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sábado, 21 de noviembre de 2020

Una nueva tiranía

Hace mucho que dejé de leer los artículos semanales de Juan Manuel de Prada en XLSemanal, porque hace mucho que dejé de leer este semanario, por la sencilla razón de que otras lecturas desplazaron a esta.

Sin embargo el pasado 14 de noviembre hojeé la revista y me atrajo el título del artículo, "Una nueva tiranía", porque rápidamente me recordó su serie de artículos de muy parecido título, "La nueva tiranía", que escribió a comienzos de 2007.

Ha llovido mucho; pero la tiranía sigue acechando y estrechando el cerco, ahora con renovadas artimañas. El artículo que transcribo es, efectivamente, una puesta al día de este proceso, agravado por el perfeccionamiento de las tecnologías de control -los big data y todo eso- y la amputación de las inquietudes espirituales de las personas, que están teniendo su campo de experimentación en la pandemia del virus Covid-19.

Lean, lean, porque parte importante del contra ataque consiste en recuperar la religión. Y es urgente.

Una nueva tiranía

Por Juan Manuel de Prada.

A nadie se le escapa que la plaga del coronavirus está facilitando la instauración de lo que Michel Foucault llamaba ‘biopolítica’, una nueva forma de tiranía que no se impone con cachiporras, sino con instrumentos mucho más sofisticados que alcanzan el dominio sobre las personas mediante el control de los espacios que habitan, de sus relaciones personales, de sus conductas y afectos y hasta de sus pensamientos y anhelos más secretos. Los ‘estados de alarma’, ‘toques de queda’ y demás ‘restricciones de la movilidad’ que tanto inquietan a los espíritus más toscos sólo son maniobras de despiste. Mucho más sutiles (y eficaces) son, por ejemplo, las tecnologías de vigilancia masiva que rastrean nuestros movimientos y manipulan nuestras decisiones, llegando incluso a predecirlas; tecnologías que una mayoría social acata mansamente, mientras trastea con sus teléfonos móviles, convencida de que el poder las utiliza para garantizar nuestra seguridad personal y proteger nuestra salud. 

Pero, paralelamente, se produce otro fenómeno no menos evidente, que casi nadie detecta, pues nuestra generación, ahíta de ideologías a la greña, ha sido amputada por completo de inquietudes espirituales. Y tal fenómeno es la supresión de la inquietud religiosa, que desde que estallase la plaga del coronavirus se ha mostrado en todo su apabullante esplendor. Cuando leemos cualquier crónica sobre las plagas que en épocas pasadas han diezmado a la humanidad descubrimos que la inquietud religiosa de las sociedades que las han padecido se agudizaba enormemente; pues, confrontadas con la omnipresencia de la muerte, volvían a hacerse las preguntas que la bonanza y el disfrute de los placeres materiales tienden a silenciar. Pero esta plaga se está distinguiendo, precisamente, por una orgullosa falta de inquietud religiosa, que se palpa incluso en las situaciones más extremas (la tranquilidad con que hemos aceptado que nuestros viejos mueran abandonados, sin atención espiritual de ningún tipo), pero sobre todo en el clima social imperante, en los medios de comunicación, en el debate intelectual, en la expresión artística, que lejos de confrontarse con el misterio de la muerte, lo soslayan u ocultan, empleando las más diversas triquiñuelas escapistas. 

Y, aunque nadie se atreva a decirlo, ambos fenómenos están íntimamente ligados. En su Discurso sobre la dictadura, Donoso Cortés explica una ley de la Historia infalible, que vincula el descenso de la religiosidad con el ascenso de la tiranía. La religión brinda a los hombres una «represión interior» que ordena su vida moral; y, a medida que esa ‘represión interior’ desciende, aumenta inevitablemente la «represión exterior» o política. Donoso repasa las distintas fases de la Humanidad, desde una sociedad plenamente religiosa –la que formaban Jesús y sus discípulos– en la que la libertad era completa (pues no existía otra ley que la del amor), hasta las formas cada vez más evolucionadas de represión política, que permiten a los gobiernos dotarse de un millón de brazos –los ejércitos–, de un millón de ojos –la policía–, de un millón de oídos –la burocracia administrativa–, hasta llegar a un punto en que necesitan también «hallarse a un mismo tiempo en todas partes». Un apetito de ubicuidad que Donoso ejemplifica –pronuncia su discurso en 1849– en la invención del telégrafo; pero que los avances de la tecnología han perfeccionado hasta extremos vertiginosos. Donoso hace aquí una pausa temblorosa, amedrentado ante la expectativa de una sociedad en la que el termómetro religioso continúe bajando hasta situarse «por bajo de cero»; pero finalmente se atreve a augurar el surgimiento de «un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso» que ya no se enfrentará a resistencias físicas ni morales, porque para entonces todos los ánimos estarán divididos y todos los patriotismos, muertos. 

Y contra esta nueva forma de tiranía que entonces se empezaba a consolidar, Donoso considera que no hay otro antídoto que una «reacción religiosa». Pero, a continuación, lanza esta perturbadora reflexión que el paso del tiempo no ha hecho sino confirmar: «¿Es posible esta reacción? Posible lo es; pero, ¿es probable? Señores, aquí hablo con la más profunda tristeza: no la creo probable. Yo he visto, señores, y conocido a muchos individuos que salieron de la fe y han vuelto a ella; por desgracia, señores, no he visto jamás a ningún pueblo que haya vuelto a la fe después de haberla perdido». Lo que está sucediendo ante nuestros ojos, con la plaga del coronavirus al fondo, no hace sino confirmar los augurios funestos de Donoso. Los nuevos tiranos ya pueden hacer con nosotros albóndigas. _______________________________

Foto: atarifa CC

martes, 27 de septiembre de 2016

Defensa de las instituciones

Extracto del artículo "Roger Scruton, algo más que un conservador", de Josemaría Carabante, en ACEPRENSA (sólo para suscriptores).

"[A Scruton] No le ha resultado fácil defender los valores tradicionales, el orden, la función positiva de la autoridad y la prudencia política ante el embate, por un lado, del individualismo liberal y, por otro, de la utopía reformista de la nueva izquierda. Para él, ninguna de estas doctrinas entiende la dinámica de la vida social.

Así, por ejemplo, se ha extendido la idea de que la libertad resulta incompatible con la existencia de un marco institucional o con los valores morales. Sin embargo, en su opinión, la libertad está marcada por la experiencia humana de la reciprocidad y presupone un orden social institucionalizado. El individuo, como ser absolutamente autónomo, es una ficción de la teoría política.

A diferencia de quienes creen que la política se realiza a golpe de decreto y programa, de decisiones y de ingeniería social, aboga por una visión comunitaria asentada sobre acuerdos recíprocos, compromisos libres, muchas veces tácitos, y responsabilidad. El apego y la cercanía fundan comunidades estables. Justamente de esa vida en común espontánea nacen las instituciones, que no son resultado de la planificación, y que no reprimen la libertad, sino que garantizan su ejercicio.

“Una sociedad libre –afirma en Los usos del pesimismo, uno de sus libros más conocidos– es una comunidad de seres responsables, unidos por las leyes de la simpatía y las obligaciones del amor familiar. No es una sociedad donde la gente se encuentre desposeída de cualquier restricción moral, pues el resultado sería precisamente lo opuesto a la sociedad”.

Para el pensador británico, el reformista de hoy ha tomado el testigo del antiguo revolucionario y, como este, pretende configurar la convivencia política desde cero, sin presupuestos. Siguen reinando los mitos ilustrados. Tales doctrinas niegan que exista un orden comunitario y prepolítico que define las instituciones. Pero las instituciones sirven a determinados fines, de modo que más que abolirlas o transformarlas, se ha de garantizar su independencia.

El conservador, sin embargo, no se opone al cambio ni se aferra irreflexivamente al pasado; simplemente desconfía de los que Scruton denomina “optimistas sin escrúpulos”, es decir, los aferrados a la mitología del progreso que sueñan con mejorar la suerte de la humanidad mediante reformas abstractas.

Esa proyección política de la redención, realizada de espaldas a la sociedad civil, se le antoja frívola y falaz. Se trata de una forma de pensar poco responsable, ya que no tiene en cuenta sus consecuencias despersonalizadoras: mina los fundamentos de la vida comunitaria y convierte a los ciudadanos en seres desarraigados, irresponsables y amorales.

Scruton conoce de cerca los efectos de esos planteamientos utópicos y los rasgos totalitarios que adquieren. Durante la década de los ochenta tomó contacto con los disidentes de Europa del Este y les ayudó tanto política como intelectualmente en la clandestinidad. Esta cercanía con quienes se encontraban privados de libertades políticas le llevó a tomar conciencia de lo perniciosas que son las mitologías políticas.

Mejorar uno mismo

Pese a los saldos negativos de las ideologías del progreso, se asiste de nuevo hoy a la revitalización de su discurso. ¿Por qué, se pregunta Scruton, siguen ejerciendo tanto atractivo sobre la opinión pública las propuestas radicales y utópicas? A su juicio, estos “optimistas” políticos prometen una solución rápida a los males sociales, creen haber identificado claramente la causa y, sobre todo, eximen al ciudadano de su responsabilidad en la deriva de la sociedad a la que pertenece.

La injusticia social, la corrupción, la desigualdad o discriminación tendrían así un supuesto culpable, ya sea una clase, una casta o el propio sistema. Se elude el compromiso personal del ciudadano, olvidando que, como recuerda el filósofo británico, la única forma de mejorar la sociedad “es mejorando personalmente cada uno de nosotros”.

La política exige prudencia y responsabilidad, concreción, y calcular las consecuencias. Scruton apoya una política realista, que tenga en cuenta que “las decisiones humanas se toman en un contexto y lugar determinado”. Habla así de la “política real”, hecha mediante negociaciones, transacciones y acuerdos entre los diversos intereses sociales.

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Nota del editor: los destacados en negrita son nuestros.

jueves, 11 de junio de 2009

Presente y futuro de nuestra civilización

Dos artículos de ACEPRENSA para pensar y sacar conclusiones.

Habermas y el papel de la religión en las sociedades actuales

Desde que en 2004, en un debate con el entonces cardenal Ratzinger, hiciera públicas sus ideas sobre la función revitalizadora de la religión en la esfera pública, Jürgen Habermas ha tenido que responder a multitud de críticas. Se le ha acusado de traicionar el proyecto ilustrado de la modernidad y de desconocer la función positiva del laicismo. En un artículo, publicado en Claves de Razón Práctica (nº 190, marzo 2009), Habermas responde a las críticas del laicista italiano y ateo militante Paolo Flores D’Arcais.

