martes, 8 de mayo de 2012

Camelo científico

Leyendo el mi diario de referencia del domingo me encuentro con una entrevista a un tal Francisco Mora Teruel, al parecer un sabio neurocientífico de la Universidad de Iowa (que vaya usted a saber cómo anda en los ránquines). Voy a pasar página cuando leo entrecomillado y destacado: "Dios es solo una idea construida por el cerebro".

Vaya, interesante. Sigo leyendo para ver si por fin hay pruebas. El entrevistador pregunta:

- ¿Cómo explica que personas muy inteligentes crean en Dios?
FMT: Hay dos clases de seres humanos, los que nacen con un fuerte componente emocional y los que no lo tienen o lo tienen menos. Los primeros, independientemente de su mayor o menor inteligencia para las cosas del mundo, son proclives a las creencias.

No suena muy científico, la verdad; pero sigo leyendo:

FMT: Todo ser humano alberga en su intimidad ese sentimiento profundo que yo llamo religiosidad. Puede dar lugar a la religión, pero no es religión. La religiosidad es lo que hace alumbrar lo que yo llamo "el dios de cada uno", ese sentimiento caliente que te hace levantar la mirada y lanzar la pregunta: ¿Y todo esto qué es? Y contestarla mirando a los demás. Y al hacerlo "sentir" el impulso de hacerles un bien.

Más que neurociencia, todo esto de "sentimiento caliente", "levantar la mirada" y "sentir un impulso" me suena a Nueva Era y tal. Es martes y aún estoy esperando a que los de Unilaica protesten.

¡Ah!, ya sé, quizá lo entrevistan porque ha venido al pueblo a vender su libro.

Pues que conmigo no cuente.

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miércoles, 11 de abril de 2012

Pilatos, el demócrata

Ya he tratado antes este interesante ejemplo de Pilatos en el inicuo juicio a Jesús, que se ha recordado esta semana pasada, por esto llamada Santa.

Una nueva vuelta de tuerca a la cuestión da Juan Manuel de Prada en su artículo del pasado 1 de abril en XLSEMANAL, advirtiendo del riesgo de fundar la Democracia en el relativismo, porque es causa de la más lacerante injusticia y, al final, se auto destruye.

En la condena del justo hay siempre algo que nos estremece, porque todos tenemos muy arraigada, casi podríamos decir que inscrita en los genes (aunque muchos traten de oscurecerla), una noción natural de la justicia; y si la conculcación de la justicia es siempre aborrecible, cuando sirve para condenar al inocente resulta aberrante. A quienes estudian leyes se les debería proponer el análisis del proceso a Jesús, en el que la injusticia adquiere una densidad rabiosa, pululante de irregularidades que lo convierten en una monstruosidad jurídica: el Sanedrín se reunió en el tiempo pascual, cosa que le estaba vedada; los testimonios contra Jesús fueron falsos y contradictorios; no hubo testigos de descargo, ni se permitió que el reo dispusiera de defensor; la sentencia del Sanedrín no fue precedida de la preceptiva votación; se celebraron dos sesiones en el mismo día, sin la interrupción legal establecida entre la audición y la sentencia; el sentenciado fue después enviado a la autoridad romana, que el Sanedrín no reconocía como legítima y que, además (como el propio Pilatos observa), no tenía jurisdicción sobre delitos religiosos; el delito de conspiración contra el César, que los miembros del Sanedrín promovieron después, no estaba penado con la crucifixión, a menos que hubiese mediado sedición armada, cosa que manifiestamente no hizo Jesús; y, en fin, dejando aparte otras irregularidades, el procurador romano lo mandó a la muerte sin pronunciar la sentencia oficial, cosa que un juez no puede hacer, pues es tanto como abdicar de su oficio.

