sábado, 22 de diciembre de 2007

Prensa y religión: errores cometidos por los periodistas

Por Paz Fernández Cueto

Los criterios periodísticos actuales enfrentan dificultades para abordar contenidos de naturaleza religiosa. Una de las instituciones más frecuentemente maltratadas por la prensa, al manejar la información con términos imprecisos, inadecuados, simplemente por desconocimiento de su naturaleza fundamental, es la Iglesia Católica.

El periodista que cubra la información de la Iglesia Católica, o de cualquier otra, debería conocer sus características esenciales, al menos como se considera a sí misma en documentos autorizados. Para conseguirlo, no se requiere comulgar con una creencia determinada, sino tener un profesionalismo basado en la honradez intelectual del periodista, quien debería ampliar su cultura evitando así la interpretación sesgada de la noticia.

El punto de partida para comprender a la Iglesia Católica y su lógica de actuación es contemplarla como una realidad constituida por un elemento humano y otro divino, visible y espiritual a la vez (Lumen Gentium, n. 8). Podría decirse que la esencia del catolicismo es la de ser una estructura inscrita en la historia que proclama la salvación eterna en Jesucristo, por el mandamiento supremo del amor y la participación en los sacramentos. La Iglesia camina en el tiempo aunque su fin es sobrenatural, y esta lógica de fondo no coincide con la lógica de una empresa, ni con la de un partido político, ni siquiera con la de otras realidades religiosas, aunque tengan elementos en común.

El catolicismo es un espacio espiritual en tres dimensiones.

1) En primer lugar es una doctrina que incluye una visión sobre el hombre como criatura de Dios. Sin embargo, a diferencia de cualquier otra creencia, filosofía o sistema de ideas, la Iglesia ha recibido en custodia un conjunto de verdades de las que no es dueña sino simplemente depositaria, sin tener derecho a modificar lo que le ha sido confiado. Este cuerpo doctrinal procede de la Sagrada Escritura: Antiguo y Nuevo Testamento, al que se añade la Tradición Apostólica, interpretada por el Magisterio de la Iglesia. No se trata de una creencia vaga, retórica, cambiante o indecisa, ni está sometida a los vaivenes del devenir y de la variación.

El desarrollo de la doctrina está íntimamente ligado al concepto de verdad y a la capacidad de la inteligencia para conocerla, concepto muy debilitado en nuestros días en todos los campos, con la notoria excepción del terreno científico. Es la verdad plena de la revelación, contenida en los actos y palabras de Jesucristo, la que se hace presente a lo largo de la historia.

2) La segunda dimensión de la Iglesia comprende la moral, es decir, la dimensión ética del hombre contenida en los mandamientos. Cuando se ignora el carácter de la verdad absoluta sobre lo que hay que creer, el catolicismo tiende a parecer a las inteligencias instruidas, un hecho social, un fenómeno mental completamente explicable a partir de sus causas. Estas explicaciones, que intentan esclarecer el hecho religioso a partir de la psicología, la sociología, la antropología o la política, abundan en nuestros días. De ahí que la religión sea cada vez menos comprensible para nuestros contemporáneos, debido a la relatividad de todas las conductas, fundamentada en el origen humano de todas las verdades.

3) El catolicismo es una organización visible semejante, por tanto, a todos los poderes. Sin embargo, la Iglesia no sigue en su organización el modelo democrático sino el de la unidad, que tampoco es sinónimo de consenso político. Elemento esencial de la unidad es el obispo de Roma, sucesor de Pedro, a quien Cristo eligió como cabeza de sus apóstoles, y cuyos sucesores son los obispos. Al mismo tiempo, la Iglesia tiene una organización autónoma y descentralizada ya que los obispos, en unión con el Papa, son pastores de su propia jurisdicción y no simples directores de sucursales.

El Papa interviene para garantizar la comunión y el depósito de la fe, pero no lo hace de modo eficientista, como si fuera el presidente de una empresa, sino como primado entre los apóstoles, en comunión con todos los obispos, respetando su ámbito de autonomía.

La prensa en una sociedad democrática tiende -posiblemente sin ser consciente de ello- a imponer criterios democráticos en todas las organizaciones. Le cuesta entender a una sociedad jerárquica como la Iglesia cuyos líderes no son elegidos por el pueblo y juzga como indebida censura lo que significa mantener la fidelidad a las enseñanzas recibidas de Jesucristo, a través de la revelación.

Particularmente confusa resulta la cuestión de la infalibilidad del Papa, identificada frecuentemente con una patente de arbitrariedad, contradictoria a la independencia de juicio que caracteriza al hombre contemporáneo. Hay que recordar que el Papa es infalible cuando, haciendo uso de su Magisterio Extraordinario, declara a ex cátedra que una afirmación en materia de fe y costumbres pertenece al depósito de la revelación. Infalible no significa que lo sabe todo, sino que cuenta con la asistencia del Espíritu Santo cuando define, solemnemente, una determinada verdad. Eso no quiere decir que cuando el Papa exhorta en virtud de su Magisterio Ordinario no tengamos que obedecerlo, como haría cualquier buen hijo ante las indicaciones de su padre.

Con frecuencia se confunde entre lo esencial y lo opinable, por ejemplo, entre lo doctrinal y lo disciplinar. Lo doctrinal es esencial y, por lo tanto, no es susceptible a cambio. Lo que los cristianos profesamos al recitar el credo en el año 2005 no es diferente, en sustancia, de aquello que creyeron los fieles del primer siglo del cristianismo al proclamarse el primer compendio de verdades, llamado credo de los apóstoles, durante el primer Concilio celebrado en Jerusalén. En materia de fe, los dogmas que hay que creer se cuentan con los dedos de las manos, y en cuanto a la moralidad, existen los mandamientos que señalan el camino a seguir en relación a la felicidad del hombre. En todo lo demás, existe un amplio campo de cuestiones abiertas en las que cabe una legítima diversidad de opiniones.

La prensa está acostumbrada a cubrir la actuación de los políticos cuyo arte es la maniobra -sin dar a esta expresión una connotación necesariamente negativa-. La clase política, al ser elegida por el pueblo, depende de la popularidad, con un radio de acción que es a corto plazo. Con frecuencia los reporteros dan a las autoridades eclesiásticas trato de políticos, orillándolos a través de preguntas fundamentalmente de política partidista, a opinar sobre lo que no saben ni tienen autoridad.

Después de más de 20 siglos de historia, la Iglesia nos ofrece un ejemplo elocuente. Su doctrina y las exigencias de una moral congruente a las enseñanzas de Jesucristo resultan frecuentemente impopulares; sin embargo, éstas no han sido inventadas por los hombres. Si así fuera, qué fácil hubiera sido adaptarse a las corrientes de moda ante las presiones del momento. Pero no es así: a pesar de circunstancias históricas adversas, empezando por los errores cometidos por los bautizados que la integran, la Iglesia sigue difundiendo la doctrina católica universal por todo el mundo sin distinción de culturas, razas o naciones.

Para terminar subrayo lo que afirma Diego Contreras en su libro La Iglesia Católica en la Prensa, que la diversidad intrínseca del cristianismo no significa que reclame un tratamiento periodístico privilegiado, simplemente pide un trato periodístico adecuado a su realidad.
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