miércoles, 30 de noviembre de 2011

“La santidad es toda la vida cotidiana: la familia, el trabajo, la justicia y la integridad personal”

Discurso de investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra de Joseph Weiler, catedrático de la Universidad de Nueva York. Sábado 5 de noviembre de 2011.

Joseph Halevi Horowitz Weiler es un hombre peculiar, extraordinario casi. Un judío errante que nació en Sudáfrica y ha vivido en Israel, el Reino Unido, Italia y EEUU. «Nunca he estado más de 10 años en un mismo sitio», afirma con una voz extrañamente parecida a la de Leonard Cohen. Sus pobladas cejas le confieren un aspecto fiero que se esfuma al hablar: su sentido del humor supera al entrecejo. Hijo y nieto de rabinos, por sus venas corre sangre de sionistas polacos y rusos. Su madre nació en el Congo belga y se educó en un convento católico, «¡donde decía Moisés en vez de Jesús!». Dirigió una unidad de 11 tanques en Israel, y ahora da clases en la Universidad de Nueva York. Está considerado como uno de los mayores expertos del mundo en la Unión Europea, pero su pasión es la literatura. «Mi mejor libro es una novela», afirma en referencia a Der Fall Steinmann, unbestseller en Amazon. Ahora prepara la segunda: «La literatura es el acceso más profundo a la condición humana, por eso la amo». De la entrevista en el diario El Mundo, sábado 5 de noviembre de 2011.

Discurso de investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra de Joseph Weiler

“[…] En tan solemne ocasión, me gustaría referirme brevemente a la relación que existe entre el Derecho —la disciplina objeto de mi investidura— y la santidad. Me resulta consolador hallarme e incorporarme a una institución académica en la que la palabra santidad no resulta en modo alguno extraña o fuera de lugar, sino próxima y cercana.

¿Acaso el Derecho, la ley, con sus legalismos, no constituye realmente la antítesis de la santidad? Occidente es la Cristiandad y ese antónimo ley-santidad está profundamente enraizado en nuestra civilización. El antinominalismo paulino es un valor compartido tanto por creyentes como por no creyentes. Entendámonos bien: no sostengo que el Cristianismo haya abolido la Ley sino que la revolución paulina abandonó la ley ritual mosaica —la cáscara— para quedarse con el núcleo moral —la pulpa—. Nada tiene de inmoral comer carne de cerdo; ¿por qué mantener entonces la prohibición?

Quiero recordar en este momento las conocidas palabras del evangelista: no es lo que entra por la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca. Todos consideramos que el Estado de Derecho en su sentido más amplio, el denominado rule of law, es un elemento constitutivo de nuestro paradigma de valores democráticos. Sin embargo, difícilmente vemos en él un valor espiritual y mucho menos la santidad.

Si esto es así, ¿cómo se explica que nosotros, los judíos, seamos tan obsti…, quiero decir, tan persistentes, tan testarudos? Por supuesto que hemos mantenido la ley moral —No matarás—, pero ¿por qué mantener también las normas alimenticias, la comida kosher? No sólo el cerdo está prohibido, también los mariscos, el caviar; la leche y la carne ni siquiera se pueden mezclar. A veces pienso: si algo es bueno, ¡seguro que no es kosher! Por otra parte, ¿Qué tiene de malo conducir, o ver la televisión, o usar un ascensor en sábado? ¿Por qué no se pueden llevar lana y lino juntos? ¿Es realmente necesario que marido y mujer no compartan lecho doce días al mes?...y, lo que es más importante, ¿qué tienen que ver todas estas leyes —y cientos más como ellas— con la santidad? ¿Cuál es la razón de ser de esta esclavitud a la que nos somete una Ley aparentemente sin sentido?

