sábado, 6 de octubre de 2007

Monjes y política

Se me han adelantado, la idea es que hay injerencias religiosas e injerencias religiosas, según; hay religiones que son el opio del pueblo (en España la católica) y otras políticamente correctas, como el budismo (al menos en Occidente, no tanto en Birmania...).

Presenta muy bien la paradoja Birmania: aplausos a la injerencia religiosa en la vida pública, del blog La Iglesia en la prensa.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Ilustración e ‘ilustracionismo’

El Ilustracionismo es un veneno para la sociedad, ataviado de corrección política y de ecuanimidad

Por Rafael Domingo, en La Gaceta de los Negocios, hoy 3 de octubre de 2007

LO que parecía, a primera vista, un rayo fugaz del siglo XVIII —el de las luces— resultó ser una tormenta colosal que abonó el humus de la Modernidad. Anclada en las profundidades medievales del averroísmo latino y en las torres inexpugnables del nominalismo escolástico, prefigurada en el Humanismo y el Luteranismo, la Ilustración, superadora del artificial orbe barroco, se extendió a lo largo del mundo con una inusitada rapidez, con una violencia casi vesánica.
Por Francia, de la mano de enciclopedistas y pensadores como Montesquieu, Voltaire o Rousseau. Por Gran Bretaña, disfrazada de empirismo, del brazo de Newton y Mandeville, así como del economicismo de Adam Smith. Por Alemania, la Aufklärung brilló con un Wolff, un Tomasio, pero sobre todo con Inmanuel Kant, quizá la figura más representativa del esfuerzo ilustrado. Por Italia, con Beccaria, autor del famoso opúsculo De los delitos y de las penas. Y por los restantes países de Europa. También, por supuesto, por España, en las personas de un Jovellanos o un padre Feijoo. Pronto, el espíritu ilustrado saltó al Nuevo Mundo dando vida a los Estados Unidos, iluminando la razón de sus padres fundadores. Con asombro, Alexander von Humboldt afirmó que la Ilustración había calado incluso en las selvas sudamericanas. Las jóvenes naciones del Pacífico Sur, pletóricas del racionalismo ilustrado, pronto, muy pronto, se emanciparían del Imperio español continuando su devenir histórico por el sendero que señalaban los nuevos vientos revolucionarios.

La Ilustración llegó en el momento preciso, con los medios oportunos. Los absolutismos, los fideísmos, los imperialismos, los estamentismos y las intolerancias fueron sepultadas por ella, dejando paso a la consolidación de una sociedad centrada en el hombre y muy particularmente, en su capacidad de progreso y de superación. En cada ser humano. En su razón. Una razón autónoma, reglada —como la hora marcada por un reloj—, libre, secular, cuna del progreso y de la felicidad. Y sobre todo, una razón natural, como esa concepción deísta que campó a sus anchas por los clubes, logias y cenáculos iluministas. Una razón, también, plagada de un sentimentalismo moral profundamente ingenuo, que defendió hasta la saciedad el mito del buen salvaje, la metáfora de la bondad intrínseca. La ilustración trajo todo aquello. Su varita mágica: la tolerancia. Su estamento preferido: la burguesía. Su instrumento: la revolución. El jacobinismo, en sus excesos. Después, mucho después, la democracia.

Matizada por el romanticismo, el socialismo, el anarquismo, el nacionalismo y cuantos ismos se quieran incorporar, lo cierto es que la Ilustración semper latebat, como energía originaria, como impulso creador. Al igual que todo movimiento, la Ilustración trajo cosas buenas y menos buenas. Sirvió para remover los cimientos de una sociedad apolillada y recuperar ilusiones perdidas. Devolvió el optimismo, la cultura popular, el amor a las artes, a las letras, a la erudición. Aportó nuevas ideas, los derechos de los ciudadanos, el liberalismo democrático, la libertad de prensa, la libertad religiosa y la argamasa del país que gobierna nuestro mundo: los Estados Unidos de Norteamérica. Vanidosa y caprichosa, la Ilustración se colgó medallas que no le correspondían. Y eso pasa factura, pues a ninguna época le es dado juzgarse. La autocrítica, para los marxistas. No para el liberalismo ilustrado, proclive a la exageración y al determinismo.
El problema de la Ilustración fue su torpe retirada, su lento declive. Jamás supo ceder el paso, dar lugar a nuevos movimientos, reconocer el carácter efímero de cualquier corriente social y cultural. Pretendió inmovilizar la historia, dominarla, como se doma un caballo o se conduce un coche. Intentó erigirse en intérprete auténtico del devenir de la Humanidad. Quiso jugar a ser el oráculo de un Delfos perpetuo, inmutable, perfecto. Por eso, siglos después, todavía viva, aunque decrépita, la Ilustración ha devenido en un Ilustracionismo ramplón, anclado en el pasado, cristalizándolo, avanzando a trompicones con el temblor propio de un paciente achacoso.
El Ilustracionismo es a la Ilustración lo que el racionalismo ilustrado a la racionalitis; el secularismo iluminado a la laicitis; la tolerancia de las Luces a la permisivitis; la democracia liberal a la democratitis; el derecho racional a la legalitis o las confesiones religiosas a la fanatitis. Una degeneración, una deformación. Una vulgarización. Acaso un sucedáneo edulcorado.

