«Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». León XIV
La noticia
de que el papa León XIV había aceptado, en su visita a España, la invitación a
dirigirse a los parlamentarios españoles me produjo más satisfacción que
sorpresa; no en vano su antecesor Benedicto XVI había hecho en su día
lo propio ante el Bundestag, logrando que los Verdes se rompieran las manos
aplaudiendo. Un ejemplo de normalidad.
Dignidad humana
Han sido
entre nosotros pintorescos –por minoritarios– los reparos suscitados ante tal
acontecimiento, aunque significativos de que el graduado escolar no proporciona
un adecuado conocimiento de nuestra Constitución. Hubo, por ejemplo, quien
elucubró si la visita era la de alguien tratado como Jefe de Estado o como
líder religioso, lo que –en el primer caso– habría convertido en inadecuado
permitirse recordar que «la dignidad inviolable de la persona humana»
no es fruto de una «concesión del Estado y no puede quedar subordinada a
consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento»,
sino que «pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir»; lo que no
parece ser compartido por buena parte de su –por entonces silente– auditorio.
Vida humana
La verdad es
que cuando un Jefe de Estado sube a la tribuna del hemiciclo, para dirigirse en
español a sus miembros, expone sus personales preocupaciones sobre problemas
comunes de dimensión internacional. No otra cosa hizo el pontífice, mostrando
su preocupación por «la vida humana», aunque no perdió la ocasión de resaltar
que no lo hacía como líder religioso, sino por entender que su defensa
«no es una cuestión parcial ni un interés confesional» sino «una meta de
civilización». O sea que, más que para brindar patente de piadoso, es
muestra irrebatible de no estar dispuesto a comportarse como un salvaje.
Aconfesionalidad del Estado
Es
absolutamente cierto que el artículo 16. 3 de nuestra Constitución afirma que
«ninguna confesión tendrá carácter estatal». Quizá fue esto lo que llevó a un
peculiar catedrático catalán a la infeliz idea de plantear, con el éxito bien
conocido, un boicot a la presencia del Papa en territorio español. Claro que
los artículos hay que leerlos enteros y el mismo epígrafe continúa: «los
poderes públicos», incluido lógicamente el legislativo, «tendrán en cuenta las
creencias religiosas de la sociedad española»; lo que significa que en modo
alguno al Papa esté prohibido invitarlo, porque tales creencias han de
tenerse en cuenta, pero no precisamente para boicotearlas, sino para mantener
con las diversas confesiones «relaciones de cooperación».
Por otra
parte, si seguimos con el mismo artículo, no sugiere igualitarismo alguno, que
convierta presencia del pontífice en privilegio, sino que han de llevarse a
cabo unas relaciones de cooperación «consiguientes» a la efectiva presencia de
las aludidas creencias. Por si fuera poco, la Constitución alude
explícitamente a «la Iglesia Católica» y de modo genérico a «las demás confesiones».
Los
conocedores de la génesis constitucional, saben que esto implicó una enmienda
al anteproyecto, que no incluía tal referencia explícita, El cambio fue
provocado por Santiago Carrillo, como fruto de su consolidada política
de reconciliación nacional. Al Papa no pareció preocuparle que se lo
pudiera emparentar con Carrillo, ya que propuso a los parlamentarios «una
memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación».
La aportación de la fe a la vida pública
Queda, por
tanto, descartado constitucionalmente cualquier amago de laicismo, como el del
fantasioso catedrático. León XIV demostró conocer mejor nuestra Constitución,
cuando afirmó: «La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni
coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese
irrelevante para la vida pública».
No dudó en
recordar, enlazando con León XIII, que «la libertad moderna ha sido
preparada también por una larga educación de la conciencia, profundamente
marcada por la tradición cristiana». Tampoco se ahorró un consejo final. No
basta con decir que la política es el arte de lo posible; hay que «hacer
que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la
voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos».
Fuente: Un
Papa en el Congreso. Por Andrés Ollero. Ideal 27 de junio de 2026
Foto: Aeropuerto de Cincinnati. Paul H. Welters. 12 de septiembre de 2023

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