viernes, 29 de mayo de 2009

Laicidad y laicismo: conceptos básicos

Por Lourdes Ruano Espina, profesora de Derecho Canónico y Eclesiástico del Estado,
Facultad de Derecho, Universidad de Salamanca. En Almudí.

La laicidad es una de las posibles formas, que tiene el Estado, de configuración jurídica y política ante el factor religioso, que parte de su consideración como factor social específico, y no como factor estatal.

La laicidad se fundamenta en los distintos planos y ámbitos de actuación entre el Estado y la Iglesia, y tiene su origen histórico en el dualismo cristiano, formulado expresamente por Jesucristo, con la frase evangélica “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21).

Como principio informador de las relaciones del Estado con las confesiones religiosas, la laicidad exige separación y mutuo respeto, pero también neutralidad de los poderes públicos ante el fenómeno religioso. Por eso, una de las consecuencias de la laicidad es que ninguna confesión tiene carácter estatal, principio de no confesionalidad del Estado, que nuestra Constitución proclama en su art. 16, 3.

Ahora bien, la laicidad no implica necesariamente indiferencia de los poderes públicos ante el fenómeno religioso. De hecho, la Constitución española, al diseñar las relaciones del Estado con las confesiones religiosas, ha establecido un sistema de laicidad positiva, también denominado de sana laicidad (que ha sido definida por Benedicto XVI como el sistema que garantice a cada ciudadano el derecho de vivir su propia fe religiosa con auténtica libertad, incluso en el ámbito público).

En cuanto que el fenómeno religioso es el resultado del ejercicio de un derecho fundamental —el derecho de libertad religiosa—, el Estado no puede contemplarlo con desconfianza, sino como un factor social digno de ser tenido en consideración, como otros factores que integran el bien común.

Y, puesto que el art. 9, 2 de la Constitución exige a los poderes públicos promover las condiciones para que los derechos y las libertades sean reales y efectivas, y remover aquellos obstáculos que impidan o dificulten su plenitud, el art. 16, 3 de la Constitución, además de establecer que ninguna confesión tendrá carácter estatal, ordena a los poderes públicos a tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y a establecer las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones religiosas.

La laicidad positiva configurada por nuestro ordenamiento constitucional implica, por tanto, no sólo respeto y promoción, por parte del Estado, del derecho de libertad religiosa en su dimensión individual, sino también el reconocimiento de las confesiones religiosas como sujetos colectivos de ese derecho de libertad religiosa, con trascendencia social, y la atención del Estado al pluralismo de creencias religiosas existentes en la sociedad, arbitrando cauces y medios de diálogo y cooperación con ellas, por lo que enriquece el propio sistema democrático.

Favorece, por consiguiente, la libertad religiosa como derecho fundamental digno de protección, no sólo en su dimensión interna, sino también en sus manifestaciones externas, por lo que la laicidad positiva garantiza el ejercicio de los derechos derivados del de libertad religiosa: el derecho a recibir asistencia religiosa, enseñanza religiosa, el derecho a contraer matrimonio religioso con eficacia civil, celebrar las propias festividades, recibir sepultura digna de acuerdo con las propias creencias, etc.

El laicismo, por el contrario, implica la exclusión de lo religioso de los distintos ámbitos de la sociedad, con la pretensión de que quede relegado al ámbito privado de la conciencia individual. En un sistema laicista, el Estado no reconoce eficacia a ningún acto jurídico que tenga su origen en un acto religioso, como por ejemplo, la celebración del matrimonio religioso. Tampoco se contempla ni se garantiza el derecho a recibir enseñanza religiosa, ni asistencia religiosa, y se aboga por la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos. Por ello, los sistemas laicistas de relación Iglesia-Estado, no protegen suficientemente la libertad religiosa, como derecho fundamental.

En conclusión, como he apuntado, el Estado español no es constitucionalmente laicista, sino que configura claramente un sistema de laicidad positiva, por más que ciertas corrientes laicistas quieran, soterradamente, introducir este sistema, a través de una interpretación restrictiva de la libertad religiosa.

martes, 19 de mayo de 2009

La Nueva Tiranía. El libro

Juan Manuel de Prada lleva años escribiendo artículos contra el "Mátrix progre" en el diario ABC y denunciando el emotivismo narcisista en tertulias de radio o en "El gato al agua" de Intereconomía TV. En sus artículos hay una firme apuesta por el hombre necesitado de redención y una crítica a las falacias "progres" y bienpensantes. Ahora publica en LibrosLibres su último título: "La Nueva Tiranía, el sentido común frente al Mátrix progre" que desmonta las falacias de la cultura progre dominante.


