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lunes, 10 de agosto de 2026

León XIV ante Las Cortes españolas


 «Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». León XIV

La noticia de que el papa León XIV había aceptado, en su visita a España, la invitación a dirigirse a los parlamentarios españoles me produjo más satisfacción que sorpresa; no en vano su antecesor Benedicto XVI había hecho en su día lo propio ante el Bundestag, logrando que los Verdes se rompieran las manos aplaudiendo. Un ejemplo de normalidad.

 

Dignidad humana

Han sido entre nosotros pintorescos –por minoritarios– los reparos suscitados ante tal acontecimiento, aunque significativos de que el graduado escolar no proporciona un adecuado conocimiento de nuestra Constitución. Hubo, por ejemplo, quien elucubró si la visita era la de alguien tratado como Jefe de Estado o como líder religioso, lo que –en el primer caso– habría convertido en inadecuado permitirse recordar que «la dignidad inviolable de la persona humana» no es fruto de una «concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento», sino que «pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir»; lo que no parece ser compartido por buena parte de su –por entonces silente– auditorio.

 

Vida humana

La verdad es que cuando un Jefe de Estado sube a la tribuna del hemiciclo, para dirigirse en español a sus miembros, expone sus personales preocupaciones sobre problemas comunes de dimensión internacional. No otra cosa hizo el pontífice, mostrando su preocupación por «la vida humana», aunque no perdió la ocasión de resaltar que no lo hacía como líder religioso, sino por entender que su defensa «no es una cuestión parcial ni un interés confesional» sino «una meta de civilización». O sea que, más que para brindar patente de piadoso, es muestra irrebatible de no estar dispuesto a comportarse como un salvaje.

 

Aconfesionalidad del Estado

Es absolutamente cierto que el artículo 16. 3 de nuestra Constitución afirma que «ninguna confesión tendrá carácter estatal». Quizá fue esto lo que llevó a un peculiar catedrático catalán a la infeliz idea de plantear, con el éxito bien conocido, un boicot a la presencia del Papa en territorio español. Claro que los artículos hay que leerlos enteros y el mismo epígrafe continúa: «los poderes públicos», incluido lógicamente el legislativo, «tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española»; lo que significa que en modo alguno al Papa esté prohibido invitarlo, porque tales creencias han de tenerse en cuenta, pero no precisamente para boicotearlas, sino para mantener con las diversas confesiones «relaciones de cooperación».

 

Por otra parte, si seguimos con el mismo artículo, no sugiere igualitarismo alguno, que convierta presencia del pontífice en privilegio, sino que han de llevarse a cabo unas relaciones de cooperación «consiguientes» a la efectiva presencia de las aludidas creencias. Por si fuera poco, la Constitución alude explícitamente a «la Iglesia Católica» y de modo genérico a «las demás confesiones».

 

Los conocedores de la génesis constitucional, saben que esto implicó una enmienda al anteproyecto, que no incluía tal referencia explícita, El cambio fue provocado por Santiago Carrillo, como fruto de su consolidada política de reconciliación nacional. Al Papa no pareció preocuparle que se lo pudiera emparentar con Carrillo, ya que propuso a los parlamentarios «una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación».

 

La aportación de la fe a la vida pública

Queda, por tanto, descartado constitucionalmente cualquier amago de laicismo, como el del fantasioso catedrático. León XIV demostró conocer mejor nuestra Constitución, cuando afirmó: «La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública».

 

No dudó en recordar, enlazando con León XIII, que «la libertad moderna ha sido preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana». Tampoco se ahorró un consejo final. No basta con decir que la política es el arte de lo posible; hay que «hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos».

 


Fuente: Un Papa en el Congreso. Por Andrés Ollero. Ideal 27 de junio de 2026 

Foto: Aeropuerto de Cincinnati. Paul H. Welters. 12 de septiembre de 2023

 

lunes, 27 de abril de 2026

La fe católica: la razón y la libertad

Rescato de mi lectura de "Contracorriente... hacia la libertad", de  Mariano Fazio (ed. El buey mudo), el texto siguiente, por lo que me ha inspirado. Fazio comenta alguno de los reveladores pensamientos de G.K. Chesterton sobre la fe y su relación con la sociedad en la que viven los creyentes.

