martes, 9 de junio de 2009

Andrea Riccardi, premio Carlomagno 2009

Firmado por Aceprensa, 21 Mayo 2009

El historiador italiano Andrea Riccardi ha sido el ganador en 2009 del premio Carlomagno, uno de los más prestigiosos de Europa, que en ediciones anteriores recayó sobre personalidades como Alcide De Gasperi, Konrad Adenauer, Javier Solana, Carlo Azeglio Ciampi, Juan Pablo II, Juan Carlos I de España y la canciller alemana Angela Merkel, galardonada el año pasado. A diferencia de todas estas figuras, Riccardi, nacido en Roma hace 58 años, no es un hombre de Estado, sino un profesor de Historia del Cristianismo y el fundador de la Comunidad de San Egidio, una asociación de laicos católicos presente en 70 países.

Alguien que “vive el espíritu de Europa”
El premio, que corre a cargo de la ciudad de Aquisgrán, reconoce la labor de quienes trabajan al servicio de los ideales de Europa. Jürgen Linden, alcalde de la antigua capital imperial de Carlomagno y uno de los miembros del jurado, ha explicado que este año se ha querido deliberadamente que el premiado no fuera un político: “Le hemos escogido [a Riccardi] para animar a la gente corriente a trabajar desde la base por la unidad de Europa”, ha reconocido Linden.

Riccardi, de quien ha dicho el jurado que “vive los valores de Europa”, ha sido también elogiado en el fallo “por su extraordinario empeño civil a favor de una Europa más humana y solidaria dentro y fuera de sus fronteras, por la comprensión entre pueblos, religiones y culturas, por un mundo más pacífico y justo”. Algunos medios se han referido al historiador como el “outsider por excelencia”, que llama urgentemente a la paz y al que no mueven intereses políticos ni económicos para intervenir en los problemas que intenta solucionar.

Mediación en conflictos internacionales
La iniciativa por la que ha sido ahora premiado Riccardi nació hace cuarenta años, cuando él y un grupo de ex compañeros de colegio decidieron fundar una comunidad de laicos en el barrio romano del Trastevere con el fin de proporcionar alimento y vestido a los pobres. La organización, con sede en la parroquia de San Egidio, cuenta ahora con 50.000 miembros, y sus actividades abarcan frentes que van desde la mediación en conflictos internacionales hasta el consuelo de condenados a muerte a través del intercambio epistolar.

Propuesto también para el Nobel de la Paz, Riccardi ha tenido con su organización un papel importante en los acuerdos de paz de varios países africanos. Especialmente Mozambique, en donde logró en 1992 el entendimiento entre gobierno y guerrilla que puso fin a la guerra civil.

El ecumenismo, condición para la paz
Para Riccardi, la división entre dos Europas aparece renovada con lo que llama la “recuperación de las identidades subyacentes”: una reacción al mundo globalizado que vincula a la religión con la conciencia nacional al modo de lo que ocurría a comienzos del siglo XX, antes de la implantación del comunismo. “El problema de la fractura entre el este y el oeste es antiguo, y se ha acentuado con la Guerra Fría”, sostiene Riccardi. “Pero es también el problema de una Europa del este que debe afrontar la victoria del modelo occidental, que no es un modelo católico o protestante, sino el de una sociedad secularizada, consumista, capitalista, desarrollada. En este contexto, el reto ecuménico resulta decisivo”.

Este ecumenismo no es para el historiador (una autoridad en Historia del Papado en la Edad Moderna y Contemporánea) mera discusión teológica, sino también voluntad de acercamiento entre líderes religiosos. Según Riccardi, resultan aquí de una importancia clave ciertas figuras del mundo ortodoxo que representan un acercamiento a la modernidad, algo que constituye aún un problema para esta Iglesia y que en cambio el catolicismo enfrentó en el Concilio Vaticano II.
Este espíritu de ecumenismo debe sostenerse también respecto de Rusia y el islam, “los dos problemas de frontera de Europa”. Para el primer caso, explica Riccardi, se trata de un problema interno, pues Rusia no está fuera de Europa. En el segundo, dice, “es necesario dejar la puerta abierta, imponiendo condiciones en lo referente a los derechos humanos y a la inmigración”. Frente a un tema que vuelve a estar de actualidad, Riccardi decía en 1999 que “necesitamos de Turquía en los Balcanes, en particular para abordar este islam europeo de ‘rancio abolengo’, que no es producto de la inmigración”.

