martes 1 de julio de 2008

¡VACACIONES!

Vuelvo el día 24, hasta entonces, no me busquéis, porque estaré perdido en las montañas...


A los que seguís al pie del cañón, que os sea leve.

viernes 27 de junio de 2008

Clericalismo y anticlericalismo

Por Luis Sánchez de Movellán de la Riva
Profesor de la Universidad CEU-San Pablo. Doctor en Derecho.
En Análisis Digital, 26 de junio de 2008

El conflicto entre clericalismo y anticlericalismo es una de las manifestaciones más señaladas de la casi continuada crisis en que se ha desenvuelto la contemporaneidad española. Esta crisis sería tan sólo la epidermis de las particulares dificultades que ha hallado en nuestra patria el proceso que la literatura sociológica ha llamado de “modernización”. Y una de las componentes más caracterizadas de tal proceso se encontraría en la gradual secularización de las sociedades. Esta secularización se ha visto en España, como en otras sociedades de arraigada tradición católica, fuertemente contestada por la tenaz y legítima resistencia planteada desde una Iglesia que veía y ve la senda por donde se deslizan las sociedades increyentes y en procesos acelerados de paganización.

En la sociedad española hodierna, la “cuestión religiosa” ha dejado de ser casus belli aunque no motivo de fuertes tensiones entre Gobiernos laicistas y la propia Iglesia católica. Aunque los enfrentamientos no revisten la intensidad de hace setenta, ochenta o cien años, nunca estará de más el que tengamos en cuenta un conflicto que ha sido considerado como “uno de los problemas fundamentales planteados por la crisis española del siglo XX”. Podríamos decir con una de las máximas figuras en el estudio del anticlericalismo, el historiador francés no hace mucho fallecido René Rémond, que éste (y su contrapartida clerical) “es una parte de la historia general de las sociedades europeas durante los dos últimos siglos...sin la cual nuestra comprensión de un capítulo entero de la historia europea moderna se vería severamente comprometido”.

En la literatura histórica que ha profundizado en las vertientes conceptuales o teóricas del conflicto clerical-anticlerical, hallamos la evidencia de la imposibilidad de aislar ambos conceptos, clericalismo y anticlericalismo, más aún, de aprehender el segundo sin una comprensión de lo que significa el primero. De este modo, cuando Romolo Murri quiere en 1912 explicar lo que es “anticlericalismo”, afirmará simplemente: “El anticlericalismo es, como dice la palabra, lucha contra el clericalismo; lucha que tiene muchas formas, según los medios de los que hace uso o los aspectos particulares del clericalismo que ataca”.

Murri lo definía así de cara a una lucha concreta, y dentro del común sentir de los anticlericales del momento, pero estudiosos posteriores, desde el campo de la sociología, de la historia o de la antropología, han hecho lo mismo. Es decir, han definido dialécticamente ambos conceptos, mas poniendo el acento en lo que tiene el anticlericalismo de reacción contra el clericalismo. En España es posible rastrear dicha concepción en Díaz Mozaz, Ullman o Caro Baroja, por poner un ejemplo de cada una de las disciplinas anteriormente citadas. Incluso historiadores como el francés ya citado René Rémond, que reivindican para el anticlericalismo un status superior al de mera “ideología política negativa” terminan por aceptar su inevitable vinculación, empírica y conceptual, a un contrario que le da vida: el clericalismo.

Puestos a formular una propuesta de conceptuación de clericalismo y anticlericalismo, podríamos decir que éste es una actitud, que en determinados momentos históricos deviene militancia activa, de oposición y combate contra el clericalismo, entendido éste como la línea de actuación histórica de sectores eclesiásticos, tanto jerárquicos como seglares, encaminada a implantar o mantener, a través de diversos instrumentos (políticos, culturales, económicos, etc.), y desde una posición de privilegio y de intolerancia hacia otras ofertas, su control ideológico sobre una sociedad civil secular o en trance de secularización y, por tanto, basada sobre unos presupuestos no necesariamente coincidentes con los propugnados por la Iglesia.