Cuando Chesterton descubre la fe católica, se le abre un mundo nuevo, amplio, donde reina la razón y la libertad. Para el autor inglés la Iglesia se ha convertido en «la única campeona de la razón en el siglo XX». 

Fe católica, razón y libertad

Afirma que «convertirse en cató­lico enriquece la mente»; y se siente capaz de «justificar toda la teología católica, si se me concede empezar por el supremo valor y santidad de estas dos cosas: la Razón y la Libertad. No deja de arrojar luz sobre los actuales debates anticatólicos el que sean precisamente las dos cosas que la mayoría de la gente supone que le están vedadas a los católicos».

La visión de Chesterton es refrescante, pues supera todos los clichés culturales que identifican al catolicismo con la ce­rrazón mental y la obediencia servil. El autor inglés, por el con­trario, considera que esas enfermedades culturales se encuen­tran precisamente fuera de la Iglesia.

Chesterton ve por todos lados una estrechez mental que impide abrirse a los amplios horizontes de una vida con sentido. «La mayoría de los huma­nos volvería a los viejos cauces de la fe y de la moral si lograran ampliar su mente lo suficiente como para poder hacerlo. Es su pobreza mental la que básicamente les mantiene en el camino de la negación. 

Pero semejante ampliación es fácilmente mal comprendida, porque la mente debe ampliarse para ver las co­sas que son medio evidentes. Se necesita una cierta elasticidad de la imaginación para ver las cosas obvias sobre un fondo asi­mismo obvio; y, de forma especial, las grandes cosas sobre un fondo igualmente grande».

La fe católica libera la mente del nacionalismo

Nuestro autor va desarrollando en numerosos artículos cómo la fe amplía las perspectivas vitales. Para Chesterton «la conversión es el comienzo de una activa, fructífera, progresiva e intrépida vida para el intelecto».

Por ejemplo, la fe católica libera la mente del pequeño mundo del nacionalismo. Por un lado, el catolicismo es uni­versal -católico, en griego, significa precisamente universal-, y por el otro, está dirigido a personas comunes, que tienen sus raíces existenciales en un determinado territorio y en una tra­dición cultural previa. 

El buen católico se siente ciudadano de su patria, hijo de su tradición y abierto a todos sus hermanos los hombres. Hay en el catolicismo un sano equilibrio entre la apertura a lo universal y la identidad cultural particular. No es este el caso de la tradición anglicana, insular y provincia­na. 

Habiendo superado todos los prejuicios anticatólicos de la mentalidad inglesa, Chesterton sostiene que «el católico es leal al país donde nació. De hecho, suele serlo apasionadamente, entre otras cosas, porque el apego a las tradiciones locales es connatural con su religiosidad, pródiga en altares y reliquias. 

Pero del mismo modo que el culto a las reliquias es una conse­cuencia de su religión, sus lealtades locales son el resultado de la hermandad universal de todos los hombres. El católico dice: "Debemos amar a todos los hombres, desde luego, pero ¿qué es lo que todos los hombres aman? Aman su tierra, sus fronte­ras establecidas, la memoria de sus padres. Esto es lo que jus­tifica el sentimiento nacional, porque es lo normal". Mientras que el patriota protestante nunca ha sido capaz de concebir otro patriotismo que el suyo».

Patriotismo y provincianismo

El católico se siente a sus anchas en todo el mundo y a lo lar­go de veinte siglos de historia. El patriota protestante inglés se encuentra encerrado en una tradición arbitraria que comienza en el siglo XVI. Pero la misma existencia de la nación inglesa no se entiende sin la cultura greco-romana, la disolución del Imperio y la evangelización de las Islas británicas por monjes irlandeses. 

