jueves, 8 de mayo de 2008

El desafío del relativismo

Inquietante reflexión: ¿que opináis?

La hipercomunicación dominante ha hecho añicos toda idea de fuga

Por Francisco José Martín, hispanista, en La Gaceta, 8 de mayo de 2008

LA globalización ha convertido este minúsculo planeta en que vivimos en una red no reglada de interconexiones que todo lo envuelven, a todo llegan y donde ya nada puede vivir separado. Ser es ser en conexión. Ya no quedan islas desiertas a las que poder escapar, lugares remotos para alojar los sueños insatisfechos del progreso y de la vida moderna. La hipercomunicación dominante ha hecho añicos toda idea de fuga. Cualquier meta está de rebajas y adonde quiera que se vaya es posible encontrar un internet point con tarifa plana para poder reducir a vulgar cotidianeidad la experiencia de la otredad. Todo igual en todas partes, aunque todo parezca muy distinto. No nos engañemos: la pantalla del ordenador no lleva a ningún sitio, y, en fondo, lo que ofrece es siempre más de lo mismo.

La nueva perspectiva global brinda un panorama en el que los antiguos poderes aparecen marcados por el signo indeleble de la declinación. Los centros operativos que aún parecen imprimir el ritmo de las dinámicas mundiales son, en propiedad, residuos de un pasado en acelerado proceso de extinción. La Red, en efecto, no tiene centros privilegiados y su dominio, de consecuencia, se expresa precisamente como campo de fuerzas en el que todo punto puede ser un centro. El nuestro es ya un mundo descentrado, pues si todo es susceptible de poder convertirse en centro es como si nada pudiera serlo plenamente y por completo. Son, más bien, centros relativos, pues si bien todo centro vertebra un orden, lo cierto es que la Red no ordena los centros.

¿Cómo articular, pues, la multiplicidad de centros en el dominio global de la Red descentrada? ¿Cómo conjugar la pretensión de absoluto de cada centro con el radical descentramiento de la Red? El relativismo aparece así como el programa de mínimos de la globalización. En la metáfora del mundo que es la Red, ningún centro puede legítimamente pretender una validez absoluta, ni puede, de consecuencia, imponer a los demás formas de relación que no descansen sobre el mutuo reconocimiento del valor intrínseco de cada uno de los centros. Lo que aún no sea así son —insisto— restos de un pasado que se resiste a pasar la mano.

El relativismo es consecuencia del derrumbamiento del viejo orden del mundo, impotente frente al nuevo dominio de la Red, de la ausencia de criterios fuertes y normativos capaces de vincular todo a su destino con lógica de excluyente contraposición. Ya no se trata de pocos centros que se reparten el mundo en órbitas concéntricas y zonas de influencia, sino de un multiplicarse y proliferar de los centros de acción que hace imposible la geopolítica de antaño. Pero no es, desde luego, un orden en ruinas, como suele pintarse a veces con nostálgica conmiseración, o un desorden, sino, más bien, la afirmación de una multiplicidad de criterios que, desde una inherente validez relativa, buscan incidir en la conformación del mundo contemporáneo.

Instancias políticas y religiosas del Occidente opulento claman y levantan su voz contra la amenaza del relativismo. También fuera, aunque cambian el fondo y la forma. Inquieta que no haya absolutos, aunque ya no se los llame así, y que no se pueda recurrir a una idea de verdad universalmente reconocible, o, por lo menos, negociable. Parece, sin duda, ser un problema, y por doquier, de consecuencia, a izquierda y a derecha, se buscan soluciones. ¿Es, sin embargo, en verdad, una amenaza y un peligro?

Peligro y amenaza son categorías que acaso impidan ver la auténtica dimensión del relativismo. En propiedad, no le pertenecen, y son, en fondo, la forma en que el pasado organiza su resistencia. Restos, vestigios que se suman a nuestro miedo y a nuestra progresiva pérdida de privilegios. ¿Y si fuera, más bien, el relativismo un dato de hecho, algo con lo que necesariamente tenemos que contar porque pertenece ya a la estructura íntima de la Red, es decir, de la realidad efectiva de las cosas? ¿Y si fuera la forma propia de nuestro mundo, del real y de los posibles que en él se alojan? Se trataría entonces, más que de luchar a muerte en su contra, de hacerlo habitable y humano. De construir desde él el espacio de la socialidad. De fundar en él el desafío de una vida que se quiere mejor y más plena. Para todos. Relativamente a todos.
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