Ahora bien, no podemos considerar, en sentido estricto, toda intervención de la Iglesia en la vida pública como una demostración de clericalismo, pues como señala John Devlin: “...el clericalismo no es la mera intrusión del clero en el orden socio-político, sino más bien una intrusión con el propósito de exigir preferencia exclusiva para una fórmula religiosa determinada...”. Sin embargo, en definitiva, también debe tenerse en cuenta que estos matices y sutilezas muchas veces escapan a los anticlericales –o los ignoran intencionadamente-, quienes sólo ven enfrente de sí un enemigo mítico al que batir sin pararse en disquisiciones de alta reflexión o en consideraciones sobre la legitimidad o ilegitimidad de cada uno de sus actos.

martes 24 de junio de 2008

Contra el cristianismo

Contra el cristianismo
La ONU y la Unión Europea como nueva ideología
Eugenia Rocella y Lucetta Scaraffia
Ediciones Cristiandad

El rechazo a mencionar las raíces cristianas del Viejo Continente en la Constitución Europea es un síntoma inquietante de una situación muy generalizada sobre la condición de los derechos humanos. La Iglesia católica, defensora siempre de los más débiles, se ha convertido, paradójicamente, en el principal enemigo de quienes supuestamente defienden estos derechos. De este contrasentido, de sus razones y consecuencias y de otros temas referentes a los derechos humanos se ocupan Eugenia Roccella y Lucetta Scaraffia, en Contra el Cristianismo.

Los derechos humanos, a los que hacen referencia todas las organizaciones internacionales, no se encuentran a comienzos de siglo XXI, en las mismas condiciones que estaban hace más de medio siglo cuando se promulgaron en la sede de la Naciones Unidas. Han ido perdiendo a lo largo de los años su característica originaria de código ético y su relación con la Revelación judeo-cristiana y con todo rastro de religión monoteísta.

En estas páginas, se denuncia como poco a poco se han convertido en la base ideológica de un relativismo totalitario que busca eliminar toda referencia a un derecho natural. Ellos mismos se han erigido en una especie de religión laica, de derecho positivo, sobre la que no hay nada parecido a un referente superior al que apelar en caso de conflicto. Ellos son su propio fundamento, la norma organizada de la nueva conciencia colectiva, que es tal en cuanto negociable y modificable.

Muchos son los delitos que se están cometiendo en defensa de ciertos, así llamados, derechos y en nombre de la dignidad humana. Este libro es una llamada a la toma de conciencia de que las cuestiones que aquí se debaten nos afectan a todos y de todos son también responsabilidad.

Eugenia Rocella (Roma, 1953) periodista y ensayista italiana. Hija de político, entró
a los 18 años a formar parte del Movimiento de Liberación de la Mujer, del que en los años 70 llegó a ser líder. Autora de ensayos sobre feminismo y sobre literatura femenina. Colabora en diversos periódicos y revistas de cultura política como "Ideazione”, “Il Foglio”y “Il Giornale”

Lucetta Scaraffia (Turín, 1948) historiadora y periodista italiana. Profesora de Historia Contemporánea en la Universidad de la Sapienza de Roma. Se ha dedicado sobre
todo al estudio de la historia de la mujer e historia religiosa, centrándose en la
religiosidad femenina. Colabora en diversos periódicos. Es vicepresidenta nacional de la Associazone Scienza & Vita, y miembro del Comité Nacional de Bioética.

lunes 23 de junio de 2008

Izquierda Socialista provocará un debate sobre laicidad en el congreso del PSOE

Para ir velando armas, recojo esta noticia de El País de hoy, lunes 23 junio: se avecina un nuevo impulso a este debate tan apasionante.


El debate en el PSOE sobre el peso de la Iglesia Católica en la vida política y social es imparable por mucho afán que su dirección ponga en reconducirlo por senderos tranquilos. Y en el 37º congreso del partido, que se celebrará en dos semanas, los socialistas tendrán que polemizar sobre el asunto, después de que a este foro lleguen vivas las enmiendas sobre la laicidad a la ponencia oficial que he elaborado la corriente Izquierda Socialista sobre la Reforma de la ley de Libertad Religiosa, la creación del Estatuto de Laicidad y la revisión de los acuerdos de 1979 del Estado con el Vaticano.

La vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega ha remachado la intención del Gobierno de cambiar la ley de Libertad Religiosa, pero los sectores más laicistas del partido temen que el cambio no sea significativo.

"Es indispensable una legislación que establezca nuevos criterios de colaboración de las confesiones religiosas con las administraciones públicas, procurando un trato igualitario para todas, sin privilegios confesionalistas", señala una de las enmiendas de la corriente crítica. Sus autores, singularmente el diputado por Granada, José Antonio Pérez Tapias, recalcan que no se trata tanto de hacer una ley que responda "al principio de tolerancia", como al "principio de laicidad".

Otra de las enmiendas señala: "Desde el PSOE se ve la necesidad de elaborar un Estatuto de Laicidad que establezca pautas comunes de actuaciones de las instituciones democráticas, los representantes políticos y los cargos públicos en relación con las confesiones religiosas, evitando todo comportamiento contrario a la aconfesionalidad del Estado y al principio de laicidad en que se inspira". Y añade: "Para salvar el principio de igualdad que exige que no haya ni privilegios ni discriminaciones entre confesiones religiosas y entre las personas pertenecientes a las mismas, es necesario un Estatuto de Laicidad que regule las buenas prácticas de cargos e instituciones públicas en relación a las religiones".

La petición más difícil de asumir por la dirección del PSOE es la revisión de los acuerdos con el Vaticano, para, dice la enmienda, dar paso "a nuevas formas de relación entre el Estado y la Iglesia, consonantes con una laicidad respetuosa con las tradiciones religiosas, pero exigente en la defensa de la autonomía del ámbito político respecto de las confesiones religiosas". La dirección federal todavía no ha decidido qué posición defenderá el ponente oficial, encargado de poner límites a estas peticiones. La última palabra la tienen los delegados, que tienen que votar todos los textos con su papeleta.

miércoles 4 de junio de 2008

Fariseísmo

Por Juan Manuel de Prada, en XL Semanal del 1 al 7 de junio

La semana pasada reflexionábamos sobre un fenómeno muy característico de nuestra época, la intromisión de la ideología en los ámbitos de lo estrictamente humano, y sobre cómo esa intromisión acaba corrompiendo lo humano, convirtiendo lo que debería ser floración natural del espíritu en un conglomerado de intereses partidistas o doctrinarios. Ningún ámbito humano permanece ajeno a esta intromisión, ni siquiera aquellos en los que se cultivan las mejores flores del espíritu; y ya se sabe que no hay corrupción más pésima que la corrupción de las cosas óptimas. Hoy quisiera abundar en esta reflexión, proponiendo otro ejemplo de esa corrupción de lo humano, acaso la más dolorosa y aberrante de todas, que es la corrupción del sentimiento religioso. A esta enfermedad se la llama fariseísmo; y consiste en la esclerotización del impulso religioso, convertido en una serie de rutinas o signos externos que, cuanto más se magnifican, más agostan la fuente originaria de la religiosidad, hasta sepultarla. Cuando la sal se vuelve sosa, ¿quién puede salar el mundo?

Todas las religiones desarrollan, tarde o temprano, esta degeneración de su impulso originario; es lo que Peguy llamó «el traspaso de la mística en política», que a lo largo de la Historia se ha manifestado en formas muy diversas, desde la fétida hipocresía hasta el clericalismo, y que hoy sobre todo se expresa en la amalgama o confusión entre el Reino de Dios y el Mundo. La condena del fariseísmo es una de las líneas vertebradoras de la predicación de Jesús; a ningún otro vicio dedicó tan ásperas recriminaciones (pensemos, por ejemplo, en las siete maldiciones que dirige contra escribas y fariseos –Mt, 23–, que alcanzan una gradación climática hasta desembocar en ese sobrecogedor: «¡Raza de víboras!»). A Jesús lo crucifican los fariseos de la religión mosaica, porque quebranta el sábado o se codea con publicanos o perdona a las prostitutas arrepentidas, pero su predicación va dirigida, antes que a ellos, a los fariseos que pronto van a surgir entre sus propias filas: a los que anteponen las ceremonias sobre la misericordia y la justicia, a los que adulteran el sentido de su fe, convirtiéndose en sepulcros blanqueados, «que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia». Y en el Apocalipsis leemos que uno de los signos que anticipan el fin de los tiempos es la «fornicación con los reyes de la tierra», que en lenguaje bíblico quiere decir «poner los poderes de este mundo en el lugar de Dios». Ésta es la forma extrema de fariseísmo.

