jueves, 30 de octubre de 2008

El cristianismo no es un moralismo.

Por Antonio Millán Puelles, en Ética y realismo, Rialp 1996, pp. 93 a 97

Para terminar quiero hacer una reflexión hablando como cristiano, no como profesor de filosofía, aunque sin dejar de ser profesor de filosofía. En nuestra época, no podemos limitamos los cristianos, ni en nosotros mismos ni en el trato con los demás, a una ética meramente natural. En ninguna época, pero en la nuestra es oportuno decirlo, porque como hay mucha gente que niega la ética natural, nos vemos en la tesitura de tener que dialogar con ellos con meras razones de tipo natural. Es decir, por ejemplo, justificamos la condenación del aborto con razones científicas, ético-naturales, etc.; lo mismo en todo lo referente a la indisolubilidad del matrimonio, y tantas otras cosas más. Como tenemos que dialogar con personas que no creen, echamos mano sólo de argumentos de filosofía o de ciencia positiva, digamos, de razón natural. Los primitivos cristianos no actuaron únicamente así. Daban testimonio de su fe. Parece que ahora estamos como avergonzados: -Mire usted-decimos muchas veces-, prescindiendo de que seamo9s cristianos, resulta que el embrión es un ser humano, porque los cromosomas, etc...- Eso es real, y está muy bien que lo digamos, pero... ¿como cristianos cumplimos nuestra obligación quedándonos ahí, por aquello de que el señor que nos oye no lo es? A lo mejor el señor que nos oye estaba esperando que le dijéramos algo como cristianos, y no sólo como conocedores de la biología contemporánea y del derecho natural, que quizá podría compartir con nosotros. Quizá esperaba ese otro testimonio. O, aunque no lo esperara, a lo mejor le vendría muy bien. A este propósito, afirma Karl Adam en su libro Jesucristo, refiriéndose a la esencia del mensaje de Cristo: «Se puede afirmar que, incluso históricamente, la esencia de su mensaje consiste precisamente en la buena nueva de la proximidad del Reino de Dios, que llega en su Persona. No se debe buscar dicha esencia primariamente en su doctrina moral. Efectivamente, en muchos puntos de su mensaje de una justicia mejor, pueden encontrarse analogías en el Antiguo Testamento, o en la filosofía judía –y también en la filosofía griega de la época-. Sin duda Jesús desbrozó esta preciosa herencia de sus numerosos aditamentos humanos, y mediante una revolución y una concentración anárquica, la dejó pura y refulgente -incluso desde el punto de vista humano-, pero su contenido principal estaba ya previamente implicado, y propiamente hablando no es aquí donde debe verse la verdadera novedad que quiso traer, y que de hecho trajo al mundo»1 .

La novedad de Cristo no es su doctrina moral: es su anuncio del Reino de Dios. ¡Claro que incluye, por supuesto, una doctrina moral! En cuestiones de justicia hay que ser tan exigente –o más- que el que más, pero con la condición –si es que queremos actuar como cristianos- de dejar claro que hay otra cosa que está por encima y se llama caridad. «Está por encima» no quiere decir que se oponga a la justicia. Exigiendo la justicia tanto o más que el que más, yo tengo que hablar de caridad, de amor al prójimo por amor a Dios. Entonces estoy hablando como un cristiano. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué como soy cristiano debo hablar sólo de la caridad, y no de lo otro? No; de ninguna manera, porque Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, y en Él lo sobrenatural y lo natural están unidos. Pero si están unidos en Él, también deben estarlo en mi conducta y en mi actuación.

Digo esto porque veo cierta propensión a que en nuestros escritos y en nuestro hablar con los demás casi parece como que ocultamos que somos cristianos. Hablamos de valores humanos, de los cuales hay que hablar, evidentemente. Si no lo hacemos estamos edificando en vano. Sí, pero si queremos edificar no nos podemos contentar con los cimientos: hay que poner algo más. Y si no lo ponemos, esos cimientos ¿de qué son cimientos, cristianamente hablando, se entiende?

Contemplata aliis tradere, dice Santo Tomás: hay que transmitirlo visto por la gracia a quienes no han recibido el mensaje (quizá lo desconocen sin culpa, pero lo pueden conocer).

