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sábado, 24 de diciembre de 2016

Feliz Navidad 2016

Los años pasan, son ya nueve desde que nació este blog. Esta noche, el que nace es Jesús, nada más y nada menos que Dios hecho Hombre. Asombroso, escandaloso, absurdo... ¡Real! Por esto y por todo lo que supone, he procurado que cada año haya una entrada dedicada a felicitar la Navidad.

He aprovechado uno de los Belenes de mi amigo Rafael Doblas, historiador, decorador, restaurador, ¡artista!, del que ya he hablado en alguna ocasión. Se trata de uno de los Belenes que cada año pone en Córdoba, uno de esos que ganan siempre el primer premio de los concursos correspondientes, porque recorrer los muchos que Rafa instala en Encinas Reales, Córdoba, Moriles y otros lugares de Andalucía es un gozo para los sentidos, tanto si se tiene fe como si no (mejor si se tiene, claro está).

Se trata del Belén instalado en el restaurante Caravasar de Qurtuba en 2014. ABC Córdoba se hizo eco de esta instalación.


Además, este año quiero felicitaros también con una propuesta para el año nuevo 2017: TENDER PUENTES. Así sigo la moda de felicitar la Navidad con vídeos, la moda del vídeo "Naviral":




LO DICHO: ¡FELIZ NAVIDAD!

jueves, 24 de diciembre de 2015

FELIZ NAVIDAD 2015

Con más motivo en estos tiempos, en los que a ciertas alcaldesas de grandes ciudades españolas se les ocurren las más peregrinas (y estúpidas) ideas. El laicismo de barraca está mostrando su rostro más alelado. Frente a esto, la maravilla, el misterio, el asombro, la belleza y la trascendencia de la Navidad. Ante la luz alumbrada en el silencio de la noche de Belén, no hace falta decir ni hacer nada más: contemplar basta.

Uno de los Nacimientos de mi casa
Autor: Juan Mateo Ruano
foto atarifa (CC)

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domingo, 23 de diciembre de 2012

Feliz Natividad del Señor

A todos, también a los que quieren convertir estas fiestas en no se sabe qué, a los que se ponen tristes estos días por el motivo que sea, a los que no van más allá de las costumbres superficiales, a los que sienten vagamente el sentido espiritual de la Navidad, y, en especial, a los que vivimos la Encarnación de Dios en el Niño que nace en el portal de Belén con toda la intensidad, emoción, asombro y alegre agradecimiento. A todos:

¡Feliz Navidad!

Portada del Nacimiento. Sagrada Familia. Barcelona

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miércoles, 11 de enero de 2012

Una defensa de la Navidad

Pasó la Navidad, Año nuevo, en fin, el rosario de fiestas y celebraciones que acompañan los últimos días de diciembre y primeros de enero de cada año en occidente y muchas partes de oriente. A mí me da pena que acabe este tiempo de luz, color y música, de sentimientos; pero hay personas para los que es un alivio, por distintos motivos. Para algunos, incluso, una liberación del horror.


El artículos de Rafael Nadal -La Vanguardia, 30/12/2011-, pone en evidencia la actitud de esos cenizos que todo lo emborronan.

Algunas personas transmiten siempre buenas vibraciones y otras siempre contagian el mal rollo. El periodista Arturo San Agustín lo comprobó en verano, cuando asistió a la Jornada Mundial de la Juventud, que presidió en Madrid Benedicto XVI. Pensaba encontrarse con un montón de hijos de papá almibarados y acabó atrapado por la vitalidad entusiasta de un millón de jóvenes normales, muchos de ellos trabajadores llegados desde países remotos. "Te sorprendían con cosas sencillas: si una persona mayor tenía que cruzar la calle, la ayudaban; si subía a un autobús, le cedían el asiento. Por unos días, la ciudad era amable y te sentías seguro; parecía Nueva York al día siguiente del 11-S". San Agustín, que es un anarquista conservador y un intelectual insobornable, lo ha escrito en un libro sin prejuicios, que se acaba de traducir al inglés: Un perro verde entre los jóvenes del Papa, la crónica sorprendente de aquella semana en la que los jóvenes católicos transmitían buenas vibraciones y los que protestaban contra el encuentro propagaban el mal rollo.