«Y si el patriota es tan tonto para enfrentarse a la tradición universal de la que emana su propio patriotismo, si pretende imponer su pretendida prioridad en detrimento de la primitiva ley del Universo entero, lo único que conseguirá será que le respondan con la demoledora sencillez del Libro de Job. Como Dios dijo al hombre: "Dónde estabas cuando yo echa­ba los cimientos de la tierra?", del mismo modo podríamos decirle a la nación "¿Dónde estabas cuando se echaron los cimientos de la Iglesia?". Y la nación sería incapaz de conocer la respuesta (en caso de que se le ocurriera dar alguna) y se vería obligada a taparse la boca con la mano, aunque solo fuera para fingir que bosteza y tiene sueño».

Catolicismo y modas culturales

Si el católico defiende un patriotismo de raíz universal frente a la tradición cerrada del protestantismo inglés, también defiende una amplitud mental respecto al dogmatismo de las sectas y las nuevas modas filosóficas y culturales que pululan en su época -la tiranía de lo que hoy llamaríamos lo políticamen­te correcto-. 

Chesterton subraya que el católico puede opinar libremente de todo salvo de lo que es materia de fe, considera­da no como un límite, sino como ampliación de la razón. Los católicos tienen clara la distinción entre lo que es dogmático y lo que es opinable. Según nuestro ensayista, «los católicos son mucho más individualistas que el resto en lo tocante a sus opiniones generales». 

Citando a un propagandista católico americano, sostiene «que los católicos se entienden muy bien en lo referente al catolicismo, pero que es sumamente difícil que sepan entenderse en cualquier otra cosa». A continuación, pone ejemplos de distintas interpretaciones de hechos históri­cos, vistos desde muy distintos ángulos por autores católicos. 

Y a nadie se le pasa por la cabeza imponer una determinada lectura "católica" de esos hechos. No sucede así en las llama­das "iglesias libres" o entre los "librepensadores", que inten­tan imponer sus opiniones no solo en cuanto a los fines, sino también a los medios. Para ser "modernos" hay que estar de acuerdo sobre un sinnúmero de cosas que se afuman como verdades dogmáticas -y que no lo son-, y la masa va como bo­rregos por los mismos raíles hacia la misma estación.

La fe como punto de partida para pensar correctamente

El ensayista inglés encontró en la fe un punto de partida para pensar correctamente. La idea de que la Iglesia es un lu­gar estrecho, asfixiante y cerrado al pensamiento es todo lo contrario a lo que experimentó él mismo al ingresar en su seno. «Los espectadores ven o creen que ven al converso agachán­dose para entrar en una especie de templo enano, que además imaginan diseñado interiormente como una cárcel, cuando no como una cámara de tortura. Pero en realidad lo único que sa­ben de él es que ha entrado por una puerta. Ignoran que detrás de esa puerta lo que se abre no es la oscuridad del alma, sino la brillante luz del día. 

Quien en puridad, y en el sentido más bello y pacífico de la palabra, es un espectador, es el converso. No quiere pasar a una habitación más amplia, ya que para él no hay ninguna otra que pueda ser más espaciosa». 

El converso abe que hay muchos cuartos más pequeños: son los ocupados por las ideologías y las corrientes de pensamiento a la moda, que solo poseen una parte de la verdad, la cual, absolutizada, termina en una locura. 

La Iglesia, para Chesterton, «es un lu­gar de encuentro; el lugar donde se ponen a prueba todas las verdades del mundo». Y la Iglesia tiene como aliada al sen­tido común, que condena muchas de las herejías -entendidas como la absolutización de un aspecto relativo de la realidad­aun al margen de la autoridad eclesial-.

Habiendo establecido que en la fe católica uno se puede mover a sus anchas, respirando el espíritu de libertad y pen­sando con amplitud, Chesterton continúa su tarea apologética intentando demostrar que el problema cultural de su tiempo no es principalmente religioso, sino antropológico: se ha perdi­do la confianza en la capacidad de la razón para orientarnos en la vida. Cunde el escepticismo y las modas pasajeras que mu­chas veces van en contra del sentido común. 

Si Newman tuvo que habérselas con una tradición protestante todavía viva, que no había olvidado las doctrinas fundamentales, Chesterton se encuentra ante un panorama cultural donde el protestantismo ha perdido su vigor religioso. Habla de un "protestantismo líquido". Ante la afirmación "Gran Bretaña es tan protestan­te como el océano es salado", responde que es un sinsentido, pues abundan en las islas millones de agnósticos, ateos, teóso­fos, seguidores de cultos asiáticos y muchas personas a las que no les interesa para nada las cuestiones religiosas. 