Yo temo que pueda haber un cierto pudor malentendido en los cristianos de hoy, de manera que, bajo un pretexto -propiamente no es que sea pretexto, pues casi llegamos a creérnoslo- de que como hay que dialogar con los no creyentes, no se debe meter para nada ninguna alusión a la revelación. Y yo diría: de ninguna manera hay que dejar de dar todos los argumentos científicos, filosóficos, humanos, naturales, etc., que hay que dar (y, por consiguiente, hay que conocerlos, porque eso es doctrina también, y más para un cristiano). Un cristiano no es un señor que admite sólo lo sobrenatural; admite también lo natural. El sí más grande que se le ha dado a la humanidad se llama Cristo, que es también un sí a Dios; pero un sí consistente en que es las dos cosas a la vez. Entonces, además de todas esas razones naturales, yo diría que en medio de un razonamiento de esos, o al final, donde sea, hay que meter hábilmente -si se me permite la expresión: no quiero decir con ello hipócritamente una referencia a la verdad sobrenatural. De lo contrario, no estaremos hablando como cristianos. No es que estemos hablando como anticristianos, pero tampoco como cristianos. No voy a convencer a un señor hablándole de un Evangelio en el cual no cree, ciertamente. Pero he de hablarle también cristianamente, con algo de habilidad, y no cuidando tan habilidosamente la forma y manera de decírselo, que terminemos por callamos.

1 Barcelona; Herder, 1961, p.163

Una tentación totalitaria

Nuevo libro de Jesús Trillo Figueroa, autor de La Ideología Invisible

domingo, 19 de octubre de 2008

La muerte de Sócrates

Por Ignacio Sánchez-Cámara. Obtenido en Quaestio.

Pocos acontecimientos hay tan clarificadores y memorables en la historia espiritual de Occidente como la muerte de Sócrates en la democracia ateniense. Pocas lecturas, por tanto, tan esclarecedoras como la Defensa redactada por Platón, iluminada por el diálogo Gorgias y su contraste entre la enseñanza socrática y la de los sofistas, mercaderes de los alimentos del alma. Víctor Pérez-Díaz acaba de titular un excelente ensayo así: El malestar de la democracia.

Y este malestar acaso tenga mucho que ver, como ha afirmado Olegario González de Cardedal en una perdurable Tercera de ABC, con la conversión de la democracia en ídolo, al margen de toda consideración de la idea del bien y la justicia, y de la ejemplaridad de las figuras morales. “La medida y grandeza de un país es proporcional al número de hombres y mujeres que se afirman desde la voluntad de verdad frente a la voluntad de poder”. Y, sin embargo, se pretende que la democracia pueda prescindir de la verdad moral hasta llegar a suplantarla.

Cuando las masas son divinizadas en las democracias es para utilizarlas con fines perversos. Nunca se insistirá lo bastante en la primacía de la cultura. Así lo hace Pérez-Díaz. Una sociedad obsesa con la riqueza, el placer y el poder tiende a subestimar la importancia de la cultura. Pero, en verdad, ni la política ni la economía poseen autonomía frente a ella. No existen ellas por sí mismas, sino insertas en el ámbito de la cultura.

Las oligarquías que tienden a apoderarse de la democracia, degradándola, lo saben muy bien. Siempre procuran controlar la cultura, aunque, en realidad, sólo son capaces de alentar una decadente contracultura adormecedora y estéril. El mal no es exclusivo de la derecha ni de la izquierda, pero ésta última revela una capacidad muy superior en el arte engañoso de la manipulación cultural. No es superior en la cultura. Sólo es superior en el arte de la propaganda (pseudo) cultural. En esto, sólo tiene competencia en los nacionalismos.

Puede comprobarse en la habilidad que exhiben para hacerse con las consejerías de Educación y Cultura en las regiones en las que gobiernan. Así sucedió en el País Vasco. Uno de los episodios más lamentables de nuestra democracia fue la cesión del poder al PNV por parte del Partido Socialista, que había ganado las elecciones autonómicas. Se impone así en las democracias decadentes una falsa cultura sofística. Y vuelve aquí Platón. Sócrates no era de derechas ni de izquierdas, sino del minoritario partido de la búsqueda de la verdad y la justicia. Frente a él, tiende a imponerse en las democracias la falacia de la cultura sofística de la oligarquía, que halaga al pueblo para mantenerse en el poder. Un poder que sólo es un bien para el que lo posee si lo utiliza al servicio de la justicia. Tres son los medios para este proceso de apropiación ilegítima y suplantación de la verdadera cultura: el control de la Educación, la utilización abusiva de los medios y el empleo de los aparatos de propaganda política.