En Navidad, el fenómeno se radicaliza: algunas personas sólo con su presencia ya contagian las ansias de vivir, y otras se empeñan en amargarnos las fiestas repartiendo pesimismo y mala leche. Algunos intelectuales y periodistas lideran, con indisimulada prepotencia moral, la moda que sostiene que las fiestas son empalagosas, los buenos deseos son blandos, la familia es inaguantable, los amigos son una lata y no hay quien pueda digerir las comidas colectivas. En la intimidad, la mayoría sigue siendo partidaria de las celebraciones, pero en la calle ganan terreno los que empiezan a poner mala cara en el puente de la Purísima y no dejan de quejarse hasta que se desmonta el último pesebre, pasada la Candelaria. Estoy radicalmente en desacuerdo. Entiendo que hay gente que no tiene mucho que celebrar. Respeto a aquellos que se sienten traicionados en sus convicciones morales por los excesos materiales de la Navidad. Aplaudo a quienes hacen una crítica ácida de las muchas hipocresías de estos días. Pero me cansa la burla mediocre de los que necesitan mortificarse y torturar a los demás porque así quedan más intelectuales.

Y me resulta especialmente extraño comprobar que los más activos contra la Navidad son los que siempre reclaman más fiestas y más celebraciones populares. Dicen que están en contra del consumismo, pero acabarán reduciendo la Navidad a una serie de visitas a los grandes almacenes. Hacen lo que pueden para vaciar de sentido la fiesta más trascendente, la más espiritual, y la más simbólica del calendario, que también es la más arraigada, la más sencilla y la más popular. Antes, estos personajes eran los malos del cuento y eran presentados como odiosos, avaros, irritantes, malcarados, violentos y déspotas. Eran el míster Scrooge de la Canción de Navidad de Dickens; ahora los hemos convertido en los héroes de nuestros medios de comunicación.

Dejo a un lado la dimensión religiosa de las fiestas, porque quienes las viven desde la fe no dudan de su significado. Pero me cuesta comprender el odio a la Navidad, incluso desde la más absoluta laicidad. Hace años que no soy practicante, pero estos días no puedo evitar volver a la iglesia y sentirme parte de un colectivo que entierra raíces poderosas en siglos de repetición gestual, con diferentes grados de fe o simplemente de costumbrismo. Generaciones enteras han repetido los mismos actos, las mismas liturgias, los mismos ciclos naturales. Y supongo que eso es importante. Nunca como en estos días me siento tan integrado en esta tierra y en esta comunidad milenaria.

Este año, en nochebuena habíamos decidido buscar una misa del gallo en los alrededores de Girona, y las primeras llamadas resultaron desconcertantes: en Aiguaviva del Gironès no se celebraba; en Vilablareix, tampoco; llamamos a Medinyà, porque tenemos buenos recuerdos de cuando allí predicaba la voz poderosa de mosén Modest Prats: tampoco. Probamos en Sant Daniel, porque algunas navidades nos habíamos acercado al monasterio, andando por el camino que sigue el curso del río Galligants, pero ya hace un par de años que la anularon. Acabamos en Sant Julià de Ramis y fue una buena decisión porque, cuando entrábamos en la iglesia, un coro local cantó Les dotze van tocant y el desconcierto se convirtió en una sorpresa agradable: mosén Sebastià Aupí celebró una misa repleta de canciones tradicionales y de cuadros escénicos de Els pastorets y, al final, en la calle, bebimos chocolate caliente junto a un fuego espléndido.

Era una más de las misas que a aquella hora se repetían en toda Catalunya, como expresión sencilla y poderosa de una fe popular, que respeto y que querría mucho más visible. A menudo recrimino a mis amigos practicantes que cuesta identificarles por su comportamiento ejemplar en el trabajo o en la calle. Deberían confiar más en la fuerza de sus convicciones; como aquella peregrina sevillana, joven y guapa, a la que un día de verano, en Madrid, Arturo San Agustín preguntó por Jesús.

–¿Te gusta mi sonrisa?

–Sí, claro.

–Pues ese es Jesús.

Reconozco que cuesta de creer, pero como imagen es mil veces más estimulante que la mala uva de los pedantes que se pasan el día criticando la Navidad.

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jueves, 17 de diciembre de 2009

Feliz Navidad

Un año más, este pobre loco que quiere cambiar el mundo desea a todos sus seguidores, comentaristas, lectores y a los blogueros todos, unas muy felices y santas fiestas de Navidad y un año nuevo 2010 que sea un poquito mejor como fruto de nuestros esfuerzos y la ayuda de Dios.



¡FELIZ NAVIDAD!

viernes, 26 de diciembre de 2008

La guerra de los belenes

Por: Alejandro Llano Cifuentes, el 25 de diciembre de 2008.