Piense cada uno de ustedes en un acontecimiento de su vida al que tenga asociada la idea de santidad. Probablemente fue un momento muy especial, memorable, quizás de gran silencio interior, de profunda emoción, incluso de gran belleza, sublime, rodeado de misterio. En esa clase de momentos, en los que sentimos lo inefable, la presencia de nuestro Creador, creemos experimentar la santidad. De manera similar, pensamos en la santidad cuando estamos en presencia de personas muy especiales, únicas, mártires que han alcanzado la perfección moral después de un gran sacrificio. Creemos que estas personas están particularmente cerca de nuestro Creador y son, por tanto, santas.

Pocos libros han llegado a dominar tanto un área de investigación como el estudio del teólogo luterano alemán Rudolf Otto sobre la idea de lo santo (Das Heilige) con su concepto central de lo “numinoso” No sorprende que el mysterium tremendum, el “temor y temblor” kierkergaardiano, y el mysterium fascinans, que atrae al hombre a lo divino, se encuentren en el centro de la argumentación que Otto ofrece de la idea de lo santo, y que tanto éxito e influencia ha tenido.

Lo numinoso fue la forma de articular qué significa ser, y no solamente sentir, la santidad. En suma, santo es lo numinoso.

Permítaseme contrastar este concepto de santidad con otro, enraizado propiamente en lo jurídico más que en lo numinoso. Esta visión alternativa es la que encontramos en Levítico xix, un capítulo de la Escritura que, a su manera, resulta también sobrecogedor. Aquí es, por ejemplo, donde hallamos el mandamiento Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Lo he escogido porque este capítulo trata directamente el tema de la santidad. Veamos algunos pasajes.

1Entonces habló el Señor a Moisés, diciendo:
2Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles: “Seréis santos porque Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo.
3“Cada uno de vosotros ha de reverenciar a su madre y a su padre. Y guardaréis mis días de reposo (…)
18“No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo; Yo soy el Señor.
[LA GRAN MORAL PERO VEAMOS LO QUE VIENE INMEDIATAMENTE A CONTINUACION…]

19 n[o] te pondrás un vestido con mezcla de dos hilos. (…)
[¿RECUERDAN EL LINO Y LA LANA?]

¿Qué podemos aprender de estas frases del Levítico?

En primer lugar, la santidad es un desiderátum, algo a lo que uno ha de aspirar, procurar y mantener. Nadie nace santo; uno se hace santo.

En segundo lugar, se trata de un proyecto conjunto, comunitario, y no sólo individual. No está reservada a un orden sacerdotal determinado, sino que es para todos.

En tercer lugar —y este es el aspecto más importante—, es un estado que se logra, no mediante la meditación, el silencio, el éxtasis o el trance, sino a través del cumplimiento de la Ley, del mandato, del Nomos.

Muchas son las cosas que merecen ser consideradas a partir de aquí.
El proyecto de santidad es omnicomprensivo, cubre todas las esferas de la vida. La santidad no es algo reservado para el Templo, la iglesia o la sinagoga, sino parte integrante de la vida en todos sus ámbitos.

Probablemente no existe un mandamiento con mayor reconocimiento universal que el de Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Sin embargo, lo más significativo en el contexto del proyecto de santidad son las dos cualidades de esta norma. En primer lugar, su yuxtaposición. Este gran imperativo moral es seguido por lo que a primera vista podría parecer una mera expresión ritual:

(…) ni te pondrás un vestido con mezcla de dos hilos.

Paradójicamente, aquellas cosas que se hacen porque Dios lo manda –y que de otra manera no se harían–, son las que nos hacen sentir su presencia de una forma más directa. “¿Por qué no debo mentir?”, me pregunta mi hijo. “Porque es inmoral”. “¿Por qué no debo comer carne de cerdo?”, “¿Por qué no debo comer carne los viernes?”, pregunta el niño católico. “Porque Dios lo manda”. Es la especificidad del mandamiento ritual lo que determina que la persona se sienta mandada, sometida y cercana al Creador incluso en las situaciones más banales.