En las épocas de hegemonía de lo religioso el fariseísmo se expresa a través de una religión de pura fachada que sofoca el hondo corazón vivo de la religiosidad con ritualismos hipócritas y afectaciones postizas de virtud. Pero las épocas en que tal fariseísmo era posible parece que quedaron atrás. Hoy el fariseísmo religioso se muestra de un modo más complejo y abominable, cifrando la salvación de la Iglesia en su alianza o connivencia con tal o cual sistema político o ideológico, con tal o cual solución mundana, llámese socialismo o liberalismo o democracia o dictadura o como demonios queramos llamarla. Esta connivencia o alianza puede realizarse, incluso, con propósitos bienintencionados (el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones); pero, invariablemente, produce el mismo efecto: acaba agostando el impulso religioso originario, acaba desecando («prostituyendo» en el sentido bíblico del término) el manantial del que fluye el sentimiento religioso. En décadas recientes, muchas órdenes y congregaciones religiosas pensaron que la justicia social que postulaba el marxismo (solución mundana) podía contribuir a traer el Reino de Dios a la tierra; aquella justicia no era tal, como hemos comprobado, pero entretanto aquellas órdenes y congregaciones quedaron hechas unos zorros. En la actualidad, esta connivencia parece que es de signo distinto: muchos católicos –empezando por las jerarquías eclesiásticas– piensan que una alianza con ideologías de corte liberal podrá ayudar a la Iglesia a combatir las calamidades de nuestra época. Es una manifestación más del fariseísmo que, como todas las anteriores, sólo contribuirá a la esclerotización del impulso religioso. Pues el fariseísmo no se crea ni se destruye, sólo se transforma; lo que sí crea son hombres sin Dios, destruyendo lo que de religiosidad verdadera hay dentro de ellos y sustituyéndolo por un montón de huesos de muerto e inmundicia. A esto Jesús lo llamaba «colar el mosquito y tragarse el camello». Y donde Jesús decía «camello», nosotros podemos decir «camelo»: pues el fariseísmo es siempre el camelo de lo religioso.

viernes 30 de mayo de 2008

Sobre el poder

Por Luis Sánchez Movellán de la Riva, Doctor en Derecho y profesor de la universidad CEU-San Pablo, en análisis digital

Poder es la capacidad de actuar para causar efectos que alteren la realidad. Una sociedad tiene poder si tiene la capacidad de explayarse en el medio natural, dominarlo y trazar en él sus fines. Poder es dominación sobre el mundo que nos rodea, natural y social, para alcanzar lo deseado. La sociedad no puede entenderse sin la presencia del poder.

El primer filósofo de la política en la época moderna, Thomas Hobbes, comprendió cuál es el móvil que nos impulsa en la vida: es el deseo. Si la pulsión originaria de la que todas las demás se derivan es el deseo, su faceta negativa es el temor a la muerte. Deseo de vida y temor a la muerte es el principio originario, el más simple, de todas las acciones humanas. De allí el afán de poder. Poder para asegurar la preservación de la vida, poder para protegernos de la muerte. Existe –nos dice Hobbes en su Leviatán- “una inclinación de la humanidad entera, un perpetuo e incesante afán de poder que sólo cesa con la muerte”.

Lo que escapa al afán de poder son las acciones contrarias a su búsqueda. Una ciudad bien ordenada sería la que pudiera prescindir del deseo de poder. Si estuviera gobernada por hombres de bien –advierte Sócrates en La República de Platón- “maniobrarían para escapar del poder como ahora se maniobra para alcanzarlo”.

Frente al afán universal de poder sólo hay una alternativa: la búsqueda del no-poder. La actitud de un hombre que estuviera liberado de la pasión de poder de que hablaba Hobbes, sería justamente esa persona que pretendería maniobrar, no para alcanzar poder sino para escapar de él.

