domingo, 18 de noviembre de 2007

Echar a Dios de la ciudad

Por Ignacio RUIZ QUINTANO, ABC, 23 de marzo de 2005

A lo mejor todo viene del 10 de noviembre de 1619, cuando Descartes, que había tenido un sueño extraño en medio de extraños signos y alegorías, decidió que había descubierto una filosofía destinada a cambiar el mundo: el racionalismo, hijo de un sueño raro, consecuencia, a su vez, de una mala cena. ¿Qué cenó Descartes la noche del 10 de noviembre de 1619?

El racionalismo odia a la imaginación. El hombre antiguo todo lo reducía a símbolos. El hombre moderno todo lo reduce a razones. «En realidad, ¿qué perseguía usted?», le pregunta Ruano a Marinus, el pirómano del Reichstag, en una sesión del juicio. «El mundo nuevo va a llegar... Pero menos deprisa que debiera... Necesitamos ayudarlo...», contesta. «¿Quiénes, los comunistas?» «Los vagabundos. Los que vemos llegar el mundo nuevo. Hay que empujar al mundo viejo.» «¿Y por qué empujar al mundo desde Alemania?» «Der hertz von Europa ist! (¡Es el corazón de Europa!)» «¿Se arrepiente usted siquiera un poco?» «La cúpula... no salió bien del todo... Debió derrumbarse... Una cúpula es un símbolo.»

El protestantismo, como era racional, «dejó escueta, entre salmos, a la Cruz desnuda». Por eso, dirá Pemán, no hay nada más católico que la Semana Santa de Sevilla, donde todos los sentidos, como mandan los místicos católicos, toman parte en el éxtasis. «El paganismo, la idolatría, el politeísmo, bautizados, se llaman la Semana Santa de Sevilla.»

Pemán ve todo el problema de las religiones -y el motivo de su variedad- en la exacta relación del Cuerpo y el Alma. Alma sin Cuerpo: budismos y nihilismos orientales, protestantismos y jansenismos espiritados, fríos, iconoclastas y desnudos. Cuerpo sin Alma: paganismo, culto a la pura naturaleza física. Equilibrio Alma y Cuerpo: catolicismo, con su dogma de la Encarnación, con su dogma de la resurrección de la carne, con sus imágenes, con su liturgia. El «Dios en la ciudad» de Romero Murube es en su plenitud el dogma de la Encarnación.

OCURRE, sin embargo, que los ojos, como dijo Borges desde la profundidad de su ceguera, sólo ven lo que están habituados a ver: «Tácito no percibió la Crucifixión, aunque la registra su libro.» Y Steiner, que sigue queriendo saber cuál es la nueva metáfora de la esperanza, se queja de que las vulgares suficiencias de nuestra psicología y nuestra sociología no van al centro de la cuestión: si la existencia de Dios es hoy un problema vivo. ¿Arde todavía la Zarza o es sólo objeto de la curiosidad del psicólogo y el historiador?

TODO viene, como decíamos, del 10 de noviembre de 1619. Con el racionalismo, las personas que para echárselas de cultas iban de razonables dejaron de creer en Dios. La fe en Dios fue sustituida por la fe en las nacionalidades. Nietzsche levantó acta: «Dios ha muerto.» Y puesto que no se puede creer en ningún código moral sin creer en un Dios que te señale con el dedo, predijo para nuestro flamante siglo, con voz de Bonnie Tyler, el eclipse de todos los valores: «Total eclipse of the Heart».

Dicen que este gobierno de progreso -el gobierno que presume de haber vuelto al «corazón de Europa» para ver llegar el mundo nuevo- prepara un Código Laico destinado a reprimir las manifestaciones religiosas en las calles, es decir, a echar a Dios de la ciudad. Es el mismo gobierno que el otro día, después de unas copas a la salud del Pasmo de Paracuellos, derribó una estatua de Franco, muerto hace treinta años. Declararon que ésa no era estatua de «consenso» -palabra católica, cosa que no saben-, y el derribo fue llevado a cabo «sin novedad», en palabras del hijo de Pepe, el de la tienda, que ahora deberá proceder a retirarlo del escalafón militar.
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