El mandamiento ético es una condición necesaria para la santidad, pero no suficiente; lo ritual, el servicio del Rey de Reyes, es igualmente necesario. Sólo combinados son entonces suficientes.

Volvamos a examinar nuestra reacción inicial, acuérdense: el abandono de todas las leyes rituales relativas a qué se puede comer, cuándo se debe trabajar, qué ropa se puede llevar, etc. Es posible que ahora se entienda mejor: esos cientos de leyes, éticas pero también meramente rituales, conforman una vida en la que la santidad no está limitada al lugar o al tiempo de culto, sino que es parte integrante de nuestro actuar cotidiano, desde que uno se levanta hasta que se acuesta: nos vestimos según sus normas, desayunamos según sus normas, vamos al trabajo según sus normas…

¿Y qué hay de la esclavitud a la que nos somete la ley? No, damas y caballeros. La ley de Dios no nos esclaviza sino que nos libera. Si siguiéramos todos nuestros deseos, si comiésemos todo lo que nos apetece, si entregásemos nuestra vida al trabajo, entonces seríamos esclavos de nuestra condición sexual, de nuestros apetitos humanos, esclavos de nuestras carreras. Nuestra libertad sería algo meramente ilusorio. Cuando, por el contrario, nos sometemos a Dios Todopoderoso, más allá de este mundo, nos hacemos dueños y soberanos en este mundo. Y esto también es parte de la santidad.

En suma: La idea de lo santo que encontramos en el Levítico es prácticamente la opuesta a lo numinoso de Otto. La del Levítico se trata de una idea jurídica. Se vive a lo Divino obedeciendo Su Ley, en la que se combina lo racional y ético con lo inefable y ritual. Es una idea omnicomprensiva, un proyecto de vida.

¿Me equivoco si pienso que esta idea de santidad no resulta tan sorprendente en esta Universidad, donde servir en la obra de Dios es, aquí también, lo que da pleno sentido a la totalidad de la vida? En hebreo existe una frase muy habitual que define nuestra relación con Dios – Avodat Hashem. Obra de Dios. Significa dos cosas: que la Creación, el Cielo y la Tierra, es obra de Dios pero también que estamos en este mundo para hacer la obra de Dios. Avodat Hashem: Opus Dei. Muchas gracias”.

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sábado, 29 de octubre de 2011

En la tierra debe haber sitio para todos. También para Dios [El creador en el ordenamiento jurídico]

Artículo de Rafael Domingo, catedrático de la Universidad de Navarra e investigador del Straus Institute de la Universidad de Nueva York. En El Mundo, miércoles 26 de octubre de 2011

En las últimas décadas, el resurgimiento de un constitucionalismo teocrático, especialmente en el mundo islámico, que sitúa la religión en el corazón de la esfera pública y del debate político, ha coincidido con el desarrollo de un secularismo liberal beligerante que mira con escepticismo cualquier aproximación a una realidad trascendente y trata de relegar la religión al terreno de lo privado.

Para los constitucionalistas teocráticos, toda comunidad política tiene el derecho de abrazar una religión concreta, hasta el punto de considerarla incluso fuente legal de su propio ordenamiento jurídico. La comunidad política sería así una extensión de la comunidad religiosa, y el mismo derecho una destilación de la religión.

De acuerdo con esta posición, el famoso muro jeffersoniano de separación entre la Iglesia y el Estado no pasaría de ser una ligera cortina de un vestuario de playa.

Para los secularistas liberales, la religión como tal no tiene, no debe tener, sustantividad propia, y el derecho a la libertad religiosa se trata más bien de una mera concreción de un derecho más general a la autonomía individual en cuestiones éticas. La religión como fenómeno cultural o social no es, en modo alguno, generador de valor público, por lo que debe quedar totalmente aislada del debate político.

Como afirma Thomas Nagel en su último libro, la religión es una «cuestión temperamental». La religión puede ser tu problema, pero nunca nuestro problema. La libertad religiosa, entonces, en un estado tolerante secular de estas características, implicaría tan sólo el derecho a tener ese temperamento y el consiguiente deber, para los demás, de soportarlo como se soporta un mal olor de una habitación poco ventilada.