El resultado es la reducción al silencio de lo que González de Cardedal llama figuras morales frente a los ídolos. El secreto de la manipulación cultural se reduce a una norma: reducir al silencio, ningunear como se suele decir, a los socráticos, a las nobles figuras morales que se ocupan ante todo de los fines últimos y supremos. El secreto de la política demagógica y oligárquica se reduce hoy a un sólo principio: renovar la muerte de Sócrates.

martes, 7 de octubre de 2008

Correctamente silenciada

La dictadura del relativismo amenaza la libertad de cátedra

El aumento del relativismo moral no ha llevado a una mayor libertad de discusión, sino a la creación de nuevos tabúes incluso en la Universidad. El pensamiento políticamente correcto resucita así la actitud censora para excluir del debate las ideas que considera inaceptables. La profesora universitaria canadiense Margaret Somerville explica en primera persona su experiencia. La segunda parte de ese servicio analiza los intentos de que los médicos se olviden de sus convicciones éticas a la hora de atender al paciente (1).
Firmado por Margaret Somerville, Directora y Fundadora del Centro de Medicina, Ética y Derecho de la Universidad de McGill en Montreal.
(Artículo publicado originalmente en MercatorNet, el 1-07-2008, traducción ACEPRENSA).

En 2006 acepté una invitación para recibir un doctorado honoris causa en ciencias por la Universidad de Ryerson (Toronto). Cuando se supo la noticia, la comunidad de activistas gays y quienes les apoyan desataron una ola de protestas por todo Canadá exigiendo que, debido a mis opiniones sobre el matrimonio homosexual, la Universidad retirara su ofrecimiento del título. Esto, a su vez, provocó en el país una tormenta mediática incluso mayor en defensa de la libertad de expresión.

La Universidad de Ryerson recibió numerosas llamadas de personas que afirmaban que jamás volverían a realizar una donación a la institución si me otorgaban el título honorario. Una de mis clases fue invadida por estudiantes, acompañados de cámaras de TV que filmaban la escena, y tuvo que ser suspendida cuando los intrusos llevaron a cabo un simulacro de matrimonio homosexual. Me llegaron cantidades de cartas insultantes; fui objeto de una campaña de protestas en Internet y necesité tomar medidas de seguridad al hablar en público; todo ello, porque creo que todos los niños –incluidos los que, llegados a la edad adulta, sean homosexuales– necesitan al padre y a la madre que el matrimonio heterosexual les da y de los que les priva el homosexual.

El relativismo de rigor

En esa “tormenta perfecta” encontré numerosas personas que me expresaban su honda preocupación sobre “lo que está ocurriendo en nuestras universidades”. Algo que está sucediendo es el aumento del relativismo moral. Esto puede conducir a la pérdida, por parte de los estudiantes universitarios, de valores esenciales, sin duda compartidos, o incluso abrir la puerta al nihilismo ético en el sentido de que la ética se reduzca nada más que a preferencias personales.

El postmodernismo es actualmente de rigor en las humanidades y las ciencias sociales. Los postmodernistas adoptan un enfoque relativista: no existe la verdad fundamentada; lo ético es sencillamente una cuestión de opinión y de preferencias personales. El relativismo moral supone que todos los valores valen lo mismo, y cuál debe tener prioridad en caso de conflicto no depende más que de la percepción y la preferencia de cada persona. Paradójicamente, el resultado es que “la igualdad de todos los valores” se convierte, ella misma, en el valor supremo.

Esta postura conduce en definitiva, al menos teóricamente, a convertir la extrema tolerancia en el “más igual” de entre los valores iguales. Pero, ¿sucede eso en la práctica?

