caso especialísimo de España constituyen la doctrina fundamental del gobierno.

La llamada perspectiva de género, el generismo, afirma que la humanidad no se divide en hombres y mujeres, sino que tal diferencia es fruto de una construcción social determinada. Predica que esta construcción condena a la mujer a la inferioridad.

Pretende convencernos de que no existe un atractivo natural entre hombres y mujeres, sino que esto es fruto de una presión social. No existe el sexo masculino ni femenino como forjador de actitudes y caracteres sino que la sexualidad es polimorfa y transformable.

Una mujer en un cuerpo de hombre, un hombre en un cuerpo de mujer, homosexuales, bisexuales, transexuales, travestis y heterosexuales, todas son posibilidades equivalentes del ser humano.

Esta parida es contraria a todo conocimiento científico y, obviamente, a toda antropología humana. No es un feminismo porque no persigue la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, sino que simplemente consigue la igualdad a base de eliminar la condición de hombre y de mujer.

Considera una fuente de opresión a la familia, ve con malos ojos la maternidad, y vitupera a toda la cultura judeocristiana (y evidentemente, junto a ella, el legado del helenismo). Liquida toda antropología conocida con la pretensión de construir una nueva.

Ahora mismo se ha publicado en español un libro de Louann Brizendine, El cerebro femenino. Esta señora es psiquiatra por Harvard, licenciada en medicina por Yale y realiza sus investigaciones en neurobiología en Berkeley.

En su libro dice muchas cosas sabidas y algunas nuevas. Pero vale la pena traerlo a colación porque es mujer y antigua feminista. Lo que explica es muy simple: existe un cerebro masculino y un cerebro femenino, son distintos y procesan aspectos fundamentales de la vida de forma distinta (y muchos otros de igual manera), y ello explica diferencias naturales que si son bien comprendidas ayudan a una complementariedad magnífica, y si no lo son, precisamente porque se considera que no debe existir diferencias, son fruto de conflicto.

La propensión de las mujeres a hablar entre ellas y comentarse “secretos”, por ejemplo, es real y es propiciada porque genera una reacción en el celebro que produce flujos de dopamina y oxitocina extraordinariamente placenteros, y que no se da en los hombres.

Una síntesis reduccionista del discurso de la doctora Brizendine es que “nosotras intuimos mejor pero ellos actúan mejor”. Cita el ejemplo de que enseñando imágenes sucesivas de un rostro, los hombres solamente saben detectar “que está triste cuando aparecen las lágrimas”, las mujeres detectaban este estado, en un 90%, cuatro o cinco fotogramas antes.

Las relaciones sexuales también son procesadas de manera muy distinta, y si eso no se entiende es difícil comprender nada: “para las mujeres, los preliminares (en las relaciones sexuales) es todo lo que sucede durante las 24 h. anteriores a la penetración. Para un hombre es lo que ocurre, tres minutos antes”.

Es posible diferenciar un celebro de mujer de uno de hombre en pleno funcionamiento a través de las imágenes que aporta la neurobiología.

En resumen, una vez más lo obvio: se nace mujer o se nace hombre, esta diferencia –otra vez lo obvio- no significa superioridad sino capacidades distintas en determinados planos y no diferenciadas en otros, porque entre ambos sexos existe la común unidad del ser humano.

El que la cultura predominante niegue todo esto y pueda convivir al lado de la ciencia, el que el gobierno monte sus leyes y discursos sobre la patraña del generismo y la gran mayoría diga amén, solo expresa, para utilizar una palabra pasada de moda, la alienación de nuestra sociedad.

martes, 13 de marzo de 2007

La demolición del modelo de sociedad

Hoy el modelo de sociedad vuelve a estar en peligro de una manera más grave y aguda que entonces

Por Josep Miró i Ardèvol, en La Gaceta, el 12 de marzo de 2007

EN los años 80 defender el modelo de sociedad significaba salvaguardar la figura del empresario, proteger el derecho a la propiedad y afirmar el valor insustituible del mercado, para citar tres de los fundamentos entonces cuestionados y ahora asumidos por un consenso incuestionable. Hoy el modelo de sociedad vuelve a estar en peligro de una manera más grave y aguda que entonces. Lo está la vida social y el buen funcionamiento de la economía, la capacidad de generar bienestar y prosperidad. La situación es mucho más apurada, porque a diferencia de entonces las instituciones parecen como aletargadas ante la amenaza, cuando no la niegan en redondo.

