lunes, 12 de mayo de 2008

Los provocadores

Por José-Fernando Rey Ballesteros, escritor, en Análisis Digital

Estaba cantado: una vez obtenido el respaldo de las urnas, el PSOE aprovecharía el primer año de gobierno para avanzar en sus pretendidas “conquistas sociales” y dar más pasos hacia lo que ellos llaman “Estado laico”. Aún no conocemos los términos en que se pretende reformar la Ley de Libertad Religiosa, pero, a juzgar por las declaraciones de la Vicepresidenta del Gobierno, podemos esperar cualquier provocación.

Desmembrado, o en camino de desmembramiento, el Partido Popular, el único enemigo que le queda al PSOE es la Iglesia. Y, tal como andan las cosas en la derecha, el Gobierno sabe que ya nadie hablará en favor de la Iglesia si no es la Iglesia misma. Todo ello coincide con la época dorada de cualquier Gobierno, que es el primer año de mandato, durante el cual puede uno cometer cualquier tropelía confiando en que habrá quedado olvidada cuando llegue la siguiente campaña electoral. Sumen todavía un factor más, que tiene enorme importancia: la crisis económica que se nos viene encima necesita urgentemente una cortina de humo, un anestésico, un tema de conversación lo más ruidoso posible que amortigüe su eco en las primeras páginas de los periódicos y en las cabeceras de los informativos de radio y televisión. Si, como dijo ZP poco antes de las elecciones, “les viene bien que haya tensión”, hay un recurso que jamás les falla: meterle el dedo en el ojo a la Iglesia. Bien saben ellos que el toro eclesiástico entra a todos los trapos con ímpetus quizá dignos de mejor causa. Por de pronto, todas las páginas religiosas han llevado a primera plana la noticia de una reforma de la Ley de Libertad Religiosa cuyo contenido ni siquiera conocemos. Ha bastado que la Vice hiciera sonar el pasodoble del “Estado laico” para que el Mihura salga al centro del Ruedo. ¡Viva San Isidro!

Creo, de verdad, que no sabrían qué hacer sin nosotros. A Bush no le pueden meter el dedo en el ojo, porque de un bufido nos saca del ruedo. Con los tradicionales enemigos del socialismo, las grandes empresas y las multinacionales, no se atreven porque les deben hasta la camisa que llevan puesta. De sus clásicos fantasmas, sólo les queda la Iglesia. Y, desde luego, la Iglesia no les falla. Basta que pisen un poco fuerte el faldón de alguna sotana para que de las piedras salgan voces poniendo -nunca mejor dicho- el grito en el Cielo. El jaleo está montado, el clarinete sonando, y el Toro más manso del mundo bufando en la plaza. Como además, no puede cornear al torero porque está afeitado, este toro puede durar años. Disfruten de la corrida, señores, que es San Isidro, y ya hablaremos de la crisis económica cuando se calmen los ánimos. Nos guste o no, no se puede negar que ellos están jugando su juego, que lo están jugando con las mejores cartas de que disponen, y que -según su propia lógica- están haciendo lo que deben.

Ahora me pregunto si nosotros estamos haciendo lo que debemos. Nunca he estado seguro, y hoy lo estoy menos aún, de que debamos estar a la defensiva, de que debamos creer que el levantarnos contra un enemigo común nos une y nos refuerza en nuestra identidad de católicos. Para empezar, si abro el Evangelio voy a encontrar muy pocos apoyos para este movimiento de continua protesta. En tiempos de Nuestro Señor Jesucristo, el Pueblo Judío estaba bajo una bota mucho más cruel que los zapatos de tacón de nuestra Vice. Todavía no han ejecutado a cristianos, como hacía Poncio Pilato con los hebreos, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Los judíos hubieran deseado que el Rabbí de Nazareth hablase contra Roma, pero no lo consiguieron. A Jesús no parecía importarle demasiado la tiranía romana. Él parecía ir “a lo suyo”, a extender el Reino de Dios y a difundir su Palabra. Más adelante, los apóstoles sufrieron verdadera persecución y fueron asesinados cruelmente. Y, sin embargo, no leo en los Hechos de los Apóstoles que se manifestasen públicamente contra el Imperio; ni siquiera leo una sola palabra contra Nerón. Lo cierto es que, hasta el momento mismo de su muerte, no prestaron demasiada atención a sus perseguidores, si no fue, como San Pablo, para intentar acercarlos a Cristo. Al igual que Jesús, aquellos hombres iban “a lo suyo”: a hablar de Dios y a hacer el bien. Por eso jamás odiaron ni a Nerón ni a los judíos.

Ahora pienso en nosotros, y me pregunto por qué no hacemos lo mismo. Por qué prestamos tanta atención a las provocaciones, en lugar de prestarle atención a Dios y dejar que los muertos entierren a sus muertos. Tanto ustedes como yo saben que no pueden hacernos nada. No nos pueden impedir amar a Dios, no pueden hacer que dejemos de rezar, no pueden impedirnos educar a nuestros hijos como cristianos a pesar de todo, no pueden evitar que celebremos la Eucaristía aunque sea en un sótano... No pueden más que encarcelarnos o matarnos, y no llegarán a eso porque -hoy por hoy- quedaría feo. Pero, aunque llegasen... A nosotros el martirio nos hace más fuertes que nunca; la sangre de los mártires es semilla de cristianos. ¿Qué tememos? ¿Por qué no vamos a nuestra plaza, a la del testimonio cristiano, y dejamos a estos toreros plantados en la de la provocación sin un mal toro que echarse a la muleta? ¿Por qué arriesgarnos a odiarlos? ¡Amémosles, y dejémosles hacer el ridículo en paz!
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