La corrección política excluye los valores políticamente incorrectos del redil en el que “todos los valores son iguales”. Sofoca la libertad de expresión de las personas políticamente incorrectas. Quien desafíe la postura políticamente correcta queda, por ello mismo, etiquetado como intolerante, fanático o propagador del odio. La sustancia de los argumentos queda sin debatir; en vez de ello, las personas catalogadas como políticamente incorrectas son atacadas como intolerantes y odiosas simplemente por expresar tales argumentos.

Estrategias para aplastar el debate

Es importante comprender la estrategia empleada: hablar en contra del aborto o del matrimonio homosexual no es considerado como materia de discurso; se considera, más bien, como un acto sexista o discriminatorio contra los homosexuales, respectivamente, y, por lo tanto, en sí mismo, como una violación de los derechos humanos o incluso un delito de intolerancia. En consecuencia, se argumenta que la protección de la libertad de expresión no es aplicable en estos casos.

Otro aspecto de la misma estrategia consiste en reducir el discurso a dos posturas posibles. O eres “pro choice” en el caso del aborto y a favor de respetar los derechos de las mujeres, o eres “pro vida” y estás en contra de las mujeres y sus derechos. La posibilidad de estar a favor de las mujeres, de sus derechos y ser pro vida queda eliminada.

Idéntico enfoque se adopta respecto del matrimonio homosexual: o se está contra la discriminación basada en la orientación sexual y a favor del matrimonio homosexual, o contra el mencionado matrimonio y a favor de dicha discriminación. Se elimina la opción de estar en contra de tal discriminación y del matrimonio homosexual, como es mi caso.

Nada de ello es casual; constituye el núcleo de la estrategia que ha tenido éxito en Canadá y que ha llevado a la legalización del matrimonio homosexual y al mantenimiento de un vacío legal absoluto sobre la regulación del aborto.

En pocas palabras, la corrección política está siendo utilizada como una forma de fundamentalismo.

Política de exclusión

¿Ha sido Ryerson un caso singular en nuestras universidades? No lo creo. Un ejemplo actual, y muy preocupante, es la supresión de grupos pro vida y de todo discurso de idéntica orientación en los campus universitarios canadienses. Sean cuales sean nuestras opiniones acerca del aborto, a todos debería preocuparnos esta tendencia. Los estudiantes favorables al aborto tratan de impedir que sus compañeros pro vida participen en el debate colectivo que debería tener lugar a propósito del aborto. En realidad, no desean que haya debate alguno, alegando que preguntarse si deberíamos tener alguna ley sobre el aborto es, en sí mismo, inaceptable.

Hay quienes van incluso más lejos: quieren obligar a los estudiantes a actuar en contra de su conciencia como condición para graduarse. El grupo “Medical Students for Choice” quisiera que la realización de un aborto fuera un “procedimiento requerido”; es decir, que un estudiante tendría que realizar competentemente un aborto para obtener el título. En cambio, asistir en un parto no es un “procedimiento requerido”.

No es necesario hacer hincapié en los peligros que esto entraña para las universidades. El precepto más fundamental sobre el que se funda una universidad es la apertura a las ideas y al conocimiento procedentes de todas las fuentes.

¿Qué fue de los valores compartidos?

Lo más preocupante es que este conflicto dentro de las universidades, resuelto mediante la anulación de la libertad de expresión, podría ser un ejemplo menor de un problema mucho mayor fuera de los centros docentes. Podríamos estar corriendo el riesgo de aniquilar algunos de nuestros valores compartidos, y eso crea una situación que amenaza a la misma sociedad.

No podemos mantener unida a una sociedad a largo plazo sin valores compartidos, es decir, sin un paradigma socio-cultural: la historia sobre nosotros mismos que sostiene nuestros principios, valores, actitudes y creencias más importantes, la que nos transmitimos mutuamente y la que todos nosotros aceptamos a fin de formar la argamasa que nos mantiene unidos. La sola tolerancia, especialmente si no está equilibrada por otros valores importantes, no es suficiente, ni de lejos, para fundamentar ese discurso.