Los cuatro artículos recogidos en este blog

domingo, 10 de mayo de 2009

Pasión y derecho

Por Rafael Navarro-Valls, Catedrático de Derecho Canónico de la Universidad Complutense de Madrid.

Fuente: Análisis Dogital, 8 de mayo de 2009.

La admisión a trámite por el Congreso de una propuesta sobre las declaraciones de Benedicto XVI en relación con el preservativo y el SIDA ha desatado una tormenta. Por un lado, los cardenales Cañizares, Amigo, Rouco y Martínez Sistach han “lamentado” una actuación que no representa a España, que supone “un fundamentalista auto de fe”, o que "atenta a la libertad de expresión del Papa”. Por otra parte, algún partido político ha manifestado su extrañeza por la reacción de la Jerarquía española. Es evidente que éste es un tema"apasionante”, en el sentido de que suscita reacciones “apasionadas”.

También lo es para los juristas, en cuanto que en la cuestión se entrecruzan derechos fundamentales (libertad de expresión y libertad de conciencia, entre otros), colisión entre normas (parlamentarias, concordadas, etc.), usos internacionales (desde la cortesía parlamentaria a la ética política ) o convicciones religiosas grabadas en el código genético de millones de ciudadanos. Permítanseme algunas observaciones que introduzcan el tema en la objetivización mediática y en la asepsia del discurso jurídico.

No es cierto que los media occidentales hayan tomado partido en bloque contra el Papa. Basten los ejemplos, entre otros muchos, de The Guardian, Washington Post y Le Monde, que han reaccionado con mucha prudencia frente al tema, publicando trabajos documentados en los que se afirma: 1) Que solamente "han logrado verdadero éxito (contra el SIDA) los programas que han insistido seriamente en el retraso de la actividad sexual de los jóvenes y la monogamia recíproca” (Le Monde); 2 ) Que, en realidad, “el preservativo amenaza la lucha contra la infección en África, ya que estimula comportamientos de riesgo“ (The Guardian); 3) Que “la promoción de la fidelidad sexual ha funcionado como eficaz barrera contra la infección del IHV", como lo demuestra el caso de Uganda (The Washington Post). Por lo demás, frente a cierta “intelligentsia” occidental, ávida de vendettas, contrasta la africana que ha reaccionado masivamente alineándose con Benedicto XVI.

Pasemos ahora al plano estrictamente jurídico. Como es sabido, la Mesa del Congreso de los Diputados "es el órgano rector de la Cámara” (art. 30 Reglamento) que, entre otras funciones, “califica… los escritos y documentos de índole parlamentaria” (art.31.1.4 Reglamento). Su composición le confiere un carácter marcadamente político, lo cual implica que, aparte de su componente jurídico-administrativo, debe hacer juicios de valor político, a la que apunta su misión “calificadora” de los escritos planteados. Si su papel se recondujera a puro cotejo de las proposiciones con normas administrativas, perdería sentido su propia existencia teniendo en cuenta el excelente staff jurídico de la Cámara.

De ahí que es doctrina aceptada por la Mesa (cfr, por ejemplo, el Acta de la Mesa del Congreso de 21.04.009) que la calificación que le corresponde se extiende, entre otros, a “los escritos que puedan afectar a la cortesía parlamentaria” o aquellos “en que hay dudas sobre la competencia del Gobierno en la materia”. Así por ejemplo, rechazó el 20.11.07 una pregunta sobre el Duque de Lugo, en una interpretación extensiva de lo dispuesto en el art. 56.3 de la Constitución sobre la inviolabilidad de la persona del Rey. Es evidente que con estos antecedentes era obligado rechazar un escrito que implica una actitud hostil, cuando no ofensiva, contra alguien que, a la vez, es Jefe de Estado soberano y líder espiritual de mil millones de personas. Se entiende que la Secretaría de Estado, en relación con una decisión similar del Parlamento belga, deplorara que “se haya considerado oportuno criticar al Santo Padre basándose en un fragmento de entrevista desgajado y aislado del contexto, que ha sido utilizado por algunos grupos con claro intento de intimidación”. Por mi parte añadiré que la Nota de la Santa Sede es muy benévola, si se tiene en cuenta las peculiares características de la Cámara belga cuya actividad persecutoria en materia de confesiones y sectas religiosas es una verdadera afrenta al derecho europeo, criticada duramente por expertos de medio mundo.