A propósito, precisamente, de la inmigración, Riccardi ha declarado recientemente que el verdadero problema que ella refleja no es lo que ocurre en Europa, sino la miseria de los países de origen, contra cuya fuerza centrífuga no valen vallas ni patrullas marítimas. Aunque Il Professore admite haber militado en el discurso tercermundista durante su juventud (“en el 68 tenía 18 años”, se justifica), su percepción actual se rinde a la evidencia: “El Tercer Mundo ya no existe. Asia es una realidad; América Latina es otra. Pero el problema de África persiste, y Europa no puede ignorarlo”.

Religión y laicidad
En una entrevista concedida a El Mundo en 2007, y preguntado sobre la situación en España, Riccardi se refería a conflicto entre laicos y católicos como “una cosa del pasado”. Menospreciar la dimensión cristiana de la cultura en los países de los que ella ha formado parte supone condenarlos a la insignificancia: “En mi opinión, tanto para los creyentes como para los no creyentes, un discurso de fe religiosa o de cultura de las tradiciones cristianas es un recurso importante. La historia de Italia, de España o de Francia no es la historia de la cristiandad, pero el cristianismo es un aspecto fundamental de nuestra historia”.

En el marco de la entrega del premio Carlomagno a Riccardi, se ha organizado una mesa redonda en Aquisgrán sobre el tema “La civilización de la paz: Religiones y culturas en diálogo”, donde participarán David Brodman, rabino mayor de Savyon (Israel); el profesor Mohammed Amine Smaili, de la Universidad de Rabat; Mons. Heinrich Mussinghoff, arzobispo Aquisgrán; Nikolaus Schneider, presidente de la Iglesia evangélica de Renania; y el arzobispo Serafim, metropolitano de la Iglesia ortodoxa rumana para Alemania y Europa central.

martes, 2 de junio de 2009

Sobre el liberalismo

Liberalismo en Juan Manuel de Prada

Por: Federico Rodríguez de Rivera, en el blog Cartas y artículos

Hay mucho ruido en la "red" por un artículo de Juan Manuel de Prada sobre el "liberalismo" [ver más abajo] en el que muestra una realidad, una vaguedad y una falsedad.

La realidad es la existencia de distintos tipos de liberales; la vaguedad es la interpretación de "liberalismo difuso" al hablar de la afirmación de Esperanza Aguirre sobre el ser liberal definido como "toda persona debe elegir libremente"; y la falsedad es afirmar que el "liberalismo" desemboca en su opuesto, el "totalitarismo".

Sin embargo no se puede linchar a nadie en la red por no ser liberal. ¿Liberales intolerantes? ¿liberales?

Ahora, sí se le puede rebatir con razonamientos su afirmación en el crítico artículo sobre el "liberalismo" que publicó en el ABC, y ¡ójala! el debate de ideas estuviese en este campo, buscando una organización política más justa más que una más populista como es el caso de Occidente.

La realidad de la que se debe partir es una realidad antropológica: o el hombre tiene una naturaleza inmutable como sustrato, lo que significa que hay bien y verdad al margen de que lo conozca o se adhiera a él; o bien con una naturaleza "en construcción" nada hay de verdadero o falso salvo lo que afirme su voluntad soberana.

En el caso primero se puede hablar de un "liberalismo" fundamentado en una realidad constitutiva y antecedente. Y eso se muestra en verdades absolutas como "matar es malo", "mentir es malo", y en la necesidad de protegerse de esas agresiones a través del Derecho, de la ley justa y de la autoridad. Pero también es una verdad absoluta que "la droga mata" y que "el vicio esclaviza" y ahí está la experiencia diaria de la voluntad debilitada de drogadictos y ludópatas.

En el segundo supuesto: la voluntad creadora, no tengo nada que objeta a De Prada. Si no hay verdades, si no hay orden moral antecedente, ¿qué impide la ley de la selva o la imposición desde fuera de criterios que impidan en caos generado? Ese es el razonamiento roussonianio y, también, de Peces Barba, y la justificación ideológica de la Educación para la Ciudadanía del gobierno socialista.

La confusión que introduce sobre la afirmación de Esperanza Aguirre es torticera, porque ¿no podía interpretar que Esperanza Aguirre está afirmando que nada ni nadie puede sustituir la libertad de conciencia, o que nadie puede sustituir la voluntad ajena?

