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| Fuente: Viajar a Madrid |
Por la Libertad, contra la dictadura del relativismo, el laicismo y todo lo políticamente correcto. No tengamos miedo, el único verdadero enemigo está dentro: que los buenos no hagan nada.
miércoles, 18 de diciembre de 2013
domingo, 15 de diciembre de 2013
Fe de errores sobre fe de errores
Leo en sección de Cartas al director del diario IDEAL de Granada una Fe de errores que da cuenta de la corrección que el catedrático de la UGR, José Rodríguez Gordillo, hizo a su propia carta, rectificando la autoría del famoso "¡No es esto, no es esto!" de Ortega y Gasset.
Lástima que el profesor Rodríguez Gordillo no completase la corrección cambiando la cita y no al autor de la cita, pues ahora le queda un error más gordo, que supongo debido a confusión más que a ignorancia o, eso espero, a la reconstrucción de la Historia que algunos pretenden, con esa matraca, nada inocente, de la Memoria Histórica, tan oportunamente reflejada por Orwell en su famosa novela 1984.
En su carta, Rodríguez Gordillo escribe "Como decía Unamuno (alguien debió soplarle luego que fue Ortega y Gasset) ante las atrocidades y deriva totalitaria de la rebelión franquista: «no es esto, no es esto»". Es de sobra conocido que esta expresión aparece al final de Un aldabonazo, publicado el 9 de septiembre de 1931 en el diario Crisol ante la deriva radical de la República: Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: «¡No es esto, no es esto!».
El ejemplo sirve igual de bien al objeto de la carta del profesor de la UGR -criticar a los que reventaron la conferencia de Rubalcaba en esa universidad-; salvo por el pequeño inconveniente de que deja en mal lugar a la II República en vez de al franquismo: y esta sí que es una grave falta de corrección política.
Lástima que el profesor Rodríguez Gordillo no completase la corrección cambiando la cita y no al autor de la cita, pues ahora le queda un error más gordo, que supongo debido a confusión más que a ignorancia o, eso espero, a la reconstrucción de la Historia que algunos pretenden, con esa matraca, nada inocente, de la Memoria Histórica, tan oportunamente reflejada por Orwell en su famosa novela 1984.
En su carta, Rodríguez Gordillo escribe "Como decía Unamuno (alguien debió soplarle luego que fue Ortega y Gasset) ante las atrocidades y deriva totalitaria de la rebelión franquista: «no es esto, no es esto»". Es de sobra conocido que esta expresión aparece al final de Un aldabonazo, publicado el 9 de septiembre de 1931 en el diario Crisol ante la deriva radical de la República: Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron con el advenimiento de la República con su acción, con su voto o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: «¡No es esto, no es esto!».
El ejemplo sirve igual de bien al objeto de la carta del profesor de la UGR -criticar a los que reventaron la conferencia de Rubalcaba en esa universidad-; salvo por el pequeño inconveniente de que deja en mal lugar a la II República en vez de al franquismo: y esta sí que es una grave falta de corrección política.
jueves, 21 de noviembre de 2013
lunes, 23 de septiembre de 2013
Laicidad positiva
Por Javier Pereda Pereda. IDEAL Jaén, viernes 20.09.13
Con la vuelta a las aulas en este nuevo curso, el ministro de Educación francés, Paillon, ha trazado el ambicioso proyecto de refundar los valores de la República desde la escuela, implantando la Carta de la laicidad que rige desde hace unos días en los colegios franceses. Seguramente, el Gobierno de Hollande pretenda con este cambio radical en la educación encontrar una solución al auge considerable de la comunidad islámica, a base de impedir toda clase de convicciones religiosas y exhibición de signos de esta naturaleza. Esta declaración de quince puntos afirma respetar todas las creencias, garantizar la libertad de la conciencia y permitir la libertad de expresión, para acto seguido –sin pensar que se puede caer en una flagrante contradicción- establecer que está prohibido llevar objetos o prendas por los cuales los alumnos manifiestan ostensiblemente una pertenencia religiosa, ya sea el velo islámico, la ‘kipá’, o el crucifijo.
