Mostrando entradas con la etiqueta Armando Segura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Armando Segura. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de julio de 2009

Michael Jackson y la autoconstrucción

Una muerte anunciada. Se sientan unos precedentes y se siguen los consecuentes, casi como un teorema matemático. Era un modelo de transgresión, de independencia y de absoluta falta de control. Era, dentro de la música pop, un "number one".

Por ARMANDO SEGURA, CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA, en IDEAL, el 9 de julio de 2009

De grafiti
En estos días los partidarios del arco iris están de fiesta y esta coincidencia, permite también considerar el gran tema de la construcción de la propia vida que, de algún modo, en la especie humana siempre es autoconstrucción o no es nada.

Comprendo que la gente "sensata" y "normal" pase de estos temas e incluso los huya. Sin embargo, vale la pena que en estos días, de muerte y autodestrucción, planteemos lo que significa el trabajo de la propia autoconstrucción.

Todos tenemos, probablemente en el cerebro, unas cuantas tribus de demonios que pugnan por salir y abrir las ventanas y saltar a la calle. Son nuestras raíces genéticas. En la juventud se suele pensar que ese deseo irracional de infinito que tan bien supieron expresar los románticos, son «nuestra identidad». Somos lo que sentimos y las normas sociales convencionales, aparecen como «lo que se nos impone».

Si somos lo que sentimos y se nos impone lo que no sentimos, la reacción elemental, es en primer lugar, denunciar la hipocresía de la sociedad cuyos componentes, imponen a los demás, unas reglas de conducta que ellos mismos «no sienten». Desde Rousseau y Sade, se ha resaltado esa hipocresía social, la defensa del corazón y del instinto salvaje. Otras formas posteriores de lo mismo, son la voluntad de poder, la crítica al asno o a la oveja, modelos cristianos, según unos u otros cánones de referencia.

Una forma más elaborada intelectualmente, ha sido propuesta por Heidegger: La libertad de escogerse a sí mismo.

El arte, el arcoiris, la transgresión y la autodestrucción, han ido de la mano y se nos ofrecen estos días en la pasarela por la que desfilan los titulares de periódicos y telediarios. Bien, veamos.

El mono más sabio, como el pez más inteligente, tienen una capacidad craneal de 500 cc, es decir, la tercera parte de la que tiene el ser humano. Estos detalles no son decorativos o estéticos sino determinantes del sentir y del comprender. El programa genético de estos amables animales está muy determinado y apenas deja márgenes de indeterminación. No son robots porque son sistemas biológicos. Si tienen hambre, comen, si tienen sueño, duermen y si ven una hembra, se aparean. Por hacer «lo que les sale de dentro», ninguno de ellos se vuelve loco. Están hechos, fundamentalmente su código y su estructura cerebral, para esa función. Al "funcionar", según lo programado, son felices y sabemos que lo son porque eso es algo que se ve en la cara de los animales y también de las personas.

Los hombres y las mujeres, cada uno y una en su caso, tiene un cerebro mucho más complejo, con mayor número de neuronas y con un sistema de transmisión de señales eléctricas con mayor número y calidad de dendritas y de sinapsis, o sea, de contactos entre neuronas. Las áreas asociativas del cerebro están muy desarrolladas y se agolpan en la zona occipital. El resultado es bien sencillo: Los seres humanos estamos hechos, no para responder inmediatamente al estímulo del medio o para vivir siguiendo fielmente la pulsión instintiva sino «para que nos lo pensemos antes de actuar». Somos así ¡qué le vamos a hacer!. No vamos a culpar a nadie de que seamos tan inteligentes.

A cuentas de todo esto, un ser humano no tiene el futuro predeterminado: «yo soy así, no tengo remedio», no tenemos genéticamente "espíritu de gafe" sino que toda nuestra estructura biológica está hecha para hacer posible que construyamos una historia, un argumento, nuestra vida. La especie humana no tiene el futuro hecho sino que tiene que producirlo.

Puede observarse que los animales se repiten siguiendo su metabolismo, los ciclos biológicos y los ritmos que les marcan las estaciones del año, el cambio noche-día y los procesos naturales de crecimiento y envejecimiento. Ninguna especie animal tiene historia, porque es incapaz de cambio, de rectificación, de proyecto y de autoconstrucción. La razón de todo esto no nos la dan los predicadores o los visionarios sino la neurociencia y el sentido común que de ella se deriva.