Podría haber concluido que "no sabe lo que quiere decir" Esperanza Aguirre, pero de ahí derivar al liberalismo relativista no se puede hacer sin un quiebro en su discurso.

Aquí estamos entrando en el meollo del pensamiento liberal, en el que coinciden conservadores y radicales; en que el ser humano tiene "algo" irrenunciable.

Muestras de ese "algo" irrenunciable: "no se puede convertir a una religión a nadie a la fuerza", "no se puede obrar contra conciencia", "no se puede entregar al Estado ni a nadie la libertad para caer en esclavitud", "no se puede eliminar una vida humana inocente".

Es la tensión entre la esfera personal y social la que acaba mostrando los límites de aquello a lo que el ser humano puede comprometerse o renunciar.

Y creo que la falsedad que sostiene es la de introducir todo el liberalismo en el "liberalismo derivado del relativismo ético".


Liberalismo

Por Juan Manuel de Prada, en ABC, abril de 2009

Discursos célebres, fundadores de una nueva época, ha habido unos cuantos a lo largo de la historia. El más famoso de todos ellos lo pronunció Jesús y se conoce como Sermón de la Montaña; en el cual se contienen, por cierto, muchas más cosas que las ocho Bienaventuranzas. Está también el discurso fúnebre de Pericles recogido por Tucídides en su «Historia de la guerra del Peloponeso»; está el discurso de Lincoln en Gettysburg, que los niños americanos aprenden de memoria en la escuela; y está el discurso que Churchill pronunció en la Cámara de los Comunes, en el que sólo prometía a los ingleses «sangre, sudor y lágrimas». Pero el discurso más célebre del momento, el discurso que tiene a la derecha española alborozada o mohína -y, en conclusión, meningítica perdida- es el que pronunció Esperanza Aguirre en el Foro de ABC hace unos días. ¿Y cuál es el busilis de ese discurso, que tanta tremolina ha levantado entre los escoliastas? Pues el busilis de ese discurso es la apología del liberalismo.

¿Y qué es eso del liberalismo? Para Esperanza Aguirre ser liberal consiste en considerar que «cada persona debe elegir libremente»; pero es una definición un tanto difusa que lo mismo sirve para definir a un liberal que a un abortista. O a un liberal abortista: ahí tenemos, por ejemplo, al escritor Vargas Llosa retirando su apoyo al PP porque no defendía con suficiente ardor el aborto, que es lo que a su parecer exige un liberalismo de buten. Para mí que eso de proclamarse liberal, antes que una declaración de principios ideológicos, es la última adscripción no peyorativa que le resta a la derecha, toda vez que proclamarse conservador en el Matrix progre es como proclamarse fascista, o siquiera reaccionario. Pero que lo tilden a uno de reaccionario puede ser un timbre de gloria, como lo prueba aquel envío de Antonio Machado a Azorín: «¡Admirable Azorín, el reaccionario/ por asco de la greña jacobina!». El argentino Leonardo Castellani, otro admirable reaccionario por asco de la época que le tocó vivir (menos greñuda que la nuestra, sin embargo), escribió diatribas formidables contra el liberalismo, esa «niebla ponzoñosa» que ha hecho caer al hombre en cinco idolatrías nefastas: 1) Idolatría de la Ciencia, con la cual el hombre quiso hacer otra torre de Babel que llegase hasta el cielo; 2) Idolatría del Progreso, nuevo Becerro de Oro con el cual creyó que haría en poco tiempo otro Paraíso terrenal; 3) Idolatría de la Carne, a la cual se le pidió el cielo y las delicias del Edén, pero la carne desvestida, exhibida, mimada y adorada ha sido a la postre destrozada y amontonada como estiércol; 4) Idolatría del Placer, con la cual se quiere hacer del mundo un perpetuo carnaval y convertir a los hombres en chiquilines agitados e irresponsables; y -last but not least- 5) Idolatría de la libertad, con la cual se quiere hacer de cada hombre un caprichoso caudillejo.

