sábado, 30 de octubre de 2021

Mary Eberstadt: nuestra cultura secularizadora es una cultura inferior

El pasado 15 de septiembre, Mary Eberstadt recibió el Premio Pío XI que entrega la Society of Catholic Social Scientists para honrar su contribución a una "verdadera ciencia social".

Ensayista y colaboradora de medios generalistas como Time, The Wall Street Journal o The Washington Post, y de publicaciones de pensamiento conservador como National Review o First Things, Mary Eberstadt es autora de varios libros publicados en español, como Gritos primigeniosCómo el mundo occidental perdió realmente a Dios o Adán y Eva después de la píldora, obras donde analiza las consecuencias de la Revolución Sexual en curso, sobre todo a partir de su explosión en mayo de 1968.

The Catholic Thing ha publicado una síntesis del discurso que pronunció al recibir el galardón. Se puede ver también el vídeo completo.

La cruz en medio de la crisis

Pensando en qué compartir hoy, me ha venido a la mente una frase del extraordinario novelista Evelyn Waugh que aparece en un relato encantadoramente informal que dio a un periódico en 1930 sobre las razones de su conversión a la Iglesia católica. Waugh resumió esa decisión trascendental en veintiocho palabras [en inglés]. Dijo: "En la fase actual de la historia europea, la cuestión esencial ya no es entre el catolicismo, por un lado, y el protestantismo, por otro, sino entre el cristianismo y el caos".

Cristianismo o caos: en cierto sentido, la elección entre los dos ha sido continua desde la Resurrección. Pero decir que siempre es así y levantar las manos ante el mundo es eludir la cuestión, sobre todo para los católicos especialmente ahora, en un momento en que muchos están tentados de hacer precisamente eso. Estamos llamados a leer los signos de los tiempos, no a quejarnos de ellos. Así que empecemos por mirar este asunto a la cara y por establecer las características distintivas del caos en este momento : nuestro momento. ¿Qué podemos ver?

Lo primero que vemos es que seguimos viviendo en la época que Matthew Arnold y Henri de Lubac y Alexander Solzhenitsyn y otros clarividentes religiosos analizaron, la edad moderna, cuyo drama consiste en las sucesivas oleadas de secularización que invaden con cada vez más insistencia los territorios que antes se consideraban de Dios, y solo de Dios.

La segunda certeza, igualmente llamativa, es que las formas de caos características de nuestro tiempo son distintas de las que nos precedieron en la historia moderna. Compárese esta época, por ejemplo, con la de Evelyn Waugh. En 1930, el año en que hizo su entrada en la Iglesia, la humanidad ya había pasado por una Guerra Mundial y otra era inminente. En la vida de personas como él, que abarca aproximadamente la primera mitad del siglo XX, el caos tenía una firma diferente. Residía en la guerra, los desplazamientos y las tremendas masacres.

Lo que se mantuvo firme

Sin embargo, a pesar de las masacres, muchos pilares sociales se mantuvieron firmes. Las familias fueron devastadas por las guerras, pero la institución familiar permaneció. La demoníaca antropología nazi tuvo su momento, como también lo tendría la antropología comunista; pero fuera de esos límites malignos, la comprensión cristiana de la Creación y la Redención y su significado seguía prevaleciendo en todo Occidente, dentro de las naciones cautivas del Este y en otras partes del mundo.

La Iglesia católica también se mantuvo firme. En 1930, Pío XI, el visionario que da nombre a este premio, era Papa. Al año siguiente fundaría Radio Vaticano "para anunciar el Evangelio en el mundo", como dijo con júbilo. Aunque el caos empezaba a insinuarse bajo formas innovadoras en algunas iglesias protestantes, la Iglesia católica parecía estar exenta, como señaló Evelyn Waugh cuando citó la naturaleza "coherente y consistente" de la enseñanza católica como la razón predominante de su conversión.

Seis características del escenario actual

Como muestra este breve resumen, aunque solo nos separan 90 años de 1930, parecen más bien 90 años luz. Hagamos una lista rápida del escenario actual.

-En primer lugar, se ha agravado el caos familiar, provocado por un experimento social radical de más de seis décadas de duración. Los vínculos humanos elementales se han derrumbado y eliminado, y la institución de la familia se ha debilitado a una escala nunca vista.


-En segundo lugar, y de forma simbiótica, también se ha agravado el caos psíquico de todo tipo. Desde hace décadas, el aumento de las enfermedades mentales está documentado sin lugar a dudas. La ansiedad, la depresión y otras aflicciones derivadas de la desconexión y la soledad se han vuelto endémicas, especialmente entre los más jóvenes y frágiles. El irracionalismo se ha desatado.