Son solo algunas de las irregularidades que pueblan este proceso; y cualquiera de ellas bastaría para que se considerase nulo. Pero quizá lo que más nos conturba de este proceso oprobioso no sea la actitud furibunda o fanática de los miembros del Sanedrín, sino la cobarde y frívola del procurador Poncio Pilatos, que tras reconocer públicamente la inocencia del acusado («No encuentro culpa en él») lo manda sin embargo a la muerte, entregándolo para que lo crucifiquen, por miedo a la chusma. Analizando este pasaje evangélico, Hans Kelsen, el célebre teórico del Derecho y pope del positivismo jurídico, concluye que Pilatos se comporta como un perfecto demócrata, al menos en dos ocasiones. La primera, cuando en el interrogatorio primero que hace a Jesús, este le responde: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz»; a lo que Pilatos replica con otra pregunta: «¿Qué es la verdad?». Para Kelsen, un demócrata debe guiarse por un necesario escepticismo; las indagaciones filosóficas o morales en torno a la verdad deben resultarle, pues, por completo ajenas. La segunda ocasión en la que Pilatos, a juicio de Kelsen, se comporta como un perfecto demócrata es cuando, ante la supuesta imposibilidad de determinar cuál es la verdad, se dirige a la multitud congregada ante el pretorio y le pregunta: «¿Qué he de hacer con Jesús?». A lo que la multitud responde, sedienta de sangre: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». Pilatos resuelve el proceso de forma plebiscitaria; y puesto que la mayoría determina que lo que debe hacerse con Jesús es crucificarlo, Pilatos acata ese parecer.

La exposición de Kelsen puede parecernos brutal, pero nadie podrá negar que, en efecto, Pilatos es un modelo de político demócrata: escéptico hasta la médula, considera inútil tratar de determinar cuál es la verdad; y, en consecuencia, somete a votación popular el destino de Jesús. Y esta es la encrucijada en la que se debaten las democracias: renunciando a emitir un juicio ético objetivo (renunciando, en definitiva, a establecer la verdad de las cosas), el criterio de la mayoría se erige en norma; y, de este modo, la norma ya nunca más obedecerá a la justicia, sino a las preferencias caprichosas o interesadas de dicha mayoría. Es una solución relativista que está gangrenando las democracias; y que, de no corregirse, acabará destruyéndolas desde dentro, que por lo demás es como han sucumbido siempre todas las organizaciones humanas que no han preservado un núcleo de nociones morales netas; y en las que, inevitablemente, el justo acaba siendo perseguido y condenado, como un criminal cualquiera, para regocijo de los auténticos criminales.

Pero Kelsen tenía razón: Pilatos es un perfecto demócrata; por lo que las democracias relativistas deberían alzarle monumentos en los parques públicos e instituir fiestas –con lavatorio de manos incluido– que celebren su memoria.

Nota: puede interesar también Vigencia social de la religión

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viernes, 10 de febrero de 2012

Las Mujeres y la Cultura de la Vida

Ya he dicho en anteriores ocasiones que soy un rendido admirador de Mary Ann Glendon, -abogada. profesora de la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard y presidenta de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales, entre otras muchas cosas-, desde que la descubrí por su artículo La hora del laico.

En los dos siguiente artículos, trata con su clarividencia habitual un tema de lo más actual, y como siempre, contra corriente: Las Mujeres y la Cultura de la Vida. En el primero -Feminismo y dogmatismo- sienta las bases ideológicas de la ideología dominante y de su revisión. En el segundo -Un nuevo feminismo y una nueva cultura del trabajo- y el tercero -El nuevo feminismo y el papel del laicado-, expone su propuesta para un auténtico y positivo nuevo feminismo.

Como ella misma resume al comienzo de la serie:

  1. Un "nuevo feminismo para el siglo XXI" debe evitar el dogmatismo excesivo que caracterizó al viejo feminismo del siglo XX;
  2. La llamada a un "nuevo feminismo" en Evangelium Vitae se debe considerar conjuntamente con la llamada para "una cultura auténtica del trabajo" en Centesimus Annus; y
  3. La llamada para un "nuevo feminismo" se debe considerar conjuntamente con las llamadas recientes para que el laicado esté a la vanguardia de la nueva evangelización.

Vale la pena dedicar los 25 minutos que puede costar leer los tres artículos.

Fuente: ConoZe.com

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miércoles, 8 de febrero de 2012

El bien común: justicia, política y moral

Por Andrés Ollero
Fuente: Profesionales por la ética

Muy recomendable ensayo del catedrático Andrés Ollero que lleva por título “El bien común: justicia, política y moral”. En él aborda las exigencias derivadas del bien común que identifica, en primer lugar, con la justicia objetiva que nos ayuda a dar a cada uno lo suyo, “un mínimo ético innegociable que en ningún caso resultaría disponible ni para el legislador ni, menos aún, para la autonomía de la voluntad en el ámbito privado, marcando así una infranqueable barrera de orden público”.