«Esta obsesión de la libertad -nos enseña Castellani- vino a servir maravillosamente a las fuerzas económicas y al poder del Dinero, que también andaban con la obsesión de que los dejasen en paz. Los dejaron en paz: triunfaron sobre el alma y la sangre la técnica y la mercadería; y se inauguró en todo el mundo una época en que nunca se ha hablado tanto de libertad y nunca el hombre ha sido en realidad menos libre». El liberalismo acabó engendrando la libertad enloquecida del Dinero, que fue lo que a la postre trajo el comunismo en el siglo XX; y también ha engendrado, en estos albores del siglo XXI, la creencia no menos enloquecida en una especie de Reino de la Paz Perpetua y las Delicias Universales, producto de la Ciencia, la Libertad y la Democracia; Reino que, básicamente, consiste -como Castellani profetizó con clarividencia- en que «un grupo de sabios socialistas, bajo la coartada de adoración al Hombre, gobiernen el mundo autocráticamente y con poderes tan extraordinarios que no los soñó Licurgo». El liberalismo, en fin, es el caldo de cultivo que la derecha aliña, creando las condiciones sociales, económicas y morales óptimas para el triunfo de la izquierda, que es la que mejor ha sabido vender las falsificaciones de la libertad inventadas por el liberalismo. Falsificaciones catastróficas para el hombre, que creyendo «elegir libremente» no hace sino ahondar en su esclavitud.

viernes, 29 de mayo de 2009

Laicidad y laicismo: conceptos básicos

Por Lourdes Ruano Espina, profesora de Derecho Canónico y Eclesiástico del Estado,
Facultad de Derecho, Universidad de Salamanca. En Almudí.

La laicidad es una de las posibles formas, que tiene el Estado, de configuración jurídica y política ante el factor religioso, que parte de su consideración como factor social específico, y no como factor estatal.

La laicidad se fundamenta en los distintos planos y ámbitos de actuación entre el Estado y la Iglesia, y tiene su origen histórico en el dualismo cristiano, formulado expresamente por Jesucristo, con la frase evangélica “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21).

Como principio informador de las relaciones del Estado con las confesiones religiosas, la laicidad exige separación y mutuo respeto, pero también neutralidad de los poderes públicos ante el fenómeno religioso. Por eso, una de las consecuencias de la laicidad es que ninguna confesión tiene carácter estatal, principio de no confesionalidad del Estado, que nuestra Constitución proclama en su art. 16, 3.

Ahora bien, la laicidad no implica necesariamente indiferencia de los poderes públicos ante el fenómeno religioso. De hecho, la Constitución española, al diseñar las relaciones del Estado con las confesiones religiosas, ha establecido un sistema de laicidad positiva, también denominado de sana laicidad (que ha sido definida por Benedicto XVI como el sistema que garantice a cada ciudadano el derecho de vivir su propia fe religiosa con auténtica libertad, incluso en el ámbito público).

En cuanto que el fenómeno religioso es el resultado del ejercicio de un derecho fundamental —el derecho de libertad religiosa—, el Estado no puede contemplarlo con desconfianza, sino como un factor social digno de ser tenido en consideración, como otros factores que integran el bien común.

Y, puesto que el art. 9, 2 de la Constitución exige a los poderes públicos promover las condiciones para que los derechos y las libertades sean reales y efectivas, y remover aquellos obstáculos que impidan o dificulten su plenitud, el art. 16, 3 de la Constitución, además de establecer que ninguna confesión tendrá carácter estatal, ordena a los poderes públicos a tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y a establecer las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones religiosas.

La laicidad positiva configurada por nuestro ordenamiento constitucional implica, por tanto, no sólo respeto y promoción, por parte del Estado, del derecho de libertad religiosa en su dimensión individual, sino también el reconocimiento de las confesiones religiosas como sujetos colectivos de ese derecho de libertad religiosa, con trascendencia social, y la atención del Estado al pluralismo de creencias religiosas existentes en la sociedad, arbitrando cauces y medios de diálogo y cooperación con ellas, por lo que enriquece el propio sistema democrático.

Favorece, por consiguiente, la libertad religiosa como derecho fundamental digno de protección, no sólo en su dimensión interna, sino también en sus manifestaciones externas, por lo que la laicidad positiva garantiza el ejercicio de los derechos derivados del de libertad religiosa: el derecho a recibir asistencia religiosa, enseñanza religiosa, el derecho a contraer matrimonio religioso con eficacia civil, celebrar las propias festividades, recibir sepultura digna de acuerdo con las propias creencias, etc.