Para garantizar que nuestra historia no se desintegre y siga enriqueciéndose, debemos entablar una conversación mutuamente respetuosa. El público necesita que los profesores universitarios hablen con libertad –y con respeto, abierta y francamente, sin la amenaza de posibles repercusiones– sobre problemas sociales polémicos pero importantes. Ello exige que se respeten la libertad de pensamiento, la de expresión, la de asociación y la académica; esta última tiene como fin principal el bien del público, permitiendo que los profesores universitarios sientan que pueden decir la verdad, tal y como ellos la ven.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Chesterton ha muerto

Sí, ya sé que de esto hace mucho; no, no me confundo con Paul Newman; se trata de Chesterton, la revista mensual de análisis, información y sentido común, cuya versión digital tenía enlazada en mi sección de publicaciones.

Desde julio tienen puesta una nota de Álex Rosal para los suscriptores que comienza diciendo:
Antes que nada quiero pedirle disculpas por la tardanza en ponernos en contacto con usted para ofrecerle una explicación al cierre de la revista Chesterton. Todos los que impulsamos Chesterton pusimos mucho empeño, ilusión y pasión en el proyecto, también una buena cantidad de dinero y, desgraciadamente, no supimos acertar suficientemente para que esta publicación se mantuviera en el mercado por mucho más tiempo. Es verdad que la crisis económica, que se venía incubando desde hacía meses, afectó rápidamente a la publicidad, que es la principal fuente de ingresos de una revista de este tipo. Fuera lo que fuera, no supimos, ni pudimos enderezar el rumbo de este apasionante proyecto. En fin, con dolor le transmito, en nombre de todos los accionistas y trabajadores, la noticia del fallecimiento de la revista Chesterton en papel.
Se plantean resucitar la revista en internet: ¡ojalá!

¡Larga vida a Chesterton (y a Paul Newman)!

El progresismo cultural europeo de Le Monde Diplomatique contra la propuesta cristiana

Por Manuel Cruz, en Análisis Digital, el 9 de septiembre de 2008

En su número de septiembre, el mensual "progresista" francés “Le Monde Diplomatique”, publica un artículo del periodista Michel Cool (1) dedicado a la “crisis del catolicismo europeo” y en el que analiza lo que llama “el combate cultural de los episcopados”, con una alusión concreta a los “casos” de España, Italia y Polonia, para concluir que el jefe de la Iglesia católica sostiene sin pestañear el “combate” frontal que llevan a cabo los episcopados español e italiano contra sus “bestias negras”, es decir, el secularismo y el relativismo...

Así, a partir de la reciente Jornada de la Juventud de Sidney y la elección de Madrid para la siguiente edición, en 2011, el autor se pregunta si España, país que ya visitó Benedicto XVI en 2006, no se habrá convertido, a ojos del Papa, en lo que fue Polonia para Juan Pablo II, es decir, un puesto de vanguardia en la “reconquista católica” de una Europa que deriva hacia el relativismo.

La teoría da pie al periodista para analizar someramente la actitud de la Iglesia española a partir de la victoria socialista en las legislativas de 2004 y que, a su juicio, ha supuesto un auténtico “pulso” entre el poder y el episcopado “dirigido por un representante de su ala conservadora e intransigente: monseñor Antonio María Rouco Varela, cardenal-arzobispo de Madrid” al que define como un jurista “de pensamiento rectilíneo” y autor de una tesis doctoral sobre las relaciones Iglesia-Estado en el siglo XVI –el de la Contrarreforma- y que “parece nostálgico de una época en la cual era cosa natural la influencia de la Iglesia”.

Planteado su análisis desde la perspectiva de una pugna de poder entre un Gobierno que legisla en clave relativista y un episcopado que se comporta como si fuese una “ciudadela asediada”, Michel Cool rehuye, acaso por desconocimiento, un estudio más profundo de la realidad española para llegar a una conclusión simplista y deformadora: que el episcopado se niega a reconocer el pluralismo de la sociedad y que lo que se echa de menos en los dos campos, sobre todo en el lado de los obispos, son “espíritus abiertos” e inteligentes como el de Vicente Enrique y Tarancón que ya había comprendido, cuando presidía la Conferencia Episcopal, que la “recatolización” de España “era ilusoria”, una apreciación que parece sacada de contexto en la medida que ningún miembro de la Iglesia puede abdicar del apostolado, inseparable de su misión.