Sobre el futuro de esta civilización

Hay autores que poseen la capacidad de dar un diagnóstico, a la vez general y profundo –que no abstracto– sobre la evolución histórica, con sus consecuencias en el arte, la ciencia, la sensibilidad, la cultura. Uno de esos autores fue el vienés Herman Broch (1886-1951). En el posfacio que escribió, en los últimos años de su vida, al libro de Rachel Bespallof De la Ilíada (1), de 1947, se puede leer una de esas reflexiones que clarifican tanto la historia como la situación actual. Bespaloff y Broch eran judíos. Broch se convirtió al catolicismo en su juventud, sin perder nunca la fidelidad a la patria hebrea.

martes, 9 de junio de 2009

Andrea Riccardi, premio Carlomagno 2009

Firmado por Aceprensa, 21 Mayo 2009

El historiador italiano Andrea Riccardi ha sido el ganador en 2009 del premio Carlomagno, uno de los más prestigiosos de Europa, que en ediciones anteriores recayó sobre personalidades como Alcide De Gasperi, Konrad Adenauer, Javier Solana, Carlo Azeglio Ciampi, Juan Pablo II, Juan Carlos I de España y la canciller alemana Angela Merkel, galardonada el año pasado. A diferencia de todas estas figuras, Riccardi, nacido en Roma hace 58 años, no es un hombre de Estado, sino un profesor de Historia del Cristianismo y el fundador de la Comunidad de San Egidio, una asociación de laicos católicos presente en 70 países.

Alguien que “vive el espíritu de Europa”
El premio, que corre a cargo de la ciudad de Aquisgrán, reconoce la labor de quienes trabajan al servicio de los ideales de Europa. Jürgen Linden, alcalde de la antigua capital imperial de Carlomagno y uno de los miembros del jurado, ha explicado que este año se ha querido deliberadamente que el premiado no fuera un político: “Le hemos escogido [a Riccardi] para animar a la gente corriente a trabajar desde la base por la unidad de Europa”, ha reconocido Linden.

Riccardi, de quien ha dicho el jurado que “vive los valores de Europa”, ha sido también elogiado en el fallo “por su extraordinario empeño civil a favor de una Europa más humana y solidaria dentro y fuera de sus fronteras, por la comprensión entre pueblos, religiones y culturas, por un mundo más pacífico y justo”. Algunos medios se han referido al historiador como el “outsider por excelencia”, que llama urgentemente a la paz y al que no mueven intereses políticos ni económicos para intervenir en los problemas que intenta solucionar.

Mediación en conflictos internacionales
La iniciativa por la que ha sido ahora premiado Riccardi nació hace cuarenta años, cuando él y un grupo de ex compañeros de colegio decidieron fundar una comunidad de laicos en el barrio romano del Trastevere con el fin de proporcionar alimento y vestido a los pobres. La organización, con sede en la parroquia de San Egidio, cuenta ahora con 50.000 miembros, y sus actividades abarcan frentes que van desde la mediación en conflictos internacionales hasta el consuelo de condenados a muerte a través del intercambio epistolar.

Propuesto también para el Nobel de la Paz, Riccardi ha tenido con su organización un papel importante en los acuerdos de paz de varios países africanos. Especialmente Mozambique, en donde logró en 1992 el entendimiento entre gobierno y guerrilla que puso fin a la guerra civil.

El ecumenismo, condición para la paz
Para Riccardi, la división entre dos Europas aparece renovada con lo que llama la “recuperación de las identidades subyacentes”: una reacción al mundo globalizado que vincula a la religión con la conciencia nacional al modo de lo que ocurría a comienzos del siglo XX, antes de la implantación del comunismo. “El problema de la fractura entre el este y el oeste es antiguo, y se ha acentuado con la Guerra Fría”, sostiene Riccardi. “Pero es también el problema de una Europa del este que debe afrontar la victoria del modelo occidental, que no es un modelo católico o protestante, sino el de una sociedad secularizada, consumista, capitalista, desarrollada. En este contexto, el reto ecuménico resulta decisivo”.

Este ecumenismo no es para el historiador (una autoridad en Historia del Papado en la Edad Moderna y Contemporánea) mera discusión teológica, sino también voluntad de acercamiento entre líderes religiosos. Según Riccardi, resultan aquí de una importancia clave ciertas figuras del mundo ortodoxo que representan un acercamiento a la modernidad, algo que constituye aún un problema para esta Iglesia y que en cambio el catolicismo enfrentó en el Concilio Vaticano II.
Este espíritu de ecumenismo debe sostenerse también respecto de Rusia y el islam, “los dos problemas de frontera de Europa”. Para el primer caso, explica Riccardi, se trata de un problema interno, pues Rusia no está fuera de Europa. En el segundo, dice, “es necesario dejar la puerta abierta, imponiendo condiciones en lo referente a los derechos humanos y a la inmigración”. Frente a un tema que vuelve a estar de actualidad, Riccardi decía en 1999 que “necesitamos de Turquía en los Balcanes, en particular para abordar este islam europeo de ‘rancio abolengo’, que no es producto de la inmigración”.

A propósito, precisamente, de la inmigración, Riccardi ha declarado recientemente que el verdadero problema que ella refleja no es lo que ocurre en Europa, sino la miseria de los países de origen, contra cuya fuerza centrífuga no valen vallas ni patrullas marítimas. Aunque Il Professore admite haber militado en el discurso tercermundista durante su juventud (“en el 68 tenía 18 años”, se justifica), su percepción actual se rinde a la evidencia: “El Tercer Mundo ya no existe. Asia es una realidad; América Latina es otra. Pero el problema de África persiste, y Europa no puede ignorarlo”.

Religión y laicidad
En una entrevista concedida a El Mundo en 2007, y preguntado sobre la situación en España, Riccardi se refería a conflicto entre laicos y católicos como “una cosa del pasado”. Menospreciar la dimensión cristiana de la cultura en los países de los que ella ha formado parte supone condenarlos a la insignificancia: “En mi opinión, tanto para los creyentes como para los no creyentes, un discurso de fe religiosa o de cultura de las tradiciones cristianas es un recurso importante. La historia de Italia, de España o de Francia no es la historia de la cristiandad, pero el cristianismo es un aspecto fundamental de nuestra historia”.

En el marco de la entrega del premio Carlomagno a Riccardi, se ha organizado una mesa redonda en Aquisgrán sobre el tema “La civilización de la paz: Religiones y culturas en diálogo”, donde participarán David Brodman, rabino mayor de Savyon (Israel); el profesor Mohammed Amine Smaili, de la Universidad de Rabat; Mons. Heinrich Mussinghoff, arzobispo Aquisgrán; Nikolaus Schneider, presidente de la Iglesia evangélica de Renania; y el arzobispo Serafim, metropolitano de la Iglesia ortodoxa rumana para Alemania y Europa central.

martes, 19 de mayo de 2009

La Nueva Tiranía. El libro

Juan Manuel de Prada lleva años escribiendo artículos contra el "Mátrix progre" en el diario ABC y denunciando el emotivismo narcisista en tertulias de radio o en "El gato al agua" de Intereconomía TV. En sus artículos hay una firme apuesta por el hombre necesitado de redención y una crítica a las falacias "progres" y bienpensantes. Ahora publica en LibrosLibres su último título: "La Nueva Tiranía, el sentido común frente al Mátrix progre" que desmonta las falacias de la cultura progre dominante.


Los cuatro artículos recogidos en este blog

domingo, 18 de enero de 2009

La coexistencia de las civilizaciones

La cultura occidental padece una decadencia moral por el declive del cristianismo.

Por Ignacio Sánchez Cámara, La Gaceta de los Negocios, 12 de enero de 2009

En los principales conflictos de nuestro tiempo están presentes las civilizaciones, si es que no se trata directamente de un conflicto entre ellas. Está presente en los atentados terroristas cometidos por el islamismo radical y en la guerra entre Israel y los palestinos. Parece confirmarse así el diagnóstico de Samuel P. Huntington, fallecido poco antes de terminar en 2008. Se trata de uno de los más prestigiosos académicos en el ámbito de las ciencias políticas, que ha podido ver además cómo sus tesis principales eran debatidas incluso más allá de los ámbitos académicos. Su libro más conocido y polémico es El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, que vino precedido de un ensayo más breve sobre el mismo asunto. Su publicación ha permitido asistir a un nuevo episodio de la aversión de cierta izquierda radical hacia la lectura. El erróneo dictamen se extrajo del título, apoyado en la ausencia no ya de una lectura atenta del contenido, sino de lectura sin más. Su autor pasó a ser considerado un defensor de la lucha entre civilizaciones, cuando era exactamente todo lo contrario.

Frente a la tesis de Fukuyama sobre el final de la historia, Huntington defendía la idea de que en el futuro asistiremos a un nuevo tipo de conflicto basado en el “choque de civilizaciones”. De unos conflictos, de naturaleza ideológica, que enfrentaba a las democracias liberales y a los sistemas comunistas, al capitalismo y al socialismo, pasaremos a un nuevo tipo de conflicto asentado en el choque cultural entre civilizaciones. Por lo demás, Huntington proclama el fracaso de todo intento de imponer una civilización universal basada en los principios, sólo aparentemente victoriosos, de Occidente. La cultura, cimentada principalmente en la religión, tomará el relevo de las ideologías, la política y la economía. El choque de civilizaciones sustituye a la rivalidad de las superpotencias.

