lunes, 12 de mayo de 2008

Los provocadores

Por José-Fernando Rey Ballesteros, escritor, en Análisis Digital

Estaba cantado: una vez obtenido el respaldo de las urnas, el PSOE aprovecharía el primer año de gobierno para avanzar en sus pretendidas “conquistas sociales” y dar más pasos hacia lo que ellos llaman “Estado laico”. Aún no conocemos los términos en que se pretende reformar la Ley de Libertad Religiosa, pero, a juzgar por las declaraciones de la Vicepresidenta del Gobierno, podemos esperar cualquier provocación.

Desmembrado, o en camino de desmembramiento, el Partido Popular, el único enemigo que le queda al PSOE es la Iglesia. Y, tal como andan las cosas en la derecha, el Gobierno sabe que ya nadie hablará en favor de la Iglesia si no es la Iglesia misma. Todo ello coincide con la época dorada de cualquier Gobierno, que es el primer año de mandato, durante el cual puede uno cometer cualquier tropelía confiando en que habrá quedado olvidada cuando llegue la siguiente campaña electoral. Sumen todavía un factor más, que tiene enorme importancia: la crisis económica que se nos viene encima necesita urgentemente una cortina de humo, un anestésico, un tema de conversación lo más ruidoso posible que amortigüe su eco en las primeras páginas de los periódicos y en las cabeceras de los informativos de radio y televisión. Si, como dijo ZP poco antes de las elecciones, “les viene bien que haya tensión”, hay un recurso que jamás les falla: meterle el dedo en el ojo a la Iglesia. Bien saben ellos que el toro eclesiástico entra a todos los trapos con ímpetus quizá dignos de mejor causa. Por de pronto, todas las páginas religiosas han llevado a primera plana la noticia de una reforma de la Ley de Libertad Religiosa cuyo contenido ni siquiera conocemos. Ha bastado que la Vice hiciera sonar el pasodoble del “Estado laico” para que el Mihura salga al centro del Ruedo. ¡Viva San Isidro!

Creo, de verdad, que no sabrían qué hacer sin nosotros. A Bush no le pueden meter el dedo en el ojo, porque de un bufido nos saca del ruedo. Con los tradicionales enemigos del socialismo, las grandes empresas y las multinacionales, no se atreven porque les deben hasta la camisa que llevan puesta. De sus clásicos fantasmas, sólo les queda la Iglesia. Y, desde luego, la Iglesia no les falla. Basta que pisen un poco fuerte el faldón de alguna sotana para que de las piedras salgan voces poniendo -nunca mejor dicho- el grito en el Cielo. El jaleo está montado, el clarinete sonando, y el Toro más manso del mundo bufando en la plaza. Como además, no puede cornear al torero porque está afeitado, este toro puede durar años. Disfruten de la corrida, señores, que es San Isidro, y ya hablaremos de la crisis económica cuando se calmen los ánimos. Nos guste o no, no se puede negar que ellos están jugando su juego, que lo están jugando con las mejores cartas de que disponen, y que -según su propia lógica- están haciendo lo que deben.

Ahora me pregunto si nosotros estamos haciendo lo que debemos. Nunca he estado seguro, y hoy lo estoy menos aún, de que debamos estar a la defensiva, de que debamos creer que el levantarnos contra un enemigo común nos une y nos refuerza en nuestra identidad de católicos. Para empezar, si abro el Evangelio voy a encontrar muy pocos apoyos para este movimiento de continua protesta. En tiempos de Nuestro Señor Jesucristo, el Pueblo Judío estaba bajo una bota mucho más cruel que los zapatos de tacón de nuestra Vice. Todavía no han ejecutado a cristianos, como hacía Poncio Pilato con los hebreos, mezclando su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Los judíos hubieran deseado que el Rabbí de Nazareth hablase contra Roma, pero no lo consiguieron. A Jesús no parecía importarle demasiado la tiranía romana. Él parecía ir “a lo suyo”, a extender el Reino de Dios y a difundir su Palabra. Más adelante, los apóstoles sufrieron verdadera persecución y fueron asesinados cruelmente. Y, sin embargo, no leo en los Hechos de los Apóstoles que se manifestasen públicamente contra el Imperio; ni siquiera leo una sola palabra contra Nerón. Lo cierto es que, hasta el momento mismo de su muerte, no prestaron demasiada atención a sus perseguidores, si no fue, como San Pablo, para intentar acercarlos a Cristo. Al igual que Jesús, aquellos hombres iban “a lo suyo”: a hablar de Dios y a hacer el bien. Por eso jamás odiaron ni a Nerón ni a los judíos.