EL Ilustracionismo es, pues, un veneno para nuestra sociedad, muy bien ataviado, eso sí, de corrección política, de ecuanimidad, de solidaridad. De progreso. E incluso, de globalización. Y es fabricado por unos pocos hombres, ávidos de poder y sedientos de dominio que continúan pensando que la fuerza de las ideas ilustradas, bien dirigida, puede conducirles al gobierno del mundo. El Ilustracionismo bien puede servir de ideología sempiterna a esos actores de poder que buscan perpetuarse en el Gobierno, moldeando la voluntad de las masas mediante la falacia de una educación para la ciudadanía. Nuestra aldea global —he aquí la gran revolución de nuestros días— puede ser controlada y manipulada, como si de una flor entre las manos se tratase. Es objeto de conquista, de poder total. Basta convertir la razón en tecnología, la fe en sentimiento, y al hombre en un productor de riqueza. Así, el camino queda expedito para una nueva criptocracia y para un orden mundial en el que los grandes ideales ilustrados sean sepultados bajo un túmulo de mentiras, desvíos e insensatez.

lunes, 1 de octubre de 2007

Asignatura Totalitaria

El Gobierno ha exhibido una intransigencia incompatible con la propia materia

Por Ignacio Sánchez Cámara, en La Gaceta de los Negocios, hoy

La aprobación de Educación para la Ciudadanía entraña un triple error: político, jurídico y moral. Es un grave error político crear una nueva asignatura que persigue la formación cívica de los alumnos sin alcanzar, y ni siquiera intentarlo, un acuerdo político con la oposición. El Gobierno y sus aliados parlamentarios han exhibido una intransigencia, incompatible, por lo demás, con la propia naturaleza de lo que se pretende, entre otras cosas, enseñar: nada de diálogo y todo de imposición mecánica de exiguas mayorías. Perfecto ejemplo de educación cívica. Si toda gran reforma educativa debería nacer del consenso general de la sociedad y de sus representantes políticos, lo mismo cabe exigir cuando se trata de la creación de una nueva asignatura obligatoria de naturaleza moral. El fracaso de la nueva asignatura no es cuestión opinable: la asignatura del consenso y la democracia no ha generado sino división social y disenso. Es una pura falsedad afirmar que sólo pretende el conocimiento de la Constitución y de los derechos fundamentales.

Es evidente que va mucho más allá de ello. Basta consultar los descriptores de la asignatura u ojear los manuales existentes, en los que se incluyen cuestiones relativas a la condición humana, la identidad personal, la orientación sexual, la educación emocional o la construcción de la conciencia moral, de las que nada dice la Carta Magna. Es un error político la intromisión del Gobierno en la educación moral que han de recibir los alumnos. Hay que añadir que es falso que se trate de una asignatura equivalente a las que existen en otros países democráticos, pues en éstos no se invade el ámbito de la conciencia moral. Es un error jurídico. Habrá que esperar a lo que decida la Justicia y, especialmente, el TC, pero parece evidente que la imposición de la asignatura entraña una vulneración del artículo 27 de la Constitución, que garantiza el derecho de los padres a decidir la educación moral que han de recibir sus hijos. Las democracias liberales no entregan al Estado el derecho a dirigir la educación, sino sólo la misión de garantizar el libre ejercicio de ese derecho, cuyos titulares son los alumnos y sus padres. El Estado no es el dispensador de una especial sabiduría moral, sino el garante del ejercicio del derecho a la educación. La asignatura, tal como ha sido configurada, entraña la violación de un derecho fundamental de los padres y es, en este sentido, inconstitucional.