Los ecos de la reciente visita de Benedicto XVI a España y la presencia en nuestro país del famoso jurista judío Joseph Weiler, con ocasión de recibir mañana el doctorado honoris causa en la Universidad de Navarra, constituyen un buen acicate para abordar el tema de la libertad religiosa, sin miedos ni tapujos. Y hablar de libertad religiosa es hablar de religión.

Es hora, en mi opinión, de fijar un paradigma global de libertad religiosa, basado en la dignidad de la persona humana, compatible con los diversos modelos constitucionales y sobre la base de un desacuerdo generalizado en cuestiones religiosas, como es el que realmente existe en nuestro planeta.

Porque, de la misma manera que no hay un ordenamiento jurídico ideal, tampoco existe un modelo constitucional perfecto para proteger la libertad religiosa. Cada modelo, como cada ordenamiento jurídico, es producto de la historia, la cultura, la tradición, el consenso público y, tantas veces, la propia religión. Pero si bien cada ordenamiento debe proteger la libertad religiosa de acuerdo con su propia identidad, no cabe duda de que existe un quid común a todos ellos, que justifica la abstracción.

El paradigma que voy a ofrecer sólo rechaza aquellos modelos constitucionales que promueven o toleran cualquier clase de fanatismo religioso o que desprecian la propia libertad religiosa, olvidando que se trata de una de las grandes aportaciones de Occidente a la Humanidad.

En este sentido, es más abierto que el elaborado por el padre de la libertad religiosa, John Locke, que excluyó a los ateos por desconfianza y a los católicos por una cuestión de doble jurisdicción,
o del recientemente propuesto por el filósofo estadounidense Ronald Dworkin, que ningunea la tradición monoteísta.

El modelo que ofrezco considera la libertad religiosa un patrimonio irrenunciable de toda comunidad pluralista y democrática, compuesta por creyentes y no creyentes. Pero parte de la idea, a diferencia del modelo de Dworkin, de que la religión como tal tiene una justificación intrínseca, es decir, se trata de un valor en sí mismo, de gran relevancia social. Esto es precisamente lo que permite que exista un derecho específico a la libertad religiosa.

En efecto, de la misma manera que no se puede regular adecuadamente el derecho a la vida partiendo de la base, aunque a veces sea cierta, de que vivir es la mayor fuente de males y desgracias sin mezcla de felicidad alguna, o el derecho al trabajo desde el presupuesto de que trabajar es el mejor modo de contribuir a la expansión del mal en el mundo, así tampoco se puede proteger ni regular la libertad religiosa partiendo de la presunción de que la religión es un producto obsoleto de sociedades ancestrales y cavernícolas o un fruto maligno de la superstición.

Quienes piensen así, también han de tener cobijo bajo este derecho humano básico, pero esta aproximación conceptual no puede agotar el contenido mismo del derecho de libertad religiosa.

El paradigma que ofrezco está basado en tres argumentos, que son como tres reglas de juego. El primero se centra en la misma idea de religión; el segundo, en la idea de libertad; el tercero, en la idea de derecho. Los voy a formular en términos negativos porque el aspecto positivo de la libertad religiosa (búsqueda libérrima del sentido de lo transcendente) debe sustentarse sobre una base negativa (inmunidad de coacción).

Tres argumentos
Los tres argumentos son los siguientes:

Primero, ningún sistema jurídico o modelo constitucional democrático puede proteger el derecho de libertad religiosa sin estar de alguna manera abierto a la transcendencia, reconociendo, al menos implícitamente, la posibilidad de la existencia de Dios, en el sentido abrahámico del término. No me estoy refiriendo aquí, por supuesto, a que Dios deba tener un estatus jurídico propio, ni a que las constituciones deban contener mención alguna a Dios (que decida el pueblo si procede o no), sino más bien al hecho de que el ordenamiento reconozca de alguna forma las consecuencias jurídicas implícitas en el hecho de que los ciudadanos sujetos a dicho ordenamiento puedan creer en Dios y puedan vivir, en privado o en comunidad comunidad, su propia religión.