Ahora pienso en nosotros, y me pregunto por qué no hacemos lo mismo. Por qué prestamos tanta atención a las provocaciones, en lugar de prestarle atención a Dios y dejar que los muertos entierren a sus muertos. Tanto ustedes como yo saben que no pueden hacernos nada. No nos pueden impedir amar a Dios, no pueden hacer que dejemos de rezar, no pueden impedirnos educar a nuestros hijos como cristianos a pesar de todo, no pueden evitar que celebremos la Eucaristía aunque sea en un sótano... No pueden más que encarcelarnos o matarnos, y no llegarán a eso porque -hoy por hoy- quedaría feo. Pero, aunque llegasen... A nosotros el martirio nos hace más fuertes que nunca; la sangre de los mártires es semilla de cristianos. ¿Qué tememos? ¿Por qué no vamos a nuestra plaza, a la del testimonio cristiano, y dejamos a estos toreros plantados en la de la provocación sin un mal toro que echarse a la muleta? ¿Por qué arriesgarnos a odiarlos? ¡Amémosles, y dejémosles hacer el ridículo en paz!

jueves, 8 de mayo de 2008

El desafío del relativismo

Inquietante reflexión: ¿que opináis?

La hipercomunicación dominante ha hecho añicos toda idea de fuga

Por Francisco José Martín, hispanista, en La Gaceta, 8 de mayo de 2008

LA globalización ha convertido este minúsculo planeta en que vivimos en una red no reglada de interconexiones que todo lo envuelven, a todo llegan y donde ya nada puede vivir separado. Ser es ser en conexión. Ya no quedan islas desiertas a las que poder escapar, lugares remotos para alojar los sueños insatisfechos del progreso y de la vida moderna. La hipercomunicación dominante ha hecho añicos toda idea de fuga. Cualquier meta está de rebajas y adonde quiera que se vaya es posible encontrar un internet point con tarifa plana para poder reducir a vulgar cotidianeidad la experiencia de la otredad. Todo igual en todas partes, aunque todo parezca muy distinto. No nos engañemos: la pantalla del ordenador no lleva a ningún sitio, y, en fondo, lo que ofrece es siempre más de lo mismo.

La nueva perspectiva global brinda un panorama en el que los antiguos poderes aparecen marcados por el signo indeleble de la declinación. Los centros operativos que aún parecen imprimir el ritmo de las dinámicas mundiales son, en propiedad, residuos de un pasado en acelerado proceso de extinción. La Red, en efecto, no tiene centros privilegiados y su dominio, de consecuencia, se expresa precisamente como campo de fuerzas en el que todo punto puede ser un centro. El nuestro es ya un mundo descentrado, pues si todo es susceptible de poder convertirse en centro es como si nada pudiera serlo plenamente y por completo. Son, más bien, centros relativos, pues si bien todo centro vertebra un orden, lo cierto es que la Red no ordena los centros.

¿Cómo articular, pues, la multiplicidad de centros en el dominio global de la Red descentrada? ¿Cómo conjugar la pretensión de absoluto de cada centro con el radical descentramiento de la Red? El relativismo aparece así como el programa de mínimos de la globalización. En la metáfora del mundo que es la Red, ningún centro puede legítimamente pretender una validez absoluta, ni puede, de consecuencia, imponer a los demás formas de relación que no descansen sobre el mutuo reconocimiento del valor intrínseco de cada uno de los centros. Lo que aún no sea así son —insisto— restos de un pasado que se resiste a pasar la mano.

El relativismo es consecuencia del derrumbamiento del viejo orden del mundo, impotente frente al nuevo dominio de la Red, de la ausencia de criterios fuertes y normativos capaces de vincular todo a su destino con lógica de excluyente contraposición. Ya no se trata de pocos centros que se reparten el mundo en órbitas concéntricas y zonas de influencia, sino de un multiplicarse y proliferar de los centros de acción que hace imposible la geopolítica de antaño. Pero no es, desde luego, un orden en ruinas, como suele pintarse a veces con nostálgica conmiseración, o un desorden, sino, más bien, la afirmación de una multiplicidad de criterios que, desde una inherente validez relativa, buscan incidir en la conformación del mundo contemporáneo.

Instancias políticas y religiosas del Occidente opulento claman y levantan su voz contra la amenaza del relativismo. También fuera, aunque cambian el fondo y la forma. Inquieta que no haya absolutos, aunque ya no se los llame así, y que no se pueda recurrir a una idea de verdad universalmente reconocible, o, por lo menos, negociable. Parece, sin duda, ser un problema, y por doquier, de consecuencia, a izquierda y a derecha, se buscan soluciones. ¿Es, sin embargo, en verdad, una amenaza y un peligro?

