viernes, 7 de marzo de 2008

Giuliano Ferrara en Madrid

Discurso de Giuliano Ferrara en la Universidad CEU San Pablo, Madrid, 5 de marzo 03 de 2008, con motivo de la presentación en España de la petición a la ONU de una moratoria del aborto.

Queridos amigos, señoras y señores,

Hace muchos años se decidió en Occidente que ninguna mujer podía ser legalmente obligada a dar a luz y que ninguna debería ser encarcelada por haber abortado. Fue una solución obligada y digna que hoy no sería ni justo ni posible anular y que se tomó para combatir el aborto ilegal. Sin embargo, desde entonces hasta hoy, el planeta ha sido golpeado con más de mil millones de abortos y una capa de desesperación ha calado en la humanidad. Los abortos se siguen practicando con una media de 50 millones al año. Ningún anticonceptivo ha limitado el número de abortos por la sencilla razón de que el aborto quirúrgico y farmacológico se ha convertido en el anticonceptivo más utilizado. Nuestro planeta ha envejecido precozmente y la vida ha sido maltratada y deshumanizada. De un tiempo a esta parte, el aborto también se ha trasladado desde el seno materno al tubo de fertilización artificial. Y se ha ido haciendo cada vez más selectivo, genéticamente despótico y es la nueva esclavitud a través de la cual una cultura fuerte y dominante, orgullosa de su pacto faustiano con el cientifismo, actúa sobre los seres humanos más débiles. Decide sobre la piel de las mujeres y de los niños en un naufragio universal en el cual ya nadie tiene la valentía de pronunciar el grito de la salvación que siempre ha sido el orgullo de navegantes y socorristas: ¡Primero las mujeres y los niños!

Esta cultura de radical descristianización actúa de manera similar al Monte Taigeto que domina Esparta: se declaran anticuadas la atención de los pacientes, la aceptación de los distintos, y en cambio, fue considerada moderna la aniquilación de la vida no digna de ser vivida: no es digna de ser vivida la vida de millones de niñas en Asia, víctimas de políticas antinatalistas basadas en la exclusión sexista de quien se considera como una carga para la linealidad del eje hereditario o para el trabajo agrícola. No es digna de ser vivida una vida de los niños que padecen síndromes con los cuales se puede llevar una vida ordinaria o extraordinaria en búsqueda de la felicidad y del reconocimiento de una naturaleza humana común. Hace dos semanas, en un hospital de Nápoles fue eliminado, en condiciones infernales, un bebé de 21 semanas con síndrome de Klinefelter, una anomalía cromosómica que afecta a uno de cada 500, que se cura con métodos clásicos y llevando vida normal. Ni un solo periódico o telediario lo ha destacado. A los desechos urbanos que preocupan a la población italiana cuando montañas de basura se acumulan en las calles de una ciudad, se ha sumado, en la indiferencia general, otro desecho humano al que se le considera incluso indigno de sepultura.

En Italia, se ha llegado a la locura de debatir si se deben o no acoger y curar a los neonatos vivos que son el fruto de abortos terapéuticos en la vigésimo segunda o vigésimo tercera semana de gestación. A nuestra ministra de Sanidad, una católica que abdicó de su cultura y sensibilidad en aras de la ideología, le parece una “crueldad” que estos niños reciban atención médica sin antes pedir permiso a los padres. La lógica del aborto fácil, que la píldora RU 486 está destinada a reactivar, entregando a la antigua soledad femenina la práctica abortiva, persigue a su presa, el bambino “nasciturus”, hasta en el aire que todos respiramos, hasta dentro del mundo en el cual todos deberían ser titulares de la libertad de vivir.Una cultura mortífera -de la que todos somos más o menos cómplices- condena a la mujer a una lógica de miedo y rechazo violento y antinatural de la maternidad, a la ignorancia, a acostumbrarse al desamor y la infelicidad. Esta cultura despacha como derecho de autodeterminación y como libertad o soberanía procreativa la tendencia nihilista de disponer de la libertad de los demás a nacer, se ensaña con el cuerpo femenino imponiendo como modelo social libertario el acto más contrario a las más elementales consideraciones de humanidad y de piedad que todos los seres racionales, sean o no creyentes, comparten en el fondo del alma y en su propia conciencia: las mujeres y los bebés que están por nacer padecen el engaño y la práctica del homicidio perfecto.

Un poder ideológico históricamente masculino lleva a la negación total del futuro para las criaturas humanas concebidas por amor y arrancadas con violencia y dolor del refugio natural en el que habían recibido la promesa sagrada de la vida y del amor. Todo esto ocurre en la más absoluta indiferencia moral y filosófica y solo la Iglesia Católica y otras confesiones cristianas alzan la voz sin escuchar contra la costumbre de la muerte y su miserable significado de esclavitud y demencia civil.

El pasado 6 de enero, en su discurso al Cuerpo Diplomático, Benedicto XVI pidió reabrir el debate sobre el valor sagrado de la vida después de que una votación de Naciones Unidas pidiera la suspensión, la moratoria, de las ejecuciones legales en el mundo. Cuando era teólogo y cardenal, el Papa advirtió al planeta afirmando que con esta elección de “curar” la vida negándola “declaramos como herejes al amor y al buen humor”. En efecto, ¿cómo podemos alegrarnos de un gesto humanitario como la moratoria sobre la pena de muerte si no somos capaces de favorecer una moratoria sobre el aborto?