El laicismo, por el contrario, implica la exclusión de lo religioso de los distintos ámbitos de la sociedad, con la pretensión de que quede relegado al ámbito privado de la conciencia individual. En un sistema laicista, el Estado no reconoce eficacia a ningún acto jurídico que tenga su origen en un acto religioso, como por ejemplo, la celebración del matrimonio religioso. Tampoco se contempla ni se garantiza el derecho a recibir enseñanza religiosa, ni asistencia religiosa, y se aboga por la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos. Por ello, los sistemas laicistas de relación Iglesia-Estado, no protegen suficientemente la libertad religiosa, como derecho fundamental.

En conclusión, como he apuntado, el Estado español no es constitucionalmente laicista, sino que configura claramente un sistema de laicidad positiva, por más que ciertas corrientes laicistas quieran, soterradamente, introducir este sistema, a través de una interpretación restrictiva de la libertad religiosa.

martes, 19 de mayo de 2009

La Nueva Tiranía. El libro

Juan Manuel de Prada lleva años escribiendo artículos contra el "Mátrix progre" en el diario ABC y denunciando el emotivismo narcisista en tertulias de radio o en "El gato al agua" de Intereconomía TV. En sus artículos hay una firme apuesta por el hombre necesitado de redención y una crítica a las falacias "progres" y bienpensantes. Ahora publica en LibrosLibres su último título: "La Nueva Tiranía, el sentido común frente al Mátrix progre" que desmonta las falacias de la cultura progre dominante.


Los cuatro artículos recogidos en este blog

domingo, 10 de mayo de 2009

Pasión y derecho

Por Rafael Navarro-Valls, Catedrático de Derecho Canónico de la Universidad Complutense de Madrid.

Fuente: Análisis Dogital, 8 de mayo de 2009.

La admisión a trámite por el Congreso de una propuesta sobre las declaraciones de Benedicto XVI en relación con el preservativo y el SIDA ha desatado una tormenta. Por un lado, los cardenales Cañizares, Amigo, Rouco y Martínez Sistach han “lamentado” una actuación que no representa a España, que supone “un fundamentalista auto de fe”, o que "atenta a la libertad de expresión del Papa”. Por otra parte, algún partido político ha manifestado su extrañeza por la reacción de la Jerarquía española. Es evidente que éste es un tema"apasionante”, en el sentido de que suscita reacciones “apasionadas”.

También lo es para los juristas, en cuanto que en la cuestión se entrecruzan derechos fundamentales (libertad de expresión y libertad de conciencia, entre otros), colisión entre normas (parlamentarias, concordadas, etc.), usos internacionales (desde la cortesía parlamentaria a la ética política ) o convicciones religiosas grabadas en el código genético de millones de ciudadanos. Permítanseme algunas observaciones que introduzcan el tema en la objetivización mediática y en la asepsia del discurso jurídico.

No es cierto que los media occidentales hayan tomado partido en bloque contra el Papa. Basten los ejemplos, entre otros muchos, de The Guardian, Washington Post y Le Monde, que han reaccionado con mucha prudencia frente al tema, publicando trabajos documentados en los que se afirma: 1) Que solamente "han logrado verdadero éxito (contra el SIDA) los programas que han insistido seriamente en el retraso de la actividad sexual de los jóvenes y la monogamia recíproca” (Le Monde); 2 ) Que, en realidad, “el preservativo amenaza la lucha contra la infección en África, ya que estimula comportamientos de riesgo“ (The Guardian); 3) Que “la promoción de la fidelidad sexual ha funcionado como eficaz barrera contra la infección del IHV", como lo demuestra el caso de Uganda (The Washington Post). Por lo demás, frente a cierta “intelligentsia” occidental, ávida de vendettas, contrasta la africana que ha reaccionado masivamente alineándose con Benedicto XVI.

Pasemos ahora al plano estrictamente jurídico. Como es sabido, la Mesa del Congreso de los Diputados "es el órgano rector de la Cámara” (art. 30 Reglamento) que, entre otras funciones, “califica… los escritos y documentos de índole parlamentaria” (art.31.1.4 Reglamento). Su composición le confiere un carácter marcadamente político, lo cual implica que, aparte de su componente jurídico-administrativo, debe hacer juicios de valor político, a la que apunta su misión “calificadora” de los escritos planteados. Si su papel se recondujera a puro cotejo de las proposiciones con normas administrativas, perdería sentido su propia existencia teniendo en cuenta el excelente staff jurídico de la Cámara.