Aunque el articulista pretende describir un estado de la situación en España con medias verdades, que luego compara con la de Italia y Polonia para asentar la “crisis del catolicismo europeo”, lo que se echa de menos en su análisis es una alusión al problema de fondo que define las tensiones que registra la sociedad española a partir de la primera victoria de Zapatero: la pretensión del Gobierno socialista de convertirse en único “legislador moral” –lo que viene a desvirtuar el pluralismo que pretende defender- reduciendo a la esfera privada los valores cristianos fundados en la verdad y la libertad. Años atrás, el entonces cardenal Ratzinger ya escribió largo y tendido sobre las relaciones del cristianismo y la democracia y ha dejado bien sentado que la exigencia pública de la verdad, propia de la fe, no puede perjudicar ni al pluralismo ni a la tolerancia religiosa del Estado, pero que de ello no puede deducirse una plena neutralidad del Estado respecto a los valores; en otra palabras, que el Estado debe saber que existe una base de verdades que no está sometida al consenso sino que lo anticipa y lo hace posible. En este sentido, el cristianismo no puede renunciar a su dimensión pública y bien podría citarse en este contexto la defensa que la Iglesia de España ha asumido del derecho de los padres a la educación moral de los hijos, recogida en la Constitución y vulnerada con la asignatura obligatoria de “Educación para la Ciudadanía”.

El problema consiste en que en España, el Gobierno no reconoce siquiera la aportación humanista del cristianismo que, a su vez, nunca podrá renunciar a su verdad interna. No estamos, por tanto, ante una crisis del catolicismo que se manifiesta en el rechazo de su verdad –que la Iglesia está obligada a proclamar- por parte de un Gobierno laicista, sino, en todo caso, ante una crisis de entendimiento entre el poder temporal y el espiritual. La situación se agrava en función de una ausencia lacerante de pensadores realmente independientes en el ámbito de la laicidad, al estilo de lo que fue en Italia Indro Montanelli o el que fuera presidente del Senado italiano, Marcello Pera. ¿Es concebible siquiera, un diálogo público de corte filosófico entre un político socialista y “católico” como José Bono y el cardenal Rouco, pongamos por caso, como el que mantuvieron en su día Benedicto XVI y Pera?

Y si bien es verdad que la Iglesia no pretende poder temporal alguno, ni puede imponer su fe en Cristo como Hijo de Dios, del mismo modo no podría admitir, sin alzar su voz, que sea el Estado el que determine la forma de pensar de los ciudadanos y, en definitiva, de definir el bien y el mal. Es obvio que existe una pugna, que se remonta al comienzo de los tiempos: la verdad contra el engaño. Y también lo es que la Iglesia tendrá siempre que proteger a sus fieles contra los ataques del laicismo beligerante y dejar bien claros sus criterios a propósito de leyes nefandas como la que ahora proyecta Zapatero para declarar libre el aborto ¡y el suicidio asistido!... Otra cosa es que una parte de la sociedad las acepte y que, incluso, considere el relativismo como un instrumento de progreso y liberación, por mucho que se equivoque y se deje seducir por el mensaje "progresista"...

A este propósito el articulo de Michel Cool tampoco acierta cuando afirma que lo episcopados europeos han reducido su intervención pública a defender los “valores no negociables” considerados como cuestiones éticas como son el aborto, la procreación asistida o la eutanasia. Es mucho más lo que la Iglesia defiende, empezando por la libertad, la justicia, la familia y la dignidad humana como derechos inseparables de la democracia. Y, por encima de todo, lo que defiende y proclama es la fe, la esperanza y el amor para quien quiera oír el mensaje. En todo caso, la historia –que está jalonada de crisis- está lejos de haber terminado...

1. Michel Cool es un periodista especializado en temas de la Iglesia, autor de “Mensaje de silencio” (Albin Michel, Paris, 2008) y “Lourdes, ayer y hoy”, (Desclée de Brouwer, Paris, 2008)

sábado, 20 de septiembre de 2008

La democracia laicista

Por Rafael Navarro-Valls, artículo publicado el 03-I-2007 en ConoZe

España está sumergida en guerrillas ideológicas que hacen las delicias de los corresponsales extranjeros. Tras la guerra de las esquelas, se desencadenó la guerra de los belenes, la de los documentos ...