Ahora el problema no lo constituyen los ataques a los dogmas católicos, sino la pérdida de la razón y del sentido común.

Ideas católicas que se han degradado

Con singular agudeza, nuestro autor ve detrás de las modas siempre cambiantes alguna idea de la fe católica que ha sido criticada, pero que regresa llevada hasta los extremos y que finaliza en locura. «A estas alturas debería estar claro que to­das y cada una de las cosas que el mundo moderno ha hallado culpable a la Iglesia católica han sido adoptadas por ese mismo mundo, pero siempre en una forma degradada». 

Chester­ ton ofrece varios ejemplos de esto. Los puritanos rechazaron el arte católico y el rico simbolismo de sus representaciones, pero ahora el arte ha vuelto con toda su fuerza, aunque lamen­tablemente en forma de decadentismo sensual e inmoral; los racionalistas rechazaron la curación sobrenatural, pero ahora pululan charlatanes que ofrecen curaciones casi mágicas, des­echando la ciencia médica; los moralistas protestantes abolie­ron el confesonario, pero los psicoanalistas se han encargado de restaurarlo, con todos sus supuestos peligros y ni una sola de sus reconocidas garantías; los patriotas protestantes aborre­cieron la intervención de una fe universal que atravesaba las fronteras nacionales, y ahora se encuentran dedicados a resolver los problemas de un imperio enredado en la madeja de las finanzas internacionales; tras mucho denunciar que las reglas monásticas eran un insulto para la familia, hemos asistido al desmembramiento de la institución familiar por la burocracia; tras no poco quejarse de que cualquiera pudiera ayunar solo durante periodos excepcionales, ha habido que soportar que vegetarianos y abstemios quieran imponernos a todos un ayu­no sin pausas y sin remisión.

Chesterton pone un ejemplo muy gráfico de cómo ideas que parecían patrimonio del acervo moral de la humanidad se han ido perdiendo, porque se ha perdido la razón: en la época victoriana, al contemplar a un hombre desde cualquier postura ideológica, todo el mundo estaba de acuerdo en que tendría que usar vestidos. En el momento en que escribe el ensayo hay un auge del nudismo que pone en tela de juicio la necesidad de vestirse. Aunque intuitivamente se considera que el nudismo está mal, pocos aciertan a encontrar la causa de su error. 

La antropología católica, en cambio, llena de esperan­za en la redención del hombre y de su cuerpo, pero también consciente de las consecuencias del pecado original, puede dar una respuesta clara, que coincide con la del buen sentido de las personas normales.

Esperanza y alegría

Su conocimiento de la historia y -más en profundidad- del alma humana hacen de Chesterton un escritor lleno de esperanza y alegría. Sabe -como sabía Newman-que las modas pasan y que la verdad es la que permanece. 

En uno de sus ensayos, aplica la teoría de Darwin acerca de la supervivencia del más apto para explicar la increfüle vitalidad de la Iglesia ca­tólica después de 2000 años de ataques: el más apto sobrevive porque tiene todos los elementos necesarios para hacer frente a las necesidades de la vida. Así es la Iglesia católica. Por el contrario, las modas superficiales necesariamente perecen en una o dos generaciones.

Pero la esperanza chestertoniana no es pasiva: exige a su vez una colaboración con la verdad. Pide al lector que se libere de prejuicios y que utilice la razón. Una razón cultivada por la tradición católica, que ha sabido rescatar verdades de orden natural de las continuas tormentas provocadas por la rebelión del hombre ante las señales puestas por Dios en el camino que conduce a la felicidad: «Lo que se ha perdido en esta sociedad no es tanto la religión como la razón; la luz del instinto intelec­tual que ha guiado a los hijos de los hombres».