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martes, 7 de febrero de 2012

Los anti excelentes

Por Luis Alemany
Fuente: El Mundo, 7 de enero de 2012

Dice Wert que el problema de España empezó el día en que nos burlamos del empollón de clase. Un filósofo, un sociólogo y un escritor retoman la idea.

Si el lector es español, seguro que recuerda esta escena: los años del bachillerato, una clase de inglés, un alumno que se esfuerza por pronunciar bien. Sus compañeros le toman el pelo por ello. El alumno bienintencionado no volverá a abrir la boca. Después, tanto él como sus colegas se pasarán media vida adulta tratando de adecentar el inglés que no aprendieron en el instituto.A ese tipo de historias, seguramente, se refería el pasado domingo el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, en la entrevista que concedió a EL MUNDO. "La cultura anti empollón genera mediocridad", dijo el ministro. Y aunque sus palabras se dirigían hacia el terreno de la Educación, hay quien piensa que, en realidad, existe un afán de anti excelencia en toda la cultura española. Un sociólogo, un novelista y profesor universitario y un filósofo responden.

La buena vida

César García, profesor universitario en el estado de Washington es el autor del ensayo 'American psique', que, entre otras cosas, habla de la falta de una cultura de la meritocracia en España. De modo que el asunto le toca: "En España suele establecerse una oposición entre lo que significa vivir la buena vida y ser excelente en lo que uno hace, como si fueran cosas incompatibles. Muchos españoles justifican la ausencia de éxito académico o profesional en sus vidas como una elección personal en la que la inteligencia verdadera está del lado del que, como ellos, ha optado por no sacrificarse demasiado"."Donde más aprecio esta actitud", continúa García en un correo electrónico, "es en la ausencia de reconocimiento al trabajo bien hecho que se da tanto en las instituciones educativas como en todo tipo de organizaciones. En la escuela de mi hijo, pública, se realiza una entrega de premios todos los meses a los mejores alumnos. El concepto de excelencia también es abierto, puede ser que el alumno reciba el premio por haber sido un gran estudiante pero también por haber demostrado ser una buena persona con sus acciones. Lo moral y lo académico van de la mano"."En las empresas también se nota mucho. La competencia entre empleados para lograr premios o bonus (muy frecuentes en las empresas americanas) se percibe como algo positivo y nunca como un juego de suma cero o en demérito de los otros que no lo han logrado. Eso, por supuesto, no significa que no haya casos de envidia; los americanos tampoco son perfectos".

Democracia mal entendida

El filósofo Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Política y Moral de la Universidad del País Vasco también tiene un ensayo reciente que tiene que ver con la pereza intelectual: 'Tantos tontos tópicos'. Su respuesta también llega por correo electrónico: "Me extrañaría mucho que, para hacerse un hueco en el mercado de cualquier producto (salvo quizá en ciertas áreas del arte o de la música presentes), sirviera una cultura de la anti-excelencia. Sólo sirve la excelencia, sea para vender automóviles o chupa-chups. En términos de Marx, también el valor de uso condiciona el valor de cambio. Otra cosa puede ocurrir en la factoría educativa en todos sus grados, que produce titulados"."Aquí es donde aparece la figura del anti-empollón", continúa Arteta, "que corresponde a los más débiles o a los más tontos de clase. Estos no hacen más que seguir la principal pasión democrática: todos debemos ser iguales, que nadie sobresalga porque nos humilla, hay que someterse al grupo. Por tanto, el que estudia y saca buenas notas será un empollón, no un tipo inteligente, apasionado o trabajador. Estos últimos, además de cumplir su afición o su deber sin avergonzarse, saben que necesitan un buen expediente para obtener la beca que les permita seguir estudiando".