Constituye además un grave error moral y filosófico. La asignatura persigue el adoctrinamiento de los alumnos y promueve una determinada visión de la antropología y de la moral, que excluye la dimensión religiosa y trascendente de la persona humana, impone la ideología de género, la manipulación de las emociones y una visión relativista de la cultura y la moral. La concepción del hombre en la que se sustenta resulta incompatible con la fe religiosa, de manera que sus contenidos resultan incompatibles con los de la asignatura de religión católica, optativa elegida por la mayoría de los padres y alumnos. Más que una asignatura, es la imposición de una determinada ideología laicista. El argumento de la adaptabilidad de la asignatura a las preferencias de los padres o a los idearios de los centros no hace sino confirmar su condición adoctrinadora, pues si se tratara de la mera enseñanza de la Constitución y sus principios, valores e instituciones, no sería necesario recurrir al pluralismo ideológico de sus versiones. El contenido de los libros de texto existentes prueba, de modo elocuente, el carácter fuertemente ideologizado y adoctrinador de la asignatura, hasta el punto de que algunos colectivos de homosexuales reclaman la retirada del único texto, al parecer, que se opone a los desmanes de la corrección política y la manipulación ideológica. Es evidente que los centros educativos y los profesores pueden evitar los peores desmanes del engendro, pero acogerse a esa posibilidad y tolerar el mal para los demás sería muestra de insolidaridad con los padres, que no tendrán la misma posibilidad de elegir y de evitar la violación de su derecho. Que un mal sea parcialmente evitable no significa que no sea un mal. Además, lo decisivo no es tanto el contenido concreto de las enseñanzas que se impartan como el hecho de que el Estado invada un ámbito que no es de su competencia, como es el de la formación moral de los alumnos, que corresponde a los padres. Esta invasión es propia de los regímenes políticos totalitarios, que se caracterizan por la invasión por parte del poder político de todos los ámbitos de la vida social y por la decisión de imponer a toda la sociedad un sistema único de (valga la exageración) pensamiento. Es una manera de manipular las conciencias y regimentar las vidas, propia de la pesadilla que denunció Orwell. Un atentado contra el derecho de los padres.

Por todas estas razones políticas, jurídicas y morales, y otras que cabría añadir, resulta debido oponerse a la implantación injusta de esta asignatura totalitaria.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Diversidad cultural

Las amenazas para la cultura europea proceden más del interior que del exterior

Por Ignacio Sánchez Cámara, en La Gaceta de los Negocios, el 24 de septiembre de 2007

Las sociedades occidentales serán, previsiblemente, cada vez más pluriculturales. En ellas convivirán, necesariamente, personas procedentes de culturas diversas y aún opuestas. El problema que habrá que resolver consiste en determinar si la convivencia entre personas de distintas culturas exigirá o no la asunción del relativismo ético. La convivencia entre culturas posee dos aspectos o dimensiones: interna e internacional. Sobre el segundo aspecto trató el polémico ensayo de Huntington acerca del choque de civilizaciones. A pesar de las interpretaciones equivocadas o sesgadas, la tesis del autor pronostica que los futuros conflictos no enfrentarán a ideologías o sistemas económicos y políticos, como en la llamada guerra fría, sino a culturas. El elemento fundamental no será el económico o ideológico, sino el cultural y, especialmente, el religioso. El pronóstico se cumplirá o no (y parece que, en buena medida ya ha comenzado a cumplirse), pero no se trata de la expresión del deseo de su autor, quien, por otra parte, se opone a toda pretensión de hegemonía de la civilización occidental sino que, por el contrario, postula que deberán aprender a coexistir.