-En tercer lugar, está el caos político. Aunque sus causas son múltiples, la disolución del clan y de la comunidad dejan también aquí sus huellas. Por decirlo de forma retórica: ¿cómo podrían las personas sin compromisos y desfavorecidas de nuestro tiempo producir algo más que un lenguaje público trastornado?

-En cuarto lugar, existe un caos antropológico de un orden totalmente nuevo. El mundo occidental está sumido en una crisis de identidad. En su forma más reciente, el pensamiento mágico sobre el género ha dejado el mundo académico y ahora está transformando la sociedad y la ley, un pensamiento mágico tan absurdo que los niños pequeños podrían denunciarlo. En un descenso impactante como nunca antes se había registrado: muchas personas hoy en día ni siquiera saben lo que los niños pequeños saben, es decir, quiénes son. Una vez más, el irracionalismo está desatado.

-En quinto lugar, está el caos intelectual. Fuera de unas pocas instituciones fieles, la educación estadounidense, especialmente la de élite, se ha escondido en un nido de cuco posmoderno durante décadas. Personas que no creen en la verdad dirigen ahora instituciones encargadas de discernirla. Hace poco, un ateo fue elegido capellán jefe de Harvard. ¿Por qué no? Si no hay verdad, no hay contradicciones. En gran parte del mundo académico, el irracionalismo no solo no tiene límites. Es el que manda.

-Sexto, y más relevante: hay un caos de nuevo orden e importancia entre los católicos de todo el mundo occidental. Surge de las personas que quieren transformar la enseñanza de la Iglesia, y de su animadversión contra otras personas que mantienen la verdad de esa enseñanza. Es insoportablemente visible en la vida pública, ya que líderes que ostentan con orgullo la etiqueta de católicos desafían con el mismo orgullo el Catecismo y los puntos clave del derecho canónico, día tras día. El pensamiento mágico también impulsa este tipo de caos. La etiqueta "católico pro-aborto" tiene tanto sentido lógico como "capellán ateo" o "ex hombre". Todos participan del mismo irracionalismo característico. Todos exigen que anulemos a Aristóteles: que creamos en "A" y "No-A" a la vez.

La secularización, causa del caos

Ahora bien, ¿qué podemos discernir hoy mirando este vacío, el vacío cuya existencia se ha convertido en un hecho ineludible de la vida cotidiana y de la vida pública por igual? ¿El vacío que hace que muchos sientan angustia por nuestros descendientes, como nunca habían sentido antes los católicos estadounidenses?

Discernimos una verdad que debería endurecer nuestra fuerza de voluntad. En cada uno de estos casos, el caos ha adquirido una fuerza catastrófica por la propia secularización. En el futuro, por mucho que tarde en llegar la hora de la verdad, esto supondrá un problema para el orden secularizado, y una reivindicación con mayúsculas para la Iglesia.

El aumento del malestar mental y el declive de la religión organizada, por ejemplo, no son fenómenos que ocurran al azar. Las ciencias sociales confirman que las personas con vínculos sociales sólidos tienen más probabilidades de prosperar que las que no los tienen. La fe religiosa confiere esos vínculos. Las ciencias sociales también demuestran que la fractura de la familia y otras formas de aislamiento aumentan los riesgos de ansiedad, depresión, abuso de sustancias, soledad y otras aflicciones. Todas ellas se han visto exacerbadas por el rechazo de Occidente a Dios.


Consideremos una vez más que la generación más alejada de la iglesia en Estados Unidos, los "nones" [término empleado en Estados Unidos para denominar a las personas sin ninguna (none) afiliación religiosa], es también la más afligida mentalmente. Una vez más, la pérdida del Padre con mayúsculas, y la pérdida contemporánea de tantos padres terrenales, se unen en la raíz.

La secularización también está detrás del caos familiar actual. Al aceptar el divorcio, la ausencia de padre y el aborto, la humanidad se ha infligido a sí misma heridas cuyas consecuencias apenas han empezado a evaluarse. Solo estamos en los inicios de comprender que lo que empieza en casa no se queda en casa. Los hijos asilvestrados del caos familiar se lanzan a las calles, tratando frenéticamente de sustituir con políticas identitarias los vínculos primordiales de los que han sido privados. La política de identidad es un lamentable intento de alquimia emocional por parte de almas desesperadas por conectarse. Indica la reivindicación tácita de las enseñanzas inflexibles del Magisterio sobre por qué estamos realmente aquí, y qué es realmente lo mejor para nosotros.