Así, la existencia de Dios vendría a ser un presupuesto social, y por tanto un presupuesto legal. Desde este presupuesto nació el mismo derecho a la libertad religiosa, y pienso que sigue siendo irrenunciable. En otras palabras, en una sociedad construida sobre la idea de que Dios no existe, no cabe, en mi opinión, un pleno respeto a la libertad religiosa.

Utilizando terminología cristiana diré que para poder «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», es necesario que el César reconozca al menos implícitamente la posibilidad de la existencia de Dios. Y hablo de Dios y no de dioses porque desde el punto de vista jurídico la identificabilidad de un Dios como fuente y fundamento de moralidad tiene mucha mayor relevancia que el reconocimiento de muchos dioses de difícil identificación, o el no reconocimiento de dios alguno. Por lo demás, me estoy refiriendo a un Dios, el de las religiones reveladas monoteístas, en el que cree más de la mitad de la población de la Tierra.

El segundo argumento defiende que ningún ordenamiento jurídico o modelo constitucional puede proteger adecuadamente la libertad religiosa sin la existencia de una estructura dualista que garantice la autonomía necesaria tanto de la comunidad política como de las comunidades religiosas. Esta estructura se basa en la idea de que las comunidades políticas, en razón de sus fines, pueden ser cuasicompletas (Navarra, Galicia, por ejemplo), completas (España, Alemania) o incompletas (la Unión Europea o la comunidad global), pero las comunidades religiosas, al menos desde la perspectiva política, son siempre incompletas.

La razón es que el fin de una comunidad religiosa no es la satisfacción de todas las necesidades humanas (o al menos de la mayor parte de ellas), sino tan sólo de aquellas de tipo espiritual o religioso.

Este argumento limita sustancialmente la posibilidad de la existencia de las llamadas teocracias, pero no las excluye completamente, siempre y cuando se constituyan conforme a criterios y procedimientos democráticos y garanticen la libertad religiosa de todos los ciudadanos.

El tercer argumento es una consecuencia del anterior: ningún ordenamiento jurídico o modelo constitucional puede proteger adecuadamente la libertad religiosa sin el necesario poder para regular aquellas materias religiosas que afectan al orden público, o a los derechos de los ciudadanos, creyentes o no creyentes. Este argumento permite la colaboración entre las comunidades políticas y religiosas y protege a los ciudadanos de una comunidad pluralista de posibles contaminaciones religiosas en la esfera pública (la denominada freedom from religion).

Sin el reconocimiento teórico y práctico del derecho a la libertad religiosa, el Estado, cualquier Estado, por democrático que sea, se totaliza. La Historia nos muestra experiencias muy amargas. El problema es complejo. Pero tiene solución. Mejor dicho, soluciones. Todas ellas confluyen en la misma idea: en la Tierra, debe haber sitio para todos. También para Dios.

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viernes, 14 de octubre de 2011

Benedicto XVI en el Reichstag

Hace poco destaqué en cambiaelmundo (Benedicto XVI ante el Reichstag alemán) lo más significativo, para mí, del discurso del Papa a los políticos alemanes. Aquí quiero enlazar, con la más autorizada y completa opinión de Andrés Ollero, catedrático de Filosofía del Derecho y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Su artículo, Una doble lección, puede leerse en Aceprensa.


El Papa, actuando como viejo profesor, no dudó en dar una doble lección. Su discurso en el Bundestag ha acaparado la máxima atención, pero cobra aún más significado si se lee en paralelo al dirigido el día siguiente a los quince representantes de las comunidades musulmanas presentes en Alemania.