Aunque Occidente seguirá siendo durante algún tiempo dominante, no caminamos, según él, hacia una civilización universal basada en los principios europeos del legado clásico: el cristianismo, la separación entre la autoridad espiritual y la temporal, la democracia, el liberalismo, la tolerancia, los derechos humanos, el pluralismo y el imperio de la ley. Nada de todo esto en lo que se sustenta la civilización occidental está fuera de peligro. Huntington no descarta la posibilidad de la decadencia de la cultura occidental. En clara alusión a Fukuyama afirma: “Las sociedades que suponen que su historia ha terminado son habitualmente sociedades cuya historia está a punto de empezar a declinar”. La cultura occidental, cuestionada por grupos situados en su interior, padece una decadencia moral favorecida por el declive de su componente central: el cristianismo. Acaso aquí resida el motivo de la tergiversación que han sufrido sus ideas en los ambientes ideológicos de la izquierda radical. Existe, para él, una vía intermedia entre los defensores del multiculturalismo suicida y los creyentes ilusos en la hegemonía de la civilización occidental. Occidente debe renunciar a su tentación universalista. “El imperialismo es la consecuencia lógica del universalismo”. Por mi parte, no puedo compartir esta tesis.

martes, 11 de diciembre de 2007

Los valores occidentales están vivos y deben ser defendidos del terrorismo

Por Massimo Introvigne. Traducción: Ángel Expósito Correa


Recibiendo en Castel Gandolfo a un grupo de parlamentarios, Benedicto XVI ha definido el terrorismo un “fenómeno gravísimo que a menudo llega a instrumentalizar a Dios y desprecia de manera injustificable la vida humana”. Y añade: el terrorismo que ataca Occidente usa como “pretexto” la “recriminación de haberse olvidado de Dios, con la cual algunas redes terroristas tratan de justificar sus amenazas a la seguridad de las sociedades occidentales”.

Se trata de un retorno al discurso de Ratisbona del 12 de septiembre de 2006, ya ampliamente retomado en el reciente viaje apostólico en Austria.

En Ratisbona el Papa había arrancado de un diálogo que había visto contrapuestos en 1391 en Ankara al emperador bizantino Manuel II Paleólogo y a un sabio musulmán. El emperador juega en campo ajeno, tras haber recibido una invitación que no puede rechazar de acompañarlo en una cacería del sultán turco Bayazet, cuyo amenazante ejército es mucho más poderoso que el suyo. Ciertamente Manuel no puede invocar el Evangelio o la teología frente a un público musulmán: propone entonces a su interlocutor de discutir no sobre la base de la fe, sino de la razón. El islámico acepta, pero el diálogo no cuaja porque Manuel y el persa tienen dos ideas distintas de la razón. Para el emperador griego la razón es el fundamento filosófico de todas las cosas. Para el musulmán este fundamento no existe – su Dios, Alá, “no depende de sus actos” y puede cambiar cada minuto las leyes que regulan el mundo, tan es así que todo conocimiento racional es incierto y provisional – y para él argumentar conforme a razón significa sencillamente citar hechos empíricos.

Usa por tanto el argumento que piensa da por cerrada la discusión: la prueba de la superioridad del islam sobre el cristianismo es que los ejércitos del Profeta están ganando en todas partes, y el mismo imperio de Bizancio se ha reducido a un estado insignificante. Naturalmente tres siglos más tarde, cuando a partir de la batalla de Viena los musulmanes empezarán a perder, el argumento podrá dar la vuelta y ser dirigido contra ellos.

Pero no es éste el punto. Para Manuel II – y para Benedicto XVI – la vida, los derechos humanos y la posibilidad de convivir entre religiones distintas están garantizadas sólo por una confianza en la razón como instrumento capaz de conocer la verdad. Si falta esta confianza, qué es la verdad es decidido por los ejércitos triunfadores, y hoy por quienes están mejor capacitados para poner bombas. La verdad – y Dios mismo, que es verdad – se convierten en simples funciones de la violencia.

El mundo nacido por aquélla confianza en la razón y en la verdad que ya en 1391 el islam había abandonado se llama Occidente. Hoy hay muchos, también entre los católicos, que contestan la noción de Occidente.

Para algunos se trataría de un mito imperialista: Occidente jamás habría existido. Para otros Occidente habría dejado de existir: ya que ha ampliamente olvidado a Dios, habría perdido su razón de ser y no quedaría nada merecedero de ser amado y defendido.

Benedicto XVI no se avergüenza de llamar Occidente con su nombre, y de denunciar como un “pretexto” la tesis – que no solamente es expuesta por los fundamentalistas islámicos – según la cual la sociedad occidental “sin Dios” ya no es sí misma.

No: por muy enfermo que esté, Occidente no ha muerto. También en sus versiones más laicas y parciales, sus valores de razonabilidad y de libertad conservan la huella del origen cristiano. Por esto vale la pena defenderlo de la agresión terrorista. Y declararse, sin vergüenza, occidentales.

martes, 27 de noviembre de 2007

El futuro de Occidente

Por George Weigel, en La Gaceta de los Negocios, 19 de Noviembre de 2007


Desde hace años, lo que parece un distanciamiento cada vez mayor entre EEUU y Europa ha sido el principal objeto de debate político. Esta separación del Atlántico, que afecta al futuro del proyecto democrático a ambos lados del océano, se suele analizar sobre la base de diferencias políticas. Sin embargo, mi tesis es que cualquier esfuerzo por comprender este distanciamiento en términos políticos, estratégicos y/o económicos es estéril. Europa atraviesa una crisis que podríamos denominar de moral civilizadora. La manifestación más importante de la crisis es el hecho de que la propia Europa está sufriendo un bajón demográfico si precedentes. Cuando un continente es incapaz de crear el futuro humano en el sentido más elemental, algo grave está pasando. Es fundamental para todo Occidente entender esta crisis; especialmente en una época en que otra civilización, con una visión del futuro muy diferente, compite, en ocasiones agresivamente, contra Occidente por la definición de ese futuro.

Para esclarecer las causas de la crisis debemos ver la historia de otro, modo; a través del prisma de la cultura. A principios del siglo XX, Europa era considerada el centro de la civilización mundial. En cuestión de 50 años, esa misma Europa desató dos guerras, tres sistemas totalitarios, una guerra fría que amenazó con un desastre mundial, el Gu­lag y Auschwitz. ¿Por qué? La clave a esta pre­gunta podría hallarse en lo cultural, en lo espiritual y hasta lo teológico.

En 1942, el jesuita Henri de Lubac sostenía que los tormentos que Europa sufría en aquella década eran el resultado de una constelación de ideas anómalas que él agrupaba bajo la denominación de “humanismo ateo” o el deliberado rechazo del Dios de la Biblia el nombre de la liberación humana. Cuando a las tecnologías modernas unen el positivismo de Comte, el subjetivismo de Feuerbach, el materialismo marxista y la voluntad de poder nietzscheana, de aquí, sostenía el padre De Lubac, surgirían ideas con graves consecuencias: el comunismo, el fascismo y el nazismo. El primer resultado de es­te profundo cambio en la alta cultura europea fue la Primera Guerra Mun­dial. Porque la Gran Guerra fue la con­secuencia letal de una crisis de moral civilizadora; el fracaso de. una razón moral en una cultura que había apor­tado al mundo la idea de “razón mo­ral”. Sólo después de 1991, finalizada la guerra civil europea de 77 años de du­ración, salieron a la superficie de la historia las consecuencias de tamaño conflicto. La Europa contemporánea no está plagada de las formas más sal­vajes de “humanismo ateo”; la segun­da Guerra Mundial y la Guerra Fría lo evitaron poniendo fin al fascismo, al nacionalsocialismo y al marxismo-le­ninismo. Nuestra Europa de hoy está profundamente marcada por un pa­riente más amable y moderado que el filósofo canadiense Charles Taylor ha denominado “humanismo exclusivo”. Esto es, una serie de ideas y posiciones políticas según las cuales (y en el nombre de la democracia, los derechos hu­manos, la tolerancia y el civismo) todo punto de referencia moral y religioso debe ser excluido de la vida pública eu­ropea, en especial, de la vida pública de la Unión Europea.

Pero, al mismo tiempo, hay indicios de renovación espiritual y cultu­ral en Europa. Jürgen Habermas, que en su día defendió una forma extrema de humanismo exclusivo, ahora sostiene que una política humana y democrática debe basarse en normas morales que sepamos verdaderas. Aunque tal vez sea más importante el inicio de un nuevo diálogo europeo que desafía la esterilidad del huma­nismo exclusivo, a la vez que atrae a creyentes y no creyentes por igual. Este diálogo surgió gracias al trabajo en equipo de Joseph Ratzinger, ahora papa Benedicto XVI, y Marcello Pera, un no creyente y filósofo de las ciencias, miembro del Senado italiano (y que hasta el reciente cambio de gobierno en Italia, fue pre­sidente de dicha institu­ción). En un libro escrito conjuntamente, Sin raí­ces, propusieron un aná­lisis sorprendentemente similar de la crisis euro­pea en su moral civiliza­dora. Ambos localizaron las caudas en una pérdi­da de fe en la razón, in­cluida la razón moral. Además, estos dos distin­guidos intelectuales co­incidieron en que una “minoría creativa” de hombres y mujeres con­vencidos de que las verdades que Oc­cidente vive, políticamente hablando, son verdades expuestas a la defensa racional. Estas verdades pueden con­vertirse en el agente del renacimiento de Europa como una civilización cul­turalmente segura de sí misma, capaz de dar cuenta de sus aspiraciones po­líticas. Si Europa empieza a recupe­rar su fe en la razón, alguien en Euro­pa podrá redescubrir lo razonable de a fe. En cualquier caso, una renova­ción de la fe en la razón proporcionará un antídoto contra el hastío metafísico y brindará, así, la posibilidad de un nuevo nacimiento de la libertad en Europa.

martes, 13 de noviembre de 2007

Objeción de conciencia

Son muchas las leyes democráticas que reclaman objeción de conciencia

Habla Stefano Fontana, director del Observatorio Internacional Cardenal VanThuân, VERONA, martes, 6 noviembre 2007 (ZENIT)

«Los casos de aborto y de eutanasia no son los únicos que reclaman la objeción de conciencia», advierte Stefano Fontana, director del Observatorio Internacional Cardenal Van Thuân, foco de promoción de la doctrina social de la Iglesia.

Convierte en altavoz de esta alarma el último boletín del Observatorio, del pasado viernes, publicando un comentario bajo el titulo «La objeción de conciencia es un problema político. Sociedad democrática, relativismo y objeción de conciencia».

«El relativismo que guía frecuente la legislación en los países occidentales sitúa al cristiano ante nuevos problemas de conciencia --constata--. Es el caso de leyes que legalizan el aborto o la eutanasia».

Recuerda que Juan Pablo II indicó que «leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia («Evangelium vitae»>, 73).

Pero estos casos «no son ya los únicos que reclaman la objeción de conciencia», apunta Fontana, aludiendo al reciente discurso en el que Benedicto XVI ha subrayado «la obligación de la objeción de conciencia para los farmacéuticos».

