jueves, 13 de marzo de 2008

La eutanasia nacional

Una penosa impresión de hundimiento colectivo


Por José Javier Esparza, en El Semanal Digital el 19 de enero de 2007

Ya es casualidad que la obstinación disgregadora del Gobierno haya venido a coincidir, noticiosamente hablando, con el último caso de eutanasia. Pero a lo mejor no es sólo casualidad.

Son como la Santa Compaña, ¿verdad?, pero envueltos en moralina progresista, y ya no llevan en cabecera a un vivo que enarbola una cruz, según dice la tradición, sino a una periodista de El País con su grabadora y su canesú. Tampoco entonan cantos lúgubres en los senderos del bosque, sino que ahora los rodea una cohorte de opinadores concienciados que narra al mundo sus hazañas. Hay alguien que quiere dejar de vivir. Ellos ayudan a morir. Llegan al domicilio de la víctima. La rodean de comprensión y zalamerías, de besos y ternura, y entonces, ¡zas!: viaje directo al otro barrio. Lo han hecho ahora con una señora en Alicante. Lo vimos, ya digo, ampliamente sahumado en El País, siempre dispuesto a defender cualquier cosa que signifique romper algo importante. El hijo de la víctima –porque no deja de ser una víctima- dice que va a denunciar a la Santa Compaña, o sea a la Asociación Derecho a Morir Dignamente, por llevar a su madre a la muerte. La Asociación Compaña dice que no, que ellos lo hacen por generosidad. Claro.

Cuestiones de principio. Primera: una comunidad no puede reconocer a un particular el derecho de "ayudar a morir" al prójimo, por la simple razón de que ese derecho tendría que reconocérsele a todos, y si todos nos ayudamos a morir unos a otros, entonces entraríamos en una especie de homicidio generalizado. Segunda: una comunidad no puede reconocer a nadie el derecho a acabar con su propia vida, porque la muerte es un mal objetivo en sí mismo, luego es absurdo concebirla como derecho (otra cosa es que uno se tome tal atribución por su propia mano, pero esto nada tiene que ver con el mundo de los "derechos"). Tercera, más genérica, pero también más práctica: en los países donde se ha legalizado la eutanasia, los casos de abusos son lo suficientemente abundantes como para tentarse la ropa. Cuarta, y quizá más honda: ¿no es llamativo que sea precisamente hoy cuando con más insistencia se muestra la muerte como algo bonancible, "generoso", guay del Paraguay, lo mismo para la eutanasia que para el aborto, y que esto sólo ocurra en países ricos y gordos, tanto en España como fuera de aquí? ¿No es como si estuviéramos en una cultura no ya de la muerte, sino, más específicamente, del suicidio?

Después de todo, tiene su lógica que estos asuntos se planteen en el mismo momento en que los poderes del Estado acarician el sueño de la capitulación ante sus enemigos. ¿Disparatamos? Quizá. Pero en un cierto sentido, en un estrato profundo, a veces invisible, es como si todas estas cosas fueran hijas de una sola fuerza, como si estuvieran animadas por un mismo espíritu: el espíritu de la cancelación, de un irse cansado y hastiado, de un acabarse blandito y suave, de una eutanasia colectiva. Por eso el Coro de los lémures que jalea a la Santa Compaña, a esos que caminan por ahí llevando el mensaje de la muerte inminente, es el mismo orfeón que entona cánticos al diálogo con los que ponen bombas y matan, y también el mismo que identifica el aborto con un gesto de libertad. Es el mismo coro que pretende aislarnos a los demás, a los que pensamos que la vida tiene un sentido y un valor, que la nación es algo importante, como lo son la justicia y la dignidad colectiva; a los que pensamos que los pueblos fuertes son los que quieren vivir, mientras que los pueblos débiles sólo piensan en gozar. A esos –a nosotros- quieren ponernos un cordón sanitario, según la ingeniosa estupidez de Federico Luppi.

Esta impresión de que todo se va hundiendo alrededor no es algo que pueda borrarse con un cambio electoral. Hacen falta fuerzas más poderosas, fuerzas que están en el plano del espíritu más que en el de la política. De momento, podemos ir haciendo gimnasia: ser capaces de descubrir, bajo cada ruina, la promesa de un nuevo palacio.
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