domingo, 9 de mayo de 2010

Los laicistas medievales

Por Luis Sánchez de Movellán de la Riva, Doctor en Derecho, Abogado y Escritor, en Análisis Digital, el 6 de mayo de 2010

Asistimos a una especie de retorno al pasado, pero con los papeles cambiados. Hoy nos encontramos oprimidos por la prepotencia de los que combaten al catolicismo con un tono inquisitorial laicista. Y el ariete del presunto pedofilismo de algunos sacerdotes está sirviendo para intentar destruir dos mil años de historia. Los ataques se dirigen especialmente a la bondadosa imagen de Su Santidad Benedicto XVI en un intento de golpear a la cabeza visible de la Iglesia. Con la excusa del 0,03% de sacerdotes presuntamente pedófilos –ya que este es el porcentaje de los viciosos sobre el total de los eclesiásticos- se intenta ensuciar la buena imagen de que siempre ha gozado la institución eclesiástica en sus dos mil años de historia.

El laicismo medieval abandona su esencia de una presunta racionalidad para atacar a la Iglesia con un tono del más exquisito fanatismo inquisitorial: o abjuras o te quemo. La artificiosidad de la polémica sobre los presuntos sacerdotes pedófilos ha venido a demostrar lo anterior. El error de unos pocos sirve para poner en cuestión a la Iglesia entera: el Papa, la jerarquía, el culto, la misión encomendada, el papel que más de mil millones de fieles la atribuyen.

No se hace nada parecido con el Estado, el homólogo laico de la Iglesia. Cada día nos encontramos con funcionarios tentados por el cohecho, políticos corrompidos, jueces que prevarican o militares que olvidan su juramento. Y a nadie se le ocurre decir que el Estado roba, se corrompe, prevarica o abjura. Se debe castigar a los individuos que han delinquido, pero no se abate el edificio. No se debe confundir la parte con el todo como se está haciendo, intencionada y aviesamente, con la Iglesia. El argumento de los anticlericales a la violeta, reza: la Iglesia no es creíble porque predica la castidad y después la infringe. Pues el razonamiento también valdrá para el Estado: el Leviatán impone la legalidad y después la viola. Estamos ante posiciones idénticas con consecuencias opuestas: dureza y castigo para la Una, indulgencia y perdón para el Otro.

Dos pesas y dos medidas para idénticas situaciones, así como una grave intolerancia laicista para cualquier tentativa de autodefensa católica. Cuando un eclesiástico ha tratado de distinguir entre los poquísimos sacerdotes pedófilos y el restante cuerpo sano de la estructura eclesial, se le ha intentado callar multiplicando la polémica. Ha sido el caso del predicador apostólico, el barbado fraile capuchino, Padre Rainiero Cantalamessa cuando dijo: “la transmisión de la responsabilidad de la culpa personal sobre la colectiva nos recuerda los aspectos más vergonzosos del antisemitismo”. El usar un argumento retórico desató sobre el beatífico franciscano un torrente de acusaciones interesadas: citar a propósito la Shoah, sublimar las obscenidades de una iglesia pedófila con la identificación con un drama universal, etc.

Extender al todo –en este caso, la Iglesia- la culpa de una ínfima fracción -los curas pedófilos- es un truco lógico, más viejo que Matusalem, encaminado a aniquilar al enemigo, en este caso a la Iglesia. Es un truco totalitario que sirvió a los nacionalsocialistas contra los judíos y los gitanos, a los soviéticos contra los kulaks, a la Monarquía francesa contra los Templarios, a los jacobinos contra la nobleza, a los turcos contra los armenios. El argumento ha sido siempre el mismo: hacer pagar a todos la presunta culpa de unos pocos, ligando irracionalmente unos con otros con el hilo ignominioso de la responsabilidad colectiva.

A la Iglesia hoy se la trata con poco respeto y se la vapulea como un punching ball. Al Papa se le trata como si el pedófilo fuese él o, por lo menos tan cómplice, como para confundirle con el pecador. Una especie de responsabilidad objetiva por ser la cabeza visible de una estructura en la que se integran cuatro delincuentes. Una imbecilidad parecida a acusar a Juan Carlos I, cabeza visible en la Jefatura del Estado español, porque un diputado a Cortes es un corrupto manifiesto, un juez es un prevaricador nato o un maestro nacional castiga a un niño.

Es verdad que el mundo se ha secularizado, pero se exagera y, a este paso, la explosión del laicismo acabará por aplastar la propia laicidad y su noble historia. El triunfo de la prepotencia y la intolerancia laicistas es una pérdida de la libertad. Para todos es un retorno a las épocas más oscuras del Medievo, aunque esta vez la Iglesia es sinónimo de libertad frente a la opresión de los Torquemadas laicistas.
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