De ahí que es doctrina aceptada por la Mesa (cfr, por ejemplo, el Acta de la Mesa del Congreso de 21.04.009) que la calificación que le corresponde se extiende, entre otros, a “los escritos que puedan afectar a la cortesía parlamentaria” o aquellos “en que hay dudas sobre la competencia del Gobierno en la materia”. Así por ejemplo, rechazó el 20.11.07 una pregunta sobre el Duque de Lugo, en una interpretación extensiva de lo dispuesto en el art. 56.3 de la Constitución sobre la inviolabilidad de la persona del Rey. Es evidente que con estos antecedentes era obligado rechazar un escrito que implica una actitud hostil, cuando no ofensiva, contra alguien que, a la vez, es Jefe de Estado soberano y líder espiritual de mil millones de personas. Se entiende que la Secretaría de Estado, en relación con una decisión similar del Parlamento belga, deplorara que “se haya considerado oportuno criticar al Santo Padre basándose en un fragmento de entrevista desgajado y aislado del contexto, que ha sido utilizado por algunos grupos con claro intento de intimidación”. Por mi parte añadiré que la Nota de la Santa Sede es muy benévola, si se tiene en cuenta las peculiares características de la Cámara belga cuya actividad persecutoria en materia de confesiones y sectas religiosas es una verdadera afrenta al derecho europeo, criticada duramente por expertos de medio mundo.

En la cuestión se entrecruzan temas jurídicos de entidad. Efectivamente, el juego conjunto de los artículos 16.3 de la Constitución, I.1 del Acuerdo jurídico entre la Santa Sede y el Estado español y el 2.2 de la ley Orgánica de Libertad Religiosa diseña un sistema de relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado español en el que es quicio fundamental la libertad de las autoridades eclesiásticas (incluido el Papa) “de ejercer su misión apostólica” en el pleno ejercicio de los derechos fundamentales, incluida la libertad de expresión que, unida a la de conciencia, es en todo Occidente la estrella polar que orienta a la democracia.

Por lo demás, repasando la normativa que regula las Cortes españolas es claro que su competencia en materia internacional no es universal, sino limitada. En concreto, el Parlamento español no parece tener competencia para enjuiciar opiniones morales de un Jefe de Estado extranjero, ya que según el art. 97 de la Constitución corresponde al Gobierno “dirigir la política exterior”. Sin perjuicio de que ésta pueda ser controlada por las Cortes. A lo que se añade la imprudencia de emitir un “juicio moral” sobre palabras de quien es, para muchos españoles y no españoles, católicos o no, la primera autoridad espiritual de la Tierra.

Apasionamiento y derecho son compatibles, siempre que el primero no ofusque al segundo. Esto sucede cuando el máximo órgano de representación popular se convierte en escenario de cacerías políticas internacionales de incierto destino jurídico.

lunes, 4 de mayo de 2009

Mary Ann Glendon planta a Notre Dame y a Obama

La prestigiosa jurista renuncia a un galardón de Notre Dame para no avalar la concesión del doctorado honoris causa al presidente Obama

Aceprensa, 28 de abril de 2009

El doctorado honoris causa que la Universidad de Notre Dame ha concedido a Barack Obama se está convirtiendo en un quebradero de cabeza para esta universidad católica. No solo ha sido criticada por muchos católicos que consideran que no se debe dar honores a un político partidario del aborto y de la investigación con células madre embrionarias. Ahora, la otra personalidad invitada a la ceremonia, la profesora Mary Ann Glendon, ha renunciado a la distinción que se le iba a conceder, la Laetare Medal, para no avalar la postura de la Universidad.

Notre Dame, la universidad católica más importante del país, decidió invitar a Barack Obama a pronunciar el discurso de la ceremonia de graduación el próximo 17 de mayo y le concedió un doctorado honoris causa. El rector, el Rev. John I. Jenkins, alegó que otros presidentes habían sido también invitados anteriormente, y que lo que se quería honrar en Barack Obama es su histórica elección y su ambicioso programa social de lucha contra la pobreza, la cobertura sanitaria, la ruptura de las barreras de raza... Eso no implicaba que estuvieran de acuerdo con todas sus posturas, en particular en lo referente a la defensa de la vida.