Tenéis razón, cada uno debe elegir su propia identidad, pero eso en ningún caso es seguir las pulsiones del instinto, las tradiciones biológicas, el pasado de nuestra especie que presiona.

Estar hechos para pensar significa que todos los datos que nos proporciona la biología (y la sociedad) son "materiales" a tener en cuenta en nuestro proyecto personal. Tendremos que plantearnos lo que queremos ser, pero decidamos lo que sea, siempre será, dicho en términos fáciles, un levantar la vertical por encima de la horizontal.

No es complicado entender que la biología tira a lo fácil y que lo fácil es lo cómodo, lo que no cuesta trabajo. Lo que cuesta es levantarse, izar el camino de la vertical. La diferencia entre hombre y animal es ésta: el animal sestea, el hombre trabaja. Ese trabajo debe ser lo más creativo posible lo que significa lo más innovador, lo más inteligente. El coste ineludible de la libertad está bien claro: pensar y trabajar. En esas coordenadas los instintos, los sentimientos y las imágenes se reestructuran al servicio del propio proyecto y de la propia historia. El pasado humano tiene la función de hacer futuro.

Es entonces que el hombre se siente feliz porque está desempeñando, más o menos bien, aquello para lo que está hecho. En cuanto siente nostalgia de la selva o de la pradera, en cuanto se levanta de la siesta, tiene que acallar dentro de sí, un vacío infinito. Y lo acalla con todo lo que ayuda a dormir. También precisa, pues, al fin y al cabo es racional, legitimar su opción argumentando que es auténtico, que ha hecho la opción fundamental por lo que siente. Es decir que teniendo 1500 cc. de capacidad craneal, opta por conformarse con 500 cc. La diferencia entre ambas capacidades define las dimensiones del vacío interior resultante.

La conciencia y el poder

El bien común no es lo que la ley diga del bien común, ni lo que diga la ONU, ni lo que diga la Iglesia. El bien común es anterior a las leyes

Por ARMANDO SEGURA, CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA, en Ideal, el 6 de julio de 2009

De grafiti
La conciencia privada es la que paga impuestos, la que vota, la que expresa su opinión, la que obedece a la ley y la que la incumple. La conciencia privada es la que, por deber de conciencia, respeta la Constitución. Sin esa conciencia privada, las leyes, los impuestos, los contratos y los matrimonios, serían leyes sin conciencia, contratos sin conciencia y matrimonios sin conciencia.

El bien común no es lo que la ley diga del bien común, ni lo que diga la ONU, ni lo que diga la Iglesia. El bien común es anterior a las leyes (y por eso, éstas buscan el bien común) ¿En qué consiste el bien común?

La vida de todos y de cada uno, es el bien común evidentemente. No es posible legislar contra la vida porque si se legisla así, se legisla contra el bien común. Los seres humanos además de estómago e hígado, tenemos conciencia y ésta es una función vital.

Quien legisla contra la conciencia, legisla contra el bien común.

Spinoza defendía la idea de que la conciencia privada es libre de pensar lo que quiera pero todo lo que se manifiesta fuera de la conciencia, depende de la ley que vota la mayoría en las Asambleas. Afirma, expresamente, que lo justo y bueno lo decide la mayoría en el parlamento. Se entiende, entonces, aquella sentencia de un ministro de derechas que se hizo célebre: «¡La calle es mía!» Estas tesis del siglo XVII y que son, incluso, anteriores a la Ilustración, las mantiene el Gobierno en la cuestión de la ley del aborto y en toda la restante legislación.

Sabemos bien lo que es un partido político y cómo, casi sin excepción, todos los diputados votan lo que dice el jefe de fila y en último término el jefe del Gobierno. A eso se reduce su libertad de conciencia. Las leyes, pues, son la voluntad del jefe de Gobierno, exclusivamente. Los demás muestran su aquiescencia.

¿Cómo admitir que el bien común es lo que diga la Ley? ¿Cómo olvidar que el Tribunal Supremo y no digamos, el Constitucional, nunca contradicen, en materia política al Gobierno?