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domingo, 11 de septiembre de 2011

Presencia de la Religión en el espacio público

Entrevista al catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad ey Juan Carlos, Andrés Ollero Tasara, en Radio COPE, septiembre 2011



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sábado, 10 de septiembre de 2011

Charlotada

TERCIO DE QUITES

Por Andrés Ollero Tassara. catedrático Ideal Granada, 8 de septiembre de 2011

Los manifestantes insultaron de forma insistente a todo peregrino que veían, a los que era fácil identificar por su atuendo y sus mochilas” (de la prensa diaria)

No todo lo que encuentra acogida en una plaza de toros merece el calificativo de taurino. Edificios tan singulares y de tan costosa manutención, llamados a cumplir su estricta función en momentos muy señalados, acaban siendo escenario de espectáculos diversos. Inicialmente se trataba de fórmulas parataurinas, entre las que la charlotada gozó siempre de arraigada tradición, sirviendo más de una vez para acercar a la fiesta -a través de la parodia- a los tiernos infantes. Luego acabaron sirviendo para todo: conciertos de rock, mítines políticos, ópera (Carmen, con rejoneo y todo) y hasta Copa Davis. Por último, la oración se volvió por pasiva. En Vista Alegre, aparte de baloncesto o tenis, puede haber hasta toros. Ahora los grandiosos contenedores multiuso, donde juegan los futbolistas del Bayern o el Schalke, se llaman “Arena”; sin necesidad de que llegue a correr la sangre (Mouriño aún no apareció por allí…).

La primera vez que un Papa pisó estas tierras, sus apoderados se habrían conformado con una plaza de toros; les pareció una temeridad pretender llenar el Bernabéu. La parroquia les acabó dando una lección de fe, aun a costa de que más de la mitad tuviera que quedarse fuera. Ahora ya se sabe de qué va el asunto y hay que comenzar buscando un aeropuerto. Madrid ha servido de escenario de vanguardia. A Habermas lo del laicismo secularizador le parece antidemocrático; hay que ir a una sociedad “postsecular”, en la que -para bien de todos- cada cual pueda expresar lo que lleve dentro, sin más condicionamiento que respetar a los que piensen distinto. Más de un millón de jóvenes han demostrado que no se trata de ninguna irrealizable utopía.

Para algunos, bastaría con eso para que la feria se convirtiera en memorable. Sin embargo, a otros les pareció corto el programa y no se privaron de la charlotada. Creo que han dado igualmente una provechosa lección. No basta con que la fe se pasee a cuerpo y que el Retiro se pueble de confesonarios. Ha sido muy importante que todo el universo mundo se entere de en qué consiste y cuáles son en España las maneras de la pretendida “neutralidad” laicista. Su elocuencia merece un particular agradecimiento; al que le guste tan democrático espectáculo que se apunte a la JMJ de Río de Janeiro; allí saben mucho de carnaval. “Durante más de dos horas los policías se limitaron a intentar interponerse -sin éxito- entre manifestantes y peregrinos y a aconsejar a los participantes en la JMJ, muchos de ellos menores de edad, que abandonaran el lugar para no ser agredidos por los indignados”. Al octogenario Habermas le habría dado un síncope comprobar los escasos progresos de más de un no creyente en ese “proceso de aprendizaje” que, con no poco optimismo, les viene recomendando.

Claro que los misioneros del laicismo no están solos. Para “neutralidad” la de algunos medios de comunicación: un cuarto de kilo para cada uno y todos contentos. A mí el asunto me cogió en Alemania, porque justo en esos días (a quién se le ocurre, ¡con un paso de palio en la calle Alcalá!) teníamos en Frankfurt el Congreso Mundial de mi asignatura. Por la mañana me desayunaba con la televisión y el informativo de turno: un minutito de Papa y otro para los antidisturbios observando atentamente a los indignantes. Pura neutralidad. A mi vuelta, releí prensa de esos días. ABC lo plasmó con elocuencia: una mota situaba a la Puerta del Sol en el océano de Cuatro Vientos. Me acordé del chiste de los náufragos que repasaban ansiosamente la carta de marear, en la que se adivinaba una mota similar: si es una isla, estamos salvados; pero como sea una cagada de mosca…