Pero esta explicación no evitó que surgieran muchas críticas, tanto por parte de obispos como de líderes católicos y simples fieles. No en vano una de las primeras medidas que tomó Obama fue el levantamiento del veto a la financiación federal para organizaciones que promueven el aborto en el extranjero, medida que, según encuesta Gallup, solo ha sido apoyada por el 35% de los estadounidenses. Y poco después autorizaba también la financiación federal de investigaciones con células madre embrionarias, que suponen la destrucción de embriones humanos, y que, a diferencia de las células madre adultas, no han dado pruebas todavía de curar nada.

En el mismo acto estaba previsto –desde diciembre de 2008– entregar la Laetare Medal de Notre Dame a la célebre jurista Mary Ann Glendon, profesora de Harvard, ex embajadora de EE.UU. ante la Santa Sede durante la Administración Bush y presidenta de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales. Glendon había recibido ya el doctorado honoris causa por Notre Dame en 1996. La Laetare Medal es un prestigioso galardón.

Pero el 27 de abril la ceremonia de graduación de Notre Dame sufrió otra conmoción: Mary Ann Glendon renunciaba a la Laetare Medal. En una carta al rector de Notre Dame, John Jenkins, religioso de la Congregación de la Santa Cruz, explicaba sus motivos.

En primer lugar, recordaba al rector que los obispos habían pedido en 2004 a las instituciones católicas que “no concedieran honores a aquellos que actúan sin respetar nuestros principios morales fundamentales”, y que a tales personas “no se les deberían conceder premios, honores o plataformas que pudieran sugerir un apoyo a sus acciones”.

Esta petición –apostilla Glendon–, que en modo alguno implica un control o interferencia con la libertad de una institución para invitar y debatir con quien quiera, me parece tan razonable que no entiendo cómo una universidad católica puede no respetarla”. Esta observación, proveniente de una profesora que ha enseñado en universidades tan seculares como Harvard, no puede despacharse invocando sin más la libertad académica.

La segunda cosa que molestó a Mary Ann Glendon fue que, en unas directrices escritas dadas por la universidad para que su consejo de patronos respondiera a las críticas por la distinción ofrecida a Obama, se diera a entender que el discurso de la jurista serviría como contrapeso para buscar un equilibrio en el acto académico. Glendon piensa que una ceremonia de graduación debe ser un día alegre para los alumnos y sus familias. Por eso, dice, no es el lugar oportuno para tratar el grave problema que suscita la decisión de Notre Dame de “conceder honores a un destacado e inflexible oponente a la postura de la Iglesia en cuestiones que tienen que ver con principios fundamentales de justicia”.

Por último, la jurista menciona que, ante noticias de que otras escuelas católicas podrían también hacer caso omiso de las directrices episcopales, “me preocupa –dice– que el ejemplo de Notre Dame pueda tener un desafortunado ejemplo expansivo”.

Por todo lo cual, Mary Ann Glendon renuncia a la Laetare Medal y a participar en la ceremonia de graduación.

La Casa Blanca ha lamentado la decisión de Mary Ann Glendon, pero ha dicho que el presidente mantiene su compromiso de dar un discurso “respetuoso e inclusivo” en la ceremonia de graduación. Obama se siente honrado por “contar con el apoyo de gentes de todas las creencias religiosas”, aunque no espera que todos estén de acuerdo con él en todo, pues “el espíritu de debate y de sano desacuerdo en temas importantes es parte de lo que le gusta de este país”.

Del ADN a Dios: la conversión intelectual de Antony Flew

Firmado por William West, en ACEPRENSA, 16 de abril 2009

El debate sobre la existencia de Dios constituye una de las disputas más ásperas y duraderas de la historia de la filosofía. Pero seguramente uno de los hitos más significativos en esa larga historia ha sido el brusco y reciente cambio de postura del filósofo inglés Antony Flew que fue, durante más de medio siglo, uno de los más vehementes ateos del mundo.

Durante más de cinco décadas escribió libros y debatió con conocidos pensadores creyentes, entre otros con el célebre apologista cristiano C. S. Lewis. Algunos de sus debates tuvieron audiencias multitudinarias. Pero en el último, celebrado en la Universidad de Nueva York en 2004, Flew anunció, ante la sorpresa de todos, que ahora aceptaba la existencia de Dios. Aunque se considera deísta –sin haber abrazado ninguna religión en particular– dice sentirse especialmente impresionado por el testimonio del cristianismo.