En definitiva, al proclamar e intentar conciliar principios aparentemente antagónicos como la libertad y la igualdad, en este conflicto de valores se decanta por un prohibicionismo igualitarista, cercenando cualquier posible atisbo al pluralismo de las creencias en una sociedad democrática, que en nuestro ordenamiento también está catalogado como un valor superior. Para fundamentar estas medidas se invoca una mal entendida separación entre la Iglesia y el Estado, un erróneo concepto de laicidad y una falsa neutralidad del Estado. Este cambio en la orientación de la enseñanza pública en las escuelas, al que estableciera en su día Sarkozy, parece ser una reacción jacobina e ilustrada, trasladándonos a la Francia de la revolución, como si todavía estuviera presente el adversario del Sacro Imperio Romano Cristiano en la Edad Media.
A veces se olvida que fue el cristianismo quien introdujo el principio dual de la separación de la unidad política y religiosa de la polis griega, distinguiendo la distinta atribución de competencias al César y a Dios. En los primeros cuatro siglos del cristianismo es cuando se asienta, con Agustín de Hipona, la distinción entre la ciudad de Dios y del Estado, implantando el principio de la libertad religiosa para todos, paganos y cristianos, plasmado en el Edicto de Milán. Ciertamente, la cuestión religiosa se enturbió con el «cuius regio, eius religio», por lo que la fe se imponía con el poder de la espada, y la religión de los súbditos era la del rey que gobernaba. Pero, actualmente, con el Concilio Vaticano II, existe un volver a los primigenios tiempos del cristianismo, con la separación –que no exclusión y supresión– entre los poderes públicos y el fenómeno religioso.
Así es como lo regula nuestra Constitución e interpreta el Tribunal Constitucional, con las relaciones de necesaria cooperación entre los poderes públicos y las demás confesiones religiosas, en un Estado aconfesional. Desde que Teodosio, en el Edicto de Tesalónica, impusiera el catolicismo como la única religión lícita, hasta llegar al otro extremo, el de la edad moderna, que pretende relegar cualquier atisbo de la religión al ámbito privado, hay un término medio, y este se llama libertad religiosa. La ‘laicité’ que se preconiza para la escuela francesa es errónea, y nada tiene que ver con la ‘laicidad positiva’ y aconfesional que hace posible la coexistencia y cooperación de los poderes públicos con lo religioso.
No deja de ser un sofisma que al apelar a la aparente neutralidad del Estado, en el fondo lo que se esté haciendo realmente sea neutralizar, a efectos prácticos, todas aquellas legítimas convicciones religiosas existentes, con la consiguiente suplantación e imposición de la confesional religión civil a modo roussoniano. Eso sí, proclamando de forma huera los principios de igualdad, libertad y laicidad que han sido vaciados de contenido para ser sustituidos por otros sucedáneos. Los totalizantes ecos laicistas – que no de laicidad- de nuestro país vecino, están teniendo reflejo en la mayoría de la izquierda política española, por lo que ahora quieren promover en el Congreso esta ideología, para intentar asestar un ataque frontal a la libertad religiosa, a la que tanto denuestan, siempre bajo la apariencia de neutralidad.
Con la vuelta a las aulas en este nuevo curso, el ministro de Educación francés, Paillon, ha trazado el ambicioso proyecto de refundar los valores de la República desde la escuela, implantando la Carta de la laicidad que rige desde hace unos días en los colegios franceses. Seguramente, el Gobierno de Hollande pretenda con este cambio radical en la educación encontrar una solución al auge considerable de la comunidad islámica, a base de impedir toda clase de convicciones religiosas y exhibición de signos de esta naturaleza. Esta declaración de quince puntos afirma respetar todas las creencias, garantizar la libertad de la conciencia y permitir la libertad de expresión, para acto seguido –sin pensar que se puede caer en una flagrante contradicción- establecer que está prohibido llevar objetos o prendas por los cuales los alumnos manifiestan ostensiblemente una pertenencia religiosa, ya sea el velo islámico, la ‘kipá’, o el crucifijo.
En definitiva, al proclamar e intentar conciliar principios aparentemente antagónicos como la libertad y la igualdad, en este conflicto de valores se decanta por un prohibicionismo igualitarista, cercenando cualquier posible atisbo al pluralismo de las creencias en una sociedad democrática, que en nuestro ordenamiento también está catalogado como un valor superior. Para fundamentar estas medidas se invoca una mal entendida separación entre la Iglesia y el Estado, un erróneo concepto de laicidad y una falsa neutralidad del Estado. Este cambio en la orientación de la enseñanza pública en las escuelas, al que estableciera en su día Sarkozy, parece ser una reacción jacobina e ilustrada, trasladándonos a la Francia de la revolución, como si todavía estuviera presente el adversario del Sacro Imperio Romano Cristiano en la Edad Media.
