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jueves, 18 de septiembre de 2008

¿Y qué es la laicidad positiva

Por José Javier Esparza, en IDEAL, hoy

La fórmula no puede estar más de moda: 'laicidad positiva'. Se diría que hemos encontrado la receta para suturar una brecha en la cultura occidental. Pero ¿de qué estamos hablando exactamente? ¿Qué es la laicidad?

'Laico' viene del griego 'laikós', que significa 'alguien del pueblo'. A través del latín 'laicus' pasó a definir a las personas que no pertenecen al clero. Después, en la terminología moderna, 'laico' empezó a designar todo aquello que es ajeno -no necesariamente contrario- a las confesiones religiosas. Y aún más tarde, en el vocabulario político de la modernidad, y en particular en la Francia del XIX, lo laico y el 'laicismo' pasaron a denotar la iniciativa del Estado para sustraer competencias a la Iglesia. Así lo 'laico' dejó de ser un estatus -yo soy un laico- para empezar a ser una política -el laicismo- orientada al conflicto con la Iglesia. De este camino se deduce claramente la nuez del asunto: cuando la Iglesia dice 'laico', habla de lo que no es clerical pero convive al lado de la religión; por el contrario, cuando lo laico se enarbola como bandera política, suele implicar una actitud hostil hacia la presencia religiosa en la vida pública.

Para entender esta trayectoria etimológica hemos de situarnos en el gran movimiento histórico de la secularización, que es la clave de la modernidad: los antiguos órdenes, sustentados sobre el origen divino del poder y el papel preponderante de la Iglesia son sustituidos por órdenes nuevos que reclaman plena autonomía. Expliquémoslo siguiendo el patrón de Hegel: la modernidad representa la afirmación de la individualidad frente a Dios (Reforma protestante), frente al conocimiento (Ilustración) y frente al poder (Revolución); añadamos por nuestra cuenta la afirmación del interés individual y del dinero frente a la comunidad (capitalismo burgués). Ese gigantesco proceso de tres siglos implica por fuerza el destierro político de la religión, a la que ya no se reconoce derecho a estar en la plaza pública. El laicismo es la consumación política de este movimiento y se sustancia en una propuesta radical: confinar lo religioso a la vida privada.

La cuestión es que el mundo laico, al cabo, no ha sido capaz de generar una moral social firme más allá de un 'sistema de egoísmos'. Podríamos hablar de fracaso del 'Estado predicador'. La moral ilustrada se ha resuelto hoy en relativismo y en nihilismo, lo cual se hizo especialmente patente a partir de los años setenta del pasado siglo. Eso no estaba en el programa de los modernos y ha obligado a una profunda reflexión. Reflexión, por cierto, gemela de la que se estaba viendo forzada a hacer la Iglesia. A partir de aquí, el diálogo ha empezado a ser viable.

Tal diálogo se materializa de manera muy visible en el intercambio entre Sarkozy y Benedicto XVI, pero tiene un antecedente decisivo: el diálogo entre el propio Ratzinger y Jürgen Habermas, recogido en 'Dialéctica de la secularización. Sobre la razón y la religión' (Encuentro, Madrid 2006). Resumámoslo así: la sociedad democrática -elecciones, Estado de derecho, libertades fundamentales- se basa en principios ajenos a la propia democracia; sólo son posibles desde la creencia común en una serie de valores que no son religiosos, pero que han sido legados a Occidente por la tradición griega, romana y cristiana. En consecuencia, si en nombre del laicismo desterramos la tradición espiritual de nuestra civilización, estaremos destruyendo los propios fundamentos de la democracia y las libertades.

Cuando hablamos de 'laicidad positiva' nos movemos en este campo conceptual. Así Sarkozy en San Juan de Letrán: «La República tiene interés en que exista una reflexión moral inspirada en convicciones religiosas. En primer lugar, porque la moral laica corre el riesgo de agotarse o de transformarse en fanatismo cuando no está respaldada por una esperanza que llene la aspiración al infinito. Y también porque una moral desprovista de lazos con la trascendencia está más expuesta a las contingencias históricas». Y así Benedicto XVI en el Palacio del Eliseo: «Es fundamental insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso, para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos como la responsabilidad del Estado ante ellos. Y, al mismo tiempo, valorar más claramente el papel insustituible de la religión en la formación de las conciencias y su aportación al consenso ético de fondo en la sociedad». De ambos planteamientos se deduce la conveniencia de una laicidad positiva que «al mismo tiempo que vela por la libertad de pensar, de creer y de no creer -así lo dice Sarkozy-, no considere que las religiones son un peligro, sino más bien una ventaja».