«Pensemos en una enfermera que trabaja en un hospital en el que se practican abortos», o en «los funcionarios de un municipio donde se registran uniones civiles de personas del mismo sexo», o «en un empleado de un laboratorio en el que se realizan selecciones de embriones humanos», o los trabajadores de «editoriales o televisiones que producen material pornográfico», o «en muchos abogados o jueces que ya se encuentran a menudo ante situaciones límite», ejemplifica el director del citado Observatorio Internacional.

Así que «la objeción de conciencia ya es un problema político», considera. De ahí que sea necesario, en su opinión, «emprender una profunda reflexión sobre la objeción de conciencia en política, vista como "resistencia", pero también como "renovación", esto es, como un empeño no sólo negativo, sino también positivo y propositivo».

Denuncia Stefano Fontana que, al mismo ritmo que se «amplían los casos en los que se está llamado a la objeción de conciencia, se asiste también a frecuentes negaciones de este derecho». «Ambas cosas se deben al relativismo, el cual muestra así su íntima contradicción», sintetiza.

Y es que el relativismo --explica-- «propone una libertad de conciencia casi total, pero si un funcionario municipal rechazara registrar a una pareja homosexual, ese mismo relativismo se lo impediría»: «denunciaría esa libertad de conciencia como imposición y violencia hacia la libertad de conciencia». Se trata «de uno de los aspectos más sutiles de la "dictadura del relativismo"», concluye.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Los funerales del laicismo

Articulo de Fermín Fuertes, en arguments, jueves 1 de noviembre de 2007

Hace pocos días un amigo me asaltó por un pasillo: "tengo un texto que te gustará. Ya me dirás que te parece", y me pasó unas fotocopias unidas con una grapa y bastante trabajadas con subrayados y glosas. Me llamó la atención una frase: No estamos asistiendo al alumbramiento de una era postcristiana sino que asistimos a los funerales de la era neopagana y secularizada. ¡Caramba!, -pensé- esto por lo menos es provocador. Veamos a dónde nos lleva.

Guardé los folios de mi amigo en un cajón, con ánimo de devolvérselos en su momento, y con la intención de conseguir mis propias páginas sobre las que reflexionar y anotar. Al concluir el trabajo de aquella mañana, la red y la impresora me facilitaron lo que buscaba: 10 folios por las dos caras, titulados "Cristianos en Europa después de la cultura secularizada". Su autor, Miguel Lluch.

¿Qué es lo que allí se dice? ¿Cuáles son las ideas fundamentales que Lluch transmite? A mi entender, el mensaje que se quiere comunicar es el siguiente: vivimos un tiempo entre dos tiempos, asistimos a los estertores crepusculares del secularismo, que, sin embargo, todavía golpea con fuerza; en esa situación, las mujeres y los hombres cristianos, manteniendo su identidad religiosa, no pueden encerrarse a la defensiva en los muros de protección de las comunidades vivas de los creyentes, porque tienen la apasionante tarea de contribuir al nacimiento de la nueva cultura, aportando con audacia su propia creatividad personal y su fe.

Estamos acostumbrados a pensar que el tiempo actual es un momento de cambio: el cristianismo ha sido superado y -para gozo o desdicha, según la perspectiva- entramos en una cultura postcristiana. En realidad las cosas no son así. Hace mucho tiempo que la mentalidad colectiva dominante en la sociedad y en la cultura ya no es cristiana. Lo novedoso no son los proyectos secularizadores. Lo nuevo es que la cultura secularizada dominante desde hace siglos ha entrado en crisis y que ya no tiene fuerzas para inaugurar nuevas eras.

¿Cuál es el problema, entonces? ¿Acaso semejante crisis no es positiva desde el punto de vista cristiano? ¿No es motivo de alegría que el oponente desfallezca? El problema es que en esta etapa final la cultura de lo que Henri de Lubac llamó en 1967 humanismo ateo, está dejando de ser humanista. La cultura del Hombre contra Dios se vuelve contra los hombres. Y eso para el cristiano, a quien nada humano resulta ajeno, nunca es motivo de júbilo.

El humanismo ateo nació como una cultura anticristiana: todas sus acciones prácticas y sus elaboraciones intelectuales se desplegaron en silenciosa contraposición a la religión, como marginación y sustitución de la vida cristiana y de sus obras culturales.

En el actual momento de extinción de la cultura secularista, el laicismo es más beligerante, más dictatorial, se ha convertido en totalitarismo. Agotado el pensamiento y la capacidad de argumentación, se dedica con todas sus fuerzas -ya agónicas, pero todavía salvajes- a imponer sus principios configurando una legislación favorable a todas las costumbres e instituciones sociales que no sean cristianas. Se ha producido una mutación y ha aparecido un nuevo modelo, el humanista sin límites, que en su urgente afán de eliminar todo lo cristiano, ataca también lo humano.

Antes, el humanista marginaba a Dios de la realidad que cuenta para la vida, desconfiaba e incluso descalificaba a las personas con convicciones basadas en una religiosidad viva, pero creía en la moralidad, trataba de ser buena persona y buen ciudadano, rechazaba la violencia, cuidaba del bienestar propio y de sus seres queridos. No quería fundamentar su vida ni sus decisiones en verdades permanentes, pero conservaba unos límites, respetaba unas normas que no debían abandonarse.

Según el humanista evolucionado nada nos limita: ni Dios, ni la naturaleza, ni la razón. Ante este nuevo mutante sin límites nadie está seguro, ni siquiera los humanistas con límites.
El combate crepuscular de la Cultura sin Dios no es entre cristianos y no cristianos, sino entre los que quieren mantener el proyecto ilustrado de una sociedad moral sin Dios y los que -siguiendo el argumento de Habermas- "se han convertido en fríos cínicos y relativistas indiferentes", ya no quieren seguir soportando normas y medidas de rectitud. Ya nada une a estos dos grupos, salvo su oposición a lo cristiano. Esta es en mi opinión -escribe Lluch- la dramática situación en la que nos encontramos.

En ese combate, el humanista con límites está llamado al fracaso, poco puede oponer ante el despliegue arrogante del humanista sin límites. Atenazado por su afán de eliminar a Dios, no tiene fuerzas ni respuestas capaces de hacer frente a los impulsos individualistas.
Si se suprime la hipótesis de un Dios rector del mundo no llego a comprender -dice Antonio Baumann- sobre qué realidad se puede asentar la noción de un derecho que permita al individuo, mónada aislada, situarse frente a los otros seres que le rodean y decirles: hay en mí algo de intangible que os obliga a respetarme porque su principio es independiente de vosotros".
¿Nos queda pues, solamente, el horizonte de la barbarie? ¿Caminamos apresurada e inexorablemente hacia una barbarie técnica y centralizada, reflexivamente inhumana y por eso más peligrosa que la antigua? ¿Tiene el relativismo la última palabra?

Sabemos que no. Nuestra fe -decía Benedicto XVI en Austria el pasado 8 de septiembre- se opone decididamente a la resignación que considera al hombre incapaz de la verdad, como si esta fuera demasiado grande para él. Sabemos también que el cristianismo no está en peligro en un tiempo entre dos tiempos. Porque no se une sustancialmente a las culturas.

A lo largo de sus dos mil años de historia ha conocido más cambios culturales que ninguna otra realidad viviente en el mundo. El cristianismo se hace presente en todas las culturas humanas sin identificarse con ninguna de ellas. Sobrevive incluso la vida de las culturas que se han hecho cristianas.

Pero al cristiano, al cristiano concreto, la nueva situación le puede desconcertar. Debe reorientarse y aprender a manejarse en un tiempo en el que la identidad cristiana es atacada precisamente con argumentos originariamente cristianos aunque ahora tergiversados. No sólo tiene que sobrevivir personalmente en medio de la tormenta desatada a su alrededor. Es también responsable de la tarea de cuidar y perfeccionar el mundo. La fe en Cristo -escribía San Josemaría Escrivá- ilumina nuestras conciencias, incitándonos a participar con todas las fuerzas en las vicisitudes y en los problemas de la historia humana.

El cristiano ama al mundo porque ama a Dios y protege el mundo con responsabilidad porque Dios lo ha puesto en sus manos. Comparte la cultura con todos los demás hombres de su tiempo y con ellos, pero sin perder su identidad, trabaja con esfuerzo y entusiasmo para construir una cultura digna del hombre".
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Nota: La comunicación de Miguel Lluch, que lleva por título "CRISTIANOS EN EUROPA DESPUÉS DE LA CULTURA SECULARIZADA", puede leerse pulsando aquí.

lunes, 1 de octubre de 2007

Asignatura Totalitaria

El Gobierno ha exhibido una intransigencia incompatible con la propia materia

Por Ignacio Sánchez Cámara, en La Gaceta de los Negocios, hoy

La aprobación de Educación para la Ciudadanía entraña un triple error: político, jurídico y moral. Es un grave error político crear una nueva asignatura que persigue la formación cívica de los alumnos sin alcanzar, y ni siquiera intentarlo, un acuerdo político con la oposición. El Gobierno y sus aliados parlamentarios han exhibido una intransigencia, incompatible, por lo demás, con la propia naturaleza de lo que se pretende, entre otras cosas, enseñar: nada de diálogo y todo de imposición mecánica de exiguas mayorías. Perfecto ejemplo de educación cívica. Si toda gran reforma educativa debería nacer del consenso general de la sociedad y de sus representantes políticos, lo mismo cabe exigir cuando se trata de la creación de una nueva asignatura obligatoria de naturaleza moral. El fracaso de la nueva asignatura no es cuestión opinable: la asignatura del consenso y la democracia no ha generado sino división social y disenso. Es una pura falsedad afirmar que sólo pretende el conocimiento de la Constitución y de los derechos fundamentales.

Es evidente que va mucho más allá de ello. Basta consultar los descriptores de la asignatura u ojear los manuales existentes, en los que se incluyen cuestiones relativas a la condición humana, la identidad personal, la orientación sexual, la educación emocional o la construcción de la conciencia moral, de las que nada dice la Carta Magna. Es un error político la intromisión del Gobierno en la educación moral que han de recibir los alumnos. Hay que añadir que es falso que se trate de una asignatura equivalente a las que existen en otros países democráticos, pues en éstos no se invade el ámbito de la conciencia moral. Es un error jurídico. Habrá que esperar a lo que decida la Justicia y, especialmente, el TC, pero parece evidente que la imposición de la asignatura entraña una vulneración del artículo 27 de la Constitución, que garantiza el derecho de los padres a decidir la educación moral que han de recibir sus hijos. Las democracias liberales no entregan al Estado el derecho a dirigir la educación, sino sólo la misión de garantizar el libre ejercicio de ese derecho, cuyos titulares son los alumnos y sus padres. El Estado no es el dispensador de una especial sabiduría moral, sino el garante del ejercicio del derecho a la educación. La asignatura, tal como ha sido configurada, entraña la violación de un derecho fundamental de los padres y es, en este sentido, inconstitucional.