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sábado, 3 de septiembre de 2011

JMJ y futuro

Por Manuel Atencia Robledo, en Málaga Hoy, el 28.08.2011

ESTA semana escribía el dirigente socialista  Francisco Vázquez que le sorprendía el afán de amplios sectores del autodenominado progresismo español en desacreditar a Benedicto XVI, presentándolo como un integrista impulsor de un retroceso reaccionario en el pensamiento y la acción de la Iglesia. A mí también me sorprende porque el que se acerca a su vida y a su obra descubre todo lo contrario de ese estereotipo erróneo e injusto.

 El que haya seguido la JMJ de Madrid, habrá visto que Benedicto XVI no es ni integrista ni reaccionario. Al ver y escuchar a este hombre de 84 años, de gesto dulce y de mirada viva, se comprueba la profundidad de su pensamiento, expuesto siempre desde un profundo respeto y tolerancia hacia las ideas de los demás, lo que no impide su firmeza en la defensa de los valores de la fe católica.

 Como defendió Juan Pablo II, la Iglesia no quiere imponer, solo proponer. La Iglesia de Benedicto XVI ni quiere imponer sus ideas ni busca situaciones de privilegio, pero no debe obviarse que donde existen unas raíces en las que el cristianismo ocupa un lugar preeminente, como en España, la Historia y la singularidad como pueblo no se pueden comprender sin la aportación de la Iglesia.

 La JMJ de Madrid ha demostrado la vitalidad de la Iglesia Católica y la capacidad de convocatoria de Benedicto XVI al reunir en pleno mes de agosto a millón y medio de jóvenes de todas las nacionalidades, consecuentes con su fe e identificados con el mensaje del Papa, que una vez más los ha invitado, a ellos y a todos, a la búsqueda de la verdad como único camino capaz de dar contenido a sus vidas. Esa presencia masiva de jóvenes alegres, naturales, cívicos, consecuentes y sacrificados, también rompe tópicos e imágenes artificiales de la juventud y de los cristianos, y nos propone un futuro esperanzador.

 En la JMJ se ha comprobado la viva realidad de la Iglesia que tanto cuesta reconocer a los que están empeñados en ignorar la vital importancia que el hecho religioso tiene en nuestra sociedad y en nuestra cultura. Una vez más, se ha demostrado que son inútiles los intentos de reducir la religión al ámbito privado. Los valores de la fe son principios compartidos por millones de personas y determinan la posición de los católicos ante los problemas políticos, económicos y sociales.

 La Iglesia, como se ha destacado estos días por muchas personas no creyentes, es el gran baluarte de la defensa de la dignidad humana y los valores que profesa y defiende contribuyen a mejorar la sociedad. En este mundo en crisis, la Iglesia y Benedicto XVI pueden ofrecer respuesta y orientación a muchas de las demandas de la sociedad de hoy y, especialmente para los más jóvenes, puede llenar de contenido el vacío de pensamiento actual.

 Después de escuchar al Papa y ver a esos millones de jóvenes ilusionados, miro al futuro con más esperanza si cabe.

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miércoles, 3 de agosto de 2011

Prohibido criticar a Daniela M.