Alain Touraine ha defendido la tesis de que la convivencia entre las culturas sólo es posible si todas ellas (y, desde luego, no sólo la occidental) renuncian a la pretensión de tener razón. Parece un precio desmedido e improbable. Bastaría con que renunciaran a la pretensión de imponerse mediante la fuerza. En cualquier caso, la convivencia entre culturas no exige la asunción del relativismo cultural y moral. Desde nuestra perspectiva occidental, podemos preguntarnos si las normas y principios que rigen, más o menos, entre nosotros representan algo propio de nuestra particular cultura o, por el contrario, pueden legítimamente aspirar a la universalidad, a ser válidas para todos. Aunque se tratara de lo primero, y no es algo evidente, la cultura occidental tendría, al menos, el derecho a sobrevivir junto a las demás. Alain Finkielkraut se preguntó: ¿podemos matar la cultura europea a fuerza de hacerla acogedora? Y la pregunta no es banal. Corremos el riesgo de defender el pluralismo cultural en Occidente, mientras se propaga la hegemonía cultural y la beligerancia en otras civilizaciones. Pero también es posible pensar que, lejos de constituir eso una debilidad, nos otorgue una fuerza especial.

En cualquier caso, el relativismo cultural y ético, aparte de no ser filosóficamente consistente, tampoco constituye un fundamento adecuado para la diversidad cultural y la convivencia pacífica entre culturas. Por lo demás, las amenazas para la cultura europea proceden más del interior que del exterior. Los bárbaros, como afirmó MacIntyre, no están esperando al otro lado de nuestras fronteras sino que llevan mucho tiempo entre nosotros, incluso gobernándonos. Lo que nos amenaza es la barbarie interior, una de cuyas manifestaciones es el relativismo ético. Un relativismo que goza de un inmerecido prestigio. No se trata del último hallazgo del pensamiento filosófico. Por el contrario, es viejo de más de veinticinco siglos, pues fue defendido por Protágoras en el siglo V antes de Cristo. Esto nada dice en favor de su falsedad, pero tampoco de su verdad. Después de ser formulado, la mayoría de los pensadores se han opuesto a él. Incluido el pasado siglo en el que han prevalecido filosofías morales y políticas no relativistas. Es un error pensar que el relativismo constituye el fundamento de la democracia. Por el contrario, si no hubiera verdades en el orden moral y político, la democracia quedaría en pie de igualdad de legitimidad junto a los demás regímenes.

La tolerancia frenética terminaría por destruirse a sí misma. Si no hay límite en la aceptación de las pautas culturales ajenas, las propias quedarán en peligro. Y los límites no pueden proceder sólo de las leyes ni del respeto a los derechos humanos, ya que aquéllas pueden ser cambiadas, incluida la Constitución, y éstos dependen en cuanto a su contenido de la fundamentación y de las distintas concepciones acerca de la persona. El único límite eficaz reside en las convicciones morales. Por lo demás, no se trata de exhibir una arrogante superioridad de nuestra cultura europea. Somos herederos de unas realidades culturales y morales previas y ajenas. Ni el cristianismo, ni la filosofía griega, ni el derecho romano son creaciones europeas. Europa se constituye como heredera de esas tradiciones ajenas que aspiran a una validez universal. Lo que hay de universal en nuestra cultura es, en su mayoría, heredado. No hay, por tanto, nada de colonialismo cultural ni de injustificada arrogancia en invitar a los demás a asumir unos principios que no son particulares sino universales. Y si en otras latitudes, cosa que no es improbable, se llegaran a defender mejor esos principios y valores, no habría nada que temer de ello. Lo malo es que algún día llegaran a olvidarse. Entonces, la barbarie sería, más que una posibilidad, un futuro tenebroso e irremediable.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Los iconoclastillas

POR JUAN MANUEL DE PRADA, en ABC, hoy.