Constituye además un grave error moral y filosófico. La asignatura persigue el adoctrinamiento de los alumnos y promueve una determinada visión de la antropología y de la moral, que excluye la dimensión religiosa y trascendente de la persona humana, impone la ideología de género, la manipulación de las emociones y una visión relativista de la cultura y la moral. La concepción del hombre en la que se sustenta resulta incompatible con la fe religiosa, de manera que sus contenidos resultan incompatibles con los de la asignatura de religión católica, optativa elegida por la mayoría de los padres y alumnos. Más que una asignatura, es la imposición de una determinada ideología laicista. El argumento de la adaptabilidad de la asignatura a las preferencias de los padres o a los idearios de los centros no hace sino confirmar su condición adoctrinadora, pues si se tratara de la mera enseñanza de la Constitución y sus principios, valores e instituciones, no sería necesario recurrir al pluralismo ideológico de sus versiones. El contenido de los libros de texto existentes prueba, de modo elocuente, el carácter fuertemente ideologizado y adoctrinador de la asignatura, hasta el punto de que algunos colectivos de homosexuales reclaman la retirada del único texto, al parecer, que se opone a los desmanes de la corrección política y la manipulación ideológica. Es evidente que los centros educativos y los profesores pueden evitar los peores desmanes del engendro, pero acogerse a esa posibilidad y tolerar el mal para los demás sería muestra de insolidaridad con los padres, que no tendrán la misma posibilidad de elegir y de evitar la violación de su derecho. Que un mal sea parcialmente evitable no significa que no sea un mal. Además, lo decisivo no es tanto el contenido concreto de las enseñanzas que se impartan como el hecho de que el Estado invada un ámbito que no es de su competencia, como es el de la formación moral de los alumnos, que corresponde a los padres. Esta invasión es propia de los regímenes políticos totalitarios, que se caracterizan por la invasión por parte del poder político de todos los ámbitos de la vida social y por la decisión de imponer a toda la sociedad un sistema único de (valga la exageración) pensamiento. Es una manera de manipular las conciencias y regimentar las vidas, propia de la pesadilla que denunció Orwell. Un atentado contra el derecho de los padres.

Por todas estas razones políticas, jurídicas y morales, y otras que cabría añadir, resulta debido oponerse a la implantación injusta de esta asignatura totalitaria.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Diversidad cultural

Las amenazas para la cultura europea proceden más del interior que del exterior

Por Ignacio Sánchez Cámara, en La Gaceta de los Negocios, el 24 de septiembre de 2007

Las sociedades occidentales serán, previsiblemente, cada vez más pluriculturales. En ellas convivirán, necesariamente, personas procedentes de culturas diversas y aún opuestas. El problema que habrá que resolver consiste en determinar si la convivencia entre personas de distintas culturas exigirá o no la asunción del relativismo ético. La convivencia entre culturas posee dos aspectos o dimensiones: interna e internacional. Sobre el segundo aspecto trató el polémico ensayo de Huntington acerca del choque de civilizaciones. A pesar de las interpretaciones equivocadas o sesgadas, la tesis del autor pronostica que los futuros conflictos no enfrentarán a ideologías o sistemas económicos y políticos, como en la llamada guerra fría, sino a culturas. El elemento fundamental no será el económico o ideológico, sino el cultural y, especialmente, el religioso. El pronóstico se cumplirá o no (y parece que, en buena medida ya ha comenzado a cumplirse), pero no se trata de la expresión del deseo de su autor, quien, por otra parte, se opone a toda pretensión de hegemonía de la civilización occidental sino que, por el contrario, postula que deberán aprender a coexistir.

Alain Touraine ha defendido la tesis de que la convivencia entre las culturas sólo es posible si todas ellas (y, desde luego, no sólo la occidental) renuncian a la pretensión de tener razón. Parece un precio desmedido e improbable. Bastaría con que renunciaran a la pretensión de imponerse mediante la fuerza. En cualquier caso, la convivencia entre culturas no exige la asunción del relativismo cultural y moral. Desde nuestra perspectiva occidental, podemos preguntarnos si las normas y principios que rigen, más o menos, entre nosotros representan algo propio de nuestra particular cultura o, por el contrario, pueden legítimamente aspirar a la universalidad, a ser válidas para todos. Aunque se tratara de lo primero, y no es algo evidente, la cultura occidental tendría, al menos, el derecho a sobrevivir junto a las demás. Alain Finkielkraut se preguntó: ¿podemos matar la cultura europea a fuerza de hacerla acogedora? Y la pregunta no es banal. Corremos el riesgo de defender el pluralismo cultural en Occidente, mientras se propaga la hegemonía cultural y la beligerancia en otras civilizaciones. Pero también es posible pensar que, lejos de constituir eso una debilidad, nos otorgue una fuerza especial.

En cualquier caso, el relativismo cultural y ético, aparte de no ser filosóficamente consistente, tampoco constituye un fundamento adecuado para la diversidad cultural y la convivencia pacífica entre culturas. Por lo demás, las amenazas para la cultura europea proceden más del interior que del exterior. Los bárbaros, como afirmó MacIntyre, no están esperando al otro lado de nuestras fronteras sino que llevan mucho tiempo entre nosotros, incluso gobernándonos. Lo que nos amenaza es la barbarie interior, una de cuyas manifestaciones es el relativismo ético. Un relativismo que goza de un inmerecido prestigio. No se trata del último hallazgo del pensamiento filosófico. Por el contrario, es viejo de más de veinticinco siglos, pues fue defendido por Protágoras en el siglo V antes de Cristo. Esto nada dice en favor de su falsedad, pero tampoco de su verdad. Después de ser formulado, la mayoría de los pensadores se han opuesto a él. Incluido el pasado siglo en el que han prevalecido filosofías morales y políticas no relativistas. Es un error pensar que el relativismo constituye el fundamento de la democracia. Por el contrario, si no hubiera verdades en el orden moral y político, la democracia quedaría en pie de igualdad de legitimidad junto a los demás regímenes.

La tolerancia frenética terminaría por destruirse a sí misma. Si no hay límite en la aceptación de las pautas culturales ajenas, las propias quedarán en peligro. Y los límites no pueden proceder sólo de las leyes ni del respeto a los derechos humanos, ya que aquéllas pueden ser cambiadas, incluida la Constitución, y éstos dependen en cuanto a su contenido de la fundamentación y de las distintas concepciones acerca de la persona. El único límite eficaz reside en las convicciones morales. Por lo demás, no se trata de exhibir una arrogante superioridad de nuestra cultura europea. Somos herederos de unas realidades culturales y morales previas y ajenas. Ni el cristianismo, ni la filosofía griega, ni el derecho romano son creaciones europeas. Europa se constituye como heredera de esas tradiciones ajenas que aspiran a una validez universal. Lo que hay de universal en nuestra cultura es, en su mayoría, heredado. No hay, por tanto, nada de colonialismo cultural ni de injustificada arrogancia en invitar a los demás a asumir unos principios que no son particulares sino universales. Y si en otras latitudes, cosa que no es improbable, se llegaran a defender mejor esos principios y valores, no habría nada que temer de ello. Lo malo es que algún día llegaran a olvidarse. Entonces, la barbarie sería, más que una posibilidad, un futuro tenebroso e irremediable.

sábado, 30 de junio de 2007

Un hombre, una mujer, una conciencia

Por Armando Segura Naya, Catedrático de filosofía de la Universidad de Grananda, en Ideal, 25 de junio de 2007

El procedimiento más eficaz que los políticos han elaborado para reducir la conciencia de culpa es reducir la noción misma de conciencia. Puesto que la conciencia no es más que un reflejo de la estructura social que, como todos sabemos, no es más que la lucha entre opresores y oprimidos, el lugar de la conciencia de culpa es evidentemente el de ser la instancia dominante y opresiva. Lavando de conciencia aquel reflejo, la culpa es erradicada por arte de ensalmo.

En el momento actual, se ha aprobado por el Congreso de los Diputados, una legislación que afecta, entre otros aspectos, a la vida de las personas, y a la institución familiar. Esta legislación es considerada injusta y contraria al bien común, por millones de españoles que firmaron su objeción recientemente.

Es preciso reconocer que si durante siglos y hasta hace muy poco, una serie de actos como la eutanasia activa, y el aborto, eran considerados como crímenes, que lo son y lo eran antes de cualquier legislación civil o eclesiástica, no se nos puede pedir de la noche a la mañana, que consideremos tales actos como virtudes cívicas, de la mañana a la noche.

No se trata tanto de una cuestión de adaptación al medio, de que sea preciso un tiempo para acomodarse psicológicamente, a la «nueva sensibilidad». No es un problema de sensibilidad, sino de conciencia. El crimen es un crimen aunque el criminal sea digno de compasión y la objeción al crimen, es un acto civil, que puede ser heroico, aunque la imagen pública la presente como insufrible arrogancia: La mayor modestia, puede pasar por arrogancia, si conviene al Poder.

No tiene el menor sentido que las más antiguas y las más recientes, civilizaciones, las más antiguas y las más recientes religiones y las más antiguas y recientes legislaciones, den por sentado implícita y expresamente, que el matrimonio es de hombre y mujer y venga un caballero a proponer al Congreso y elevar a ley, sin ninguna dificultad, que el matrimonio (de momento) se celebra, entre ciudadanos de cualquier sexo. Hay que matizar, «de momento», puesto que avanza la sencilla opinión de que los animales son «beneficiarios de nuestra comunidad moral», paso previo imprescindible, para que la sociedad vaya entendiendo que es una exigencia ineludible el avanzar en esta dirección y reconocer su categoría, de sujetos no sólo pasivos, sino activos, de dicha comunidad, con todas las consecuencias. Es lo menos que podemos hacer por nuestros compañeros animales, que llevan tantos milenios y millones de años, masacrados por una civilización, que debe darles el honor que se les debe y reparar, incluso económicamente, el mal sufrido.

Visto el valor de López Aguilar, Rodríguez Zapatero y Fernández de la Vega, que no dudo deben ser ilustres jurisconsultos, no cabe la menor duda de que grabarán sus nombres en el Libro de Oro de los Derechos Humanos como los introductores del pleno derecho de los animales (de todos, sin discriminación alguna) a figurar con pleno derecho, (por sí o mediante poderes) en la sociedad presente.