Nos tenemos que dar cuenta de que, por más que se neutralice, la Navidad es una fiesta cristiana

No es una polémica de menor cuantía. Se están enfrentando en España dos concepciones radicalmente opuestas de la vida social, aunque la mayor parte de los afectados —todos nosotros— sean escasamente conscientes de lo que está pasando. Otros muchos prefieren la paz y el sosiego, no quieren en modo alguno caer en la crispación, y darían cualquier cosa antes de que se les tachara de pesimistas. Pero —se reconozca o no— el dilema es éste: o bien es el Estado el que establece desde su raíz los fundamentos de la convivencia y la educación, o bien son los ciudadanos —con sus libres convicciones éticas y religiosas— quienes protagonizan una dimensión prepolítica más radical que cualquier ideología impuesta por una tecnoestructura dominada por el poder político (aliado inevitablemente con la fuerza del dinero).

No son estos días entrañables de la Navidad los más apropiados, se pensará, para referirse a tensiones y enfrentamientos. Pero, aunque no se hable de una contienda, las agresiones y los padecimientos siguen ahí. Y lo que está presente estos días es una guerra de belenes. Menciono sólo esta batalla, porque la de los adornos luminosos por cuenta de ayuntamientos y comerciantes ya la han ganado los laicistas. Por ningún lado se ven estrellas en las calles, apenas campanitas, todo es celebración de un boato vacío, que atrae hacia la masiva adquisición de productos inútiles o indigestos. Hay quien se precia de haber columbrado el perfil de un nacimiento en el vano lateral derecho, según se baja, de la madrileña Puerta de Alcalá. Pero no se ha confirmado.

Según las noticias que nos van llegando, en las escuelas y colegios las familias parecen haber ganado la partida a direcciones escolares tan ilustradas que impiden colocar belenes, e incluso celebrar fiestas navideñas en las que participen padres, alumnos y profesores. Se dan cuenta de que, por más que se neutralice, la Navidad es una fiesta cristiana. Y una larga experiencia confirma que no hay modo humano de barrer de la faz de la tierra un legado bimilenario. Si se fueran a arrancar todas las raíces religiosas de nuestra cultura, muy poco quedaría. La ciencia, la historia, el lenguaje, el arte, las costumbres, casi todo en la vida social se encuentra penetrado por el cristianismo. Lo están, sobre todo, las mentes y corazones de millones de personas, a las que habría que suprimir para borrar sus más hondas vivencias; pero a eso no hemos llegado.

Este año tenemos la fortuna de que, en un profundo y brillante artículo publicado en El Mundo, el filósofo Eugenio Trías ha tenido el coraje de afirmar que la Navidad es un momento apropiado para hablar del don de la existencia, del sentido de la vida, y del destino que nos espera al final de la jornada. «La verdadera cuestión filosófica y teológica —afirma el pensador catalán— es la relativa a lo que sucede en y después de la muerte». Lo que nos va a decir el Niño recién nacido es que se ha abierto una inmensa puerta a la esperanza, que la muerte está vencida, que por la misericordia de Dios hemos sido salvados. Y es esta perspectiva trascendente la que renueva la sociedad humana y la creación entera. Si creemos que en Belén vino a la tierra el Hijo de Dios, entonces hemos recibido el gran regalo. Si, en cambio, se tratara de un cuento apropiado para una película de animación —poblada de niños y animalitos— lo que procedería es seguir concursando en la porfía de a ver quién hace el regalo más caro, ofrece la cena más sofisticada, y logra convertir la noche final del año en una grandiosa orgía.

Lo que está detrás de la guerra de los belenes es la discusión de cada uno consigo mismo acerca del significado de un Nacimiento acaecido en Belén hace dos mil años, bajo el signo de la pobreza y el abandono. Los cristianos deberíamos llevarnos la mano a la conciencia y pensar que quizá el olvido del Pesebre está en la base de los intentos políticos y económicos para sustituir este acontecimiento inaugural por utopías reductivamente humanas.

Decía Aristóteles que la política sería la actividad más alta si el hombre fuera lo más valioso que existe. Pero no lo es. De ahí que nuestros afanes por el logro del poder, la influencia y el dinero carezcan siempre de un interés definitivo. Afirmar hoy día que las formas de actividad más alta vienen dadas por la contemplación y el amor es algo que suena a música celestial. Sólo que eso —música celestial— fue lo que se escuchó aquella noche santa en la tierra natal de David, rompiendo la ignorancia humana y el silencio que todo lo envolvía. La gran esperanza que se anuncia en Belén constituye el definitivo fundamento de cualquier optimismo real. Quienes creen que la Navidad es un evento realmente actual son en cierto modo invulnerables. Ganan aunque parezca que pierden las guerras coyunturales que entre nosotros se libran, incluso la de los belenes.