domingo, 11 de febrero de 2007

La nueva tiranía (III)

XLSEMANAL del 11 al 17 de febrero de 2007. Animales de compañía
Por Juan Manuel de Prada

Lo hemos llamado ‘fisiologización’, pero también podríamos haberlo denominado ‘despersonalización’. Quizá sea el rasgo más distintivo de nuestra época; y, desde luego, uno de los más arrasadores instrumentos en manos de la nueva tiranía. Su finalidad no es otra que aplastar, anestesiar, negar la dimensión espiritual del hombre. No me refiero tan sólo a la inquietud religiosa –que, desde luego, es tratada como un cáncer que conviene extirpar– sino, en general, a cualquier efusión del espíritu que nos eleve sobre el barro del que procedemos. Esta ‘fisiologización’ es también una expresión de esa ‘desvinculación’ a la que nos referíamos en un artículo anterior: se trata de mantener al hombre entretenido mientras chapotea en el lodazal de sus apetencias más bajunas, negándole cualquier vocación ascendente; se trata, en definitiva, de reducir la existencia humana a una pura experiencia material y de acallar cualquier nostalgia de otra forma de vida superior. Así, hasta lograr que el hombre se convierta en un perro de Paulov que sólo necesita para seguir viviendo satisfacer de forma casi automática sus pulsiones. Todo ello, por supuesto, servido con una apariencia lúdica y risueña que lo haga más fácilmente digerible.

La nueva tiranía ha encontrado poderosos medios propagandísticos que le garanticen este proceso de paulatina ‘fisiologización’. Seguramente el más poderoso y eficaz sea la televisión, convertida en divulgadora festiva de nuevas formas de vida que postulan nuestra conversión en pedazos de aburrida carne y halagan nuestros instintos más sórdidos. El otro día, mientras zapeaba, me tropecé con un programa de enormidades titulado Esto es increíble, en el que varias mujeres de aspecto neumático soportaban los embates de una polla de caucho que, instalada en un mecanismo de émbolos, penetraba en sus orificios genitales a un ritmo cada vez más frenético; ganaba el concurso la mujer que resistía durante más tiempo el trasiego. Por supuesto, tan degradante espectáculo era glosado por un locutor que introducía comentarios de discutible comicidad. Sólo un espectador que haya descendido hasta subsuelos de abyección podría contemplar aquel programa sin desasosiego; sólo alguien que niegue la dignidad intrínseca del ser humano podría atreverse a programarlo. A continuación, el programa incluyó un reportaje de parejas sorprendidas en la calle en pleno folleteo, quizá bajo los efectos del alcohol; eran imágenes tristísimas, de una sordidez que encogía el corazón, donde las parejas espiadas eran mostradas como ratas que copulan en una alcantarilla, pero persistían los comentarios pretendidamente cómicos del locutor. Aquel programa no constituye una excepción: a cualquier hora del día o de la noche, el espectador desprevenido se topa con tertulias de chismorreos degradantes, o con concursos de telerrealidad donde los concursantes eructan y defecan y fornican sin rebozo ante las cámaras, como homínidos felices de su condición, erigidos en modelos para las masas que los contemplan desde sus hogares.

Así nos quiere la nueva tiranía, rehenes de la pura fisiología, babeantes de flujos, chapoteando satisfechos en el barro de la degradación. Cualquier intento de revitalizar el espíritu es de inmediato escarnecido, vituperado, condenado al descrédito o señalado como subversivo. Y, por supuesto, cuando el cuerpo deja de ser templo del espíritu, se transforma en templo narcisista de sí mismo: en este contexto debe entenderse el miedo del hombre contemporáneo a la vejez y a la decadencia física, la dictadura de la salud como bien absoluto, la exaltación de la cirugía plástica. Cuando la vida deja de tener sentido, cuando no la anima ninguna pesquisa de índole espiritual, el hombre se aferra desesperadamente al espejismo de la eterna juventud. Pero, pese a que la nueva tiranía se esfuerza porque la amputación del espíritu sea indolora y no deje cicatrices, no ha conseguido evitar que el hombre contemporáneo sienta esa ausencia como un vacío que de vez en cuando emite un dolor sordo, como el manco siente en las noches que preludian cambios atmosféricos un dolor en el brazo inexistente, un dolor que en realidad es la manifestación de una nostalgia.

También la nueva tiranía cuenta con un recurso para paliar esa nostalgia de una vida superior. Y, de este modo, completa la arquitectura de su dominación. Lo contaremos en el último artículo de la serie.
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