España está sumergida en guerrillas ideológicas que hacen las delicias de los corresponsales extranjeros. Tras la guerra de las esquelas (dos memorias históricas en tensión), se desencadenó la guerra de los belenes (villancicos contra himnos laicos), la de los documentos (el del PSOE contra el de la Conferencia Episcopal) o la de la financiación de las Iglesias (IU-ICV contra PSOE). Una confrontación en la que algunos de los contendientes se acusan mutuamente de representar al «nacional agnosticismo» o al «nacional catolicismo». Parecemos zambullidos en un intercambio de agravios que, en realidad, son manifestaciones sectoriales de una contienda de más amplio respiro: la de los laicismos. Ahora que el comienzo de un nuevo año suele aquietar las pasiones, intentemos también tranquilizar los entendimientos.

Estas confrontaciones no son nuevas ni tan originales como piensa la prensa francesa o americana. Con motivo de las recientes elecciones estadounidenses, algunos evangelistas radicales parecían pedir contra el laicismo militante una estrategia similar a la de Mac Arthur contra los japoneses durante la Guerra del Pacífico. Según uno de ellos, se hace necesario: «Rodear sus bastiones, sitiarlos, aislarlos, y, por fin, expulsarlos de sus búnkeres con el combate cuerpo a cuerpo». En el otro extremo del espectro, la historia real del laicismo -en toda Europa, incluida España- está llena de ejemplos de grupos religiosos que son disueltos por el Estado, de líderes religiosos que son arrestados por una alegada falta de lealtad, de propiedades de estos grupos que son incautadas por el Estado, y de denegaciones de personalidad jurídica a las congregaciones. Por supuesto, el principal objetivo de estos ataques laicos fueron, en el pasado, como ha demostrado Jeremy Gunn, la Iglesia, el clero y las congregaciones de monjes y monjas católicos.

Hoy en día, algunos objetivos populares del laicismo incluyen también ataques a movimientos religiosos que parecen inusuales, o no estrictamente europeos: desde el velo islámico a la kipá judía. Aunque el objetivo parece más de fondo: neutralizar cualquier inspiración religiosa de las políticas europeas.

No deja de tener razón Michael Burleigh cuando, después de estudiar rigurosamente el fenómeno, concluye: «Dado que en la historia del laicismo europeo hay periodos oscuros, incluido un genocidio cometido en nombre de la razón, quizá las personas religiosas deberían mostrarse menos a la defensiva de lo que suelen frente a los ataques de algunos laicistas radicales».

En efecto, los creyentes europeos -incluidos los españoles- deben ser conscientes de que la derecha moderada y la izquierda razonable -al menos la americana- no rechazan la inspiración religiosa de las actuaciones públicas. Michael Walzer, profesor de Filosofía política en Princeton, uno de los gurús más escuchados de la izquierda americana, ha recordado que a nadie causaba extrañeza «cuando Martin Luther King sostenía que todos habíamos sido creados a imagen y semejanza de Dios, o cuando los abolicionistas movilizaron a la opinión pública protestante contra la esclavitud, o los predicadores del gospel social apoyaron políticas progresistas, o cuando los obispos católicos americanos publicaron declaraciones críticas sobre la disuasión nuclear o la justicia social». La inspiración religiosa de esas propuestas (incluidas las de los temas de familia, aborto, células madre, etcétera) es tan legítima como la inspiración ecologista, liberal o sindical. En el espacio público y en la sociedad civil, los creyentes deben ser bienvenidos y sus argumentaciones deben ser tratadas como las de cualquier otro. Expuestas a la crítica o a la adhesión, a la derrota o al éxito, pero, como observa Aréchaga, no excluidas del debate. Ése es el espíritu de la verdadera laicidad.

Uno de los errores del laicismo español es su tendencia a convertirse en una nueva religión. Su proclividad a sustituir la antigua teocracia por una nueva ideocracia. Una religión tal vez incompleta, sin Dios y sin vida después de la muerte, pero que quiere ocupar en las almas de los ciudadanos el lugar de una fe que entiende desaparecida o en trance de serlo. De ahí los intentos, por ejemplo, de diseñar unas Navidades laicas o sustituir las celebraciones cristianas (bautismo, primeras comuniones, matrimonios, etcétera) por celebraciones civiles. Hoy algunos quisieran ejercer a través de la laicidad una suerte de fundamentalismo de la purificación social que arroja fuera del ámbito de lo público todo valor moral o religioso. Algo así -si se me permite parafrasear a Evelyn Waugh- «como un reloj que siguiera dando su tictac en la muñeca de un hombre agonizante».