La buena marcha de la economía, la eficiencia del sistema educativo, la seguridad pública, los derechos de los trabajadores, el empleo, son absolutamente anteriores a las leyes.

¿Cómo nadie sensato puede afirmar que el empleo es «el que digan las leyes»?

¿Cómo cabe pensar que mi salud y la de los demás, es lo que diga un Ministro o un Parlamento?

¿Cómo se atreve nadie a decir que la educación de mis hijos y lo que está bien o mal, justo o injusto, depende de lo que diga un jefe de fila en el Congreso?

Además de estas razones, tenemos las leyes comunitarias y las Declaraciones de las Naciones Unidas, a las que el Estado español se ha comprometido a cumplir. Ellas hablan explícitamente, del derecho de todos a la vida, del derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos, su ideología, la protección de la familia, "célula esencial de la sociedad", de la libertad de conciencia y su manifestación pública, de la objeción de conciencia y un largo etc. ¿Por qué, entonces, en asuntos puntuales se reclama el cumplimiento de la legalidad internacional y en cuestiones esenciales de vida o muerte, se está «a lo que decida el jefe de Gobierno»?

Cuando la conciencia de los ciudadanos es declarada irrelevante, se está proponiendo que los Gobiernos obren sin conciencia, las leyes no tengan conciencia y por lo tanto, las dictaminen sin conciencia alguna.

La consecuencia social es la sensación colectiva de que todo vale, de que «gente con estudios» defiende eso, será que son buenas personas y desean nuestro bien.

Todo vale porque es la ley la que dice que todo vale.

Ésta y no otra, es la razón de una cadena de fracasos vitales: del incremento de suicidios en la juventud española (superior a la muerte en accidentes de tráfico), puesto que, no hay límites, no hay referente, no vale la pena vivir.

También, del incremento de abortos, de la inseguridad pública, del fracaso escolar, de la desestructuración de las familias y de la ridiculización de lo religioso. Si todo vale, nada tiene ningún valor.

¿Qué más da verdugo que víctima, muerto que vivo, estúpido que sabio? Si todo vale, la inseguridad es total ¿Por qué me debo fiar de nadie? No tengo motivos porque la conciencia privada se ha declarado irrelevante. Cuando la conciencia privada es declarada irrelevante sólo es pertinente la alimentación, el estómago y la televisión. Nadie puede obrar en conciencia porque ya no queda.

¿Será posible que no caigan en la cuenta de que están deshaciendo el tejido social? Hay quien piensa que sí.

Podemos pensar que la solución es bien sencilla: Devolver a la conciencia privada el lugar que no puede ocupar el Estado. Percatarse de que no es posible ser buen ciudadano si antes, no se es buena persona y que no se puede ser buena persona si es el Estado el que determina quien es y quien no es persona.

jueves, 12 de febrero de 2009

Creer en la ciencia es también creer

Por ARMANDO SEGURA, CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA, en IDEAL Granada, 10 de febrero de 2009

QUIENES piensan que el ateísmo y el laicismo son tan verdaderamente evidentes, que vale la pena legislar su implantación en las escuelas, parecen sentir, sin embargo, la necesidad de demostrar aquella evidencia. El caso es que lo evidente no se puede demostrar e intentar hacerlo, muestra la debilidad de la argumentación.

La cuestión es bien sencilla. Para estos autores, lo que se ve es claro siempre que se vea tal como se ve. Lo que no se ve, es oscuro y de lo oscuro no cabe esperar luz ni ciencia. En consecuencia, la fe, que enseña a creer lo que no se ve, no merece el estatuto de opinión libre sino más bien, un apartado en el sistema de diagnóstico mental (DMS).

¿Por qué tanto esfuerzo, ahora que la ciencia hace décadas, especialmente desde Popper, ha tocado fondo y ha descreído de sus antiguas pretensiones de certezas absolutas? ¿Por qué tanta inseguridad y nerviosismo que lleva, incluso a invertir en publicidad? ¿Acaso temen que haya llegado el fin de los tiempos y una ola de fundamentalismo nos invada?