El camino del progreso es ancho y abierto y sólo les detiene una excusable falta de formación, debida probablemente a la educación que muchos tuvieron que padecer, en los antiguos planes de estudio, de bien olvidados gobiernos. No saben de qué beneficios fueron injustamente privados, de la LOGSE, por ejemplo, y de otras disposiciones, que sería largo enumerar y que los colocaron en un lugar privilegiado de nuestra historia.

Todo ese mundo superado, más cercano a la arqueología que a la vida moderna, quedó atrás. Ahora sólo nos resta, aprender a llamar «progenitores» a nuestros padres y adaptarnos a los nuevos tiempos, agradeciendo, a nuestras ministras y ministros, superioras y superiores, el bien que nos están haciendo y el que están haciendo a sus hijos y a sus hijas y a ellos mismos.

Si llamar al padre, padre y a la madre, madre, va contra la ley, si llamar marido al marido y a la mujer, mujer, es ilegal, tal vez sea imprescindible una profunda reeducación (o reciclaje). No siempre se pueden asimilar conceptos tan esquivos, a tanta velocidad.

Es verdad que tales defectos educativos y quien sabe sí también genéticos, pueden tener artera apoyatura en nuestra legislación. Es posible que tengamos que sufrir un indebido uso de la legislación europea y española que delimita las condiciones y los requisitos de la objeción de conciencia.

Debemos esmerarnos y extremar nuestro respeto con estos ciudadanos, que merecen mejor destino que el que les espera y a quien es preciso ayudar con generosidad y con cariño. Aunque, dada su débil condición, no es de temer que hagan uso de su derecho a la objeción de conciencia. Se lo impide el apego al puesto de trabajo, a la consideración social, al ostracismo o al vituperio público.

Tal vez la estrategia de nuestras ministras y nuestros ministros, consista en aplicar a la política, el principio homeopático de que el mal se cura con un mal mayor. Quien sabe sí de lo que se trata, es de despertar el sentido común, algo escaso, de los ciudadanos, mediante sabias dosis de insensatez. O tal vez, no. Tal vez piensen que muchos, con la mayoría de edad que proporciona la legislación ilustrada, aguanten lo que se les eche, sin que por ello, decaiga la asistencia a los actos de mayor devoción.

Si es así, lavada la conciencia de toda ideología represiva, no existen malvados sino enfermos, no existen enfermos sino peculiaridades y personalidades excéntricas cuya identidad hay que respetar. Son los educadores los que deberán ser educados y las víctimas criminalizadas puesto que culpabilizan a sus agresores. Suprimamos pues, la conciencia de víctima ya que, se ha demostrado científicamente, que un buen lavado de conciencia erradica las penitenciarías y sus inquilinos.

Pues lo mejor del paraíso, está por llegar.

viernes, 11 de mayo de 2007

Una civilización degenerada crea bárbaros

La nueva barbarie se basa en el ataque a las jerarquías, la sabiduría, la filosofía y la religión

La revista Alfa y Omega reproduce por su interés, y por gentileza de la Fundación Iberdrola, que lo edita, este fragmento de El crepúsculo de Europa I. El espíritu de la cultura europea, de Ignacio Sánchez Cámara. El segundo volumen sobre la decadencia europea, La barbarie interior, ampliará el análisis del problema que el autor describe en este texto.

Hubo un tiempo en el que los bárbaros acechaban, más allá de sus fronteras, a la civilización. Hoy, no es preciso aguardar su invasión, pues llevamos algún tiempo dedicados a forjarlos entre nosotros. Como todo buen bárbaro, éste que hemos cultivado aborrece toda jerarquía y adora la igualación universal. Si alguien no fuera bárbaro, ¿cómo soportaría él seguir siéndolo? El nuevo bárbaro es un hombre adánico, simpático en su primitivismo, que carece de pasado. Posee, a veces, la gracia y la inocencia del niño; también su ignorancia y su peligro. No sabe andar, ni soporta que alguien le enseñe. Como pretende estrenar humanidad, no puede soportar a los antepasados. Siente la atroz amenaza del pasado que testimonia en contra de su pretensión. Tiene, como el delincuente cuidadoso, que borrar las huellas. Todo sabio precursor es un delator. Para abolir el magisterio, lo mejor es suprimir a los maestros. Si alguien tiene algo que enseñar, proclama la vasta ignorancia del bárbaro. El sabio es reo del más nefando pecado antiigualitario. De ahí la oposición del bárbaro a todo clasicismo y, sobre todo, hacia el más eminente, hacia Grecia y Roma. Abolir los estudios clásicos es borrar las huellas y eliminar el sentimiento de culpa, el pecado cultural original. Nada, pues, de griego ni de latín.
Es preciso extirpar la memoria. La Historia, como maestra que es, debe ser destruida. No hacerlo es condenarse a la insoportable condición de epígono, a asumir esa insoportable responsabilidad. Si algo, en un tiempo pasado, hubiera merecido la pena, el bárbaro habría estado allí. De entre los libros antiguos, los más peligrosos son los que contienen mayores dosis de sabiduría. Nada aborrece tanto el bárbaro como la filosofía; nada ama tanto como su adulteración y sus sucedáneos. La excelencia es infamia. Queda suprimida toda palabra esencial, la que revela la presencia del espíritu. El lenguaje del bárbaro debe quedar degradado hasta casi ingresar en la pura animalidad, hasta revestir la condición de mero balbuceo apenas inteligible. El arte se convierte en pura expresión arbitraria, sin norma ni canon, y la vanguardia en coartada. La moral deviene esclava de la inclinación; y la ciencia, de la técnica. La religión es repudiada, pues lo más elevado, lo sagrado, es lo más insoportable para él. Así, desembarazado del ominoso peso de la sabiduría, al bárbaro sólo le interesa su circunstancia inmediata y aquello que facilita el placer de su existencia mediocre y la satisfacción de sus pobres pulsiones pasajeras: el entorno, el juego, la técnica, la salud y un poco de efímera diversión. Lo demás es, para él, tedio o pedantería. Suprimida la grandeza, la educación resulta abolida.
La civilización sólo muere a manos de la barbarie. Poco importa que, como antes, los bárbaros acechen más allá de las fronteras, o que, como ahora, sean el producto doméstico de la propia civilización degenerada.

martes, 8 de mayo de 2007

La vía romana

Nuestro modo de ser cultural es la situación de secundariedad en relación con una doble cultura anterior

Ignacio Sánchez Cámara, en La Gaceta, el 7 de mayo de 2007

No sabemos si Europa progresa o decae. Acaso su progreso consista en el retorno a sus fuentes originarias. Leo Strauss sabía que el progreso a veces consiste en el retorno. El siglo XX se abrió con pronósticos de decadencia y se cerró con un proceso de construcción política, que apenas pudieron soñar sus “padres fundadores”, después de la más atroz guerra civil. Un proceso valioso y ambiguo, preñado de aciertos y errores, que todavía no acertamos a comprender y valorar.

Pero acaso no terminamos de saber en qué consiste Europa. Todo hombre es heredero y toda grandeza es préstamo. Así, la de Europa, depositaria de una doble herencia que procede de Atenas y Jerusalén. No es difícil filiar nuestras raíces. Sí lo es determinar nuestra esencia. Un libro sabio, enviado por su traductor, Juan Miguel Palacios, amigo también sabio, profesor de Ética en la Complutense, arroja luz sobre la esencia europea. Su autor es Rémi Brague, profesor de Filosofía árabe en la Universidad de París I. Su título, Europa, la vía romana. Su fecha de aparición, 1992. No es poco lo que de él se puede aprender. Abre más vías a la modestia que a la presunción. Nuestra grandeza proviene de un doble y antiguo caudal ajeno: las fuentes griega y judía. La misión de Europa no ha consistido en crear, sino en acrecer ese doble caudal ajeno y preservarlo de la barbarie, propia y ajena. La palabra mágica es “Roma”. Europa es pura romanidad. Pero la esencia de Roma es más bien el complejo ante una grandeza ajena, compartida con otras culturas. Lo propio de la nuestra no reside, pues, tanto en su contenido como en la forma de conservarlo y transmitirlo. Europa es romana. Y ser romano consiste en la apropiación y renovación de lo antiguo y ajeno. Si podemos exhibir la universalidad de nuestra cultura es porque no se trata de una cultura particular, porque no somos autores ni señores de sus contenidos. Lo que distingue a Europa es su relación especial con las fuentes de las que bebe. “Ser romano” es tener, aguas arriba de sí, un clasicismo que imitar y, aguas abajo, una barbarie que someter”. Lo que hace avanzar a Europa es esta tensión entre clasicismo y barbarie. Si aún podemos aspirar a ser modelo es porque lo que proponemos como ideal es tradición y bendito plagio. Nuestro modo de ser cultural es la situación de secundariedad en relación con una doble cultura anterior. Como los romanos se sentían secundarios frente al clasicismo griego, el cristianismo (y no el Islam, que refuta tanto al judaísmo como al cristianismo) se sabe heredero del judaísmo. “Haber llevado la secundariedad cultural al plano de la relación con lo Absoluto es cosa de la religión que ha marcado decisivamente a Europa, a saber, el cristianismo”. Naturalmente, esto no entraña una subordinación del hecho cristiano (la Encarnación y la Resurrección) al judaísmo, pero sí su derivación y dependencia. En este sentido, lo que el cristianismo aporta a la cultura europea no es tanto su contenido como su forma. Lo propio de Europa no es ella misma, sino la europeización. Europa es el resultado de la europeización, y no su causa.