Y en la cultura

Llamada telefónica a Antonio Orejudo, novelista y profesor de Literatura en la Universidad de Almería. Su última novela, 'Un momento de descanso', habla de las miserias intelectuales de la universidad en España y en Estados Unidos, donde Orejudo fue profesor en un par de 'colleges'. "Es verdad que en España no existe una cultura del mérito. No sobresale el que es inteligente y se esfuerza. Eso lo veo en la universidad igual que en el mundo de la cultura, donde hay grandes talentos esquinados y autores increíblemente sobredimensionados".En 'Un momento de descanso', por ejemplo, aparece retratada una oposición universitaria que empieza por ser un delirio y termina en una escena de tortura bastante 'gore': "En la universidad, el método de las oposiciones es el gran ejemplo de esto. No se elige por méritos sino por camadas. Y sí, supongo que hay una línea que lleva desde el empollón al que acosan en el colegio hasta el catedrático mediocre". ¿Y en Estados Unidos? "La enseñanza universitaria en Estados Unidos tiene otros problemas. Pero ése, no; ojalá fuéramos tan escrupulosos como ellos a la hora de premiar el mérito. El propio sistema hace imposible llenar un departamento de discípulos y amiguetes... Entre otras cosas, porque les va la supervivencia financiera en ello".

El 'nerd'

César García continúa por esa línea: "En la vida americana, el equivalente del empollón seria el 'nerd', un término estereotipado que se utiliza para el chico que obtiene buenos resultados académicos pero quizás es un inadaptado social o poco agraciado físicamente. Sin embargo, en Estados Unidos la expectativa de la gente es que, en último término, el mundo será de los 'nerds' y que estos pueden acabar siendo 'cool'. Ahí tienes los ejemplos de Obama o Bill Gates. En España, el ejemplo del empollón es Mariano Rajoy, denigrado con frecuencia por ser 'un registrador de la propiedad'". Entonces, ¿cuál es el problema? "A mi me parece que la existencia de esta cultura de la anti-excelencia tiene que ver con factores culturales antropológicos y también, digamos, de la cultura política", explica García. "Respecto a los primeros, yo diría que surge como salvaguarda del individuo en una cultura que tiene aversión al riesgo y donde falta confianza entre las personas. Ser excelente, en el fondo, implica asumir algún tipo de riesgo a cambio de una recompensa que puede llegar o no de la misma forma que requiere de un reconocimiento de otros individuos ya que la excelencia tiene un componente subjetivo. Buscar la excelencia supone asumir riesgos y poner a prueba la frágil confianza que tenemos en el juicio de los demás, lo cual en nuestra cultura se antoja complicado. También pienso", concluye García, "que el igualitarismo propio del pensamiento socialdemócrata español, que ha hecho creer a la gente que la igualdad es un fin en sí mismo y no un punto de partida para que las personas, las cuales no son iguales ni mucho menos, cultiven y desarrollen sus capacidades y, si es preciso, marquen diferencias. Curiosamente, en el deporte sí admitimos la diferencia".

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sábado, 14 de enero de 2012

Valores relativos

Tercera de Andrés Ollero Tassara, de la real academia de las ciencias morales y políticas, en ABC, viernes 13 de enero de 2012

La exhibición de los precios puede considerarse como un índice de civilización. Hay países en los que se exige que su presentación vaya siempre acompañada de la cantidad adicional destinada al impuesto; en otros se oculta la imposición indirecta, como si se diera por supuesto que sólo pagará impuestos quien no sepa que lo hace. Rimando con ello proliferará la venta sin factura, salvo que alguien la necesite tanto como para estar dispuesto a pagar el IVA. Un escalón más bajo lo ocupará el precio sometido a solicitud de rebaja o, no digamos nada, el fijado tras un laborioso regateo fiel trasunto del juego de las siete y media. En estas versiones siempre será el mismo el que engañe a otro y nunca será fácil saber a qué atenerse. Al final todo acabará costando lo que el incauto de turno esté dispuesto a soportar.

No muy distinta es la situación en el ámbito de los valores, sin que me refiera ahora a los que cotizan en bolsa. Se afirma con no poca frecuencia que sufrimos una crisis de valores, que sería incluso la causante de la catástrofe económica; todo ello como resultado de una auténtica dictadura del relativismo. Mi escepticismo al respecto es difícilmente superable.