Las matemáticas siempre han sido un continente poblado de creyentes desde la antigüedad. No es para menos. Basta analizar con serenidad como la materia que se ve, obedece a las matemáticas que no se ven, cómo los relojes atómicos miden la velocidad de desintegración de los átomos, según leyes inmutables. La regla que mide el tiempo no es temporal y, en consecuencia, la conciencia del tiempo tampoco lo es.

Esta es la razón de que Popper definiese la autoconciencia del modo más original que conozco: «un ver, viendo que ve, viéndose ver».

Cuando Gödel demostró en 1923 que ningún sistema puede ser enteramente formalizado y siempre quedan cabos sueltos, cuando Poincaré fundamentó el método científico sobre la idea de que los principios son siempre convencionales, cuando Gauss inició la larga cadena de geometrías curvas, que tenían poco que ver con el sentido común, cuando Einstein defendió rigurosamente que cualquier cambio en la materia tiene una causa determinada, aunque carezcamos del instrumento adecuado para conocerla, cuando el agustino polaco Méndel sentó las bases de la genética, cuando el matemático Cántor demostró que los números irracionales son una clase de los reales, cuando Popper y Eccles defendieron la existencia de la mente, esencialmente distinta del cerebro, o cuando el mismo Popper establece que no existen leyes científicas absolutamente ciertas sino mientras no se demuestre lo contrario, evidenciaban que los científicos creyentes (en Dios o en la ciencia) están en muy buenas condiciones para abrir brecha en la vanguardia de la investigación.

¿Puede un creyente ser científico? o más bien ¿cómo puede un científico no ser creyente?

Creer es una función específicamente humana, consistente en desarrollar dos perspectivas complementarias: La primera postula que sólo si se cree, se puede investigar en ciencia, pues, las leyes científicas no son tangibles sino pensables.

¿Se puede hacer ciencia y creer sólo en lo que se ve? Imposible.

En segundo lugar, una vez creyentes en el valor (relativo) de la ciencia, es posible hacer ciencia hasta toparse con el límite que lleva consigo la materia. Todo lo material admite peso y medida, es decir, no puede rebasar su propio peso y su propia medida.

Por tanto, por un lado, las leyes científicas no se ven y son ilimitadas, por otra, su aplicación en el espacio-tiempo es necesariamente limitada y ciertamente que ese límite es perfectamente visible.

La misma fe por la que se cree en la ciencia se basa en la idea de que todo lo pensable es posible y todo lo posible está esperando el método que lo haga real. Leibniz, uno de los inventores del cálculo infinitesimal, fundaba la noción de libertad (y de Dios) en la idea de posibilidad.

Si sólo crees en lo que ves, para ti, sólo será posible lo que ves (¡ esto es lo que hay!). Si crees que más allá de lo que ves hay infinitas posibilidades, no es que estés soñando despierto, sino que estás pensando matemáticamente en lo posible, en lo probable y en lo factible.

Está muy claro que la matemática es el alma de la materia a todos sus niveles: atómico, molecular y químico, biológico y genético, neuronal, etc. Merece el nombre de alma, porque, si por un momento, los elementos que componen la materia, dejasen de guardar las leyes eternas e inmutables de la ciencia matemática, la misma materia dejaría de existir.

Lo que no se ve, lo que solamente se puede pensar, lo inmutable, es el fundamento de lo que se ve y mudable. Verdaderamente todo está impregnado de pensamiento.

Si consigo descubrir la fórmula tengo el concepto y su inmaterialidad, me permite emplearla cuantas veces quiera. Las fórmulas no se desgastan son universales, los ingredientes materiales sí.

Estrictamente, desde el punto de vista científico lo que se ve no existiría sin el alma matemática que no se puede ver, pero sí se puede pensar.

La libertad se apoya en la posibilidad. De ahí que muchos ateos sean deterministas y nieguen la existencia del libre albedrío. Dios es, sin lugar a duda, el horizonte de toda posibilidad, o sea, de toda libertad.

Ahora, habrá que explicar porque hay quienes desde la ciencia, acusan a la fe de oscurantista.

Creer en lo visible lo hace cualquiera, creer lo que no se ve es el motor y la condición de todo progreso científico y no científico.

