domingo, 11 de febrero de 2007

La nueva tiranía (I)

XLSEMANAL del 29 de enero al 4 de febrero de 2007. Animales de compañía,
Por Juan Manuel de Prada

Me pone un poco nervioso esa gente que se refiere a la democracia como si fuera una forma de gobierno superadora de tiranías. La democracia admite una expresión ideal, pero también su degradación en tiranía, como cualquier otra forma de gobierno. La aristocracia que defendía Platón nada tiene que ver con las dictaduras militares que han asolado Hispanoamérica en décadas recientes, por mucho que ambas postulen que el poder sea depositado en manos de unos pocos. Tampoco la democracia, tal como fue formulada en sus orígenes, se parece demasiado a su degeneración actual. Hay personas que identifican la tiranía con los totalitarismos de otras épocas, como si fuese una reliquia de la Historia; actitud que, amén de complaciente y hasta bobalicona, resulta tan disparatada como afirmar que la poesía tiene que escribirse necesariamente en cuartetos de versos alejandrinos monorrimos, como hacían los poetas del mester de clerecía, ignorando que después vino el verso endecasílabo, el verso blanco, el verso libre y lo que te rondaré morena. Las tiranías no constituyen una forma de gobierno específica, sino que se adaptan a la forma de gobierno impuesta por cada época: hace casi un siglo, las tiranías hallaron acomodo en las ideologías totalitarias que entonces triunfaban; hoy, tratan de colonizar la forma hegemónica de gobierno instaurada en Occidente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, que no es otra que la democracia.

Naturalmente, la tiranía se manifiesta de un modo muy diverso según la forma de gobierno a la que se acoge. Si perseveramos en el anacronismo de identificarla con el ascenso de un líder carismático y autoritario que monopoliza la maquinaria del poder, no conseguiremos dilucidar la verdadera naturaleza de la tiranía contemporánea. Mucho más eficaz en esta labor de desenmascaramiento resulta establecer cuál es el rasgo común a todas las tiranías que en el mundo han sido, el objetivo primordial y siempre repetido que las ha delatado. Dicho objetivo no es otro que la ‘construcción’ de un ‘hombre nuevo’, una labor de ingeniería social consistente en uniformizar a los individuos, convirtiéndolos en una masa amorfa, indistinta y fácilmente moldeable. Para ello, la tiranía anula la naturaleza del individuo, la extirpa de aquellos elementos que juzga incompatibles con sus designios y, mediante una labor de adoctrinamiento cruenta o sibilina (dependiendo del grado de sofisticación de la tiranía en cuestión), la introduce en una trituradora ideológica de la que los individuos salen convertidos en lacayos más o menos mohínos o satisfechos, incluso (si la tiranía actúa con perspicacia) orgullosísimos de su condición de lacayos. Antaño, estas trituradoras ideológicas adquirían rasgos pavorosos: campos de trabajo, burocracia policial, torturas, etc.; por supuesto, las tiranías de hogaño han conseguido hacer mucho más presentables y asépticas sus trituradoras de almas, han logrado incluso que tales trituradoras resulten amables, simpáticas, encandiladoras, irresistibles.

Las tiranías siempre han mirado con suspicacia la dimensión intelectual y espiritual del hombre. Alguien que se sabe ser pensante y traspasado de trascendencia es más consciente de su vocación de libertad. Pero a la tiranía le interesa el hombre esclavizado: despojado de libertad, en el caso de las tiranías más rudimentarias y antediluvianas; o, mejor todavía, el hombre que ha olvidado que la libertad es una posesión consustancial a su condición humana y que, en su lugar, la considera algo que graciosamente se le concede desde una instancia de poder. Pero para que este espejismo resulte efectivo primero hay que lograr, mediante una minuciosa labor reeducadora, que el hombre reniegue de su libertad intrínseca; y para ello la tiranía contemporánea dispone de poderosas herramientas propagandísticas. En esta labor de mutilación humana, la tiranía emplea dos métodos muy eficazmente quirúrgicos: por un lado, la ‘desvinculación’ del individuo, que lo torna mucho más vulnerable e inconsistente, al obligarlo a romper lazos con toda forma de tradición cultural que sirva para entender sus orígenes, su lugar en el mundo, que en definitiva le sirva para explicarse, para hacerse inteligible; por otro lado, su ‘fisiologización’ salvaje, su conversión en un pedazo de aburrida carne que no tiene otro anhelo sino la satisfacción de unos cuantos apetitos y pulsiones, como un perro de Paulov.

Dejaremos para una próxima entrega la exposición de los métodos que la nueva tiranía emplea en su tarea de ingeniería social, hasta convertirnos en ‘hombres nuevos’ y amputados, sin vínculos que nos expliquen ni aspiraciones de índole espiritual.
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