lunes, 17 de septiembre de 2007

El ideólogo Victorino

POR JUAN MANUEL DE PRADA, en ABC, hoy

Me parece que ya he hablado antes, en alguno de mis blogs, de Victorino Mayoral (primero por la izquierda), la Fundación Cives y la Liga Española de la Educación; y si no lo he hecho, debería, porque es el auténtico Think Tank y el brazo armado de la imposición del laicismo más radical en España. ABC lleva varios días desenmascarando a este diputado del PSOE y sus montajes. Este artículo de De Prada aborda el fondo de la cuestión.

Si leemos las muy desfasadas acepciones de «ideólogo» que nos brinda el Diccionario de la Real Academia, observaremos que prevalece en casi todas ellas cierto rasgo utópico, idealista, incluso ilusorio: el ideólogo era antaño una especie de partisano de las ideas que se subía a un cajón y formulaba un pensamiento de índole subversiva, a riesgo de ser corrido a gorrazos por la sociedad que pretendía transformar y, sobre todo, por el poder establecido. Hogaño, el ideólogo es un tipo que se arrima al árbol de sombra más próvida y, no contento con disfrutar de su protección, aspira a convertir sus ideas en fuente perenne de mamandurrias. Este Victorino Mayoral al que este periódico acaba de sacar los trapos sucios se ha erigido en el prototipo más acabado del ideólogo contemporáneo, cuyo lema podría ser: «No sólo de ideas vive el hombre, sino de toda mamandurria que brota del grifo administrativo». Por supuesto, tal pretensión debe enmascararse tras una coartada filantrópica: según declaraciones del bueno de Victorino a este periódico, la actividad de la fundación que preside es «en beneficio del resto de los ciudadanos». Por supuesto, al bueno de Victorino no se le pasa por las mientes que el «resto de los ciudadanos» sea una categoría en exceso brumosa, en la que cohabiten personas que juzguen los propósitos de su fundación beneficiosos y otras que los juzguen perjudiciales, incluso personas que pasan de los propósitos de su fundación como de comer mierda. El bueno de Victorino, como buen totalitario, está plenamente convencido de que la suya es la ideología fetén, la única que beneficia al «resto de los ciudadanos».

En el manifiesto elaborado hace algunos años por la Plataforma Ciudadana por una Sociedad Laica -encabezada por la fundación que el bueno de Victorino preside- leíamos que «uno de los cambios más significativos» de la sociedad española ha sido la aparición de un pluralismo «que no admite imposiciones dogmáticas de ningún tipo en el ámbito de los valores y las normas morales individuales y sociales». Sin embargo, unos pocos renglones más abajo, aquel manifiesto exigía «que la asignatura de religión confesional salga de la escuela pública» y reivindicaba «la introducción de una educación ético-cívica común y obligatoria para todos los ciudadanos». El maestro Campmany, ante aseveraciones tan incongruentes, habría solicitado al bueno de Victorino que le atase esta mosca por el rabo. Pues si quedamos en que la sociedad ya no admite imposiciones dogmáticas en el ámbito de los valores, ¿cómo es posible imponer una educación ético-cívica común y obligatoria para todos los ciudadanos? El bueno de Victorino, como todos los ideólogos de su cuerda, apela al «pluralismo» para pisotearlo, pues lo que en realidad desea es que su ideología se convierta en «imposición dogmática» para el resto de ciudadanos. En alguna ocasión, el bueno de Victorino declaró sin ambages que la asignatura de Educación para la Ciudadanía «debía contrarrestar los valores del neoliberalismo conservador». Presumimos que la fundación que preside defiende sus mismos postulados, de modo que cuando el bueno de Victorino proclama que actúa «en beneficio del resto de los ciudadanos» hemos de entender que, o bien conservadores y neoliberales no son ciudadanos, sino escoria humanoide, o bien que aspira a convertir por cojones a toda esa escoria humanoide en ciudadanos fetén, inyectándoles en vena su ideología.

Y, puesto que la inyección ideológica ya está garantizada, mediante la imposición de la asignatura de marras, nada parece más lógico que el bueno de Victorino quiera pillar cacho en el reparto de subvenciones, pues la ideología que no se amorra al grifo de la mamandurria no merece tal nombre. Algunas de las mamandurrias recibidas en los últimos años por su fundación las han apoquinado ayuntamientos gobernados por el PP, lo cual nos sirve para completar la definición del ideólogo contemporáneo, que no sería lo que es si no hubiese un tonto útil que contribuye a su apoteosis.

Todo sea en beneficio del resto de ciudadanos, forzosos paganos del ideólogo.
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