En la cuestión se entrecruzan temas jurídicos de entidad. Efectivamente, el juego conjunto de los artículos 16.3 de la Constitución, I.1 del Acuerdo jurídico entre la Santa Sede y el Estado español y el 2.2 de la ley Orgánica de Libertad Religiosa diseña un sistema de relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado español en el que es quicio fundamental la libertad de las autoridades eclesiásticas (incluido el Papa) “de ejercer su misión apostólica” en el pleno ejercicio de los derechos fundamentales, incluida la libertad de expresión que, unida a la de conciencia, es en todo Occidente la estrella polar que orienta a la democracia.

Por lo demás, repasando la normativa que regula las Cortes españolas es claro que su competencia en materia internacional no es universal, sino limitada. En concreto, el Parlamento español no parece tener competencia para enjuiciar opiniones morales de un Jefe de Estado extranjero, ya que según el art. 97 de la Constitución corresponde al Gobierno “dirigir la política exterior”. Sin perjuicio de que ésta pueda ser controlada por las Cortes. A lo que se añade la imprudencia de emitir un “juicio moral” sobre palabras de quien es, para muchos españoles y no españoles, católicos o no, la primera autoridad espiritual de la Tierra.

Apasionamiento y derecho son compatibles, siempre que el primero no ofusque al segundo. Esto sucede cuando el máximo órgano de representación popular se convierte en escenario de cacerías políticas internacionales de incierto destino jurídico.

lunes, 4 de mayo de 2009

Mary Ann Glendon planta a Notre Dame y a Obama

La prestigiosa jurista renuncia a un galardón de Notre Dame para no avalar la concesión del doctorado honoris causa al presidente Obama

Aceprensa, 28 de abril de 2009

El doctorado honoris causa que la Universidad de Notre Dame ha concedido a Barack Obama se está convirtiendo en un quebradero de cabeza para esta universidad católica. No solo ha sido criticada por muchos católicos que consideran que no se debe dar honores a un político partidario del aborto y de la investigación con células madre embrionarias. Ahora, la otra personalidad invitada a la ceremonia, la profesora Mary Ann Glendon, ha renunciado a la distinción que se le iba a conceder, la Laetare Medal, para no avalar la postura de la Universidad.

Notre Dame, la universidad católica más importante del país, decidió invitar a Barack Obama a pronunciar el discurso de la ceremonia de graduación el próximo 17 de mayo y le concedió un doctorado honoris causa. El rector, el Rev. John I. Jenkins, alegó que otros presidentes habían sido también invitados anteriormente, y que lo que se quería honrar en Barack Obama es su histórica elección y su ambicioso programa social de lucha contra la pobreza, la cobertura sanitaria, la ruptura de las barreras de raza... Eso no implicaba que estuvieran de acuerdo con todas sus posturas, en particular en lo referente a la defensa de la vida.

Pero esta explicación no evitó que surgieran muchas críticas, tanto por parte de obispos como de líderes católicos y simples fieles. No en vano una de las primeras medidas que tomó Obama fue el levantamiento del veto a la financiación federal para organizaciones que promueven el aborto en el extranjero, medida que, según encuesta Gallup, solo ha sido apoyada por el 35% de los estadounidenses. Y poco después autorizaba también la financiación federal de investigaciones con células madre embrionarias, que suponen la destrucción de embriones humanos, y que, a diferencia de las células madre adultas, no han dado pruebas todavía de curar nada.

En el mismo acto estaba previsto –desde diciembre de 2008– entregar la Laetare Medal de Notre Dame a la célebre jurista Mary Ann Glendon, profesora de Harvard, ex embajadora de EE.UU. ante la Santa Sede durante la Administración Bush y presidenta de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales. Glendon había recibido ya el doctorado honoris causa por Notre Dame en 1996. La Laetare Medal es un prestigioso galardón.

Pero el 27 de abril la ceremonia de graduación de Notre Dame sufrió otra conmoción: Mary Ann Glendon renunciaba a la Laetare Medal. En una carta al rector de Notre Dame, John Jenkins, religioso de la Congregación de la Santa Cruz, explicaba sus motivos.