Hace unos días no pude dejar de esbozar una sonrisa ante la fotografía del secretario de Organización del PSOE, José Blanco, junto a Howard Dean, el más izquierdista de los demócratas y el candidato a la Presidencia americana más laico desde Michael Dukakis. La verdad es que si el primero se refirió en algún momento a las «posiciones casposas» de los obispos, el segundo manifestó un sorprendente entusiasmo por frecuentar su Iglesia en cuanto se caldearon las primarias a las que se presentó. Y si comparamos al presidente Rodríguez Zapatero con el izquierdista Clinton, baste este dato: la ley estadounidense de defensa del matrimonio heterosexual de 1996, que sólo reconoce a efectos federales el matrimonio «como una unión entre hombre y mujer» lleva la firma del segundo; la ley española que autoriza el matrimonio de personas del mismo sexo fue directamente promovida por Rodríguez Zapatero. Si pasamos al tema de la Religión en la escuela, no olvidemos que en 1995 la Administración de Clinton publicó unas directrices que prohibían a los funcionarios escolares impedir que los alumnos rezaran o hablaran de religión en la escuela. La Constitución, decía Clinton, «no obliga a los niños a dejar su religión a la entrada del centro». En fin, la gran esperanza de la izquierda americana para 2008, Hillary Clinton -la «nueva Pasionaria americana», según Micklethwait- es una entusiasta metodista que frecuenta más su Iglesia que el mismo Bush, también metodista, por cierto.

El contraste estriba, me parece, en que unos consideran la laicidad como algo positivo -de ahí su belleza- que garantiza un espacio de neutralidad en el que germina el principio de libertad religiosa y de libertad de conciencia. Para otros, la laicidad es un simple instrumento primordialmente diseñado para imponer una filosofía beligerante por la vía legislativa.

Esta última posición está en franco retroceso. Incluso los laicos europeos -y buena muestra es lo que sucede en Italia- están de vuelta, comenzando a hablar de «una religión civil cristiana» en la que se insertarían, entre otros, «valores cristianos como tolerancia, respeto a la vida humana y solidaridad». Algo que ayudaría a una Europa desgajada de sus raíces a salir de su actual crisis de identidad. Es la evolución que se observó en los últimos años del filósofo Norberto Bobbio, que está latente en Umberto Eco, y que explícitamente suscribe el ex presidente del Senado italiano Marcello Pera. Guste o no, Occidente parece estar redescubriendo las fuerzas que mueven la Historia.

Me da la impresión de que es un error de cálculo -el mismo error que se denunció respecto a los países del Este antes de la caída del muro- pensar que la religión está hoy out y el agnosticismo in. Como han demostrado Timothy Samuel Shah y Monica Duffy Toft, la religión ha movilizado a millones de personas para que se opusieran a regímenes autoritarios, para que inaugurasen transiciones democráticas, para que apoyaran los Derechos Humanos y para que aliviasen el sufrimiento de los hombres. En el siglo XX, los movimientos religiosos ayudaron a poner fin al Gobierno colonial y a acompañar la llegada de la democracia en Latinoamérica, Europa del Este, el África subsahariana y Asia. Sin olvidar su verdadera función en política: convencer a los que tienen el poder de que están aquí hoy y no lo estarán mañana, y que son responsables ante los de abajo y también ante El de arriba. Una ocasión espléndida para recordarlo este comienzo del año 2007.

Para evitar malentendidos, añado: soy un fan del Estado laico, precisamente porque es el que garantiza a todos el espacio para proponer libremente su concepción del hombre y de la vida social. Pero si lo que pretende el Estado laico es imponer por vía mediática o legislativa la ideología propia de algunos gobernantes, entonces está dejando de ser laico: se transforma en Estado propagandista. Lo cual es no sólo una contradicción jurídica. Es, sobre todo, un ingenuo error.