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lunes, 10 de agosto de 2026

León XIV ante Las Cortes españolas


 «Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». León XIV

La noticia de que el papa León XIV había aceptado, en su visita a España, la invitación a dirigirse a los parlamentarios españoles me produjo más satisfacción que sorpresa; no en vano su antecesor Benedicto XVI había hecho en su día lo propio ante el Bundestag, logrando que los Verdes se rompieran las manos aplaudiendo. Un ejemplo de normalidad.

 

Dignidad humana

Han sido entre nosotros pintorescos –por minoritarios– los reparos suscitados ante tal acontecimiento, aunque significativos de que el graduado escolar no proporciona un adecuado conocimiento de nuestra Constitución. Hubo, por ejemplo, quien elucubró si la visita era la de alguien tratado como Jefe de Estado o como líder religioso, lo que –en el primer caso– habría convertido en inadecuado permitirse recordar que «la dignidad inviolable de la persona humana» no es fruto de una «concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento», sino que «pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir»; lo que no parece ser compartido por buena parte de su –por entonces silente– auditorio.

 

Vida humana

La verdad es que cuando un Jefe de Estado sube a la tribuna del hemiciclo, para dirigirse en español a sus miembros, expone sus personales preocupaciones sobre problemas comunes de dimensión internacional. No otra cosa hizo el pontífice, mostrando su preocupación por «la vida humana», aunque no perdió la ocasión de resaltar que no lo hacía como líder religioso, sino por entender que su defensa «no es una cuestión parcial ni un interés confesional» sino «una meta de civilización». O sea que, más que para brindar patente de piadoso, es muestra irrebatible de no estar dispuesto a comportarse como un salvaje.

 

Aconfesionalidad del Estado

Es absolutamente cierto que el artículo 16. 3 de nuestra Constitución afirma que «ninguna confesión tendrá carácter estatal». Quizá fue esto lo que llevó a un peculiar catedrático catalán a la infeliz idea de plantear, con el éxito bien conocido, un boicot a la presencia del Papa en territorio español. Claro que los artículos hay que leerlos enteros y el mismo epígrafe continúa: «los poderes públicos», incluido lógicamente el legislativo, «tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española»; lo que significa que en modo alguno al Papa esté prohibido invitarlo, porque tales creencias han de tenerse en cuenta, pero no precisamente para boicotearlas, sino para mantener con las diversas confesiones «relaciones de cooperación».

 

Por otra parte, si seguimos con el mismo artículo, no sugiere igualitarismo alguno, que convierta presencia del pontífice en privilegio, sino que han de llevarse a cabo unas relaciones de cooperación «consiguientes» a la efectiva presencia de las aludidas creencias. Por si fuera poco, la Constitución alude explícitamente a «la Iglesia Católica» y de modo genérico a «las demás confesiones».

 

Los conocedores de la génesis constitucional, saben que esto implicó una enmienda al anteproyecto, que no incluía tal referencia explícita, El cambio fue provocado por Santiago Carrillo, como fruto de su consolidada política de reconciliación nacional. Al Papa no pareció preocuparle que se lo pudiera emparentar con Carrillo, ya que propuso a los parlamentarios «una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación».

 

La aportación de la fe a la vida pública

Queda, por tanto, descartado constitucionalmente cualquier amago de laicismo, como el del fantasioso catedrático. León XIV demostró conocer mejor nuestra Constitución, cuando afirmó: «La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública».

 

No dudó en recordar, enlazando con León XIII, que «la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana». Tampoco se ahorró un consejo final. No basta con decir que la política es el arte de lo posible; hay que «hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos».

 


Fuente: Un Papa en el Congreso. Por Andrés Ollero. Ideal 27 de junio de 2026 

Foto: Aeropuerto de Cincinnati. Paul H. Welters. 12 de septiembre de 2023

 

domingo, 24 de enero de 2021

Esterilización de incapaces

«La víctima ya no será la persona del incapaz, sino la concebida y no nacida y el plan B pasa por eliminarla» 

Salvo para los esforzados opositores, creo que ha pasado desapercibida la última reforma del Código Penal. Me refiero a la del artículo 156, publicada en el BOE el pasado mes. ¿Qué significa? Pues, muy en resumidas cuentas, lo siguiente: que vuelve a ser delito la esterilización de incapaces que adolezcan de graves deficiencias psíquicas. 