Probablemente estamos ante el tema de nuestro tiempo. Desde el lado del pensamiento cristiano, el cardenal Scola lo ha expresado de manera inmejorable en su libro Una nueva laicidad (Encuentro, Madrid, 2007). Y desde el lado del pensamiento civil moderno, el ex canciller alemán Helmut Schmidt abunda en lo mismo en su último libro, 'Ausser Dienst' ('Fuera de servicio'), con unas palabras que vienen a resumir una opinión que ya no es excepcional en Europa: «Pese a todo mi escepticismo hacia una serie de dogmas cristianos siempre me he sentido cristiano (..). Sigo en la Iglesia porque genera contrapesos a la descomposición moral en nuestra sociedad».

Esto es, en fin, la 'laicidad positiva'. Desde una cierta perspectiva, digamos 'progresista', puede ser percibida como un camino de vuelta, como un retorno después de un extravío. Por supuesto, desde esa misma perspectiva puede argüirse que eso no va con España, porque nosotros aún estamos en el camino 'de ida'. Pero, incluso si así fuera, surge la pregunta de si tiene sentido emprender un camino del que otros han vuelto ya con las manos vacías -ese camino que lleva del Estado recaudador y administrador al Estado predicador-. Nada obliga a pasar por el trance de un laicismo agresivo; no deberíamos volver al XIX.

sábado, 22 de marzo de 2008

La miseria de una ética inferior

Por José Javier Esparza. Periodista

El gobierno de Castilla-La Mancha ha difundido en las escuelas un manual de sexualidad que pondera los beneficios de la masturbación y las relaciones lésbicas. La iniciativa ha suscitado escándalo: hay ciudadanos que quieren mantener su derecho a vivir y a enseñar la sexualidad conforme a una moral tradicional libremente elegida. Ese derecho y esa libertad han sido atacados. ¿En nombre de qué? Aparentemente, estamos ante un nuevo episodio de esa revolución sexual que, a falta de ideología política, el zapaterismo abandera.

Pero en este asunto hay algo que va más allá del sexo, también más allá de esa ola de laicidad radical promovida desde el actual Gobierno. Lo que estamos viendo es una inversión expresa de la moral tradicional. Y aquí “tradicional” no quiere decir “antiguo”, sino clásico, canónico. Esa ética tradicional ha sido refrendada por la historia y por el pensamiento en el largo camino de nuestra cultura, y ello en nombre no sólo de la Cruz, sino también de la Ciudad. En sus rasgos esenciales, toda ética tradicional, cristiana y no, reposa sobre un mismo principio: el deber, el sacrificio generoso, la renuncia a sí. El camino virtuoso es el de quien logra elevarse sobre sí mismo –dominándose. Nuestro repertorio ético está lleno de expresiones que sancionan este modelo de virtud: “vence quien se vence”, “vale quien sirve”, “nobleza obliga”. Pero lo que ahora estamos viviendo camina en sentido inverso: vence quien se satisface, vale quien puede comprarse placer, nada obliga a la voluntad salvo el imperativo del bienestar. Y no es la primera vez que esto ocurre, pero sí es la primera vez que el propio orden, el poder público, patrocina la empresa de la inversión moral.

No es difícil rastrear el origen de esta operación. Aquí se dan cita el materialismo, que suprimía la dimensión espiritual en provecho del dominio físico; el individualismo, que ensalzaba al hombre como centro del cosmos, y aquel liberacionismo sexual que traspasaba al principio del placer la dialéctica de la lucha de clases. Pero, oh, desolación: resulta que tan ambiciosos principios, que habían sido los dogmas de la modernidad, terminan ahora reduciéndose a una apología de la masturbación, a una risible reductio ad clítoris. En esta ética de postrimerías, el materialismo ya no es una voluntad de dominio, sino una mutilación del horizonte de la existencia; el individualismo ya no es una glorificación de la autonomía del sujeto, sino una reducción al universo mínimo personal; la liberación sexual ya no es una potencia emancipadora frente al orden, sino una vía rápida y conformista para la satisfacción inmediata del individuo. Es como si el Hombre Moderno, elevado a estatua por las revoluciones y el progreso, hubiera decidido bajarse del pedestal y orinar en una esquina. Es la imagen del hombre caído que se refocila en su nueva situación, en su propia caída.