Parece obvio que todo un mundo de valores tradicionalmente imperantes se va desmoronando con estrépito. Hablar de valores objetivos o, si alguien se atreve, absolutos es condenarse a un drástico anatema. Es tal desplome lo que tiende a achacarse al relativismo; pero éste, tomado en serio, equivale a suscribir que nada es verdad ni mentira, bueno ni malo. ¿Conoce el amable lector a alguien que afirme que nada de lo que dice es verdad, ni nada de lo que hace es bueno? Mala suerte debo tener porque, a estas alturas, no me he tropezado aún con ningún relativista. Una cosa es que te oculten o discutan el precio y otra, bien distinta, que te regalen la mercancía. A la hora de la verdad, el presunto relativista se limita a negar verdad y bondad a lo que proponga cualquier otro; pero jamás admitirá que lo suyo no sea verdadero o bueno. Cómo, si no, podría defenderlo… Si lo del relativismo prospera será porque, como en todo timo que se precie, quien lo sufre va de listo por la vida.

Ese relativismo bizco, que no se apoya en otra dictadura que la del candor de sus víctimas, es el que alimenta algo que, no contento de presentarse como objetivo, acaba operando como absoluto: lo políticamente correcto.

El presunto relativismo nos instalaría en el reino de la libertad. Si nada es bueno ni malo se podrá optar por cualquier cosa; si nada es más verdadero que falso cada cual podrá sostener lo que le peta. Por otra parte, qué mayor libertad que la ausencia de poder. Todo poder público se asentaría sobre la más estricta neutralidad, utilizando como cimiento rocoso los cascotes de los viejos valores absolutos.

A la joven ministra Ana Mato no le han dado ni cien días de respiro para recordarle que lo políticamente correcto no se decide en las urnas. Para eso hay colectivos que se autoencargan de discriminar dogmáticamente qué términos reúnen o dejan de reunir tan preciada homologación. Por mucha mayoría absoluta que se consiga, lo primero es ser bien hablado. Cómo se le ocurre a la ministra ignorar, a estas alturas, que “familiar” se ha convertido tiempo ha en palabrota que huele a franquismo y curas. Si no pasa por el aro del género, le montarán un número; todo un caso… Viva el relativismo.

En aras de lo correcto habrá que reinventar la urbanidad; nada de palabras malsonantes. Qué es eso de hablar de “aborto”, con sospechosa a de asesinato, cuando es bien sabido que es una minucia, un mero desecho de todo un derecho: la salud reproductiva, con s de sálvese quien pueda.

A unos legendarios grandes almacenes le han reprochado -en nombre de la neutralidad, por supuesto- que se comporte como si el índice de libros prohibidos hubiera desaparecido; debería tener constancia de que en realidad sólo se le han cambiado las tapas. Los colectivos en cuestión no parecen muy leídos, porque la traducción al español del libro vetado lleva en el mercado más de siete años; pero algo habrá que hacer para catequizar correctamente al personal.

El denostado relativismo no es sino la sustitución de unos valores objetivos por otros, defendidos con el dogmatismo que merece lo absoluto; asunto distinto es que no se dé argumentalmente la cara, disfrazándolos de neutralidad, buen rollo y algún que otro toque litúrgico. A ver quién es el guapo de argumentar contra lo no argumentado. Me asombró la gallardía de Luis Prieto Sanchís, poco sospechoso de franquismo y clerecía; en ocasión para mí digna de recuerdo, afirmó sin cortarse un pelo que esa ética pública de que hablan los heraldos de la Educación para la Ciudadanía no es menos privada que la suya. El inefable Luis XIV de “L’Etat c’est moi” se ha visto sustituido por otros, no menos orondos, que con aire de frustrados preceptores de príncipes afirman: “La Ciudadanía soy yo” y se quedan tan anchos. Mucho presumir de laicismo para acabar pretendiendo imponer otra religión; presuntamente civil, sólo por ser la suya.

Reducir todo a la aviesa tarea de algún que otro lobby con apoyo en medios de comunicación sería demasiado simplista. La imposibilidad de ir por la vida prescindiendo de lo verdadero y lo bueno no deja de afectar también a los poco dados a la comedura de coco. El vacío valorativo acabará llenándose por defecto, por recurrir a la jerga informática.