Chesterton se muestra siempre aliado del hombre "vulgar", que conserva el sentido común, mientras que critica el esnobis­mo de la clase cultivada, que pone en duda las verdades más elementales. «La gran masa de la humanidad, con su gran masa de libros y palabras insustanciales, no ha dudado ni dudará nunca de que el valor es algo maravilloso, ni de que la fidelidad es algo noble, ni de que hay que rescatar a las damiselas en apuros y respetar la vida de los vencidos. Hay muchas perso­nas cultivadas que ponen en duda estas máximas de la vida diaria».

Sentido común

La pérdida del sentido común tiene un efecto devastador en los principios morales por los que se guían las clases di­rigentes, siempre dadas a las últimas modas. «De todos los rasgos de la modernidad que parecen señalar una especie de decadencia, no hay ninguno más amenazador y peligroso que la exaltación de los asuntos más nimios y secundarios frente a los verdaderamente grandes y primordiales, frente a los lazos eternos y a la trágica moralidad humana. 

Si hay algo peor que el debilitamiento moderno de los grandes principios morales, es el reforzamiento de los pequeños principios morales. Así, se considera más irrespetuoso acusar a un hombre de tener mal gusto que acusarlo de tener malos principios éticos. Hoy en día la limpieza no va pareja a la santidad, porque la limpieza se ha convertido en esencial y la santidad, en una falta de tacto».

La actitud vital de Chesterton está en plena sintonía con las enseñanzas del reciente magisterio pontificio: la necesidad de ampliar la razón, superando el reduccionismo cientificista que relega todo lo referente a la religión y a la ética -es decir, los ámbitos donde se decide el sentido de la existencia humana­ a algo meramente interior, subjetivo o emocional. 

Diálogo entre fe y razón 

El diálogo entre fe y razón es necesario para alcanzar verdades morales objetivas que puedan servir de base para construir vidas llenas de sentido y una organización social que ponga en el centro la defensa y promoción de la dignidad de la persona humana. Porque, como señala Chesterton al comprobar la pérdida del sentido común en su ambiente circundante, «entre nosotros, lo humano ya solo puede encontrarse en lo sobrehumano. La naturaleza humana, al verse perseguida, ha corrido a acogerse a lo sagrado».

Chesterton observa cómo las respuestas que la cultura a él contemporánea ha dado a los interrogantes más profundos y trágicos de la existencia humana, lejos de ser revolucionarias, han sido insuficientes. «No puedo abandonar la fe sin caer en algo más superficial que la fe. No puedo dejar de ser católico, si no es convirtiéndome en alguien mucho más limitado que un  católico. 

Un hombre que desee abandonar la filosofía perenne no tiene más remedio que estrechar su mente. Todo lo que ha sucedido hasta el día de hoy confirma esta observación. Y lo que sucederá mañana también lo confirmará. Hemos salido de la ciénaga para caer en el único manantial profundo. Y la Ver­dad está en su fondo».

sábado, 30 de octubre de 2021

Mary Eberstadt: nuestra cultura secularizadora es una cultura inferior

El pasado 15 de septiembre, Mary Eberstadt recibió el Premio Pío XI que entrega la Society of Catholic Social Scientists para honrar su contribución a una "verdadera ciencia social".

Ensayista y colaboradora de medios generalistas como Time, The Wall Street Journal o The Washington Post, y de publicaciones de pensamiento conservador como National Review o First Things, Mary Eberstadt es autora de varios libros publicados en español, como Gritos primigeniosCómo el mundo occidental perdió realmente a Dios o Adán y Eva después de la píldora, obras donde analiza las consecuencias de la Revolución Sexual en curso, sobre todo a partir de su explosión en mayo de 1968.

The Catholic Thing ha publicado una síntesis del discurso que pronunció al recibir el galardón. Se puede ver también el vídeo completo.

La cruz en medio de la crisis

Pensando en qué compartir hoy, me ha venido a la mente una frase del extraordinario novelista Evelyn Waugh que aparece en un relato encantadoramente informal que dio a un periódico en 1930 sobre las razones de su conversión a la Iglesia católica. Waugh resumió esa decisión trascendental en veintiocho palabras [en inglés]. Dijo: "En la fase actual de la historia europea, la cuestión esencial ya no es entre el catolicismo, por un lado, y el protestantismo, por otro, sino entre el cristianismo y el caos".