Cuando Europa reivindica el universalismo, no se reivindica a sí misma, a sus propios contenidos, sino que apela a lo universal. ¿De dónde pueden provenir entonces las amenazas para Europa? No, desde luego, de fuera, sino de su interior, de ella misma. El mayor error sería considerar que aquello de lo que ella es portadora, que no creadora, no fuera sino su propia particularidad sólo válida para ella, y no merecedora de extenderse a otras culturas. Si podemos aprender de los autores clásicos, pretensión cada vez más extravagante, es porque merecen la pena, porque tienen algo que enseñarnos a todos los hombres, no sólo a los europeos. El imperialismo de una cultura particular es siempre injusto, pero el imperialismo de la verdad es la suprema expresión de la justicia. Pero esto entraña el reconocimiento de que sólo es europeo quien es capaz de asimilar esa tradición eterna y hacerse digno de ella. Entonces, no es absurdo pensar en la posibilidad de que los verdaderos europeos puedan habitar hoy más allá de nuestras fronteras. Si llegáramos a convertirnos en griegos barbarizados, en nuevos bárbaros apenas conscientes de nuestra propia barbarie, posibilidad nada desdeñable, que incluso algunos estiman en curso, entonces dejaríamos de ser europeos. Y, por el contrario, lo serían todos aquellos que, habiten donde habiten, aspiren al clasicismo y combatan la barbarie. Si pensamos que lo que portamos, como herencia universal, sólo tiene valor para nosotros mismos, renunciamos a la europeidad. Para que Europa sea fiel a sí misma, “habrá de ser consciente a la vez de su valor y de su indignidad. De su valor frente a la barbarie interna y externa a la que le es preciso dominar; y de su indignidad respecto de aquello de lo que ella no es más que mensajera y servidora”. Y esto es el cristianismo: mensajero y servidor de la verdad. Así entendido, defender el cristianismo no será sino defender la forma romana, la única posible, de la cultura europea: la vía donde confluyen Atenas y Jerusalén.

lunes, 30 de abril de 2007

El sentido ausente

Pensar que cualquier novedad es, por sí misma, buena, constituye la más peligrosa superstición

Por Ignacio Sánchez Cámara, en La Gaceta, el 16 de abril de 2007

Es tan viejo el diagnóstico de la decadencia de Europa que algún día llegará a cumplirse. Pero no parece que ese día haya llegado ya. Para los deterministas e historicistas, todo pronóstico termina por realizarse; sólo es cuestión de darle tiempo. Para quienes no somos progresistas ni reaccionarios (aunque nos resulte más verosímil la hipótesis de la edad de oro que la de la utopía final), ni pensamos que el futuro esté determinado, la decadencia de Europa es tan posible como evitable. La clave estriba en evitar la superchería del progresismo. Pensar que cualquier novedad es, por sí misma, buena constituye la más peligrosa superstición. El progresista piensa que el futuro es aquello hacia lo que apunta su nariz. No considera la posibilidad de que su olfato se equivoque. Por eso, todo progresismo es decadente; porque nunca se detiene a pensar si avanza hacia la decadencia. La más extraña paradoja es que el progresismo se haya convertido en una tradición y un dogma: la tradición moderna por antonomasia. Nadie es hoy, entre nosotros, tan conservador como el que es progresista. Cuenta Leszek Kolakowski la orden que un día escuchó en un tranvía de Varsovia: “¡Avancen hacia atrás, por favor!” Acaso sea esto lo que hacemos hoy en Europa: avanzar hacia atrás, progresar hacia la decadencia, en lugar de retornar al verdadero progreso, que es el del espíritu y la cultura superior.

Por reales y agresivas que puedan ser las amenazas exteriores, el mayor peligro de la cultura europea procede de ella misma. Como afirma MacIntyre, los bárbaros no aguardan al otro lado de nuestras fronteras, sino que se encuentran entre nosotros, llevan incluso algún tiempo gobernándonos. Y esta barbarie interior tiene su más profunda causa en la pretensión de elaborar una cultura en la que el sentido esté ausente. El materialismo, el cientismo y el positivismo tienden a la exclusión del sentido; en cierto modo, se fundamentan en ella. Al abolir la filosofía, excluyen la búsqueda del fundamento y del sentido. Y al excluirlos, los niegan. Podemos así conocer la realidad (material) y describirla, pero, en ningún caso, desentrañar su sentido ni encontrar su fundamento. La única consecuencia posible es el nihilismo y la negación del espíritu. El arte se convierte así en entretenimiento, experimento y autoexpresión, pero renuncia a expresar la realidad espiritual, que fue la tarea del gran arte europeo. Por no hablar de la ética, reducida al producto del consenso y a la búsqueda de una moral indolora y antiheroica. Vivimos una cultura, es un decir, muy perspicaz para la percepción de los valores inferiores y ciega para la visión de los superiores. En estas condiciones, la crítica de la decadencia resulta casi optimista, pues aún pretende poder evitarla. Hay ocasiones, quizá la nuestra sea una de ellas, en las que clamar contra la oscuridad del presente es una forma suprema de la esperanza. Y lo más ridículo es que una época sumida en las tinieblas se considere paradigma de la ilustración y depositaria de las luces. En otro tiempo, éramos enanos a hombros de gigantes. Hoy, más bien parecemos tuertos guiados por un ciego. Invertimos el platónico mito de la caverna: elogiamos a los prisioneros y desdeñamos a los liberados.

En estas condiciones, sólo la filosofía, es decir, el saber acerca del sentido y el fundamento, puede salvarnos. Pero los enemigos, acaso inconscientes de serlo, de la cultura europea ya se las han apañado para que el genuino sentido de la filosofía casi haya desaparecido, para ser suplantada por lo que no lo es. En este sentido, peor que la falta de filosofía es su suplantación por otras cosas, la pretensión de hacer pasar por filosofía lo que no lo es. Al parecer, dijo en una ocasión Ludwig Wittgenstein, después de haber escuchado una conferencia carente de interés: “Un mal filósofo es como un propietario de casas miserables. Mi trabajo es echarlo fuera del negocio”. Entonces, la tarea de la filosofía quizá consista hoy en expulsar a los mercaderes del templo de Atenea, antes de emprender la misión de construir una filosofía a la altura del tiempo. Mientras, vivimos como sonámbulos que se tambalean en un mundo del que se ha expulsado su sentido. Y no faltan quienes estiman que la más elevada sabiduría consiste en constatar su propia ceguera. Son fatuos que, en su soberbia, declaran que nada tiene sentido. Bien podría decirse de ellos que el vacío que creen ver en la realidad no es sino la proyección del vacío y el sinsentido que albergan en su interior. Se equivocan quienes piensan que es fácil oponerse al espíritu dominante en nuestra época. Si es dominante es porque tiene mucho poder. Y desalojarlo del poder, que ilegítimamente ocupa, es tarea que sólo pueden emprender espíritus heroicos, que estén dispuestos a hacerlo de una manera indirecta y oblicua. Es preciso, como afirmó Wittgenstein, ponerse del lado del error para conducirlo hacia la verdad. Pues por nada siente el error más aversión que por la verdad. Para un espíritu educado, es decir, para un espíritu, toda cosa tiene sentido. Y todas las cosas, en su totalidad, tienen un sentido absoluto.

jueves, 29 de marzo de 2007

Ciudadanía y valores

La concepción de ciudadanía no se concibe sin relación con la cultura a la que se pertenece

Por Javier Paniagua, en La Gaceta, el 28 de marzo de 2007

Ha nacido la Fundación Ciudadanía y Valores, que preside Andrés Ollero, antiguo parlamentario del PP durante más de 17 años, miembro y portavoz de las Comisiones de Justicia y Educación en el Congreso de los Diputados. Debatí con él en Comisión y el Pleno desde el Grupo socialista, sobre proposiciones y leyes. A veces las discusiones fueron muy contrapuestas, pero he de reconocer que Ollero, como parlamentario, tenía grandes dotes. Su manera de razonar era contundente y fundamentada y es de justicia admitir que sus argumentos tenían solidez. Era preciso pertrecharse con buenos razonamientos para responderle, y a fe que en algunas ocasiones desde un recuerdo ya desvaído, la cosa terminó en empate. He seguido, aunque ya ambos estamos fuera de la vida parlamentaria y con un cierto distanciamiento del partidismo vigente, manteniendo una relación que ha fructificado en amistad, sin que por ello hayamos renunciado a nuestras propias trayectorias. Pero eso es precisamente el valor de la ciudadanía: entenderse desde la discrepancia. No se trata de ser tolerante, por cuanto se tolera lo que no se comparte, sino aceptar que existen, a pesar de todo, bases de convivencia compartidas en nuestra sociedad. Y así esta fundación, en la que participan personas de trayectorias y perspectivas ideológicas diferentes, pretende hacer factible que los hombres y mujeres que conviven en sociedad se entiendan y dialoguen por encima de sus creencias.

Existe, por tanto, una voluntad determinante por establecer un espacio de encuentro para dar cuenta de que los seres humanos participan de valores comunes con la fraternidad de que forman parte de una misma comunidad. Aquellos ideales de los estoicos y los primitivos cristianos vuelven a replantearse a tenor de los cambios que experimentan las sociedades en un mundo que se universaliza económicamente pero que no extiende de igual modo los valores ciudadanos. La humanidad no es sólo una suma de culturas o una suma de individuos aislados, sino la totalidad de los habitantes del planeta Tierra. Y así, la fundación pretende organizar diversas actividades, como las jornadas sobre Emigración e Integración que se celebraron en Madrid en el complejo Eurobuilding.

En los últimos decenios —finales del siglo XX y principios del siglo XXI— la ciudadanía se ha convertido en un concepto central del debate político. Si en los años 60 del siglo pasado su análisis se reducía prioritariamente al ámbito de los estudios sobre la Revolución Francesa, en las últimas décadas la ciudadanía experimentó una renovación de sus fundamentos intelectuales, porque no sólo fue concebida como exponente de una serie de leyes que determinaban los derechos y deberes. Además, llevaba aparejada los valores que le dan contenido, ya que constituye un aspecto del ser humano no sólo remitirse al individuo, a los derechos y deberes de cada uno, sino que éstos han de concebirse en relación con los demás, con los otros seres de la misma especie, sea cualesquiera su condición. Naturalmente que las relaciones abarcan diversas parcelas de la vida humana, desde la religión, la política, el arte, el deporte, la economía, la jurisprudencia, la identidad nacional, la relación afectiva, la cultura y otras muchas. El tema está en determinar cuáles de todas ellas pueden ser sustantivas en la construcción de la ciudadanía para que se extienda a todos los colectivos humanos por encima de sus diferencias.

Y no basta con que aludamos a la Declaración Universal de los Derechos Humanos porque en muchos casos al amparo de ellos las mayorías se imponen a las minorías, y éstas a su vez reclaman un espacio que no les es satisfecho con la simple alusión a la libertad de expresión. La concepción de ciudadanía no se concibe sin relación con la cultura a la que se pertenece. Y eso nos lleva al problema de las minorías y su imbricación dentro de los derechos humanos, pero tampoco puede alegarse la condición de elemento exclusivo de derecho por el hecho de constituirse en minoría cultural: no parece tolerable que los talibanes impongan sus reglas de represión contra las mujeres, ni se aplique la ablación en niñas de 14 años.