En efecto, hasta tal reforma el artículo 156 preveía que, para no ser delictiva, la esterilización del incapaz la promoviese su representante y la autorizase el juez tras oír al fiscal, recabar el parecer de expertos y explorar al afectado, todo siempre atendiendo al mayor interés del incapaz. En lo sustancial, esta regulación no era nueva: la incorporó el vigente Código Penal de 1995 tomándola del anterior Código de 1973, en el que se introdujo por ley de 1989. 

¿Y por qué se legalizó la esterilización de incapaces? Se partía de que la esterilización voluntaria y libremente consentida, aun siendo una modalidad de autolesión, no es punible, luego tratándose de incapaces los representantes legales suplen su falta de autodeterminación y deciden por ellos. En definitiva: el legislador partía de la premisa de que el representante instaba la esterilización porque se presumía que quería el incapaz y, en todo caso, porque era por su bien. 

Lógicamente aquello llegó al Tribunal Constitucional, que declaró conforme a la Constitución la reforma y rechazó que fuese contraria al derecho fundamental a la integridad física y moral de la persona. Entendió que la intervención judicial garantizaba la esterilización, siempre en supuestos de deficiencias graves, a petición del representante legal y atendiendo al interés del incapaz. Era, por tanto, una medida individual y excepcional, ajena a cualquier tentación de política eugenésica acordada por los poderes públicos. Pero la sentencia no fue pacífica y tuvo los votos discrepantes de dos antiguos magistrados del Tribunal Supremo; uno del siempre recordado José Gabaldón y otro de Rafael de Mendizábal. 

Con diferente estilo y lenguaje, ambos alertaban de que la Historia muestra trágicos episodios de políticas eugenésicas y, ya en lo jurídico, alertaban de que se trataba de privar de capacidad genésica a una persona, con lesión de un derecho innato: el derecho a la integridad física del incapaz, que es un ser humano. Advertían que se sustituía su voluntad de forma desproporcionada y sin buscar un fin estrictamente curativo, sin que pueda haber justificación en un hipotético fin socio familiar cuando lo que se esconde es otro eugenésico, más lograr la tranquilidad y comodidad –el egoísmo, según Mendizábal– de los guardadores. 

¿Por qué al cabo de los años se ha derogado? Por razones de dignidad de la persona y para cumplir con la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad, vigente en España desde 2008 pero hasta ahora ignorada. La reforma afirma que la permanencia en nuestro ordenamiento de la esterilización de incapaces «más de una década después de la entrada en vigor del Tratado internacional …constituye una grave anomalía en términos de estrictos derechos humanos». Bienvenida sea, por tanto, una reforma que da la razón a aquellos solitarios magistrados discrepantes. 

No comparto la idea que la actual mayoría parlamentaria va mostrando sobre la dignidad humana, pero reconozco que ha sido quien realmente ha cumplido con la Convención. Con todo, la ideología pesa, de ahí que la censura que hace la reforma a estos años de incumplimiento tenga cierto tufillo de ideología de género: denuncia que España «siga permitiendo que se vulneren los derechos de las personas con discapacidad por mitos tales como “el bien de la familia”, “la incapacidad de las mujeres con discapacidad para ser madres” o “por su bien”». 

Esto no pasaría de ser una concesión a la retórica feminista, pero hay algo más: repenalizada la esterilización, la eugenesia es contumaz y tiene un «plan B» contrario a la dignidad humana. Ahora la víctima ya no será la persona del incapaz, sino la concebida y no nacida y ese «plan B» pasa por eliminarla. La propia reforma anuncia otra de las leyes de autonomía del paciente y del aborto para favorecer el acceso de los incapaces a los servicios propios de la salud sexual y reproductiva, léase, para abortar. 