El contrario del hombre ansioso de poder no es pues el impotente, no es el que carece de poder, según Sócrates, sino el que se rehúsa a hacer de la voluntad de poder su fin. Buscar la vida no marcada por el poder, sino libre de toda voluntad de poder: ése es el fin que, en contradicción con la tesis que Sócrates atribuye a Trasímaco, constituiría la vida del hombre de bien. El hombre de bien no es esclavo del afán de poder que mueve a los demás hombres, está movido “por escapar al poder”. El enunciado de Hobbes se ha invertido.

Escapar del poder no equivale a aceptar la impotencia sino no dejarse dominar por las múltiples maniobras del poder para prevalecer; es resistirlo. Al poder opone entonces un contrapoder. Podemos llamar “contrapoder” a toda fuerza de resistencia frente a la dominación. El contrapoder se manifiesta en todo comportamiento que se defiende y resiste al poder.

La oposición ante el poder puede ayudar a explicar la dinámica de cualquier sociedad. El contrapoder puede ejercerse en muchas formas. Puede ser una resistencia pasiva: grupos de la sociedad dejan de participar, se mantienen al margen, no colaboran en acciones comunes. Frente a los poderes, prefieren ausentarse, como una forma de resguardo y defensa tácita. La resistencia al poder puede revestir varios grados y pasar por distintas actitudes sociales, políticas, ideológicas o culturales. Lo mismo sucede con las formas variables de la sumisión a la dominación.

La dinámica contra el poder se muestra en comportamientos comunes que no obedecen a un mismo fin general ni tienen una única traza. En la dinámica de muchas luchas y de variadas formas de resistencia se va formando una corriente variada que alimente un contrapoder. La resistencia contra el poder no puede atribuirse a un solo sujeto ni presenta el mismo carácter en todos los casos. Sólo por abstracción podríamos imaginarla como una fuerza múltiple que tiene una dirección común. Aunque está formada por innumerables acciones concretas, podríamos conjugarlas bajo un mismo concepto en la persecución de un fin común. Ese fin común sería la abolición de la dominación.

Liberarse del mundo donde priva la injusticia no equivale a postular el mundo injusto del que habla Trasímaco frente a Sócrates, sino a elegir la posibilidad de actuar para escapar de esa realidad injusta. Se trata de iniciar el impulso para depurarse de un mundo donde rige la injusticia. Por eso Sócrates no expresa esa idea como “buscar la justicia”, sino como “escapar del poder injusto”.

jueves 29 de mayo de 2008

Vaya Mandamientos (laicistas)

Por Fernando Sebastián Aguilar, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en su blog, el 20 de mayo de 2008

No debemos obsesionarnos con el asunto del laicismo. Pero sí conviene estar alerta. Porque la ofensiva sigue. Y no podemos dar un paso atrás.

El periódico Público, muy cercano al PSOE, ha confeccionado y puesto en el candelero lo que llama los 10 mandamientos del laicismo. En realidad son una barrera para excluir al cristianismo de todo lo que sea vida social. Los resumo.

1. Educarás en igualdad. Se entiende, en la igualdad impuesta del laicismo , sin ninguna referencia a Dios ni a religión alguna, ni siquiera a la trascendencia del ser humano.
2. No sermonearás fuera del púlpito. Que quiere decir, las manifestaciones religiosas sólo se pueden tolerar dentro de las Iglesias. Hay que eliminar la enseñanza de la religión en las escuelas.
3. No impondrás tus símbolos al Estado. Los actos oficiales tienen que ser estrictamente laicos. Excluyen los funerales de Estado y hasta las bodas católicas de la familia real.
4. No mezclar lo terreno con lo celestial. Ni himnos ni banderas ni autoridades en las ceremonias religiosas, ni signos religiosos en nada oficial.
5. No acaparar las fiestas del calendario. Pretenden quitar fiestas religiosas y hacer festivas las conmemoraciones civiles.
6. No invadir las instituciones públicas. Fuera los capellanes de hospitales, los castrenses, la existencia del Arzobispado Castrense.
7. No apropiarse del patrimonio. Que la Iglesia reconozca la propiedad pública de Catedrales, Museos, Monasterios.
8. Facilitar la apostasía. No necesita explicación.
9. No aparecer en los medios públicos. Hay que eliminar los programas religiosos en los medios de comunicación estatales.
10. Ni un duro para la Iglesia. Ni siquiera es aceptable el sistema de poner la cruz en la declaración de la renta.