Artículo de Alejandro Navas, profesor de sociología de la Universidad de Navarra, lunes 30 de mayo de 2011

Nacida en Croacia en 1975, Daniela Matijevic crece en Alemania. Una vez terminada la enseñanza secundaria, se alista en el Ejército, en el cuerpo de Sanidad. En 1999 es enviada a Kosovo, donde pasará cuatro meses. Trabaja de sanitaria, dedicada a labores de rescate, y también de intérprete. Regresa a Alemania, y al cabo de cuatro años de permanencia en el Ejército, abandona la milicia. Marcada por la experiencia de Kosovo, muestra síntomas atribuibles al estrés postraumático: dolores de cabeza, insomnio y dificultades para la concentración. Los diversos tratamientos médicos no consiguen aliviar su sufrimiento. Lógicamente, este cuadro le impide reintegrarse con normalidad a la vida civil. Intenta estudiar Medicina, con la ilusión de llegar a ser anestesista, pero no consigue avanzar. Debe renunciar a su sueño profesional y sigue sin hallar un trabajo estable.

Pasan los años y después de varios intentos por encauzar su vida, Daniela tienta la suerte como escritora. Redacta el borrador de una novela, inspirada en buena medida en su experiencia kosovar. Como es característico en casi todo escritor primerizo, vuelca en su relato gran parte de su propia peripecia biográfica. La editorial le sugiere que convierta la novela en un relato de no ficción, con aire de reportaje. Así lo hace, y en 2010 ve la luz 'Hubiera podido vivir con el infierno'. El libro encuentra un éxito inmediato. Refleja de modo vivo los horrores de la guerra, con escenas terribles. Aparte de los inevitables asesinatos y violaciones de niños, cuenta, por ejemplo, cómo los integrantes de su unidad se vieron obligados a matar un perro y a comérselo, acuciados por el hambre.

La autora se hace muy popular y los medios de comunicación se pelean por entrevistarla. Se convierte enseguida en una visitante habitual de talk shows y magazines. Como escribe el periódico Hamburger Abendblatt: «Posiblemente su libro resulta tan emocionante porque la autora es una mujer, y desde su perspectiva femenina la guerra parece todavía más brutal».

Tanto ruido llama la atención de gente que también estuvo en Kosovo en esa época, que no tarda en denunciar el carácter ficticio de esos tremendos episodios. Además de las fabulaciones, hay en el texto numerosos errores de bulto, como por ejemplo convertir en católica a la población de Serbia. Lo mismo vale para sus alusiones de tipo histórico, que revelan un profundo desconocimiento de la realidad de los Balcanes. Parece que, al final, Daniela no consiguió saltar limpiamente de la ficción a la realidad.

El escándalo debería estar servido, pero las críticas se contienen. En opinión del Frankfurter Allgemeine Zeitung, el diario que se aventuró a denunciar el fraude, este sospechoso silencio se debe a la triple condición de la autora: mujer, inmigrante y lesbiana. Todo el que se atreva a poner en evidencia su montaje se expone, por tanto, al triple reproche de machismo, xenofobia y homofobia: demasiado atentado contra la corrección política. Entretanto, Daniela ha sido desplazada a un segundo plano, no por la verdad, sino por los acontecimientos de Japón y del Norte de África.

La vigencia de esos estereotipos, conformadores de la «corrección política», no resulta exclusiva de Alemania. Se observa de parecida manera en todos los países occidentales. Una especie de ley no escrita indica lo que se puede o no se puede decir. Recuerdo una emisión del programa de TV3, La nit al dia, en la que cuatro humoristas, inconoclastas y rompedores, coincidían en reconocer que ya no hay censura, pero que a la vez no pueden hacer chistes sobre los colectivos homosexuales y feministas: «No puedes hacer chistes sobre ellos, porque luego has de justificar que no estás contra ellos, y te dan toques, y hay una línea editorial.». En cambio, añadían, hace tiempo que no hay problema en meterse con el papa y con los obispos.

Además, empieza a haber leyes que refuerzan ese clima de opinión de mordazas selectivas. Por ejemplo, en esa dirección apunta la 'Ley integral para la igualdad de trato y la no discriminación', que prepara actualmente nuestro Gobierno. El texto del anteproyecto despide un inequívoco tufo censor. Al paso que vamos, atreverse a decir que el rey va desnudo, como en el cuento clásico que adaptó Andersen, puede llegar a convertirse en una gesta heroica.


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