En primer lugar, recordaba al rector que los obispos habían pedido en 2004 a las instituciones católicas que “no concedieran honores a aquellos que actúan sin respetar nuestros principios morales fundamentales”, y que a tales personas “no se les deberían conceder premios, honores o plataformas que pudieran sugerir un apoyo a sus acciones”.

“Esta petición –apostilla Glendon–, que en modo alguno implica un control o interferencia con la libertad de una institución para invitar y debatir con quien quiera, me parece tan razonable que no entiendo cómo una universidad católica puede no respetarla”. Esta observación, proveniente de una profesora que ha enseñado en universidades tan seculares como Harvard, no puede despacharse invocando sin más la libertad académica.

La segunda cosa que molestó a Mary Ann Glendon fue que, en unas directrices escritas dadas por la universidad para que su consejo de patronos respondiera a las críticas por la distinción ofrecida a Obama, se diera a entender que el discurso de la jurista serviría como contrapeso para buscar un equilibrio en el acto académico. Glendon piensa que una ceremonia de graduación debe ser un día alegre para los alumnos y sus familias. Por eso, dice, no es el lugar oportuno para tratar el grave problema que suscita la decisión de Notre Dame de “conceder honores a un destacado e inflexible oponente a la postura de la Iglesia en cuestiones que tienen que ver con principios fundamentales de justicia”.

Por último, la jurista menciona que, ante noticias de que otras escuelas católicas podrían también hacer caso omiso de las directrices episcopales, “me preocupa –dice– que el ejemplo de Notre Dame pueda tener un desafortunado ejemplo expansivo”.

Por todo lo cual, Mary Ann Glendon renuncia a la Laetare Medal y a participar en la ceremonia de graduación.

La Casa Blanca ha lamentado la decisión de Mary Ann Glendon, pero ha dicho que el presidente mantiene su compromiso de dar un discurso “respetuoso e inclusivo” en la ceremonia de graduación. Obama se siente honrado por “contar con el apoyo de gentes de todas las creencias religiosas”, aunque no espera que todos estén de acuerdo con él en todo, pues “el espíritu de debate y de sano desacuerdo en temas importantes es parte de lo que le gusta de este país”.

Del ADN a Dios: la conversión intelectual de Antony Flew

Firmado por William West, en ACEPRENSA, 16 de abril 2009

El debate sobre la existencia de Dios constituye una de las disputas más ásperas y duraderas de la historia de la filosofía. Pero seguramente uno de los hitos más significativos en esa larga historia ha sido el brusco y reciente cambio de postura del filósofo inglés Antony Flew que fue, durante más de medio siglo, uno de los más vehementes ateos del mundo.

Durante más de cinco décadas escribió libros y debatió con conocidos pensadores creyentes, entre otros con el célebre apologista cristiano C. S. Lewis. Algunos de sus debates tuvieron audiencias multitudinarias. Pero en el último, celebrado en la Universidad de Nueva York en 2004, Flew anunció, ante la sorpresa de todos, que ahora aceptaba la existencia de Dios. Aunque se considera deísta –sin haber abrazado ninguna religión en particular– dice sentirse especialmente impresionado por el testimonio del cristianismo.

En su libro There is a God. How the world’s most notorious atheist changes his mind (Nueva York: Harper One, 2007), Flew no sólo desarrolla sus propios argumentos sobre la existencia de Dios, sino que argumenta frente a los puntos de vista de importantes científicos y filósofos acerca de la cuestión de Dios. En su investigación, examina el auge y la caída de la escuela filosófica del positivismo lógico, la crítica de David Hume al principio de causalidad y los argumentos de importantes científicos como Richard Dawkins, Paul Davies y Stephen Hawking. También se fija en el pensamiento de Einstein sobre Dios, pues Albert Einstein, frente a lo que afirman ateos como Dawkins, fue claramente creyente.

De la mano de la ciencia
Para valorar el significado de la conversión intelectual de Flew, resulta útil considerar la amplitud de sus escritos como uno de los grandes sacerdotes del ateísmo filosófico. Comenzó con la publicación de God and Philosophy en 1966, considerada un clásico de la filosofía de la religión. En 1976 publicó The Presumption of Atheism, que fue reeditada como God, Freedom and Immortality en 1984 en EE. UU. Entre otras publicaciones posteriores, destacan obras como Hume’s Philosophy of Belief, Darwinian Evolution o The Logic of Mortality.

