jueves, 12 de febrero de 2009

Creer en la ciencia es también creer

Por ARMANDO SEGURA, CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA, en IDEAL Granada, 10 de febrero de 2009

QUIENES piensan que el ateísmo y el laicismo son tan verdaderamente evidentes, que vale la pena legislar su implantación en las escuelas, parecen sentir, sin embargo, la necesidad de demostrar aquella evidencia. El caso es que lo evidente no se puede demostrar e intentar hacerlo, muestra la debilidad de la argumentación.

La cuestión es bien sencilla. Para estos autores, lo que se ve es claro siempre que se vea tal como se ve. Lo que no se ve, es oscuro y de lo oscuro no cabe esperar luz ni ciencia. En consecuencia, la fe, que enseña a creer lo que no se ve, no merece el estatuto de opinión libre sino más bien, un apartado en el sistema de diagnóstico mental (DMS).

¿Por qué tanto esfuerzo, ahora que la ciencia hace décadas, especialmente desde Popper, ha tocado fondo y ha descreído de sus antiguas pretensiones de certezas absolutas? ¿Por qué tanta inseguridad y nerviosismo que lleva, incluso a invertir en publicidad? ¿Acaso temen que haya llegado el fin de los tiempos y una ola de fundamentalismo nos invada?

Las matemáticas siempre han sido un continente poblado de creyentes desde la antigüedad. No es para menos. Basta analizar con serenidad como la materia que se ve, obedece a las matemáticas que no se ven, cómo los relojes atómicos miden la velocidad de desintegración de los átomos, según leyes inmutables. La regla que mide el tiempo no es temporal y, en consecuencia, la conciencia del tiempo tampoco lo es.

Esta es la razón de que Popper definiese la autoconciencia del modo más original que conozco: «un ver, viendo que ve, viéndose ver».

Cuando Gödel demostró en 1923 que ningún sistema puede ser enteramente formalizado y siempre quedan cabos sueltos, cuando Poincaré fundamentó el método científico sobre la idea de que los principios son siempre convencionales, cuando Gauss inició la larga cadena de geometrías curvas, que tenían poco que ver con el sentido común, cuando Einstein defendió rigurosamente que cualquier cambio en la materia tiene una causa determinada, aunque carezcamos del instrumento adecuado para conocerla, cuando el agustino polaco Méndel sentó las bases de la genética, cuando el matemático Cántor demostró que los números irracionales son una clase de los reales, cuando Popper y Eccles defendieron la existencia de la mente, esencialmente distinta del cerebro, o cuando el mismo Popper establece que no existen leyes científicas absolutamente ciertas sino mientras no se demuestre lo contrario, evidenciaban que los científicos creyentes (en Dios o en la ciencia) están en muy buenas condiciones para abrir brecha en la vanguardia de la investigación.

¿Puede un creyente ser científico? o más bien ¿cómo puede un científico no ser creyente?

Creer es una función específicamente humana, consistente en desarrollar dos perspectivas complementarias: La primera postula que sólo si se cree, se puede investigar en ciencia, pues, las leyes científicas no son tangibles sino pensables.

¿Se puede hacer ciencia y creer sólo en lo que se ve? Imposible.

En segundo lugar, una vez creyentes en el valor (relativo) de la ciencia, es posible hacer ciencia hasta toparse con el límite que lleva consigo la materia. Todo lo material admite peso y medida, es decir, no puede rebasar su propio peso y su propia medida.

Por tanto, por un lado, las leyes científicas no se ven y son ilimitadas, por otra, su aplicación en el espacio-tiempo es necesariamente limitada y ciertamente que ese límite es perfectamente visible.

La misma fe por la que se cree en la ciencia se basa en la idea de que todo lo pensable es posible y todo lo posible está esperando el método que lo haga real. Leibniz, uno de los inventores del cálculo infinitesimal, fundaba la noción de libertad (y de Dios) en la idea de posibilidad.

Si sólo crees en lo que ves, para ti, sólo será posible lo que ves (¡ esto es lo que hay!). Si crees que más allá de lo que ves hay infinitas posibilidades, no es que estés soñando despierto, sino que estás pensando matemáticamente en lo posible, en lo probable y en lo factible.

Está muy claro que la matemática es el alma de la materia a todos sus niveles: atómico, molecular y químico, biológico y genético, neuronal, etc. Merece el nombre de alma, porque, si por un momento, los elementos que componen la materia, dejasen de guardar las leyes eternas e inmutables de la ciencia matemática, la misma materia dejaría de existir.

Lo que no se ve, lo que solamente se puede pensar, lo inmutable, es el fundamento de lo que se ve y mudable. Verdaderamente todo está impregnado de pensamiento.

Si consigo descubrir la fórmula tengo el concepto y su inmaterialidad, me permite emplearla cuantas veces quiera. Las fórmulas no se desgastan son universales, los ingredientes materiales sí.

Estrictamente, desde el punto de vista científico lo que se ve no existiría sin el alma matemática que no se puede ver, pero sí se puede pensar.

La libertad se apoya en la posibilidad. De ahí que muchos ateos sean deterministas y nieguen la existencia del libre albedrío. Dios es, sin lugar a duda, el horizonte de toda posibilidad, o sea, de toda libertad.

Ahora, habrá que explicar porque hay quienes desde la ciencia, acusan a la fe de oscurantista.

Creer en lo visible lo hace cualquiera, creer lo que no se ve es el motor y la condición de todo progreso científico y no científico.

No creer, no fiarse, es romper la estructura misma del lenguaje que se apalanca en el juicio. El lenguaje humano es un afirmar algo de algo. Si no te fías de lo que te dicen, más aún, si no te fías de nadie y nadie se fía de ti, en estas condiciones, ninguna sociedad se sostiene. Por esta razón los embusteros y quienes los aplauden, siempre juran (o prometen) que dicen la verdad. Si no les creyera nadie, su autoridad se vendría abajo de inmediato. Sin fe, no hay sociedad posible. Ni vida.
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