PRODUCE cierta fatiga nauseabunda glosar sus mamarrachadas. Es la fatiga que provoca la pacotilla artística, mezclada con la náusea que sobreviene en presencia del artista ayuno de talento, del impostor que disfraza su vacuidad de aspaviento. Y que, además, pretende vendernos la moto de que, al escarnecer los sentimientos religiosos de los católicos, se convierte en una suerte de partisano del arte, un infractor de tabúes, un desafiante allanador del orden establecido. ¿A quién creen que engañan estos embaucadores de chichinabo? Me recuerdan al tipejo del chiste de Gila, que al cruzarse en la calle con tres tipos fortachones que le están propinando una paliza a un hombrecillo enclenque, no puede dominar la tentación de intervenir en la pelea... para sumarse al trío de los mamporros y vapulear a conciencia al enclenque. Y, como el tipejo del chiste de Gila, estos valentones encima se muestran orgullosísimos, como si ofendiendo gratuitamente las creencias de los católicos hubiesen completado una hazaña que los hace acreedores de una medalla. A fin de cuentas, si el ideólogo Victorino y demás ralea han tomado el espantajo del laicismo como reclamo de incautos y excusa para forrarse, ¿por qué no va a hacer lo propio un chisgarabís cualquiera con ganas de medro que se las da de artista?
Tenemos noticia, gracias a Cervantes, de un pintor Orbaneja tan poco diestro con el pincel que, tras completar sus pintarrajos, tenía que poner un letrero al pie de cada cuadro, advirtiendo si lo que acababa de pintar era perro o gato. Los Orbanejas de nuestro tiempo ya no necesitan pasar por tan humillante prueba; para evitar que el público se burle de su inepcia han encontrado un filón infalible: consiste en sacar a Jesucristo o a la Virgen o al Papa (y si es a todos juntos y revueltos, mejor que mejor, que lo que no mata engorda la cartera) en actitudes sórdidas y guarrindongas, para enseguida posar ante la galería como iconoclastas y campeones de la provocación. Por supuesto, estos valentones son conscientes de su impostura: saben que no se puede hablar de iconoclasia cuando no existe una estructura de poder que la persiga de modo efectivo; saben que la verdadera provocación exige una predisposición suicida, pues el artista que se atreve a infringir ciertos tabúes puede ser condenado al ostracismo o al ninguneo, ferozmente represaliado. Estos valentones saben, en fin, que no corren ningún peligro al escarnecer las creencias de los católicos; saben que lo suyo no es iconoclasia, ni provocación, sino pantomima políticamente correcta, adhesión lacayuna al pensamiento dominante, sometimiento reverencioso a las consignas de una época que enarbola el estandarte de la cristofobia con orgullo vesánico y que premia con prebendas a quienes se suman al aquelarre. Desde que el mundo es mundo ha habido Orbanejas que disfrazan su inepcia con los embelecos del falso escándalo; desde que el mundo es mundo ha habido artistillas que hacen de la injuria contra aquellos que no pueden defenderse una postulación de méritos. Pero lo que más me jode de estos iconoclastillas no es que sean una mierda pinchada en un palo, ni siquiera que se empleen como matones contra quienes no disponen de una estructura represora que los persiga y condene; lo que más me jode de ellos es que encima posen de víctimas ante la galería, actuando como si lo suyo fuese un acto de coraje. Me recuerdan a las juventudes hitlerianas que, después de quebrar a pedradas los escaparates de los judíos, volvían ufanos a su casa, convencidos de que acababan de mostrar su gallardía.
Pero estos Orbanejas traspillados no existirían si no los alentasen los ideólogos de guardia del laicismo, empeñados en inventarse un problema que no existe y en pintar a los curas como los grandes enemigos de la democracia, ficción de la que algunos picaruelos viven victorinamente. Y a los iconoclastillas que crecen como setas al socaire del laicismo les lanzo una propuesta: ¿por qué no os dedicáis, hijos míos, a escarnecer a quienes verdaderamente gozan de una estructura de poder que pueda trituraros entre sus engranajes? ¿Por qué, por ejemplo, no montarán una performance descojonándose de la ikurriña en Lizarza? ¿A que no hay huevos, iconoclastillas? En el fondo, dais más lástima que asco.

lunes, 17 de septiembre de 2007

El ideólogo Victorino

POR JUAN MANUEL DE PRADA, en ABC, hoy

Me parece que ya he hablado antes, en alguno de mis blogs, de Victorino Mayoral (primero por la izquierda), la Fundación Cives y la Liga Española de la Educación; y si no lo he hecho, debería, porque es el auténtico Think Tank y el brazo armado de la imposición del laicismo más radical en España. ABC lleva varios días desenmascarando a este diputado del PSOE y sus montajes. Este artículo de De Prada aborda el fondo de la cuestión.