A veces se olvida que fue el cristianismo quien introdujo el principio dual de la separación de la unidad política y religiosa de la polis griega, distinguiendo la distinta atribución de competencias al César y a Dios. En los primeros cuatro siglos del cristianismo es cuando se asienta, con Agustín de Hipona, la distinción entre la ciudad de Dios y del Estado, implantando el principio de la libertad religiosa para todos, paganos y cristianos, plasmado en el Edicto de Milán. Ciertamente, la cuestión religiosa se enturbió con el «cuius regio, eius religio», por lo que la fe se imponía con el poder de la espada, y la religión de los súbditos era la del rey que gobernaba. Pero, actualmente, con el Concilio Vaticano II, existe un volver a los primigenios tiempos del cristianismo, con la separación –que no exclusión y supresión– entre los poderes públicos y el fenómeno religioso.
Así es como lo regula nuestra Constitución e interpreta el Tribunal Constitucional, con las relaciones de necesaria cooperación entre los poderes públicos y las demás confesiones religiosas, en un Estado aconfesional. Desde que Teodosio, en el Edicto de Tesalónica, impusiera el catolicismo como la única religión lícita, hasta llegar al otro extremo, el de la edad moderna, que pretende relegar cualquier atisbo de la religión al ámbito privado, hay un término medio, y este se llama libertad religiosa. La ‘laicité’ que se preconiza para la escuela francesa es errónea, y nada tiene que ver con la ‘laicidad positiva’ y aconfesional que hace posible la coexistencia y cooperación de los poderes públicos con lo religioso.
No deja de ser un sofisma que al apelar a la aparente neutralidad del Estado, en el fondo lo que se esté haciendo realmente sea neutralizar, a efectos prácticos, todas aquellas legítimas convicciones religiosas existentes, con la consiguiente suplantación e imposición de la confesional religión civil a modo roussoniano. Eso sí, proclamando de forma huera los principios de igualdad, libertad y laicidad que han sido vaciados de contenido para ser sustituidos por otros sucedáneos. Los totalizantes ecos laicistas – que no de laicidad- de nuestro país vecino, están teniendo reflejo en la mayoría de la izquierda política española, por lo que ahora quieren promover en el Congreso esta ideología, para intentar asestar un ataque frontal a la libertad religiosa, a la que tanto denuestan, siempre bajo la apariencia de neutralidad.
domingo, 22 de septiembre de 2013
Los 15 mandamientos del laicismo
"En el laicismo los protagonistas son las iglesias y el Estado, y todo consiste en organizar sus relaciones. La laicidad positiva sitúa en el centro el derecho a la libertad religiosa de cada ciudadano, que es el protagonista; mientras su Estado y su iglesia deben estar al servicio de sus derechos".Francia instruye a sus alumnos en los 15 "mandamientos" del laicismo, titula El País el pasado día 10. La laicidad positiva de Sarkozy ha degenerado en esta nueva imposición del laicismo socialista francés, mucho más basto (con b) y dogmático.
Los deberes del alumnos republicano que van a colgar de los tablones de anuncios de las escuelas francesas suenan a esas listas propias de todo totalitarismo: el Buen Ario, el Buen Hijo, el Buen Proletario, el Buen Revolucionario... Darán lugar, si nadie lo remedia, a toda esa retahíla de corrección bienpensante, de ortodoxia y de denuncia que tanto asfixia la vida y el pensamiento.
Por otro lado, la redacción de la Charte de la laïcité à l'école es indigna de la tradición literaria francesa, y sus muchas contradicciones ofenden la herencia jurídica de Roma y la razón, tan reverenciada allí; tropieza hasta con la razón cartesiana.
Andrés Ollero, Magistrado del Tribunal Constitucional, ha respondido para Páginas Digital a las preguntas de José María Gutiérrez Montero sobre esta cuestión:
¿La "Carta de la laicidad de la escuela" presentada en Francia es una expresión de laicismo?
Se echa de menos la distinción entre laicismo, del que se habla en toda ella, y laicidad que solo aparece, como si fuera sinónima, en el último punto. Ya desde el punto 2 queda claro que se opta por el “laicismo”, al hablarse de “separación” entre religión y poderes públicos; a diferencia del artículo 16.3 de nuestra Constitución, que opta por la cooperación de estos poderes con las confesiones religiosas de acuerdo con su respectiva presencia en la sociedad, suscribiendo lo que el Tribunal Constitucional ha caracterizado como “laicidad positiva”.