O sea, la Iglesia, los católicos, la religión cristiana no merece la consideración ni la ayuda que merecen el deporte, o el cine, o los concursos de belleza. Solo les falta pedir que nos pongan una multa por ser católicos.

Contra estas agresiones del laicismo, nosotros afirmamos tres puntos difícilmente cuestionables.

* Primero. Los ciudadanos tenemos perfecto derecho a vivir y actuar religiosamente en todos los ámbitos de nuestra vida, personal, familiar y social, según nuestra conciencia y a medida de nuestros deseos. Ninguna autoridad humana nos lo puede prohibir justamente.
* Segundo. La autoridad civil, cuya razón de ser es el servicio de la sociedad, está obligada a proteger y favorecer la libertad de los ciudadanos, también en el ejercicio de su vida religiosa y moral tal como de acuerdo con su conciencia decidan hacerlo.
* Tercero. Los ciudadanos católicos, como los demás, tenemos pleno derecho a intervenir en la vida pública en cuanto tales y tenemos el deber y el derecho de aportar al patrimonio común los bienes culturales y sociales que provienen de nuestra experiencia religiosa.

Detrás de las pretensiones laicistas hay una concepción totalitaria del Estado. Según esta mentalidad, el Estado es una especie de Ser Supremo que viene sobre nosotros y nos dicta cómo tenemos que vivir. Pero la realidad no es así. En el ordenamiento de la vida social, primero es la persona, como concreto real existente, y con la persona, la familia, en la que nacemos, crecemos y vivimos. Después viene la sociedad, cada vez más amplia, más abierta y más universal.

Desde dentro de la sociedad y de la sociabilidad humana nace la organización —el Estado—, que los ciudadanos nos damos para facilitar la convivencia y fomentar el bien de todos en libertad y justicia. Es el Estado el que tiene que ajustarse al ser de la sociedad a la que tiene que servir, y no al revés. Esto es la esencia de la democracia. Y lo contrario es dictadura y totalitarismo.

En el caso de la religión, el Estado lo único que tiene que hacer, que no es poco, es proteger la libertad de los ciudadanos para que cada uno pueda ejercitar y manifestar libremente su propia religión, según su propia conciencia, sin molestar ni atentar contra la libertad ni los legítimos derechos de nadie. De manera que la recta laicidad, lo mismo que la no confesionalidad, consiste en que el Estado proteja la libertad religiosa de la sociedad y de los ciudadanos para practicar la religión que quieran, sin beligerar en cuestiones religiosas que quedan fuera de su competencia.

Si los católicos españoles queremos seguir siendo libres y responsables, tendremos que comenzar a tomar en serio estas cuestiones. No es un asunto de los Obispos, sino que es algo que concierne directamente a toda la sociedad y a todos los ciudadanos. Lo que está en juego no son los privilegios de los curas, sino la libertad de los ciudadanos españoles para vivir libremente según su conciencia. En el fondo está la gran cuestión de si es el gobierno el que tiene que estar al servicio de los ciudadanos tal como son y como quieren ser, o bien son los ciudadanos los que tienen que someterse a los gustos y preferencias de los gobernantes.

El Estado es laico no para suprimir la religión, sino para facilitar el que los ciudadanos puedan ser religiosos o no según su conciencia y puedan profesar tranquilamente la religión que mejor les parezca, con todas las consecuencias, privadas y públicas. Llega la hora de que los españoles seamos de verdad ciudadanos y tomemos la determinación de ser los protagonistas de nuestra vida, exigiendo a los políticos y a la política que actúen realmente al servicio de la sociedad, sin dirigismos y sin excederse en sus competencias ni en sus atribuciones. ¿Queremos vivir en una sociedad de hombres libres que orientan su vida según su conciencia, o queremos vivir en una sociedad dominada y dirigida dedicándonos simplemente a vivir como nos digan? Esta es la cuestión.