Cristianismo o caos: en cierto sentido, la elección entre los dos ha sido continua desde la Resurrección. Pero decir que siempre es así y levantar las manos ante el mundo es eludir la cuestión, sobre todo para los católicos especialmente ahora, en un momento en que muchos están tentados de hacer precisamente eso. Estamos llamados a leer los signos de los tiempos, no a quejarnos de ellos. Así que empecemos por mirar este asunto a la cara y por establecer las características distintivas del caos en este momento : nuestro momento. ¿Qué podemos ver?

Lo primero que vemos es que seguimos viviendo en la época que Matthew Arnold y Henri de Lubac y Alexander Solzhenitsyn y otros clarividentes religiosos analizaron, la edad moderna, cuyo drama consiste en las sucesivas oleadas de secularización que invaden con cada vez más insistencia los territorios que antes se consideraban de Dios, y solo de Dios.

La segunda certeza, igualmente llamativa, es que las formas de caos características de nuestro tiempo son distintas de las que nos precedieron en la historia moderna. Compárese esta época, por ejemplo, con la de Evelyn Waugh. En 1930, el año en que hizo su entrada en la Iglesia, la humanidad ya había pasado por una Guerra Mundial y otra era inminente. En la vida de personas como él, que abarca aproximadamente la primera mitad del siglo XX, el caos tenía una firma diferente. Residía en la guerra, los desplazamientos y las tremendas masacres.

Lo que se mantuvo firme

Sin embargo, a pesar de las masacres, muchos pilares sociales se mantuvieron firmes. Las familias fueron devastadas por las guerras, pero la institución familiar permaneció. La demoníaca antropología nazi tuvo su momento, como también lo tendría la antropología comunista; pero fuera de esos límites malignos, la comprensión cristiana de la Creación y la Redención y su significado seguía prevaleciendo en todo Occidente, dentro de las naciones cautivas del Este y en otras partes del mundo.

La Iglesia católica también se mantuvo firme. En 1930, Pío XI, el visionario que da nombre a este premio, era Papa. Al año siguiente fundaría Radio Vaticano "para anunciar el Evangelio en el mundo", como dijo con júbilo. Aunque el caos empezaba a insinuarse bajo formas innovadoras en algunas iglesias protestantes, la Iglesia católica parecía estar exenta, como señaló Evelyn Waugh cuando citó la naturaleza "coherente y consistente" de la enseñanza católica como la razón predominante de su conversión.

Seis características del escenario actual

Como muestra este breve resumen, aunque solo nos separan 90 años de 1930, parecen más bien 90 años luz. Hagamos una lista rápida del escenario actual.

-En primer lugar, se ha agravado el caos familiar, provocado por un experimento social radical de más de seis décadas de duración. Los vínculos humanos elementales se han derrumbado y eliminado, y la institución de la familia se ha debilitado a una escala nunca vista.


-En segundo lugar, y de forma simbiótica, también se ha agravado el caos psíquico de todo tipo. Desde hace décadas, el aumento de las enfermedades mentales está documentado sin lugar a dudas. La ansiedad, la depresión y otras aflicciones derivadas de la desconexión y la soledad se han vuelto endémicas, especialmente entre los más jóvenes y frágiles. El irracionalismo se ha desatado.

-En tercer lugar, está el caos político. Aunque sus causas son múltiples, la disolución del clan y de la comunidad dejan también aquí sus huellas. Por decirlo de forma retórica: ¿cómo podrían las personas sin compromisos y desfavorecidas de nuestro tiempo producir algo más que un lenguaje público trastornado?

-En cuarto lugar, existe un caos antropológico de un orden totalmente nuevo. El mundo occidental está sumido en una crisis de identidad. En su forma más reciente, el pensamiento mágico sobre el género ha dejado el mundo académico y ahora está transformando la sociedad y la ley, un pensamiento mágico tan absurdo que los niños pequeños podrían denunciarlo. En un descenso impactante como nunca antes se había registrado: muchas personas hoy en día ni siquiera saben lo que los niños pequeños saben, es decir, quiénes son. Una vez más, el irracionalismo está desatado.