No creer, no fiarse, es romper la estructura misma del lenguaje que se apalanca en el juicio. El lenguaje humano es un afirmar algo de algo. Si no te fías de lo que te dicen, más aún, si no te fías de nadie y nadie se fía de ti, en estas condiciones, ninguna sociedad se sostiene. Por esta razón los embusteros y quienes los aplauden, siempre juran (o prometen) que dicen la verdad. Si no les creyera nadie, su autoridad se vendría abajo de inmediato. Sin fe, no hay sociedad posible. Ni vida.

martes, 28 de agosto de 2007

Lecciones del tardolaicismo

Por ARMANDO SEGURA NAYA, CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA, en IDEAL Granada


PARA el que se sitúe en el clima cultural y social de los años treinta en España puede ser comprensible pensar en el protagonismo político de la jerarquía eclesiástica. La CEDA, la Acción Católica Nacional de Propagandistas, la misma Acción Católica, los partidos tradicionalistas etc. solían considerarse la 'longa manu' de la jerarquía y no solamente lo asumían sino que se ufanaban de ello.

Gregorio Peces Barba refleja en su artículo 'En torno a la Educación para la Ciudadanía', (El País, 7-8-2007) esta situación. Han pasado tres cuartos de siglo desde entonces y todo el contexto y sus elementos básicos han variado.

La guerra civil y la Dictadura nos han enseñado sobre la verdadera naturaleza de la acción política de los católicos: las situaciones fáciles generadas por el confesionalismo son no sólo contraproducentes sino lesivas para los derechos humanos, especialmente para los que afectan a la política y a las relaciones laborales.

La historia reciente nos ha proporcionado la figura de Juan XXIII que con la 'Pacem in terris' alegró la conciencia del mundo (creyente o ateo) proponiendo una Declaración de Derechos Humanos semejante a la de las Naciones Unidas. Por otra parte, el Concilio dejó claras muchas cosas que estaban antes nebulosas como la llamada universal a la santidad y la autonomía de los laicos en su actividad política, así como la acentuación de la doctrina del sacerdocio común de los fieles, algo olvidada desde la Reforma.

Ninguna de estos esclarecimientos son novedades sino recuerdos de los que siempre ha sido doctrina de la Iglesia aunque no siempre se ha practicado correctamente. ¿Y quién puede tirar la primera piedra?

Si un millón de personas se manifiestan a favor de la familia, contra el aborto o en pro de la libertad de enseñanza, no es siguiendo las consignas de los obispos porque en todas las materias que no sean estrictamente de fe, de moral, y de culto, a los obispos se les hace muy poco caso. No nos va que nos den consignas políticas. Nos vale el sentido común que es el nombre práctico de la conciencia moral y nos vale nuestra propia iniciativa. Cada palo aguante su vela.

Al sr. Peces Barba le molesta, le parece 'insufrible' que alguien proclame 'verdades superiores'. Decir la verdad es 'arrogante' y 'desafiante' de la legítima autonomía del Estado. Es ésta una vieja cuestión, que bien analizada, sin prejuicios históricos y a la luz del Concilio se desmonta solo.

Una verdad es superior porque hay verdades inferiores. Por ejemplo la matemática es una verdad casi absoluta y nadie se siente ofendido porque se proclame la verdad matemática. Hasta el punto que si un Ministro no supiera sumar y restar (cosa impensable) no se le perdonaría. Peces Barba en su bien conocida modestia, no dudamos que distinga el bien del mal y que asuma que el matrimonio es mejor que el divorcio y tener hijos mejor que liquidarlos. Son verdades superiores que no desafían a la autonomía del Estado porque el Estado o las da por supuestas o queda automáticamente deslegitimado.

Para saber estas cosas no nos hacen falta los obispos ni el Papa, porque cada uno sabe donde le aprieta el zapato.

Dentro de esta verdad superior que es tan fácil como 'decir la verdad', se incluiría el reconocer que la Constitución, coherentemente con la 'non nata' Constitución Europea y la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice literalmente que son los padres y sólo los padres los responsables de la educación de sus hijos, únicos competentes para elegir aquella escuela conforme a sus creencias e ideología. ¿O no es ésta una verdad superior?