¿Por qué ha cambiado Flew su parecer? La principal razón, dice, nace de las recientes investigaciones científicas sobre el origen de la vida que, según explica Flew, muestran la existencia de una “inteligencia creadora”. Como dijo en el simposio de 2004, su cambio de postura fue debido “casi enteramente a las investigaciones sobre el ADN”: “Lo que creo que el ADN ha demostrado, debido a la increíble complejidad de los mecanismos que son necesarios para generar vida, es que tiene que haber participado una inteligencia superior en el funcionamiento unitario de elementos extraordinariamente diferentes entre sí. Es la enorme complejidad del gran número de elementos que participan en este proceso y la enorme sutileza de los modos que hacen posible que trabajen juntos. Esa gran complejidad de los mecanismos que se dan en el origen de la vida es lo que me llevó a pensar en la participación de una inteligencia”.

Atención a la naturaleza
Flew rechaza la teoría de Richard Dawkins de que el llamado “gen egoísta” es el responsable de la vida humana, algo que califica de “ejercicio supremo de mixtificación popular”. “Los genes, por supuesto, ni pueden ser egoístas ni no egoístas, de igual modo que cualquier otra entidad no consciente no puede ni entrar en competencia con otra ni hacer elecciones”.

Volviendo sobre su itinerario intelectual, señala: “Ahora creo que el universo fue fundado por una Inteligencia infinita y que las intrincadas leyes del universo ponen de manifiesto lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo que la vida y la reproducción se originaron en una fuente divina.

¿Por qué sostengo esto, después de haber defendido el ateísmo durante más de medio siglo? La sencilla respuesta es que esa es la imagen del mundo, tal como yo la veo, que emerge de la ciencia moderna. La ciencia destaca tres dimensiones de la naturaleza que apuntan a Dios. La primera es el hecho de que la naturaleza obedece leyes. La segunda, la existencia de la vida, organizada de manera inteligente y dotada de propósito, que se originó a partir de la materia. La tercera es la mera existencia de la naturaleza. Pero en este recorrido no me ha guiado solamente la ciencia. También me ayudó el estudio renovado de los argumentos filosóficos clásicos. “Mi salida del ateísmo no fue provocada por ningún fenómeno nuevo ni por un argumento particular. En realidad, en las dos últimas décadas todo el marco de mi pensamiento se ha trastocado. Esto fue consecuencia de mi permanente valoración de las pruebas de la naturaleza. Cuando finalmente reconocí la existencia de Dios no fue por un cambio de paradigma, porque mi paradigma permanece
”.

Flew señala que es, sobre todo, un filósofo que aplica el razonamiento filosófico a los hallazgos científicos. Como Einstein, lamenta que muchos científicos (como Dawkins) resulten malos filósofos. Al tiempo, subraya que sus puntos de vista se sustentan en la razón, no en la fe. Sin embargo ahora se muestra más abierto a los argumentos en favor de Dios de las religiones reveladas.
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NOTA
Este artículo contiene una selección de párrafos del original publicado en Mercatornet, 1-4-2009.

viernes, 3 de abril de 2009

Acerca de la existencia de Dios

No es un tema propio de este blog; pero sí una cuestión que se ha planteado aquí en diversas ocasiones, por eso cojo este magnífico texto ofrecido por Hispánicus en La Catapulta 

Audiencia General de SS Juan Pablo II del 10 de julio de 1985, acerca de la existencia de Dios.

1. Cuando nos preguntamos: «¿Por qué creemos en Dios?», la primera respuesta es la de nuestra fe: Dios se ha revelado a la humanidad, ha entrado en contacto con los hombres. La suprema revelación de Dios se nos ha dado en Jesucristo, Dios encarnado. Creemos en Dios porque Dios se ha hecho descubrir por nosotros como el Ser supremo, el gran «Existente».

Sin embargo esta fe en un Dios que se revela, encuentra también un apoyo en los razonamientos de nuestra inteligencia. Cuando reflexionamos, constatamos que no faltan las pruebas de la existencia de Dios. Estas han sido elaboradas por los pensadores bajo forma de demostraciones filosóficas, de acuerdo con la concatenación de una lógica rigurosa. Pero pueden revestir también una forma más sencilla y, como tales, son accesibles a todo hombre que trata de comprender lo que significa el mundo que lo rodea.