El principal sucedáneo de los valores que venían sustentando nuestra sociedad no son ni por asomo los antojos de los políticamente correctos. Demasiado poco para sustituir a la libertad, la igualdad y la fraternidad, por no remontarnos más lejos. Una libertad que, ajena a la verdad y al bien, degenera en arbitrariedad. Una igualdad incapaz de detectar cuándo comienza realmente la discriminación; porque para eso, según nuestro Tribunal Constitucional, hay que contar con un fundamento objetivo y razonable, impensable sin verdad y bien. Una fraternidad de la que, si se huye de lo religioso, podemos acabar huérfanos de noticia. El auténtico sustitutivo es una ética objetiva, privada y pública, con bastantes siglos a las espaldas, que no necesita de argumentos porque se refugia en el cálculo: el utilitarismo.

Se ha puesto de moda, y no sin razón, sugerir que la crisis económica puede acabar trayendo consigo algunos bienes: poner fin al despilfarro de un aeropuerto en cada manzana, o a reivindicaciones autonómicas hasta ahora irrenunciables desde lo políticamente correcto. Quién nos iba a decir que llegaría a plantearse, desde la periferia, la resistencia a asumir competencias; o que se amagara incluso con su devolución. De ahí a ignorar que la crisis puede acabar suponiendo, también en el plano de los valores, un alto coste va un buen trecho.

La mayoría absoluta que ha salido de las urnas resulta bastante elocuente. Achacarla sin más a la crisis económica sería por parte de los socialistas, si se lo toman en serio, un craso error. Ningún ciudadano ignora que la crisis va para largo y a nadie se le va a ocurrir exigir al nuevo gobierno que la solvente en un plis-plas. Se dan por hecho duros ajustes y todo parece indicar que la ciudadanía está dispuesta a asumirlos, si la seriedad de los nuevos gobernantes deja espacio abierto a la esperanza. Lo que situó al gobierno anterior en caída libre no fue la crisis, sino que su absurda negación se viera acompañada de una frivolidad en los objetivos básicos de política interior y exterior que no podía sino acabar con la afición. Cuando la bolsa suena, el utilitarismo convierte los valores éticos en poesía y anima a mirar hacia otro lado; cuando deja de sonar, los desvaríos no encuentran fácil perdón.

El problema ahora es que el economicismo utilitarista pueda convertirse en nueva religión civil, insensible incluso a la necesidad de desmontar los ridículos ídolos de la etapa anterior. Por supuesto que lo primero es lo primero; pero habría que pararse a pensar si un mero utilitarismo estaría en condiciones de identificarlo. Lo que está por resolver es qué no es lo primero…

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miércoles, 11 de enero de 2012

Una defensa de la Navidad

Pasó la Navidad, Año nuevo, en fin, el rosario de fiestas y celebraciones que acompañan los últimos días de diciembre y primeros de enero de cada año en occidente y muchas partes de oriente. A mí me da pena que acabe este tiempo de luz, color y música, de sentimientos; pero hay personas para los que es un alivio, por distintos motivos. Para algunos, incluso, una liberación del horror.


El artículos de Rafael Nadal -La Vanguardia, 30/12/2011-, pone en evidencia la actitud de esos cenizos que todo lo emborronan.

Algunas personas transmiten siempre buenas vibraciones y otras siempre contagian el mal rollo. El periodista Arturo San Agustín lo comprobó en verano, cuando asistió a la Jornada Mundial de la Juventud, que presidió en Madrid Benedicto XVI. Pensaba encontrarse con un montón de hijos de papá almibarados y acabó atrapado por la vitalidad entusiasta de un millón de jóvenes normales, muchos de ellos trabajadores llegados desde países remotos. "Te sorprendían con cosas sencillas: si una persona mayor tenía que cruzar la calle, la ayudaban; si subía a un autobús, le cedían el asiento. Por unos días, la ciudad era amable y te sentías seguro; parecía Nueva York al día siguiente del 11-S". San Agustín, que es un anarquista conservador y un intelectual insobornable, lo ha escrito en un libro sin prejuicios, que se acaba de traducir al inglés: Un perro verde entre los jóvenes del Papa, la crónica sorprendente de aquella semana en la que los jóvenes católicos transmitían buenas vibraciones y los que protestaban contra el encuentro propagaban el mal rollo.