En cuanto al caos que asuela a la Iglesia, también hunde sus raíces en la secularización. Se ha convertido en norma hablar de católicos "conservadores" y católicos "progresistas". Pero las etiquetas políticas engañan. La verdadera división católica en nuestro tiempo es entre las personas que tratan de mantenerse como signos de contradicción en este mundo y las personas que capitulan. Es entre los católicos que quieren que las poderosas tendencias seculares influyan y transformen la Iglesia, y los católicos que no. Es entre las almas que creen que el Catecismo es verdadero y las almas que quieren editarlo con un bolígrafo rojo, suministrado por un secularismo desaprobador. La verdadera división es entre los católicos que quieren que las exigencias temporales superen a la Cruz y los católicos que saben que la Cruz no puede ser superada.

No se trata de triunfalismo religioso. (Me gustaría que pudiéramos hacer algo de triunfalismo religioso, pero, como dicen los niños, es demasiado pronto). Se trata de que la secularización está imponiendo costes en un ámbito tras otro, y los creadores de gustos secularizados, dentro o fuera de la Iglesia, se niegan a reconocer este hecho. Y por eso les corresponde a otros, incluidos los académicos presentes hoy, iluminar ese registro en su lugar.

Su trabajo es vital en este momento por dos razones: en primer lugar, porque el caos de hoy causa múltiples formas de sufrimiento que podrían ser superadas solo con que pudiéramos entender sus verdaderos orígenes. En segundo lugar, porque el caos de hoy equivale a una prueba inadvertida de que el cristianismo, y el judaísmo del que bebió, entienden bien a la humanidad.

Laicismo: una cultura inferior

Hay una verdad en medio de las confusiones actuales que lleva demasiado tiempo sin decirse. Nuestra cultura secularizadora no es una cultura cualquiera. No, nuestra cultura secularizadora es una cultura inferior. Es pequeña de corazón. Define el sufrimiento hacia abajo. Considera a las víctimas de sus experimentos sociales no como víctimas, sino como daños colaterales aceptables porque esos experimentos las justifican.


Este es el secreto tácito del laicismo. También es la mayor vulnerabilidad del laicismo.

Esta misión de definir el sufrimiento a la baja puede verse, por ejemplo, en los esfuerzos que reinterpretan los horrores de la prostitución como un anodino "trabajo sexual". Impulsa los intentos de normalizar la pornografía, ignorando los calamitosos costes para hombres y mujeres y el amor. Aumenta la presión para cerrar los centros de ayuda para embarazadas y las agencias de adopción, indiferente a si los bebés y los niños y la gente pobre los necesitan. Blanquea los datos sobre las tasas de suicidio, los trastornos alimentarios, el abuso de sustancias y otros índices de angustia mental entre la población transgénero, y sobre otras poblaciones en las que reconocer el daño humano podría poner en peligro los programas políticos.

Una vez más, el caos desatado en Occidente ha extendido formas agudas de miseria por toda la sociedad. Pero los arquitectos y defensores de un orden social a-cristiano, y cada vez más anti-cristiano, hacen la vista gorda. Les corresponde a los académicos fieles decir la verdad sobre los costes de la secularización, porque los académicos que forman parte del caos no pueden o no quieren hacerlo.

La primera línea de defensa

Para terminar, una cita más que ayuda a resumir la importancia de sus misiones colectivas en el mundo académico. El historiador Christopher Dawson empezó un ensayo titulado El cristianismo y la cultura occidental con esta frase: "La supervivencia de una civilización depende de la continuidad de su tradición educativa".

Aquí es donde entra la Sociedad de Científicos Sociales Católicos y el resto de la comunidad representada hoy aquí. La academia secularizada ha abdicado de su vocación. Repudia la continuidad. Se burla del patrimonio occidental. En la lucha por aferrarse a la Cruz en medio del caos actual, los académicos contraculturales son la primera línea de defensa. Esto es cierto no solo para los que necesitan su trabajo ahora, sino también para los que vendrán, los que leerán el registro de 2021 en el futuro.

Los académicos del mañana observarán hacia atrás con asombro, y quizás con lástima, el pensamiento mágico de hoy. Necesitarán hechos, cifras, argumentos y pruebas, especialmente sobre los costes humanos del actual experimento de secularización. Encontrarán esa biblioteca en su trabajo colectivo.

Algún día, una civilización reevangelizada contemplará el comienzo del siglo XXI, y tratará de evaluar las consecuencias de su caos. Esas personas del futuro comprenderán, como muchos hoy no lo hacen, que ustedes están diciendo la verdad en el vacío de este tiempo, y dando voz a los sin voz en un momento de enormes desafíos. Es un honor estar con ustedes hoy, y siempre, en esa misma misión.

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