¿Ha dado un paso atrás Hollande respecto a Sarkozy?
La ausencia de diferencia entre laicismo y laicidad positiva es crucial y reduce a matices esos dos enfoques. Creo que el problema gira en torno a un concepto –neutralidad- cuya compatibilidad con el pluralismo –valor superior en nuestra Constitución- puede convertirse en misterioso. Está muy extendido el temor de que el laicismo se convierta en una religión civil con alcance confesional. Si cada cual pone de manifiesto sus convicciones religiosas queda patente el pluralismo; obligar a todos a disimularlas puede, para más de uno, acabar resultando más neutralizador que neutral.
¿Cuál es la diferencia entre el laicismo clásico francés y la laicidad positiva de la que hablaba Benedicto XVI?
En el laicismo los protagonistas son las iglesias y el Estado –así se plantea en el citado punto 2- y todo consiste en organizar sus relaciones. La laicidad positiva sitúa en el centro el derecho a la libertad religiosa de cada ciudadano, que es el protagonista; mientras su Estado y su iglesia deben estar al servicio de sus derechos.
¿La carta limita libertades al no dejar usar símbolos religiosos?
Puede ser la consecuencia de la enigmática neutralidad. No sé que puede tener de perturbador una kipá, un velo islámico o un crucifijo. Puede resultar chocante que el creyente para comparecer en público deba disfrazarse, abandonando sus signos de identidad; se sustituye así pluralismo por uniformidad.
martes, 20 de agosto de 2013
Derecho y Humanidades
Por Andrés Ollero. Catedrático de Filosofía del Derecho de la URJC. Miembro de Número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Magistrado del Tribunal Constitu¬cional. Doctor honoris causa por la Universi¬dad de Alba Iulia (Rumanía). Gran Cruz de Alfonso X el Sabio.Extracto de su artículo en Donde habita el olvido. Las Humanidades hoy. Luis Palacios Bañuelos. CSED S.L., 2013
Quizá habría que comenzar por preguntarse qué es eso de las Humanidades, porque Humanidad sólo hay una. Pienso que sería un error considerar como tales a un conjunto de conocimientos de problemático encaje en el marco metodológico científico-positivo, vinculado al contraste empírico y a la aplicabilidad técnica. Por esa línea circularon en su momento las llamadas ciencias del espíritu o, decenios después, determinadas versiones de las ciencias sociales. A mi modo de ver, no se trata sin embargo de que nos ocupemos de objetos de conocimiento peculiares, sino de cultivar un tipo de conocimientos que, más que aumentar nuestro caudal de información, nos hacen más humanos.
Desde ese punto de partida, las humanidades no tienen tanto que ver con la aclaración de hechos como con la comprensión de su sentido. La historia, por ejemplo, es una de las humanidades no porque, ocupándose de hechos pasados, nos ofrezca una crónica de lo que pasó, sino en la medida en que nos ayude a captar el sentido del presente. De ello se ocupó Gadamer, al hablarnos en su obra Verdad y Método de una “wirkungsgechichtliches Bewusstsein” o consciencia histórico-efectiva.
Los griegos ya fueron conscientes de la importancia de las huma-nidades cuando pasaron de ocuparse de la cosmología a profundizar en la antropología. Preguntándose por sí mismo, el hombre no sabía simplemente más, al contar con la ética o la política como nuevas disciplinas, sino que se hacía más humano: por la dimensión de reflexión personal y crítica que las preguntas que ahora se planteaban llevaban consigo.
El positivismo ha actuado como una auténtica plaga, al identificar caprichosamente racionalidad con ciencia y ciencia con una determinada metodología, con querencia —frustrada no pocas veces— hacia una verificación empírica. La ciencia positiva es sin duda relevante, al brindar márgenes considerables de certeza y cuotas rentables de aplicabilidad técnica. El problema surge cuando se ocultan sus límites, porque se acostumbra así a considerar inexistente o sin importancia todo aquello de lo que su método no puede darnos cuenta. El método científico no puede decirnos nada sobre el sentido de la realidad. El fideísmo científico invita a despreocuparse del sentido de las cosas y condena a acabar generando, en el ámbito personal y social, una realidad sin sentido.
