martes, 28 de agosto de 2007

Lecciones del tardolaicismo

Por ARMANDO SEGURA NAYA, CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA, en IDEAL Granada


PARA el que se sitúe en el clima cultural y social de los años treinta en España puede ser comprensible pensar en el protagonismo político de la jerarquía eclesiástica. La CEDA, la Acción Católica Nacional de Propagandistas, la misma Acción Católica, los partidos tradicionalistas etc. solían considerarse la 'longa manu' de la jerarquía y no solamente lo asumían sino que se ufanaban de ello.

Gregorio Peces Barba refleja en su artículo 'En torno a la Educación para la Ciudadanía', (El País, 7-8-2007) esta situación. Han pasado tres cuartos de siglo desde entonces y todo el contexto y sus elementos básicos han variado.

La guerra civil y la Dictadura nos han enseñado sobre la verdadera naturaleza de la acción política de los católicos: las situaciones fáciles generadas por el confesionalismo son no sólo contraproducentes sino lesivas para los derechos humanos, especialmente para los que afectan a la política y a las relaciones laborales.

La historia reciente nos ha proporcionado la figura de Juan XXIII que con la 'Pacem in terris' alegró la conciencia del mundo (creyente o ateo) proponiendo una Declaración de Derechos Humanos semejante a la de las Naciones Unidas. Por otra parte, el Concilio dejó claras muchas cosas que estaban antes nebulosas como la llamada universal a la santidad y la autonomía de los laicos en su actividad política, así como la acentuación de la doctrina del sacerdocio común de los fieles, algo olvidada desde la Reforma.

Ninguna de estos esclarecimientos son novedades sino recuerdos de los que siempre ha sido doctrina de la Iglesia aunque no siempre se ha practicado correctamente. ¿Y quién puede tirar la primera piedra?

Si un millón de personas se manifiestan a favor de la familia, contra el aborto o en pro de la libertad de enseñanza, no es siguiendo las consignas de los obispos porque en todas las materias que no sean estrictamente de fe, de moral, y de culto, a los obispos se les hace muy poco caso. No nos va que nos den consignas políticas. Nos vale el sentido común que es el nombre práctico de la conciencia moral y nos vale nuestra propia iniciativa. Cada palo aguante su vela.

Al sr. Peces Barba le molesta, le parece 'insufrible' que alguien proclame 'verdades superiores'. Decir la verdad es 'arrogante' y 'desafiante' de la legítima autonomía del Estado. Es ésta una vieja cuestión, que bien analizada, sin prejuicios históricos y a la luz del Concilio se desmonta solo.

Una verdad es superior porque hay verdades inferiores. Por ejemplo la matemática es una verdad casi absoluta y nadie se siente ofendido porque se proclame la verdad matemática. Hasta el punto que si un Ministro no supiera sumar y restar (cosa impensable) no se le perdonaría. Peces Barba en su bien conocida modestia, no dudamos que distinga el bien del mal y que asuma que el matrimonio es mejor que el divorcio y tener hijos mejor que liquidarlos. Son verdades superiores que no desafían a la autonomía del Estado porque el Estado o las da por supuestas o queda automáticamente deslegitimado.

Para saber estas cosas no nos hacen falta los obispos ni el Papa, porque cada uno sabe donde le aprieta el zapato.

Dentro de esta verdad superior que es tan fácil como 'decir la verdad', se incluiría el reconocer que la Constitución, coherentemente con la 'non nata' Constitución Europea y la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice literalmente que son los padres y sólo los padres los responsables de la educación de sus hijos, únicos competentes para elegir aquella escuela conforme a sus creencias e ideología. ¿O no es ésta una verdad superior?

La Iglesia resulta una 'lata', piensa el autor del artículo, los obispos y cardenales siempre andan buscando conflictos. Parece que aquí los realmente beneficiados de esa multinacional eclesiástica, dedicada a destruir el Estado, son los obispos y cardenales mientras que el Gobierno tímidamente no hace más que evitar roces, limar asperezas, etc. etc.

No es el aborto, ni el matrimonio gay, ni el control de los medios, ni el divorcio ni la memoria histórica, entre otras muchas iniciativas de estos tres últimos años, modelos de timidez y de prudente contención. Somos el asombro de los países civilizados, Sr. Peces Barba, el país que todos señalan con el dedo como ejemplo de lo que hay que evitar si se quiere alcanzar un cierto nivel de decencia.

La verdad es que ninguno puede hacerse responsable de lo que no ha hecho. La acusación de que la Iglesia tiene buena conciencia por la inocencia del olvido histórico, demuestra la poca consideración con el valor de la persona humana. Sólo las personas individuales son responsables de sus actos. No es la Historia, la Institución, (el socialismo mismo) responsable de nada. Son Vds. y soy yo. Por lo mismo la moral no la vamos a descargar en el Estado ni la educación de nuestros hijos. Al Estado le pedimos que administre bien nuestros dineros y no se meta en nuestra conciencia y en nuestro hogar.

Sorprende que a un buen conocedor de Maritain como Peces Barba le moleste que haya verdades por encima de las mayorías. Los Derechos Humanos están por encima de todo Parlamento y uno de ellos es la libertad de enseñanza.

Cualquiera que honradamente recuerde la historia de la asignatura de Formación del Espíritu Nacional, sabe que dicha asignatura obligatoria en los centros públicos era soslayada en los privados. De hecho yo nunca la estudié. No digo ya en la Universidad donde sin asistir siempre había aprobado general. La Iglesia no condenó la asignatura, se limitaba a orillarla, porque hay verdades superiores que deben salvarse por encima de las ideas políticas: la vida y formación de los niños, la diferencia entre bueno y malo, la bondad del matrimonio, etc.

El artículo en cuestión parece afincado en la literatura romántica del siglo XIX francés, como si no hubiera ocurrido nada, como si se pudiera seguir diciendo sin vergüenza que la Iglesia es enemiga de la ciencia, del progreso y de la humanidad. Como si la Iglesia fuera el Cardenal Cañizares y los demás unos pobres incultos, tan tontos que solemos decir siempre la verdad.

Tardolaicismo. Agua pasada.
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