El Secretario de las Naciones Unidas ha declarado recientemente que las mujeres son objeto de violencia y la exclusión en el mundo, y que en muchos países "no tienen ni siquiera el derecho a la vida" y ha considerado “un flagelo” esta práctica criminal. Un gran jurista italiano, el fallecido Norberto Bobbio, liberal socialista, prototipo de intelectual laico, dijo en 1981 que, de todos los derechos, "el derecho a nacer debe ser defendido con intransigencia”, por la misma razón por la que se opuso a la pena de muerte. Un gran y añorado poeta italiano, Pier Paolo Pasolini, marxista y católico, dijo recordar su propia vitalidad de niño nasciturus, de sentir físicamente en su cuerpo la señal de una vida iniciada en el seno de su madre y definió como homicidio cualquier tipo de aborto.

Pero estas afirmaciones, estos sentimientos, estos pensamientos que unen a la esperanza con el voto de los creyentes y no creyentes han sido archivadas por el pensamiento dominante. Estas certezas y evidencias de la mente y del corazón son frecuentemente vilipendiadas como expresiones del oscurantismo liberal por la comunidad tecnocientífica, por los gurús en bata blanca que teorizan el derecho a morir y apoyan incluso la eutanasia según las reglas del protocolo holandés de Groningen. Ideólogos de buena fe, fanatizados por la presunción de estar en lo justo y de trabajar a favor del progreso de la historia, se arrogan el derecho de definir con pretensiones científicas los límites de la libertad de existir. Qué más da que en las salas de concierto se pueda escuchar la música divinamente orquestada por un director con la espina bífida, los que tienen la espina bífida han de morir por decisión legal. Estos gurús posmodernos quieren entrar en los Parlamentos, como ocurre hoy en Italia con la candidatura del profesor Umberto Veronesi en la filas del Partido Democrático. Copan las primeras páginas de los periódicos y de las revistas que venden el espejismo de una vida indefectiblemente sana y confortable, predican el derecho de fabricar niños a la carta según deseos y gustos subjetivos, difunden una cultura sanitaria que excluye cualquier salvación y esperanza para los débiles, los anormales y por los indefensos de cualquier tipo. Y todo en nombre de su mismísima felicidad, que la nada conseguiría mejor que la existencia. Y en nombre de la libertad y autodeterminación de las mujeres, cuando, en sus orígenes, el feminismo hacía de la lucha contra el aborto, del cual las mujeres son víctimas, su bandera. Dice San Pablo a los Romanos que “en la esperanza hemos sido salvados”. Y ahora, en la negación de cualquier esperanza, predicada por una medicina convertida en pura técnica que ha traicionado hasta el juramento hipocrático, estamos inevitablemente perdidos.

La batalla contra el aborto y la eugenesia, contra el gesto más antifemenino que uno pueda imaginar y contra el programa de mejora de la raza, es la frontera decisiva de nuestro siglo. No se trata de una contienda ética ni de una disputa sobre los valores morales. La batalla que se libra en torno a la familia, al amor, al matrimonio, al vínculo entre placer unitivo y el don de uno mismo, entre el eros y el ágape, es la gran batalla sobre el futuro de la humanidad, sobre el poder del buen humor y de la paz cristiana contra la lógica de guerra súper “hombrista” y “transhumanista” de la civilización occidental en la hora de su debilidad y de su resignación a la nada.

Nada es más importante en el frente cultural, civil y político. No existe salvación para el encanto de la vida moderna, para la ironía y la alegría en las relaciones personales, para las grandes posibilidades que la ciencia abre a la vida, si esta batalla no se libra con el ruido y fragor necesarios. No existe salvación de nuestro estilo de vida liberal si no se restaura la antigua alianza de vida y libertad, proclamada en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Entre la mentalidad abortista y la idea “binladenista” según la cual se debe amar más a la muerte que a la vida hay un sutil pero visible elemento de continuidad. El aborto masculino, moralmente indiferente, condena a las mujeres a la misma sumisión y soledad a las que les condena el natalismo forzado y de la obligación de dar a luz contemplada en la umma islámica. Hemos conquistado, contra el aborto clandestino, la posibilidad de elegir; y venceremos la batalla de civilización solo si conseguimos elegir la vida, a poner a toda mujer en situación de ser libre de no abortar. Esta es la frontera de una modernidad liberada de la esclavitud femenina y de la esclavitud infantil; es capaz de reproducir sin fanatismo y sin cinismo el futuro de nuestro mundo y de nuestro modo de vivir en el respeto absoluto de los inocentes y del descarte de cualquier relativismo y subjetivismo nihilista.

Queridos amigos, tengo mucho respeto por su presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, y no solo porque soy extranjero. Cuando vi a vuestro soberano responder a un dictadorzuelo latinoamericano con la ya famosa frase “¿Por qué no te callas?”, aplaudí ante mi televisión. Sin embargo, las ideas de Zapatero sobre matrimonio y familia, su concepción de lo que es la identidad de género y su filosofía sobre un poder democrático únicamente procesal basado únicamente sobre los números, lo considero como la negación de un racionalismo laico y moderno, como una superstición democrática capaz de promover horrores como la reforma del Código Civil que ha eliminado el concepto de padre y de madre del derecho de familia.

Para los liberales, la igualdad se realiza en el reconocimiento de la diversidad. Son los jacobinos y, luego, los totalitarismos del siglo XX, los que han cortado la cabeza al derecho liberal para traer a la tierra el paraíso de la igualdad como homologación que ha sido de los horrores del siglo pasado.
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