Cuando una cultura no se deja esclavizar por la plaga positivista, sin perjuicio de beneficiarse de los frutos de la ciencia, entiende perfectamente que un cultivador de las humanidades pueda ser un óptimo gestor empresarial, sin necesidad de acreditar capacidades técnicas. Se ha tendido a alabar por ello al mundo anglosajón o al modelo universitario humboldtiano. Lo importante es saber actuar con buen sentido y ser capaz de comprender (que no es un mero entender esclarecedor) los datos técnicos que se nos brindan.
Se convirtió en un tópico hablar de la licenciatura en Derecho como de la carrera de las salidas. Una visión miope de la cuestión lo atribuiría a que dicha titulación académica habilitaba para concursar en numerosas oposiciones a plazas de la Administración Pública; o a que abría un flexible y variopinto campo de acción en el ámbito de la abogacía o la consultoría jurídica. Siendo ello cierto, he pensado siempre algo bastante distinto. Aconsejaría estudiar derecho a alumnos de no demasiada capacidad intelectual, porque se trata de una titulación de contenidos memorizables sin excesiva complicación y con una tradición evaluadora no demasiado exigente; pero, sobre todo, animaría a estudiar derecho a los alumnos particularmente inteligentes, porque en una sociedad como la actual se convierte en una de las más relevantes Humanidades o incluso, si se me aprieta, en la Humanidad por excelencia. En la medida en que así fuera, es lógico que pueda acabar brindando salidas innumerables.
lunes, 20 de mayo de 2013
Un poco de doctrina social
Por Juan Manuel de Prada, en XLSemanal, sábado 11 de mayo de 2013
Escribía Chesterton que el mundo moderno había sido invadido por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. A simple vista, parece tan solo una frase eufónica; pero creo que es el diagnóstico más certero y sintético que se puede ofrecer de nuestra época. Las virtudes se vuelven locas cuando son aisladas unas de otras, cuando son desgajadas del tronco común que les da sustento. Este aislamiento de las virtudes lo podemos contemplar por doquier: así, por ejemplo, la justicia sin misericordia no tarda en corromperse y volverse crueldad; y la misericordia sin justicia acaba degenerando en laxitud y buenismo.
Si analizamos las ideologías modernas (que alguien definió como «herejías cristianas»), comprobaremos que todas ellas son producto de esta escisión de las virtudes cristianas: la libertad sin verdad, la justicia sin caridad, etcétera. Pero la invasión de las virtudes locas no es un fenómeno propio tan solo del mundo secular, sino que extiende también su gangrena en el propio ámbito católico. Benedicto XVI lo denunció en diversas ocasiones, refiriéndose a la «esquizofrenia entre la moral individual y la pública» que aqueja a muchos creyentes, de tal modo que «en la esfera privada actúan como católicos, pero en la vida pública siguen otras vías que no responden a los grandes valores del Evangelio».
Según esta esquizofrenia propia de un mundo invadido por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas, un empresario podría ser amantísimo esposo y padre de familia y, al mismo tiempo, defraudar el jornal de sus trabajadores. Y así ocurre con muchos; solo que quien defrauda el jornal al trabajador acaba también engañando a su mujer y a sus hijos, tarde o temprano. Sobre este peligro ya advertía Juan XXIII en su encíclica Mater et Magistra, cuando señalaba que «la doctrina social profesada por la Iglesia católica es algo inseparable de la doctrina que la misma enseña sobre la vida humana»; y es que, en efecto, poco sentido tendría defender la vida y la familia si al mismo tiempo no se defendiera una concepción del trabajo que permita a las personas criar dignamente a sus hijos.
El trabajo nos recordaba Juan Pablo II en su encíclica Laborem Exercens es una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que esta exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo. Defender la vida y la familia y, al mismo tiempo, callar ante la depauperación de las condiciones de trabajo es esquizofrénico.
En los últimos años he estudiado mucho la doctrina social de la Iglesia en torno al trabajo, para descubrir que sus enseñanzas han sido olvidadas incluso por los propios católicos. Esto es un triunfo del mundo invadido por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas; y también una causa evidente de que la doctrina católica sobre la vida humana se haya vuelto ininteligible, incluso inhumana, a los ojos de muchos. Pues, ciertamente, resulta arduo combatir por ejemplo el aborto cuando no se combaten las condiciones laborales indignas que a mucha gente le impiden o dificultan tener más hijos.