En su libro There is a God. How the world’s most notorious atheist changes his mind (Nueva York: Harper One, 2007), Flew no sólo desarrolla sus propios argumentos sobre la existencia de Dios, sino que argumenta frente a los puntos de vista de importantes científicos y filósofos acerca de la cuestión de Dios. En su investigación, examina el auge y la caída de la escuela filosófica del positivismo lógico, la crítica de David Hume al principio de causalidad y los argumentos de importantes científicos como Richard Dawkins, Paul Davies y Stephen Hawking. También se fija en el pensamiento de Einstein sobre Dios, pues Albert Einstein, frente a lo que afirman ateos como Dawkins, fue claramente creyente.

De la mano de la ciencia
Para valorar el significado de la conversión intelectual de Flew, resulta útil considerar la amplitud de sus escritos como uno de los grandes sacerdotes del ateísmo filosófico. Comenzó con la publicación de God and Philosophy en 1966, considerada un clásico de la filosofía de la religión. En 1976 publicó The Presumption of Atheism, que fue reeditada como God, Freedom and Immortality en 1984 en EE. UU. Entre otras publicaciones posteriores, destacan obras como Hume’s Philosophy of Belief, Darwinian Evolution o The Logic of Mortality.

¿Por qué ha cambiado Flew su parecer? La principal razón, dice, nace de las recientes investigaciones científicas sobre el origen de la vida que, según explica Flew, muestran la existencia de una “inteligencia creadora”. Como dijo en el simposio de 2004, su cambio de postura fue debido “casi enteramente a las investigaciones sobre el ADN”: “Lo que creo que el ADN ha demostrado, debido a la increíble complejidad de los mecanismos que son necesarios para generar vida, es que tiene que haber participado una inteligencia superior en el funcionamiento unitario de elementos extraordinariamente diferentes entre sí. Es la enorme complejidad del gran número de elementos que participan en este proceso y la enorme sutileza de los modos que hacen posible que trabajen juntos. Esa gran complejidad de los mecanismos que se dan en el origen de la vida es lo que me llevó a pensar en la participación de una inteligencia”.

Atención a la naturaleza
Flew rechaza la teoría de Richard Dawkins de que el llamado “gen egoísta” es el responsable de la vida humana, algo que califica de “ejercicio supremo de mixtificación popular”. “Los genes, por supuesto, ni pueden ser egoístas ni no egoístas, de igual modo que cualquier otra entidad no consciente no puede ni entrar en competencia con otra ni hacer elecciones”.

Volviendo sobre su itinerario intelectual, señala: “Ahora creo que el universo fue fundado por una Inteligencia infinita y que las intrincadas leyes del universo ponen de manifiesto lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo que la vida y la reproducción se originaron en una fuente divina.

¿Por qué sostengo esto, después de haber defendido el ateísmo durante más de medio siglo? La sencilla respuesta es que esa es la imagen del mundo, tal como yo la veo, que emerge de la ciencia moderna. La ciencia destaca tres dimensiones de la naturaleza que apuntan a Dios. La primera es el hecho de que la naturaleza obedece leyes. La segunda, la existencia de la vida, organizada de manera inteligente y dotada de propósito, que se originó a partir de la materia. La tercera es la mera existencia de la naturaleza. Pero en este recorrido no me ha guiado solamente la ciencia. También me ayudó el estudio renovado de los argumentos filosóficos clásicos. “Mi salida del ateísmo no fue provocada por ningún fenómeno nuevo ni por un argumento particular. En realidad, en las dos últimas décadas todo el marco de mi pensamiento se ha trastocado. Esto fue consecuencia de mi permanente valoración de las pruebas de la naturaleza. Cuando finalmente reconocí la existencia de Dios no fue por un cambio de paradigma, porque mi paradigma permanece
”.

Flew señala que es, sobre todo, un filósofo que aplica el razonamiento filosófico a los hallazgos científicos. Como Einstein, lamenta que muchos científicos (como Dawkins) resulten malos filósofos. Al tiempo, subraya que sus puntos de vista se sustentan en la razón, no en la fe. Sin embargo ahora se muestra más abierto a los argumentos en favor de Dios de las religiones reveladas.
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NOTA
Este artículo contiene una selección de párrafos del original publicado en Mercatornet, 1-4-2009.