La Iglesia resulta una 'lata', piensa el autor del artículo, los obispos y cardenales siempre andan buscando conflictos. Parece que aquí los realmente beneficiados de esa multinacional eclesiástica, dedicada a destruir el Estado, son los obispos y cardenales mientras que el Gobierno tímidamente no hace más que evitar roces, limar asperezas, etc. etc.

No es el aborto, ni el matrimonio gay, ni el control de los medios, ni el divorcio ni la memoria histórica, entre otras muchas iniciativas de estos tres últimos años, modelos de timidez y de prudente contención. Somos el asombro de los países civilizados, Sr. Peces Barba, el país que todos señalan con el dedo como ejemplo de lo que hay que evitar si se quiere alcanzar un cierto nivel de decencia.

La verdad es que ninguno puede hacerse responsable de lo que no ha hecho. La acusación de que la Iglesia tiene buena conciencia por la inocencia del olvido histórico, demuestra la poca consideración con el valor de la persona humana. Sólo las personas individuales son responsables de sus actos. No es la Historia, la Institución, (el socialismo mismo) responsable de nada. Son Vds. y soy yo. Por lo mismo la moral no la vamos a descargar en el Estado ni la educación de nuestros hijos. Al Estado le pedimos que administre bien nuestros dineros y no se meta en nuestra conciencia y en nuestro hogar.

Sorprende que a un buen conocedor de Maritain como Peces Barba le moleste que haya verdades por encima de las mayorías. Los Derechos Humanos están por encima de todo Parlamento y uno de ellos es la libertad de enseñanza.

Cualquiera que honradamente recuerde la historia de la asignatura de Formación del Espíritu Nacional, sabe que dicha asignatura obligatoria en los centros públicos era soslayada en los privados. De hecho yo nunca la estudié. No digo ya en la Universidad donde sin asistir siempre había aprobado general. La Iglesia no condenó la asignatura, se limitaba a orillarla, porque hay verdades superiores que deben salvarse por encima de las ideas políticas: la vida y formación de los niños, la diferencia entre bueno y malo, la bondad del matrimonio, etc.

El artículo en cuestión parece afincado en la literatura romántica del siglo XIX francés, como si no hubiera ocurrido nada, como si se pudiera seguir diciendo sin vergüenza que la Iglesia es enemiga de la ciencia, del progreso y de la humanidad. Como si la Iglesia fuera el Cardenal Cañizares y los demás unos pobres incultos, tan tontos que solemos decir siempre la verdad.

Tardolaicismo. Agua pasada.

sábado, 30 de junio de 2007

Un hombre, una mujer, una conciencia

Por Armando Segura Naya, Catedrático de filosofía de la Universidad de Grananda, en Ideal, 25 de junio de 2007

El procedimiento más eficaz que los políticos han elaborado para reducir la conciencia de culpa es reducir la noción misma de conciencia. Puesto que la conciencia no es más que un reflejo de la estructura social que, como todos sabemos, no es más que la lucha entre opresores y oprimidos, el lugar de la conciencia de culpa es evidentemente el de ser la instancia dominante y opresiva. Lavando de conciencia aquel reflejo, la culpa es erradicada por arte de ensalmo.

En el momento actual, se ha aprobado por el Congreso de los Diputados, una legislación que afecta, entre otros aspectos, a la vida de las personas, y a la institución familiar. Esta legislación es considerada injusta y contraria al bien común, por millones de españoles que firmaron su objeción recientemente.

Es preciso reconocer que si durante siglos y hasta hace muy poco, una serie de actos como la eutanasia activa, y el aborto, eran considerados como crímenes, que lo son y lo eran antes de cualquier legislación civil o eclesiástica, no se nos puede pedir de la noche a la mañana, que consideremos tales actos como virtudes cívicas, de la mañana a la noche.

No se trata tanto de una cuestión de adaptación al medio, de que sea preciso un tiempo para acomodarse psicológicamente, a la «nueva sensibilidad». No es un problema de sensibilidad, sino de conciencia. El crimen es un crimen aunque el criminal sea digno de compasión y la objeción al crimen, es un acto civil, que puede ser heroico, aunque la imagen pública la presente como insufrible arrogancia: La mayor modestia, puede pasar por arrogancia, si conviene al Poder.