2. Cuando se habla de pruebas de la existencia de Dios, debemos subrayar que no se trata de pruebas de orden científico-experimental. Las pruebas científicas, en el sentido moderno de la palabra, valen sólo para las cosas perceptibles por los sentidos, puesto que sólo sobre éstas pueden ejercitarse los instrumentos de investigación y de verificación de que se sirve la ciencia. Querer una prueba científica de Dios, significaría rebajar a Dios al rango de los seres de nuestro mundo, y por tanto equivocarse ya metodológicamente sobre aquello que Dios es. La ciencia debe reconocer sus límites y su impotencia para alcanzar la existencia de Dios: ella no puede ni afirmar ni negar esta existencia. De ello, sin embargo, no debe sacarse la conclusión que los científicos son incapaces de encontrar, en sus estudios científicos, razones válidas para admitir la existencia de Dios. Si la ciencia como tal no puede alcanzar a Dios, el científico, que posee una inteligencia cuyo objeto no está limitado a las cosas sensibles, puede descubrir en el mundo las razones para afirmar la existencia de un Ser que lo supera. Muchos científicos han hecho y hacen este descubrimiento.

Aquel que, con un espíritu abierto, reflexiona en lo que está implicado en la existencia del universo, no puede por menos de plantearse el problema del origen. Instintivamente cuando somos testigos de ciertos acontecimientos, nos preguntamos cuáles son las causas. ¿Cómo no hacer la misma pregunta para el conjunto de los seres y de los fenómenos que descubrimos en el mundo?

3. Una hipótesis científica como la de la expansión del universo hace aparecer más claramente el problema: si el universo se halla en continua expansión, ¿no se debería remontar en el tiempo hasta lo que se podría llamar el «momento inicial», aquel en el que comenzó la expansión? Pero, sea cual fuere la teoría adoptada sobre el origen del universo, la cuestión más fundamental no puede eludirse. Este universo en constante movimiento postula la existencia de una Causa que, dándole el ser, le ha comunicado ese movimiento y sigue alimentándolo. Sin tal Causa suprema, el mundo y todo movimiento existente en él permanecerían «inexplicados» e «inexplicables», y nuestra inteligencia no podría estar satisfecha. El espíritu humano puede recibir una respuesta a sus interrogantes sólo admitiendo un Ser que ha creado el mundo con todo su dinamismo, y que sigue conservándolo en la existencia.

4. La necesidad de remontarse a una Causa suprema se impone todavía más cuando se considera la organización perfecta que la ciencia no deja de descubrir en la estructura de la materia. Cuando la inteligencia humana se aplica con tanta fatiga a determinar la constitución y las modalidades de acción de las partículas materiales, ¿no es inducida, tal vez, a buscar el origen en una Inteligencia superior, que ha concebido todo? Frente a las maravillas de lo que se puede llamar el mundo inmensamente pequeño del átomo, y el mundo inmensamente grande del cosmos, el espíritu del hombre se siente totalmente superado en sus posibilidades de creación e incluso de imaginación, y comprende que una obra de tal calidad y de tales proporciones requiere un Creador, cuya sabiduría trascienda toda medida, cuya potencia sea infinita.

5. Todas las observaciones concernientes al desarrollo de la vida llevan a una conclusión análoga. La evolución de los seres vivientes, de los cuales la ciencia trata de determinar las etapas, y discernir el mecanismo, presente una finalidad interna que suscita la admiración. Esta finalidad que orienta a los seres en una dirección, de la que no son dueños ni responsables, obliga a suponer un Espíritu que es su inventor, el creador. La historia de la humanidad y la vida de toda persona humana manifiestan una finalidad todavía más impresionante. Ciertamente el hombre no puede explicarse a sí mismo el sentido de todo lo que le sucede, y por tanto debe reconocer que no es dueño de su propio destino. No sólo no se ha hecho él a sí mismo, sino que no tiene ni siquiera el poder de dominar el curso de los acontecimientos ni el desarrollo de su existencia. Sin embargo, está convencido de tener un destino y trata de descubrir cómo lo ha recibido, cómo está inscrito en su ser. En ciertos momentos puede discernir más fácilmente una finalidad secreta, que transparenta de un concurso de circunstancias o de acontecimientos. Así, está llevado a afirmar la soberanía de Aquel que le ha creado y que dirige su vida presente.

6. Finalmente, entre las cualidades de este mundo que impulsan a mirar hacia lo alto está la belleza. Ella se manifiesta en las multiformes maravillas de la naturaleza; se traduce en las innumerables obras de arte, literatura, música, pintura, artes plásticas. Se hace apreciar también en la conducta moral: hay tantos buenos sentimientos, tantos gestos estupendos. El hombre es consciente de «recibir» toda esta belleza, aunque con su acción concurre a su manifestación. El la descubre y la admira plenamente sólo cuando reconoce su fuente, la belleza trascendente de Dios.

