domingo, 19 de septiembre de 2010

La dimensión ética de la política

Lo he explicado en cambiaelmundo: como uno siga el viaje del Papa Benedicto XVI al Reino Unido por la mayoría de los medios de comunicación, le habrán escamoteado todo lo verdaderamente importante, por ejemplo, el Encuentro con exponentes de la sociedad civil, del mundo académico, cultural y empresarial, con el Cuerpo Diplomático y con líderes religiosos en el Westminster Hall (City of Westminster), el 17 de septiembre pasado.

Es un discurso importante, en el que el Papa hace un servicio impagable a la moderna sociedad occidental, yendo a la raíz de los males y de las esperanzas de nuestra convivencia. Leerlo, meditarlo, tomar nota y traducirlo en acción política, cultural y religiosa en su más amplio sentido, es la gran aportación que los católicos y las personas de buena voluntad de Gran Bretaña, de Europa y de occidente, comprometidos con la mejora del mundo, pueden hacer.

Copio algunas frases:

En particular, quisiera recordar la figura de Santo Tomás Moro, el gran erudito inglés y hombre de Estado, quien es admirado por creyentes y no creyentes por la integridad con la que fue fiel a su conciencia, incluso a costa de contrariar al soberano de quien era un “buen servidor”, pues eligió servir primero a Dios.

La tradición parlamentaria de este país debe mucho al instinto nacional de moderación, al deseo de alcanzar un genuino equilibrio entre las legítimas reivindicaciones del gobierno y los derechos de quienes están sujetos a él.

Si los principios éticos que sostienen el proceso democrático no se rigen por nada más sólido que el mero consenso social, entonces este proceso se presenta evidentemente frágil. Aquí reside el verdadero desafío para la democracia.

Ya que “toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral” (Caritas in veritate, 37), igualmente en el campo político, la dimensión ética de la política tiene consecuencias de tal alcance que ningún gobierno puede permitirse ignorar.

La tradición católica mantiene que las normas objetivas para una acción justa de gobierno son accesibles a la razón, prescindiendo del contenido de la revelación. En este sentido, el papel de la religión en el debate político no es tanto proporcionar dichas normas, como si no pudieran conocerlas los no creyentes. Menos aún proponer soluciones políticas concretas, algo que está totalmente fuera de la competencia de la religión. Su papel consiste más bien en ayudar a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de principios morales objetivos.
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