No tiene el menor sentido que las más antiguas y las más recientes, civilizaciones, las más antiguas y las más recientes religiones y las más antiguas y recientes legislaciones, den por sentado implícita y expresamente, que el matrimonio es de hombre y mujer y venga un caballero a proponer al Congreso y elevar a ley, sin ninguna dificultad, que el matrimonio (de momento) se celebra, entre ciudadanos de cualquier sexo. Hay que matizar, «de momento», puesto que avanza la sencilla opinión de que los animales son «beneficiarios de nuestra comunidad moral», paso previo imprescindible, para que la sociedad vaya entendiendo que es una exigencia ineludible el avanzar en esta dirección y reconocer su categoría, de sujetos no sólo pasivos, sino activos, de dicha comunidad, con todas las consecuencias. Es lo menos que podemos hacer por nuestros compañeros animales, que llevan tantos milenios y millones de años, masacrados por una civilización, que debe darles el honor que se les debe y reparar, incluso económicamente, el mal sufrido.

Visto el valor de López Aguilar, Rodríguez Zapatero y Fernández de la Vega, que no dudo deben ser ilustres jurisconsultos, no cabe la menor duda de que grabarán sus nombres en el Libro de Oro de los Derechos Humanos como los introductores del pleno derecho de los animales (de todos, sin discriminación alguna) a figurar con pleno derecho, (por sí o mediante poderes) en la sociedad presente.

El camino del progreso es ancho y abierto y sólo les detiene una excusable falta de formación, debida probablemente a la educación que muchos tuvieron que padecer, en los antiguos planes de estudio, de bien olvidados gobiernos. No saben de qué beneficios fueron injustamente privados, de la LOGSE, por ejemplo, y de otras disposiciones, que sería largo enumerar y que los colocaron en un lugar privilegiado de nuestra historia.

Todo ese mundo superado, más cercano a la arqueología que a la vida moderna, quedó atrás. Ahora sólo nos resta, aprender a llamar «progenitores» a nuestros padres y adaptarnos a los nuevos tiempos, agradeciendo, a nuestras ministras y ministros, superioras y superiores, el bien que nos están haciendo y el que están haciendo a sus hijos y a sus hijas y a ellos mismos.

Si llamar al padre, padre y a la madre, madre, va contra la ley, si llamar marido al marido y a la mujer, mujer, es ilegal, tal vez sea imprescindible una profunda reeducación (o reciclaje). No siempre se pueden asimilar conceptos tan esquivos, a tanta velocidad.

Es verdad que tales defectos educativos y quien sabe sí también genéticos, pueden tener artera apoyatura en nuestra legislación. Es posible que tengamos que sufrir un indebido uso de la legislación europea y española que delimita las condiciones y los requisitos de la objeción de conciencia.

Debemos esmerarnos y extremar nuestro respeto con estos ciudadanos, que merecen mejor destino que el que les espera y a quien es preciso ayudar con generosidad y con cariño. Aunque, dada su débil condición, no es de temer que hagan uso de su derecho a la objeción de conciencia. Se lo impide el apego al puesto de trabajo, a la consideración social, al ostracismo o al vituperio público.

Tal vez la estrategia de nuestras ministras y nuestros ministros, consista en aplicar a la política, el principio homeopático de que el mal se cura con un mal mayor. Quien sabe sí de lo que se trata, es de despertar el sentido común, algo escaso, de los ciudadanos, mediante sabias dosis de insensatez. O tal vez, no. Tal vez piensen que muchos, con la mayoría de edad que proporciona la legislación ilustrada, aguanten lo que se les eche, sin que por ello, decaiga la asistencia a los actos de mayor devoción.

Si es así, lavada la conciencia de toda ideología represiva, no existen malvados sino enfermos, no existen enfermos sino peculiaridades y personalidades excéntricas cuya identidad hay que respetar. Son los educadores los que deberán ser educados y las víctimas criminalizadas puesto que culpabilizan a sus agresores. Suprimamos pues, la conciencia de víctima ya que, se ha demostrado científicamente, que un buen lavado de conciencia erradica las penitenciarías y sus inquilinos.

Pues lo mejor del paraíso, está por llegar.