7. A todas estas «indicaciones» sobre la existencia de Dios creador, algunos oponen la fuerza del acaso o de mecanismos propios de la materia. Hablar de acaso para un universo que presenta una organización tan compleja en los elementos y una finalidad en la vida tan maravillosa, significa renunciar a la búsqueda de una explicación del mundo como nos aparece. En realidad, ello equivale a querer admitir efectos sin causa. Se trata de una abdicación de la inteligencia humana que renunciaría así a pensar, a buscar una solución a sus problemas. En conclusión, una infinidad de indicios empuja al hombre, que se esfuerza por comprender el universo en que vive, a orientar su mirada hacia el Creador. Las pruebas de la existencia de Dios son múltiples y convergentes. Ellas contribuyen a mostrar que la fe no mortifica la inteligencia humana, sino que la estimula a reflexionar y le permite comprender mejor todos los «porqués» que plantea la observación de lo real.

viernes, 20 de marzo de 2009

Giuliano Ferrara, la agresión verbal a Benedicto XVI y el sida en África

Giuliano Ferrara, director de Il Foglio (Italia), sobre la agresión verbal a Benedicto XVI a propósito del sida en África

Comentario y traducción de Juan José García Noblejas y artículo de giuliano ferrara
 www.scriptor.org y www.ilfoglio.it jueves 19 de marzo de 2009

COMENTARIO

Antes de traducir lo que hoy publica Ferrara, quisiera presentar el contexto de lo que dice y al tiempo manifestar mi sorpresa ante la unánime simultaneidad de ayer en portavoces gubernativos franceses, españoles y alemanes, y la de hoy en los editorialistas (Le Monde, El País, etc.).

Es como asistir a una especie de acuerdo previo (o confabulación con visos de coincidencia) internacional que se auto-erige en inteligentsia global y que nos dice taxativamente a la ciudadanía lo que hemos de juzgar bueno o malo.

 Es sorprendente que los políticos europeos, tan difíciles de poner de acuerdo en casi todo, en esto haya unanimidad instantánea, urgente y sabrosa como el café instantáneo... El caso es que esta vez se trata de agredir abierta y obscenamente a quien dice lo que piensa sobre un asunto debatido. No es un loco que disiente sobre algo que todos sabemos con certeza y aceptamos sin sombra de duda.

 

El asunto del preservativo y el sida africano no son, con perdón, como el asunto del holocausto judío, o la ley de la gravedad. El Papa no es el "negacionista" del preservativo que cínicamente se quiere hacer de él en Europa, con subidos tonos agresivos de "preocupación" ante su falta de adhesión a un presunto e inexistente saber compartido.

 

Es sorprendente esta cínica agresión directamente dirigida a Benedicto XVI por decir lo que piensa acerca del uso de los preservativos como prevención del Sida en África.

 

No sé cuanto saben esos portavoces y editorialistas que nos pontifican con ideas ideales acerca de la realidad de los preservativos en África. Quizá les vendrá bien, al menos, leer y sopesar lo que recoge John Allen en su crónica, sobre la realidad real en el terreno, con palabras del arzobispo John Onaiyekan:


(...) the condoms that are actually distributed in Africa, especially rural areas, are often unreliable. “A condom in New York is not the same thing as a condom twenty kilometers inside the bush,” he said. 

“Some of them sat in a container in a port, under the sun, for maybe two or three months. By the time they bring them out on bicycles, passing them out in the bush, many are no good, but what people hear is: ‘Put this on, and you’re safe.’ ”

Tampoco sé -no aparecen razones, sólo descalificaciones irracionales- por qué les repugna a esos portavoces y editorialistas que la solución anti-sida, empíricamente comprobada como la más efectiva, justo en África, es un comportamiento sexual más responsable, en el que se conjuga la fidelidad y la abstinencia.

ARTICULO

En cualquier caso, lo que Giuliano Ferrara escibe hoy en Il Foglio (L'aggressione a B-XVI) me parece de gran relieve e interés. Lo he traducido, y espero que no se enfade por ofrecer la integridad se su razonamiento:

 

"La agresión a Benedicto XVI resulta cada vez más apremiante, grosera, rencorosa, bien orquestado mediáticamente y mal argumentada racionalmente. Ayer ha sido el turno de Francia, Alemania y el Fondo monetario internacional. Con un lenguaje presumido de censor, portavoces de París, de Berlín y del Fondo Monetario Internacional de Washington han puesto bajo acusación al jefe de la iglesia católica por sus opiniones bien documentadas sobre la inutilidad sustancial del preservativo como eje estratégico en la lucha contra la grave epidemia de Sida en África.