En Navidad, el fenómeno se radicaliza: algunas personas sólo con su presencia ya contagian las ansias de vivir, y otras se empeñan en amargarnos las fiestas repartiendo pesimismo y mala leche. Algunos intelectuales y periodistas lideran, con indisimulada prepotencia moral, la moda que sostiene que las fiestas son empalagosas, los buenos deseos son blandos, la familia es inaguantable, los amigos son una lata y no hay quien pueda digerir las comidas colectivas. En la intimidad, la mayoría sigue siendo partidaria de las celebraciones, pero en la calle ganan terreno los que empiezan a poner mala cara en el puente de la Purísima y no dejan de quejarse hasta que se desmonta el último pesebre, pasada la Candelaria. Estoy radicalmente en desacuerdo. Entiendo que hay gente que no tiene mucho que celebrar. Respeto a aquellos que se sienten traicionados en sus convicciones morales por los excesos materiales de la Navidad. Aplaudo a quienes hacen una crítica ácida de las muchas hipocresías de estos días. Pero me cansa la burla mediocre de los que necesitan mortificarse y torturar a los demás porque así quedan más intelectuales.

Y me resulta especialmente extraño comprobar que los más activos contra la Navidad son los que siempre reclaman más fiestas y más celebraciones populares. Dicen que están en contra del consumismo, pero acabarán reduciendo la Navidad a una serie de visitas a los grandes almacenes. Hacen lo que pueden para vaciar de sentido la fiesta más trascendente, la más espiritual, y la más simbólica del calendario, que también es la más arraigada, la más sencilla y la más popular. Antes, estos personajes eran los malos del cuento y eran presentados como odiosos, avaros, irritantes, malcarados, violentos y déspotas. Eran el míster Scrooge de la Canción de Navidad de Dickens; ahora los hemos convertido en los héroes de nuestros medios de comunicación.

Dejo a un lado la dimensión religiosa de las fiestas, porque quienes las viven desde la fe no dudan de su significado. Pero me cuesta comprender el odio a la Navidad, incluso desde la más absoluta laicidad. Hace años que no soy practicante, pero estos días no puedo evitar volver a la iglesia y sentirme parte de un colectivo que entierra raíces poderosas en siglos de repetición gestual, con diferentes grados de fe o simplemente de costumbrismo. Generaciones enteras han repetido los mismos actos, las mismas liturgias, los mismos ciclos naturales. Y supongo que eso es importante. Nunca como en estos días me siento tan integrado en esta tierra y en esta comunidad milenaria.

Este año, en nochebuena habíamos decidido buscar una misa del gallo en los alrededores de Girona, y las primeras llamadas resultaron desconcertantes: en Aiguaviva del Gironès no se celebraba; en Vilablareix, tampoco; llamamos a Medinyà, porque tenemos buenos recuerdos de cuando allí predicaba la voz poderosa de mosén Modest Prats: tampoco. Probamos en Sant Daniel, porque algunas navidades nos habíamos acercado al monasterio, andando por el camino que sigue el curso del río Galligants, pero ya hace un par de años que la anularon. Acabamos en Sant Julià de Ramis y fue una buena decisión porque, cuando entrábamos en la iglesia, un coro local cantó Les dotze van tocant y el desconcierto se convirtió en una sorpresa agradable: mosén Sebastià Aupí celebró una misa repleta de canciones tradicionales y de cuadros escénicos de Els pastorets y, al final, en la calle, bebimos chocolate caliente junto a un fuego espléndido.

Era una más de las misas que a aquella hora se repetían en toda Catalunya, como expresión sencilla y poderosa de una fe popular, que respeto y que querría mucho más visible. A menudo recrimino a mis amigos practicantes que cuesta identificarles por su comportamiento ejemplar en el trabajo o en la calle. Deberían confiar más en la fuerza de sus convicciones; como aquella peregrina sevillana, joven y guapa, a la que un día de verano, en Madrid, Arturo San Agustín preguntó por Jesús.

–¿Te gusta mi sonrisa?

–Sí, claro.

–Pues ese es Jesús.

Reconozco que cuesta de creer, pero como imagen es mil veces más estimulante que la mala uva de los pedantes que se pasan el día criticando la Navidad.

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