jueves, 12 de febrero de 2009

¿La Iglesia contra el Estado?

Por MARCELO LÓPEZ CAMBRONERO, del INSTITUTO DE FILOSOFÍA EDITH STEIN, en IDEAL Granada, el 11 de febrero de 2009

EN su artículo Causas de discordia, ¿qué hay de especial en las disputas religiosas? Kwame Anthony Appiah, profesor de Filosofía en la Universidad de Princeton, nos cuenta cómo en el mundo premoderno la pertenencia religiosa no era considerada una de las fuentes de identidad causantes de conflicto y cómo, de hecho, no existía en las lenguas una palabra que pudiera traducirse por la moderna palabra 'religión'. Allí donde existía una palabra semejante ('religio', en latín), su significado no era comparable al uso que le damos en la actualidad. Su conclusión es que el fenómeno religioso nunca fue una importante causa de conflictos entre las naciones.

Leído el artículo del profesor Appiah, que podemos encontrar en el número de verano de 2008 de la revista cultural 'La torre del Virrey', no pueden dejar de surgirnos una serie de preguntas relevantes, puesto que la concepción que nos han enseñado de la Edad Media y de las denominadas 'guerras de religión' es radicalmente distinta.

Hemos aprendido de la eternamente recurrente historia que el mundo medieval y los inicios de la modernidad estaban heridos por conflictos religiosos dogmáticamente irresolubles, de tal manera que la única forma de permitir la convivencia entre personas de distintos credos fue, en primer lugar, el principio cuius regio, eius religio que, de facto, eliminaba la diferencia por la vía de la apropiación por parte del estado de la identidad religiosa; y, en segundo lugar, la pretensión de crear un estado neutral bajo cuya capa pudieran vivir todas las religiones siempre que quedaran circunscritas al ámbito de lo privado. Los libros de historia insisten, por lo tanto, en el papel salvador del estado moderno, de la misma manera y con la misma intención que los libros de derecho insisten en la tajante separación entre el derecho y la moral, apoyada en las tesis de Thomasius.

Ambas posiciones, la eliminación de la libertad religiosa y la disolución de la misma al adscribirla al ámbito de lo privado, son incapaces de responder al problema de la pluralidad religiosa con un mínimo de tolerancia.

Sin embargo, si leemos el texto de Appiah, así como si atendemos a otros trabajos contemporáneos como Imaginación Teopolítica de William Cavanaugh o, tal y como él me contó, a su volumen de próxima publicación en Oxford University Press El mito de la violencia religiosa, nos da la impresión de que la pertenencia religiosa como fuente de conflictos es una problemática relativamente reciente, creada por el estado moderno. La modernidad genera crecientes conflictos entre identidades diversas porque construye los parámetros de pertenencia a través de posiciones contrapuestas: se fija el límite de quienes somos nosotros, nuestro grupo, por fuera, es decir, a partir de la comprensión de los que no somos nosotros.

La pertenencia a la Iglesia, en contraste, nunca ha sido excluyente, ni siquiera en aquellos momentos en los que el poder establecido perseguía a una u otra confesión.

Ni lo fue durante el Imperio Romano, ni lo es hoy. El conflicto entre Iglesia y Estado no surgió, pues, porque la Iglesia quisiera determinar de forma excluyente la identidad de los creyentes, sino por el uso que el poder establecido hizo de la pertenencia religiosa en su propio provecho. Así nació el cisma anglicano, y así actuó en Francia Catalina de Médicis en el tristemente célebre día de San Bartolomé, en 1572, cuando convenció al rey Carlos IX de que los hugonotes eran especialmente reacios a aceptar el centralismo político y que había que reducirlos por la fuerza. A partir de ese momento las "guerras de religión" francesas son la batalla entre los protestantes y los católicos juntos, enfrentados contra el rey y su proyecto de una Iglesia Católica Galicana. Desde esos ejemplos, pasando por el regalismo y el cisma de Avignon, el poder, también infiltrándose en el interior de la Iglesia, ha utilizado las creencias para generar conflictos que redunden en su propio beneficio.

Cuanto más sabemos de las 'guerras de religión' más descubrimos que fueron guerras declaradas por los nacientes estados modernos a las confesiones religiosas, y no un conflicto entre distintas confesiones.

Insisto, por lo tanto, en que la pertenencia a la Iglesia no genera identidades excluyentes. De hecho no puede plantearlas, puesto que la comunidad de los creyentes que denominamos Iglesia afirma que Cristo ha muerto por todos los hombres. La pertenencia a la Iglesia es siempre inclusiva, abierta, mientras que las identidades modernas se construyen siempre de forma exclusiva, negativa, es decir, en comparación con los que no son como nosotros.
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