-En quinto lugar, está el caos intelectual. Fuera de unas pocas instituciones fieles, la educación estadounidense, especialmente la de élite, se ha escondido en un nido de cuco posmoderno durante décadas. Personas que no creen en la verdad dirigen ahora instituciones encargadas de discernirla. Hace poco, un ateo fue elegido capellán jefe de Harvard. ¿Por qué no? Si no hay verdad, no hay contradicciones. En gran parte del mundo académico, el irracionalismo no solo no tiene límites. Es el que manda.

-Sexto, y más relevante: hay un caos de nuevo orden e importancia entre los católicos de todo el mundo occidental. Surge de las personas que quieren transformar la enseñanza de la Iglesia, y de su animadversión contra otras personas que mantienen la verdad de esa enseñanza. Es insoportablemente visible en la vida pública, ya que líderes que ostentan con orgullo la etiqueta de católicos desafían con el mismo orgullo el Catecismo y los puntos clave del derecho canónico, día tras día. El pensamiento mágico también impulsa este tipo de caos. La etiqueta "católico pro-aborto" tiene tanto sentido lógico como "capellán ateo" o "ex hombre". Todos participan del mismo irracionalismo característico. Todos exigen que anulemos a Aristóteles: que creamos en "A" y "No-A" a la vez.

La secularización, causa del caos

Ahora bien, ¿qué podemos discernir hoy mirando este vacío, el vacío cuya existencia se ha convertido en un hecho ineludible de la vida cotidiana y de la vida pública por igual? ¿El vacío que hace que muchos sientan angustia por nuestros descendientes, como nunca habían sentido antes los católicos estadounidenses?

Discernimos una verdad que debería endurecer nuestra fuerza de voluntad. En cada uno de estos casos, el caos ha adquirido una fuerza catastrófica por la propia secularización. En el futuro, por mucho que tarde en llegar la hora de la verdad, esto supondrá un problema para el orden secularizado, y una reivindicación con mayúsculas para la Iglesia.

El aumento del malestar mental y el declive de la religión organizada, por ejemplo, no son fenómenos que ocurran al azar. Las ciencias sociales confirman que las personas con vínculos sociales sólidos tienen más probabilidades de prosperar que las que no los tienen. La fe religiosa confiere esos vínculos. Las ciencias sociales también demuestran que la fractura de la familia y otras formas de aislamiento aumentan los riesgos de ansiedad, depresión, abuso de sustancias, soledad y otras aflicciones. Todas ellas se han visto exacerbadas por el rechazo de Occidente a Dios.


Consideremos una vez más que la generación más alejada de la iglesia en Estados Unidos, los "nones" [término empleado en Estados Unidos para denominar a las personas sin ninguna (none) afiliación religiosa], es también la más afligida mentalmente. Una vez más, la pérdida del Padre con mayúsculas, y la pérdida contemporánea de tantos padres terrenales, se unen en la raíz.

La secularización también está detrás del caos familiar actual. Al aceptar el divorcio, la ausencia de padre y el aborto, la humanidad se ha infligido a sí misma heridas cuyas consecuencias apenas han empezado a evaluarse. Solo estamos en los inicios de comprender que lo que empieza en casa no se queda en casa. Los hijos asilvestrados del caos familiar se lanzan a las calles, tratando frenéticamente de sustituir con políticas identitarias los vínculos primordiales de los que han sido privados. La política de identidad es un lamentable intento de alquimia emocional por parte de almas desesperadas por conectarse. Indica la reivindicación tácita de las enseñanzas inflexibles del Magisterio sobre por qué estamos realmente aquí, y qué es realmente lo mejor para nosotros.

En cuanto al caos que asuela a la Iglesia, también hunde sus raíces en la secularización. Se ha convertido en norma hablar de católicos "conservadores" y católicos "progresistas". Pero las etiquetas políticas engañan. La verdadera división católica en nuestro tiempo es entre las personas que tratan de mantenerse como signos de contradicción en este mundo y las personas que capitulan. Es entre los católicos que quieren que las poderosas tendencias seculares influyan y transformen la Iglesia, y los católicos que no. Es entre las almas que creen que el Catecismo es verdadero y las almas que quieren editarlo con un bolígrafo rojo, suministrado por un secularismo desaprobador. La verdadera división es entre los católicos que quieren que las exigencias temporales superen a la Cruz y los católicos que saben que la Cruz no puede ser superada.