Escribía Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus: «La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social. Así como la persona se realiza plenamente en la libre donación de sí misma, así también la propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para todos».
El propio Juan Pablo II, en Laborem Exercens, recordaba que es obligación de los cristianos «recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres del trabajo, denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos y contribuir a orientar estos cambios para que se realice un auténtico progreso del hombre y de la sociedad». Y añadía que la mayor verificación de su fidelidad a Cristo la muestra el cristiano en su compromiso con los pobres, que «aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo -es decir, por la plaga del desempleo-, bien porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia». Quien tenga oídos para oír que oiga.
Escribía Chesterton que el mundo moderno había sido invadido por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. A simple vista, parece tan solo una frase eufónica; pero creo que es el diagnóstico más certero y sintético que se puede ofrecer de nuestra época. Las virtudes se vuelven locas cuando son aisladas unas de otras, cuando son desgajadas del tronco común que les da sustento. Este aislamiento de las virtudes lo podemos contemplar por doquier: así, por ejemplo, la justicia sin misericordia no tarda en corromperse y volverse crueldad; y la misericordia sin justicia acaba degenerando en laxitud y buenismo.
Si analizamos las ideologías modernas (que alguien definió como «herejías cristianas»), comprobaremos que todas ellas son producto de esta escisión de las virtudes cristianas: la libertad sin verdad, la justicia sin caridad, etcétera. Pero la invasión de las virtudes locas no es un fenómeno propio tan solo del mundo secular, sino que extiende también su gangrena en el propio ámbito católico. Benedicto XVI lo denunció en diversas ocasiones, refiriéndose a la «esquizofrenia entre la moral individual y la pública» que aqueja a muchos creyentes, de tal modo que «en la esfera privada actúan como católicos, pero en la vida pública siguen otras vías que no responden a los grandes valores del Evangelio».
Según esta esquizofrenia propia de un mundo invadido por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas, un empresario podría ser amantísimo esposo y padre de familia y, al mismo tiempo, defraudar el jornal de sus trabajadores. Y así ocurre con muchos; solo que quien defrauda el jornal al trabajador acaba también engañando a su mujer y a sus hijos, tarde o temprano. Sobre este peligro ya advertía Juan XXIII en su encíclica Mater et Magistra, cuando señalaba que «la doctrina social profesada por la Iglesia católica es algo inseparable de la doctrina que la misma enseña sobre la vida humana»; y es que, en efecto, poco sentido tendría defender la vida y la familia si al mismo tiempo no se defendiera una concepción del trabajo que permita a las personas criar dignamente a sus hijos.
El trabajo nos recordaba Juan Pablo II en su encíclica Laborem Exercens es una condición para hacer posible la fundación de una familia, ya que esta exige los medios de subsistencia, que el hombre adquiere normalmente mediante el trabajo. Defender la vida y la familia y, al mismo tiempo, callar ante la depauperación de las condiciones de trabajo es esquizofrénico.
En los últimos años he estudiado mucho la doctrina social de la Iglesia en torno al trabajo, para descubrir que sus enseñanzas han sido olvidadas incluso por los propios católicos. Esto es un triunfo del mundo invadido por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas; y también una causa evidente de que la doctrina católica sobre la vida humana se haya vuelto ininteligible, incluso inhumana, a los ojos de muchos. Pues, ciertamente, resulta arduo combatir por ejemplo el aborto cuando no se combaten las condiciones laborales indignas que a mucha gente le impiden o dificultan tener más hijos.
Escribía Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus: «La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social. Así como la persona se realiza plenamente en la libre donación de sí misma, así también la propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para todos».
El propio Juan Pablo II, en Laborem Exercens, recordaba que es obligación de los cristianos «recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres del trabajo, denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos y contribuir a orientar estos cambios para que se realice un auténtico progreso del hombre y de la sociedad». Y añadía que la mayor verificación de su fidelidad a Cristo la muestra el cristiano en su compromiso con los pobres, que «aparecen en muchos casos como resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano: bien sea porque se limitan las posibilidades del trabajo -es decir, por la plaga del desempleo-, bien porque se deprecian el trabajo y los derechos que fluyen del mismo, especialmente el derecho al justo salario, a la seguridad de la persona del trabajador y de su familia». Quien tenga oídos para oír que oiga.
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