La sociedad civil que tanto valoramos no nace de la nada. Para su existencia y buen funcionamiento depende de la red jerarquizada de las instituciones insustituibles socialmente valiosas. Son las infraestructuras sociales donde todo se asienta. De forma parecida a como las infraestructuras físicas articulan el espacio, las sociales articulan la sociedad para su mejor funcionamiento y el de su economía. La cualidad y cantidad del capital humano, la formación y destrucción de capital social, la tasa de progreso técnico y con ella la productividad total, y el Estado del bienestar dependen de ellas. Prácticamente todos los elementos básicos para que un país funcione.

Las infraestructuras sociales no son iguales, sino que por su capacidad generativa y su insustituibilidad se ordenan en tres niveles. El primero está formado por la institución del matrimonio y las generadas por él: la paternidad y maternidad con capacidad educadora, la filiación y fraternidad, el parentesco y su extensión en el tiempo, la dinastía. El matrimonio y sus redes colaterales de ascendentes y descendentes son los núcleos que articulan la sociedad. Son instituciones previas e independientes del Estado, forjadas en la historia, modeladas jurídicamente por el derecho consuetudinario. Por su propia lógica interna y razón de existir, no pueden ser alteradas, sin, al mismo tiempo, trastornar a toda la sociedad. A nadie se le ocurre que una autopista —infraestructura física— sea simultáneamente un circuito de carreras. De la misma manera nadie prudente y mínimamente sabio puede reducir el matrimonio a una simple unidad más de convivencia, como el propio presidente del Gobierno, hombre imprudente y nada sabio, ha reiterado. Esta infraestructura generatriz lo es en la medida que gracias a la alteridad hombre y mujer es capaz de generar descendencia y educarla, y en su estabilidad dar a los cónyuges acompañamiento y atención mutua.

Hay todo un segundo nivel de infraestructuras sociales, estrechamente vinculadas al primero y que dependen de él: son la escuela —la organización para enseñar y educar— y el trabajo organizado, esto es, la empresa. También las confesiones religiosas y la vecindad desde el más próximo al más lejano. Todas ellas son insustituibles y previas al Estado y deben ser autónomas de él. Queda aún un tercer nivel, sustituible e intercambiable, formado por las asociaciones.

Centrémonos en las de primer nivel: el matrimonio y sus instituciones generatrices. De que cumpla sus fines (y no sólo el ser unidad de convivencia, que en todo caso sólo es un medio) depende:

- La viabilidad del sistema público de pensiones, y en una medida importante de la sanidad (por el mayor o menor envejecimiento). La clave es la descendencia.

-La capacidad formadora de todos los ciclos de enseñanza, el mayor o menor fracaso escolar, en la medida en que exista una paternidad educadora, que permita a la escuela dedicarse a instruir.

-La formación del capital humano, relacionada con las dos funciones precedentes.

-La proporción de personas con carácter empresarial en el conjunto de la población. Motivo: el número de familias numerosas (Marshall et alt).

-La tasa de progreso técnico vinculado a largo plazo a la tasa de natalidad (Kremer et alt).

-La visión del largo plazo y la solidaridad intergeneracional, relacionada con la vivencia dinástica (Fisher et alt).

-El matrimonio estable y la red de parentesco bien definida y vivida, estrechamente ligadas a la generación de confianza y de oportunidades, condiciones básicas para generar capital social.

Hay tres factores clave para el desarrollo del bienestar y la riqueza de las sociedades: Las tres “K“. El capital público es una de ellas. Se expresa en forma de infraestructuras físicas y equipamientos. Pero las otras dos son el capital humano, un atributo individual en términos de educación, y formación, y el capital social, un atributo colectivo generado por el conjunto de la sociedad a partir de sus redes primarias secundarias y terciarias.

La políticas y las leyes del periodo Zapatero, sólo tres años, han quebrantando la red primaria, empezando por su fundamento más estricto, la alteridad complementaria hombre-mujer (debería ser de lectura obligatoria la ley denominada Reguladora de la Rectificación Registral de la Mención Relativa al Sexo de las Personas, en realidad una ley que redefine la identidad sexual de acuerdo con la teoría de género), el matrimonio su misión y estabilidad, el concepto y función del ser padre, madre e hijo, la función educadora de la paternidad, la configuración del parentesco, la importancia de la descendencia. En definitiva toda la infraestructura básica está siendo demolida, el modelo de sociedad. Pero en plan serio, serio, eso no parece preocuparle a demasiada gente, empezando por los empresarios y dirigentes. Extraño país.