Si leemos las muy desfasadas acepciones de «ideólogo» que nos brinda el Diccionario de la Real Academia, observaremos que prevalece en casi todas ellas cierto rasgo utópico, idealista, incluso ilusorio: el ideólogo era antaño una especie de partisano de las ideas que se subía a un cajón y formulaba un pensamiento de índole subversiva, a riesgo de ser corrido a gorrazos por la sociedad que pretendía transformar y, sobre todo, por el poder establecido. Hogaño, el ideólogo es un tipo que se arrima al árbol de sombra más próvida y, no contento con disfrutar de su protección, aspira a convertir sus ideas en fuente perenne de mamandurrias. Este Victorino Mayoral al que este periódico acaba de sacar los trapos sucios se ha erigido en el prototipo más acabado del ideólogo contemporáneo, cuyo lema podría ser: «No sólo de ideas vive el hombre, sino de toda mamandurria que brota del grifo administrativo». Por supuesto, tal pretensión debe enmascararse tras una coartada filantrópica: según declaraciones del bueno de Victorino a este periódico, la actividad de la fundación que preside es «en beneficio del resto de los ciudadanos». Por supuesto, al bueno de Victorino no se le pasa por las mientes que el «resto de los ciudadanos» sea una categoría en exceso brumosa, en la que cohabiten personas que juzguen los propósitos de su fundación beneficiosos y otras que los juzguen perjudiciales, incluso personas que pasan de los propósitos de su fundación como de comer mierda. El bueno de Victorino, como buen totalitario, está plenamente convencido de que la suya es la ideología fetén, la única que beneficia al «resto de los ciudadanos».

En el manifiesto elaborado hace algunos años por la Plataforma Ciudadana por una Sociedad Laica -encabezada por la fundación que el bueno de Victorino preside- leíamos que «uno de los cambios más significativos» de la sociedad española ha sido la aparición de un pluralismo «que no admite imposiciones dogmáticas de ningún tipo en el ámbito de los valores y las normas morales individuales y sociales». Sin embargo, unos pocos renglones más abajo, aquel manifiesto exigía «que la asignatura de religión confesional salga de la escuela pública» y reivindicaba «la introducción de una educación ético-cívica común y obligatoria para todos los ciudadanos». El maestro Campmany, ante aseveraciones tan incongruentes, habría solicitado al bueno de Victorino que le atase esta mosca por el rabo. Pues si quedamos en que la sociedad ya no admite imposiciones dogmáticas en el ámbito de los valores, ¿cómo es posible imponer una educación ético-cívica común y obligatoria para todos los ciudadanos? El bueno de Victorino, como todos los ideólogos de su cuerda, apela al «pluralismo» para pisotearlo, pues lo que en realidad desea es que su ideología se convierta en «imposición dogmática» para el resto de ciudadanos. En alguna ocasión, el bueno de Victorino declaró sin ambages que la asignatura de Educación para la Ciudadanía «debía contrarrestar los valores del neoliberalismo conservador». Presumimos que la fundación que preside defiende sus mismos postulados, de modo que cuando el bueno de Victorino proclama que actúa «en beneficio del resto de los ciudadanos» hemos de entender que, o bien conservadores y neoliberales no son ciudadanos, sino escoria humanoide, o bien que aspira a convertir por cojones a toda esa escoria humanoide en ciudadanos fetén, inyectándoles en vena su ideología.

Y, puesto que la inyección ideológica ya está garantizada, mediante la imposición de la asignatura de marras, nada parece más lógico que el bueno de Victorino quiera pillar cacho en el reparto de subvenciones, pues la ideología que no se amorra al grifo de la mamandurria no merece tal nombre. Algunas de las mamandurrias recibidas en los últimos años por su fundación las han apoquinado ayuntamientos gobernados por el PP, lo cual nos sirve para completar la definición del ideólogo contemporáneo, que no sería lo que es si no hubiese un tonto útil que contribuye a su apoteosis.

Todo sea en beneficio del resto de ciudadanos, forzosos paganos del ideólogo.

Las migajas de Rousseau

La escuela no debe halagar ni complacer las tendencias naturales de los alumnos

Por Ignacio Sánchez Cámara, en La Gaceta, hoy

Cuando los gobiernos aspiran a determinar el contenido moral de la educación obligatoria, cooperan a la destrucción de la educación. No son los menores errores de la actual legislatura los que se refieren a la política educativa. El principal y más radical de ellos consiste en la profundización de los errores de la Logse, cuyos desastres aún padecemos. Al parecer, en lugar de rectificarlos, se trata de perseverar en ellos y aumentarlos. El mayor error se puede cifrar en la decisión, deliberada o no, de destruir los fundamentos de la educación, que son la exigencia, la disciplina, el estímulo por la obra bien hecha y la adquisición de los hábitos de laboriosidad propios del trabajo intelectual; es decir, lo que alguno de nuestros clásicos contemporáneos llamó la moral de la ciencia.

