miércoles, 4 de junio de 2008

Fariseísmo

Por Juan Manuel de Prada, en XL Semanal del 1 al 7 de junio

La semana pasada reflexionábamos sobre un fenómeno muy característico de nuestra época, la intromisión de la ideología en los ámbitos de lo estrictamente humano, y sobre cómo esa intromisión acaba corrompiendo lo humano, convirtiendo lo que debería ser floración natural del espíritu en un conglomerado de intereses partidistas o doctrinarios. Ningún ámbito humano permanece ajeno a esta intromisión, ni siquiera aquellos en los que se cultivan las mejores flores del espíritu; y ya se sabe que no hay corrupción más pésima que la corrupción de las cosas óptimas. Hoy quisiera abundar en esta reflexión, proponiendo otro ejemplo de esa corrupción de lo humano, acaso la más dolorosa y aberrante de todas, que es la corrupción del sentimiento religioso. A esta enfermedad se la llama fariseísmo; y consiste en la esclerotización del impulso religioso, convertido en una serie de rutinas o signos externos que, cuanto más se magnifican, más agostan la fuente originaria de la religiosidad, hasta sepultarla. Cuando la sal se vuelve sosa, ¿quién puede salar el mundo?

Todas las religiones desarrollan, tarde o temprano, esta degeneración de su impulso originario; es lo que Peguy llamó «el traspaso de la mística en política», que a lo largo de la Historia se ha manifestado en formas muy diversas, desde la fétida hipocresía hasta el clericalismo, y que hoy sobre todo se expresa en la amalgama o confusión entre el Reino de Dios y el Mundo. La condena del fariseísmo es una de las líneas vertebradoras de la predicación de Jesús; a ningún otro vicio dedicó tan ásperas recriminaciones (pensemos, por ejemplo, en las siete maldiciones que dirige contra escribas y fariseos –Mt, 23–, que alcanzan una gradación climática hasta desembocar en ese sobrecogedor: «¡Raza de víboras!»). A Jesús lo crucifican los fariseos de la religión mosaica, porque quebranta el sábado o se codea con publicanos o perdona a las prostitutas arrepentidas, pero su predicación va dirigida, antes que a ellos, a los fariseos que pronto van a surgir entre sus propias filas: a los que anteponen las ceremonias sobre la misericordia y la justicia, a los que adulteran el sentido de su fe, convirtiéndose en sepulcros blanqueados, «que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia». Y en el Apocalipsis leemos que uno de los signos que anticipan el fin de los tiempos es la «fornicación con los reyes de la tierra», que en lenguaje bíblico quiere decir «poner los poderes de este mundo en el lugar de Dios». Ésta es la forma extrema de fariseísmo.

En las épocas de hegemonía de lo religioso el fariseísmo se expresa a través de una religión de pura fachada que sofoca el hondo corazón vivo de la religiosidad con ritualismos hipócritas y afectaciones postizas de virtud. Pero las épocas en que tal fariseísmo era posible parece que quedaron atrás. Hoy el fariseísmo religioso se muestra de un modo más complejo y abominable, cifrando la salvación de la Iglesia en su alianza o connivencia con tal o cual sistema político o ideológico, con tal o cual solución mundana, llámese socialismo o liberalismo o democracia o dictadura o como demonios queramos llamarla. Esta connivencia o alianza puede realizarse, incluso, con propósitos bienintencionados (el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones); pero, invariablemente, produce el mismo efecto: acaba agostando el impulso religioso originario, acaba desecando («prostituyendo» en el sentido bíblico del término) el manantial del que fluye el sentimiento religioso. En décadas recientes, muchas órdenes y congregaciones religiosas pensaron que la justicia social que postulaba el marxismo (solución mundana) podía contribuir a traer el Reino de Dios a la tierra; aquella justicia no era tal, como hemos comprobado, pero entretanto aquellas órdenes y congregaciones quedaron hechas unos zorros. En la actualidad, esta connivencia parece que es de signo distinto: muchos católicos –empezando por las jerarquías eclesiásticas– piensan que una alianza con ideologías de corte liberal podrá ayudar a la Iglesia a combatir las calamidades de nuestra época. Es una manifestación más del fariseísmo que, como todas las anteriores, sólo contribuirá a la esclerotización del impulso religioso. Pues el fariseísmo no se crea ni se destruye, sólo se transforma; lo que sí crea son hombres sin Dios, destruyendo lo que de religiosidad verdadera hay dentro de ellos y sustituyéndolo por un montón de huesos de muerto e inmundicia. A esto Jesús lo llamaba «colar el mosquito y tragarse el camello». Y donde Jesús decía «camello», nosotros podemos decir «camelo»: pues el fariseísmo es siempre el camelo de lo religioso.
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