Los límites de las creencias nos conducen ineluctablemente a que el término ciudadanía debe estar cargado de valores concretos para saber cuáles son los parámetros por los que nos regimos a fin de corregir aquellas prácticas que no deben admitirse. Y a la vez, trasmitirlos para que toda cultura los incorpore, sean cuales sean sus costumbres. El derecho a la igualdad, a la libertad de creencias, a la expresión de las mismas, a la participación en las decisiones colectivas y a la justicia social son, entre otros, valores irrenunciables hacia los que no cabe una actitud pasiva. Luchar por ello cada día merece la pena si se consigue un mundo más justo.

martes, 20 de marzo de 2007

Esa marejada de relativismo

"Los tiempos hipermodernos se caracterizan por un relativismo inmoderado y por una moral indolora, según el pensamiento de Lipovetsky. El crepúsculo del deber aligera de responsabilidades o las hace estrictamente superficiales".
Por Valentí Puig, en El Diario Montañés, el 12 de marzo de 2007 (tomado de conoZe.com).

Europa exporta relativismo como comerció con las vacas locas. Si todo es relativo, entonces no somos libres. Tampoco podríamos creer. Al aceptar que nuestro juicio es incapaz de trascender los condicionamientos de nuestra cultura, nos declaramos incapaces de elección y por tanto incapaces de libertad. Inevitablemente, el relativismo cultural lleva al relativismo moral. Perdemos el apego a la tradición del pensar desinteresado, al deber de ecuanimidad. Todo es relativo, luego todo vale. Se ha dicho, en consecuencia, que ya no existen grandes relatos, metarelatos. Pero de hecho la Historia, con sus triunfos y fracasos, rebosa de metarrelatos. Lo es el devenir de la conciencia europea, como lo fueron la lucha contra la esclavitud, por ejemplo o la separación entre Iglesia y Estado.

Asombra la facilidad con que la sociedad europea —sobre todo, sus élites— han asumido como absoluta la noción de que las creencias y pensamientos de los individuos deben ser interpretados en los términos de su cultura ambiental: es decir, contextualmente, comparativamente. De ser así, ¿para qué esforzarnos en saber? ¿De qué sirven las universidades y el magisterio de quienes saben hacia quienes no saben? ¿Qué valor tiene la continuidad de una saber y la transmisión de la experiencia? En el fondo, se trata de que sea impracticable defender la universalidad de algunos de los valores que Occidente ha destilado durante siglos.

Se argumenta que todo valor —todo saber— padece el sesgo de su origen, sobre todo si su origen es Occidente. Así no pueden existir verdades definitivas porque la verdad es algo imposible al depender, al ser relativa a su contexto. Una proposición moral no se refiere a verdades universales sino a circunstancias sociales o antropológicas. El inicio del siglo XXI seguramente está siendo el período de máxima impregnación relativista. La teoría desciende desde las cátedras y las grandes tribunas para saturar los presupuestos más elementales de la vida cotidiana. El pensamiento se hace así caricatura pero logra la inmersión de sociedades enteras— la televisión, las costumbres— al relativizar todo y cualquier valor.

Ese relativismo total —totalitario— llevó al filósofo Michel Foucault a propugnar que el hombre, en realidad no existe. No existió casi nunca, solo existió como invención en un período ilusorio que pronto será estricta arqueología. Esa tesis lleva hasta la imposibilidad absoluta del conocer, hasta el punto de negar que la posible existencia —por ejemplo— de una matemática universal. Es decir: el círculo o la aritmética son también relativos, según la cultura que define o cuantifica.

Los tiempos hipermodernos se caracterizan por un relativismo inmoderado y por una moral indolora, según el pensamiento de Lipovetsky. El crepúsculo del deber aligera de responsabilidades o las hace estrictamente superficiales, sujetas a la ejecución del 'zapping' ético, contextualizado y relativista. El psicologismo le puede a la moral. Ya hemos presenciado el hundimiento del carácter. Ahora el relativismo y la atomización generan ansiosas oleadas de inseguridad.

Una cultura antagónica, apéndice del sistema relativista, desestabiliza el afán de Occidente —la pasión y el deber— a la hora de defender su identidad. Es una identidad puesta en duda, corroída y finalmente negada. Desde el momento que Occidente se autocensura sabemos que el relativismo ha ganado más terreno. Para que eso no ocurra, es esencial asumir con claridad que —dice Marcello Pera— existen los hechos y «el-fuera-de-texto», es decir la relativización por el contexto. De ahí una sociedad desvinculada al máximo, envejecida, de tan baja natalidad, narcisista y relativa. De ahí las religiones del todo a cien, del sírvase usted mismo. De ahí la filosofía del Prozac, la intimidad 'on line'. 'Mutatis mutandi', la crisis de los valores cívicos desarticula la fuerza histórica de la democracia. Sin noción de deber, la idea de bien común es obsoleta. Deja de existir la posibilidad de lo verdadero, en la confusión entre pluralismo y multiculturalismo. Europa se despereza constantemente en digestión interminable de sus abundancias. Asume las culpas que le echan encima el tercermundismo y el indigenismo, olvidando sus grandezas y su participación en la trascendencia.

martes, 13 de marzo de 2007

La demolición del modelo de sociedad

Hoy el modelo de sociedad vuelve a estar en peligro de una manera más grave y aguda que entonces

Por Josep Miró i Ardèvol, en La Gaceta, el 12 de marzo de 2007

EN los años 80 defender el modelo de sociedad significaba salvaguardar la figura del empresario, proteger el derecho a la propiedad y afirmar el valor insustituible del mercado, para citar tres de los fundamentos entonces cuestionados y ahora asumidos por un consenso incuestionable. Hoy el modelo de sociedad vuelve a estar en peligro de una manera más grave y aguda que entonces. Lo está la vida social y el buen funcionamiento de la economía, la capacidad de generar bienestar y prosperidad. La situación es mucho más apurada, porque a diferencia de entonces las instituciones parecen como aletargadas ante la amenaza, cuando no la niegan en redondo.

La sociedad civil que tanto valoramos no nace de la nada. Para su existencia y buen funcionamiento depende de la red jerarquizada de las instituciones insustituibles socialmente valiosas. Son las infraestructuras sociales donde todo se asienta. De forma parecida a como las infraestructuras físicas articulan el espacio, las sociales articulan la sociedad para su mejor funcionamiento y el de su economía. La cualidad y cantidad del capital humano, la formación y destrucción de capital social, la tasa de progreso técnico y con ella la productividad total, y el Estado del bienestar dependen de ellas. Prácticamente todos los elementos básicos para que un país funcione.

Las infraestructuras sociales no son iguales, sino que por su capacidad generativa y su insustituibilidad se ordenan en tres niveles. El primero está formado por la institución del matrimonio y las generadas por él: la paternidad y maternidad con capacidad educadora, la filiación y fraternidad, el parentesco y su extensión en el tiempo, la dinastía. El matrimonio y sus redes colaterales de ascendentes y descendentes son los núcleos que articulan la sociedad. Son instituciones previas e independientes del Estado, forjadas en la historia, modeladas jurídicamente por el derecho consuetudinario. Por su propia lógica interna y razón de existir, no pueden ser alteradas, sin, al mismo tiempo, trastornar a toda la sociedad. A nadie se le ocurre que una autopista —infraestructura física— sea simultáneamente un circuito de carreras. De la misma manera nadie prudente y mínimamente sabio puede reducir el matrimonio a una simple unidad más de convivencia, como el propio presidente del Gobierno, hombre imprudente y nada sabio, ha reiterado. Esta infraestructura generatriz lo es en la medida que gracias a la alteridad hombre y mujer es capaz de generar descendencia y educarla, y en su estabilidad dar a los cónyuges acompañamiento y atención mutua.

Hay todo un segundo nivel de infraestructuras sociales, estrechamente vinculadas al primero y que dependen de él: son la escuela —la organización para enseñar y educar— y el trabajo organizado, esto es, la empresa. También las confesiones religiosas y la vecindad desde el más próximo al más lejano. Todas ellas son insustituibles y previas al Estado y deben ser autónomas de él. Queda aún un tercer nivel, sustituible e intercambiable, formado por las asociaciones.

Centrémonos en las de primer nivel: el matrimonio y sus instituciones generatrices. De que cumpla sus fines (y no sólo el ser unidad de convivencia, que en todo caso sólo es un medio) depende:

- La viabilidad del sistema público de pensiones, y en una medida importante de la sanidad (por el mayor o menor envejecimiento). La clave es la descendencia.

-La capacidad formadora de todos los ciclos de enseñanza, el mayor o menor fracaso escolar, en la medida en que exista una paternidad educadora, que permita a la escuela dedicarse a instruir.

-La formación del capital humano, relacionada con las dos funciones precedentes.

-La proporción de personas con carácter empresarial en el conjunto de la población. Motivo: el número de familias numerosas (Marshall et alt).

-La tasa de progreso técnico vinculado a largo plazo a la tasa de natalidad (Kremer et alt).

-La visión del largo plazo y la solidaridad intergeneracional, relacionada con la vivencia dinástica (Fisher et alt).

-El matrimonio estable y la red de parentesco bien definida y vivida, estrechamente ligadas a la generación de confianza y de oportunidades, condiciones básicas para generar capital social.

Hay tres factores clave para el desarrollo del bienestar y la riqueza de las sociedades: Las tres “K“. El capital público es una de ellas. Se expresa en forma de infraestructuras físicas y equipamientos. Pero las otras dos son el capital humano, un atributo individual en términos de educación, y formación, y el capital social, un atributo colectivo generado por el conjunto de la sociedad a partir de sus redes primarias secundarias y terciarias.

La políticas y las leyes del periodo Zapatero, sólo tres años, han quebrantando la red primaria, empezando por su fundamento más estricto, la alteridad complementaria hombre-mujer (debería ser de lectura obligatoria la ley denominada Reguladora de la Rectificación Registral de la Mención Relativa al Sexo de las Personas, en realidad una ley que redefine la identidad sexual de acuerdo con la teoría de género), el matrimonio su misión y estabilidad, el concepto y función del ser padre, madre e hijo, la función educadora de la paternidad, la configuración del parentesco, la importancia de la descendencia. En definitiva toda la infraestructura básica está siendo demolida, el modelo de sociedad. Pero en plan serio, serio, eso no parece preocuparle a demasiada gente, empezando por los empresarios y dirigentes. Extraño país.