No se trata de triunfalismo religioso. (Me gustaría que pudiéramos hacer algo de triunfalismo religioso, pero, como dicen los niños, es demasiado pronto). Se trata de que la secularización está imponiendo costes en un ámbito tras otro, y los creadores de gustos secularizados, dentro o fuera de la Iglesia, se niegan a reconocer este hecho. Y por eso les corresponde a otros, incluidos los académicos presentes hoy, iluminar ese registro en su lugar.

Su trabajo es vital en este momento por dos razones: en primer lugar, porque el caos de hoy causa múltiples formas de sufrimiento que podrían ser superadas solo con que pudiéramos entender sus verdaderos orígenes. En segundo lugar, porque el caos de hoy equivale a una prueba inadvertida de que el cristianismo, y el judaísmo del que bebió, entienden bien a la humanidad.

Laicismo: una cultura inferior

Hay una verdad en medio de las confusiones actuales que lleva demasiado tiempo sin decirse. Nuestra cultura secularizadora no es una cultura cualquiera. No, nuestra cultura secularizadora es una cultura inferior. Es pequeña de corazón. Define el sufrimiento hacia abajo. Considera a las víctimas de sus experimentos sociales no como víctimas, sino como daños colaterales aceptables porque esos experimentos las justifican.


Este es el secreto tácito del laicismo. También es la mayor vulnerabilidad del laicismo.

Esta misión de definir el sufrimiento a la baja puede verse, por ejemplo, en los esfuerzos que reinterpretan los horrores de la prostitución como un anodino "trabajo sexual". Impulsa los intentos de normalizar la pornografía, ignorando los calamitosos costes para hombres y mujeres y el amor. Aumenta la presión para cerrar los centros de ayuda para embarazadas y las agencias de adopción, indiferente a si los bebés y los niños y la gente pobre los necesitan. Blanquea los datos sobre las tasas de suicidio, los trastornos alimentarios, el abuso de sustancias y otros índices de angustia mental entre la población transgénero, y sobre otras poblaciones en las que reconocer el daño humano podría poner en peligro los programas políticos.

Una vez más, el caos desatado en Occidente ha extendido formas agudas de miseria por toda la sociedad. Pero los arquitectos y defensores de un orden social a-cristiano, y cada vez más anti-cristiano, hacen la vista gorda. Les corresponde a los académicos fieles decir la verdad sobre los costes de la secularización, porque los académicos que forman parte del caos no pueden o no quieren hacerlo.

La primera línea de defensa

Para terminar, una cita más que ayuda a resumir la importancia de sus misiones colectivas en el mundo académico. El historiador Christopher Dawson empezó un ensayo titulado El cristianismo y la cultura occidental con esta frase: "La supervivencia de una civilización depende de la continuidad de su tradición educativa".

Aquí es donde entra la Sociedad de Científicos Sociales Católicos y el resto de la comunidad representada hoy aquí. La academia secularizada ha abdicado de su vocación. Repudia la continuidad. Se burla del patrimonio occidental. En la lucha por aferrarse a la Cruz en medio del caos actual, los académicos contraculturales son la primera línea de defensa. Esto es cierto no solo para los que necesitan su trabajo ahora, sino también para los que vendrán, los que leerán el registro de 2021 en el futuro.

Los académicos del mañana observarán hacia atrás con asombro, y quizás con lástima, el pensamiento mágico de hoy. Necesitarán hechos, cifras, argumentos y pruebas, especialmente sobre los costes humanos del actual experimento de secularización. Encontrarán esa biblioteca en su trabajo colectivo.

Algún día, una civilización reevangelizada contemplará el comienzo del siglo XXI, y tratará de evaluar las consecuencias de su caos. Esas personas del futuro comprenderán, como muchos hoy no lo hacen, que ustedes están diciendo la verdad en el vacío de este tiempo, y dando voz a los sin voz en un momento de enormes desafíos. Es un honor estar con ustedes hoy, y siempre, en esa misma misión.

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