La escuela no debe halagar ni complacer las tendencias naturales de los alumnos, sino contribuir a forjar hábitos nuevos y mejores y, en cierta medida, contrarios a las pulsiones y deseos más inmediatos. Nada elevado le es regalado al hombre. Todo lujo espiritual y moral es territorio de conquista. No se llega a la cima ni se libera uno de las cadenas de la caverna platónica sin esfuerzo y estudio. Cualquier otra utilidad es benéfica, pero de índole inferior. Todo esto parece haberse olvidado. Y si se recuerda es para repudiarlo, como si se tratara de una antipática e insoportable antigualla. A este mal radical se añade otro de filiación próxima: la pretensión de manipular la educación desde el poder para modelar a su antojo e interés las conciencias. Así, los ciudadanos devienen en súbditos, y la democracia camina hacia el totalitarismo.

Por si esto pareciera al lector demasiado teórico o abstracto, descendamos a las realidades concretas (aunque éstas siempre dependan de las abstractas). Ahí está la nueva asignatura de educación para la ciudadanía, en la que hasta su denominación es torpe (¿por qué no educación cívica?). No es el Estado el que debe formar la conciencia de los ciudadanos, ni determinar el contenido de la opinión pública. Para ello carece de autoridad espiritual. Por el contrario, el Estado (al menos, el democrático) existe para gobernar y legislar de acuerdo con la opinión pública. Pero la formación de ella le es absolutamente ajena. Tampoco tiene el Estado el derecho de educar, sino la obligación de garantizar el ejercicio de ese derecho. Ahí está también la errática decisión de que los alumnos pasen al curso siguiente incluso con cuatro suspensos. O la vulneración del derecho a recibir la enseñanza en la lengua materna o en la libremente elegida. O la ridícula y totalitaria pretensión de imponer el uso de una determinada lengua hasta en el tiempo de recreo. O la eliminación de las enseñanzas comunes en toda España, puerta abierta al particularismo y al secesionismo.

Mucho es lo que se puede aprender de Rousseau acerca de los fundamentos del extravío intelectual y moral actual. El pensador ginebrino, atrabiliario, genial y fundamentalmente equivocado, es el más influyente en la izquierda actual. Por encima incluso (al menos en la teoría) de Marx, al cabo, epígono suyo. Y, sobre todo, en el ámbito de la educación. De él procede esa nefasta tendencia pedagógica a respetar la espontaneidad del niño, derivada de su defensa del hombre natural o del buen salvaje.

La Academia de Ciencias de Dijon convocó un concurso literario en el que los participantes debían discutir si el progreso de las ciencias y las artes (técnicas) había contribuido o no al aumento de la felicidad de la humanidad. Rousseau concursó defendiendo la tesis negativa. Ganó el premio. Si tenía razón, entonces la educación no debía promover el conocimiento de las ciencias y las artes, vías seguras hacia la desgracia, sino más bien la ignorancia de ellas y el fomento de la vida espontánea e instintiva. De ahí a la falsa pedagogía de la primacía de lo lúdico y de lo instintivo sólo había un paso. Educar no sería forjar un hombre ideal, sino dejar ser. Lo importante no es el ideal, sino la autenticidad y una falsa libertad sin principios, normas y valores. La vida ideal nunca es la que ya es, sino la que debe ser.

Acaso no todo ello sea imputable directamente a Rousseau, pero sí puede derivarse de él. Bertrand Russell, demoledor crítico tanto de la obra como de la moralidad del escritor ginebrino, afirmó que mientras que de John Locke procedían Roosewelt y Churchill, de Rousseau procedían Hitler y Stalin. Aunque no se comparta por entero tan enérgico dictamen, no cabe duda de que encierra buena dosis de verdad, que ha llevado a hablar de él como teórico de la democracia totalitaria. Su herencia no es, desde luego, la de la ilustración.

Es poco probable que nuestros gobernantes actuales hayan leído a Rousseau, pero, aún así, sus prejuicios educativos (y no sólo ellos; también sus dificultades para comprender y aceptar los principios de la democracia liberal) se derivan, en buena medida, de las migajas ideológicas de tan fascinante como resentido y extraviado pensador.