 

"Hablamos de burocracias, naturalmente, no de pueblos. Burocracias y diplomacias que se ponen al servicio de pequeñas pero insidiosas cruzadas ultrasecularistas contra un Papa que ha tenido, como su predecesor,  el descaro de empuñar la razón para afirmar en el espacio público europeo y mundial el contenido y el sentido de la fe cristiana. Una fe que asume algunos principios liberales del tiempo moderno sin someterse a su deriva nihilista. Y contra un Papa que ha tenido la sabiduría de empuñar la razón occidental y el depósito laico de la mejor Ilustración cristiana, justo en el momento en que nos encontramos con un posmodernismo banal que deslegitima la noción de verdad y exorciza la realidad, anteponiendo una falsa conciencia del sujeto, una ideología sectaria y en el fondo extremadamente intolerante.

 

"Esta vez, en nombre de la defensa de la vida, atacan los portavoces institucionales de una cultura cuyos pilares éticos globales consisten en los espermicidas, en el aborto moralmente indiferente, en la planificación familiar forzosa del sexo de los nasciturus, en la selección eugenésica de la vida y su reproducción artificial como medio para la investigación, hasta la eutanasia. Se quejan porque Benedetto XVI ha reafirmado, en el curso del viaje en África, su convicción: no se combate la pandemia del Sida con condones. Se trata de una convicción que, a la luz del sentido común, es capaz de aguantar cualquier posible prueba y verificación, puesto que el preservativo sólo es el viático de la promiscuidad sexual masiva a la que remite la responsabilidad del contagio. Y esta convicción es notoriamente compartida en África por la gran mayoría de los operarios sanitarios y sociales, no sólo en la vasta red misionera católica o cristiana de otras denominaciones, sino también entre los laicos.

 

"Todos saben algo que no muchos se arriesgan a repetir en público, por temor a ser sancionados y desterrados como herejes del pensamiento único dominante: todos saben, como dice una noticia de la BBC hace dos días, que la tasa de infección de Washington D.C., la capital americana que hospeda esas babosas del Fondo monetario que harían mejor ocupándose de otras cosa… Todos saben que la tasa de infección en Washington es igual a la de Uganda (el 3 por ciento de la población mayor de los doce años), demostración patente de que la diferencia proviene de los comportamientos de riesgo y no de la disponibilidad de los profilácticos, que es universal en la ciudad de Washington. Todos saben o deberían saber que entre los negros varones, la tasa de infección es tres veces la de los varones blancos y dos veces la de los hispánicos, y que el vector de contagio todavía mucho más potente es el sexo promiscuo entre varones.

 

"La cultura políticamente correcta ha hecho del Sida una epopeya angelical, ha creado una enfermedad a la que adorar idolátricamente y a la que exorcizar en la mística de la solidaridad. Y todo para esconder el hecho que el síndrome de inmunodeficiencia adquirida es solamente la consecuencia de comportamientos sociales nuevos y libertarios, en los que una sexualidad emancipada y sin valores reemplaza los viejos condicionamientos "oscurantistas" de la continencia y el amor-eros como fundamento del ágape familiar.

 

"Cualquiera que piense de otro modo no sólo será rebatido, sino que será escarnecido y censurado como retrógrado. Y no digamos cuando se trata del jefe de una iglesia que dedica  sus mejores energías en la defensa de la vida humana. Faltaría más: un Papa que es escándalo y locura para el pan-sexualismo del neo-paganismo contemporáneo, que cree en la educación, en la sobriedad de las costumbres, en una sexualidad humana orientada a la construcción de sentidos vitales y no a la destrucción del amor en la caricatura del placer.

 

"Las burocracias situadas en la cumbre de las potencias civiles de la vieja Europa y las nomenclaturas globalistas acusan al Papa, con increíble jactancia, con infinita presunción, con un lenguaje de chantaje moral, desde lo alto de la obscena práctica de un mil millones de abortos en treinta años, acusan al Papa de “atentado a la vida en África." Una repugnante paradoja."

 

Gracias, Giuliano Ferrara.