En fin, hablando de dignidad, poco ha durado la alegría.

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José Luis Requero. Magistrado. En LA RAZÓN • Martes. 5 de enero de 2021 
Image by Arek Socha from Pixabay

viernes, 31 de julio de 2020

La dignidad perdida

Siempre hay que escuchar a los sabios, más aún  en tiempos de confusión como los actuales. Salvador González Barón es uno de ellos, y no le escucho lo que debiera. Hace poco tuve la suerte de estar con él, conversando de su último proyecto, la Asociación Euvita, que preside, dedicada a promocionar los cuidados paliativos, combatir la eutanasia y, sobre todo, a difundir la práctica del otorgamiento del documento de voluntades anticipadas.

Salvador es un gran baluarte de la dignidad humana, Euvita señala como su primer fin "Informar a la opinión pública y a los ciudadanos sobre la importancia de prestar una atención y unos cuidados de calidad, a las personas que se encuentren al final de su vida, acordes con su dignidad y desde el respeto a su vida hasta el momento de su muerte natural".

Ayer fue suya -al alimón con su hermano Manuel, que es quien firma- la "Tercera" de ABC: La dignidad perdida. Junto con precisos ejemplos de la más rabiosa actualidad, intercala una serie de frases sobre el sentido de la dignidad que quiero destacar:

He pasado muchos años defendiendo la dignidad de los pacientes, frente a terceros y frente a ellos mismos, cuando han querido atentar contra su propia dignidad. Hoy no me centraré en la dignidad ontogénica, la que tenemos todos los seres humanos por naturaleza, sino sobre la dignidad adquirida, aquella que ganamos a lo largo de nuestra vida y que crece en función de nuestros actos, elevándonos como hombres o mujeres, o enterrándonos en abismos insospechados, haciendo que la perdamos, llevándonos a la indignidad. 

Esta degradación se produce cuando atentamos contra sus pilares básicos: la libertad, la verdad, la justicia, y el amor. 

La libertad, que implica elección y cuya meta es la felicidad natural, requiere vivirla con responsabilidad. Todo intento de oprimirla o sojuzgarla denota una deshonra. Una realidad constatable en todas las ideologías totalitarias y una tentación en algunos modos de gobernar han sido cercenar las libertades individuales y sociales. 

En resumen, la dignidad no se pierde por la ignorancia sino por la tergiversación de la verdad y por el mal uso de la libertad. La verdad se fundamenta en la realidad, en datos verídicos y contrastados, y no en un relato articulado, que por muy repetido que sea acaba siendo siempre propaganda. 

El amor es lo que dignifica a la persona. La libertad, la verdad y también la justicia son expresiones del amor. El afán de poder no es amor y el amor propio mal gestionado es egoísmo, egocentrismo, soberbia, fatuidad y lleva al vacío. 

Una sociedad democráticamente avanzada demanda líderes dignos de respeto, que amen la libertad de opinión, que sepan escuchar y actuar desde otras perspectivas, Líderes veraces, que no permitan la difamación del otro, que amen a su pueblo y su Historia, y que tengan el coraje de retirarse cuando sean incapaces de encontrar soluciones justas. 

Volviendo al comienzo, la dignidad resulta difícil de definir o incluso de comprender sin una visión trascendente de la vida. Me he encontrado personas que no la entienden, la usan como un término coloquial, sin profundizar en su grandeza o su degradación (nunca llega a perderse totalmente). Y nada es más edificador que verla como la puede ver el Cristianismo. En definitiva, para un cristiano la dignidad es algo divino porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y estamos llamadas a ser sus Hijos. 

Pero hay esperanza, la dignidad adquirida y perdida puede recuperarse con el ejercicio renovado -por los líderes y el común de los mortales- del respecto a la libertad, la verdad, la justicia y el amor. 

"Ni la riqueza, ni la popularidad, ni la prensa, pueden dar marchamo de dignidad". John H. Newman.

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Foto atarifa CC