En la ética clásica, el hombre bueno es el que se desprende de sí mismo. Inversamente, en esta especie de nueva ética que hoy se propugna, el buen camino es el de quien se abandona, el de quien se deja llevar. Hemos cambiado el modelo del hombre superior por la apología del hombre inferior. Ya estamos pagando las consecuencias.

jueves, 13 de marzo de 2008

La eutanasia nacional

Una penosa impresión de hundimiento colectivo


Por José Javier Esparza, en El Semanal Digital el 19 de enero de 2007

Ya es casualidad que la obstinación disgregadora del Gobierno haya venido a coincidir, noticiosamente hablando, con el último caso de eutanasia. Pero a lo mejor no es sólo casualidad.

Son como la Santa Compaña, ¿verdad?, pero envueltos en moralina progresista, y ya no llevan en cabecera a un vivo que enarbola una cruz, según dice la tradición, sino a una periodista de El País con su grabadora y su canesú. Tampoco entonan cantos lúgubres en los senderos del bosque, sino que ahora los rodea una cohorte de opinadores concienciados que narra al mundo sus hazañas. Hay alguien que quiere dejar de vivir. Ellos ayudan a morir. Llegan al domicilio de la víctima. La rodean de comprensión y zalamerías, de besos y ternura, y entonces, ¡zas!: viaje directo al otro barrio. Lo han hecho ahora con una señora en Alicante. Lo vimos, ya digo, ampliamente sahumado en El País, siempre dispuesto a defender cualquier cosa que signifique romper algo importante. El hijo de la víctima –porque no deja de ser una víctima- dice que va a denunciar a la Santa Compaña, o sea a la Asociación Derecho a Morir Dignamente, por llevar a su madre a la muerte. La Asociación Compaña dice que no, que ellos lo hacen por generosidad. Claro.

Cuestiones de principio. Primera: una comunidad no puede reconocer a un particular el derecho de "ayudar a morir" al prójimo, por la simple razón de que ese derecho tendría que reconocérsele a todos, y si todos nos ayudamos a morir unos a otros, entonces entraríamos en una especie de homicidio generalizado. Segunda: una comunidad no puede reconocer a nadie el derecho a acabar con su propia vida, porque la muerte es un mal objetivo en sí mismo, luego es absurdo concebirla como derecho (otra cosa es que uno se tome tal atribución por su propia mano, pero esto nada tiene que ver con el mundo de los "derechos"). Tercera, más genérica, pero también más práctica: en los países donde se ha legalizado la eutanasia, los casos de abusos son lo suficientemente abundantes como para tentarse la ropa. Cuarta, y quizá más honda: ¿no es llamativo que sea precisamente hoy cuando con más insistencia se muestra la muerte como algo bonancible, "generoso", guay del Paraguay, lo mismo para la eutanasia que para el aborto, y que esto sólo ocurra en países ricos y gordos, tanto en España como fuera de aquí? ¿No es como si estuviéramos en una cultura no ya de la muerte, sino, más específicamente, del suicidio?

Después de todo, tiene su lógica que estos asuntos se planteen en el mismo momento en que los poderes del Estado acarician el sueño de la capitulación ante sus enemigos. ¿Disparatamos? Quizá. Pero en un cierto sentido, en un estrato profundo, a veces invisible, es como si todas estas cosas fueran hijas de una sola fuerza, como si estuvieran animadas por un mismo espíritu: el espíritu de la cancelación, de un irse cansado y hastiado, de un acabarse blandito y suave, de una eutanasia colectiva. Por eso el Coro de los lémures que jalea a la Santa Compaña, a esos que caminan por ahí llevando el mensaje de la muerte inminente, es el mismo orfeón que entona cánticos al diálogo con los que ponen bombas y matan, y también el mismo que identifica el aborto con un gesto de libertad. Es el mismo coro que pretende aislarnos a los demás, a los que pensamos que la vida tiene un sentido y un valor, que la nación es algo importante, como lo son la justicia y la dignidad colectiva; a los que pensamos que los pueblos fuertes son los que quieren vivir, mientras que los pueblos débiles sólo piensan en gozar. A esos –a nosotros- quieren ponernos un cordón sanitario, según la ingeniosa estupidez de Federico Luppi.

Esta impresión de que todo se va hundiendo alrededor no es algo que pueda borrarse con un cambio electoral. Hacen falta fuerzas más poderosas, fuerzas que están en el plano del espíritu más que en el de la política. De momento, podemos ir haciendo gimnasia: ser capaces de descubrir, bajo cada ruina, la promesa de un nuevo palacio.