Peligro y amenaza son categorías que acaso impidan ver la auténtica dimensión del relativismo. En propiedad, no le pertenecen, y son, en fondo, la forma en que el pasado organiza su resistencia. Restos, vestigios que se suman a nuestro miedo y a nuestra progresiva pérdida de privilegios. ¿Y si fuera, más bien, el relativismo un dato de hecho, algo con lo que necesariamente tenemos que contar porque pertenece ya a la estructura íntima de la Red, es decir, de la realidad efectiva de las cosas? ¿Y si fuera la forma propia de nuestro mundo, del real y de los posibles que en él se alojan? Se trataría entonces, más que de luchar a muerte en su contra, de hacerlo habitable y humano. De construir desde él el espacio de la socialidad. De fundar en él el desafío de una vida que se quiere mejor y más plena. Para todos. Relativamente a todos.

martes, 6 de mayo de 2008

Una ‘ilícita invasión’ del Gobierno

Por Justino Sinova, publicado en El Mundo, edición impresa, el 3 de mayo de 2008

La última sentencia judicial sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía condena las medidas invasivas del Gobierno, su afán por imponer asuntos que no le competen, su maniobra de limitar, para ello, libertades y derechos individuales. El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha sentenciado que parte de esa asignatura inventada por el Gobierno Zapatero vulnera el principio de neutralidad ideológica a que están obligados los poderes públicos e invade de forma ilícita los campos de la moral, de la ética y del Derecho.

El Gobierno socialista ha realizado un acto contrario al espíritu democrático -al disponer una imposición que lesiona el valor del pluralismo-, de los más rechazables -al violentar el ámbito de la educación de los niños- y de los más dolorosos -al lesionar el derecho fundamental a las libertades ideológica y de enseñanza-.

Desde que el Gobierno diseñó la asignatura se advirtió el riesgo y surgieron razonables voces de alarma ante el intento de entrar con argumentos partidarios en el ámbito de la educación. Las sospechas se confirmaron cuando se conoció mejor el propósito gubernamental. Y se dispararon las alarmas cuando ese afán se plasmó en textos escolares, algunos de los cuales resultaron ser reflejo de ideologías tan antiguas como el totalitarismo (aquí dejamos alguna constancia de ello).
El que muchos padres denunciaran la invasión política y el que en diversos lugares de España empezaran a surgir objeciones formales a la asignatura eran reacciones lógicas de protesta, además de una sana resistencia contra la injusticia. Como se ha ido comprobando, Educación para la Ciudadanía es una asignatura ideológica concebida para formar a los niños en propuestas de la ideología gobernante, a la que se quiere instalar por esa incidencia coyuntural en ideología dominante.

Esta pretensión arbitraria es tenida en cuenta por el Tribunal Superior de Andalucía cuando argumenta que «la instrucción de los niños y jóvenes no puede estar orientada ideológicamente por el Estado». Esta afirmación es definitoria del problema: un Tribunal se ve en el deber de recordarle al Gobierno lo que es esencial en el sistema democrático y que está recogido en nuestra Constitución de 1978, o sea, el ya citado valor superior del pluralismo, además de la libertad ideológica consagrada en el artículo 16 y de la libertad de enseñanza del 27, en el que se subraya que la educación habrá de respetar «los derechos y libertades fundamentales».
Ante la pretensión asaltante del Gobierno hay que recordar el maltrato con que distingue a otra asignatura que los padres en su mayoría quieren para sus hijos, la de Religión, que desprecia al no hacerla computable para la calificación final del alumno. En este caso, el Gobierno se burla del 84,5% de los padres de alumnos de Infantil y Primaria que piden para sus hijos la Religión, en aplastante mayoría católica. Han leído bien, el 84,5 %, porcentaje que desciende en los niveles superiores -ESO y Bachillerato-, pero que en la media total queda en el 75,7%.

Tres cuartas partes de los alumnos piden la asignatura de Religión, pero el Gobierno la considera de segunda división para el currículo; al tiempo, impone la de Educación para la Ciudadanía, que hace obligatoria y computable a todos los efectos, o sea, un trágala. Ante tamaña coerción, se justifica la objeción que va extendiéndose por España. Los Gobiernos están para resolver los problemas de los ciudadanos, no para creárselos ni mucho menos para imponerles lo que deben pensar. Estamos aquí ante una batalla por la libertad que merece la pena, una batalla necesaria por uno de los bienes más preciados de la persona, al que no podemos ni debemos renunciar.

domingo, 20 de abril de 2008

William F. Buckley: el azote de la progresía americana

Por Luis Sánchez de Movellán de la Riva
Profesor de la Universidad CEU-San Pablo. Doctor en Derecho.

El sarcástico, penetrante y siempre polémico William F. Buckley, padre del conservadurismo norteamericano actual y fundador de la legendaria National Review, falleció hace unos días mientras trabajaba en su estudio de Stamford (Connecticut) Era un intelectual respetado por los liberals y por los conservadores, ya que se le consideraba como un mito político viviente. Fue la inspiración ideológica y el estandarte de miles de conservadores estadounidenses y de notables miembros del influyente partido republicano.

William F. Buckley nació en 1925, en el seno de una familia acomodada cuyo cabeza de familia, un abogado norteamericano de origen irlandés, le educó en torno a un conservatismo de corte europeo, católico y autoritario. Su otra gran influencia intelectual provino de dos amigos de su padre, Albert Jay Nock y Frank Chodorov, intelectuales libertarios e iconoclastas, quienes inculcaron al joven Buckley los principios liberales, opuestos al igualitarismo y a la expansión del Estado.

El joven Bill cursó estudios superiores de ciencia política, economía e historia en la prestigiosa Universidad de Yale, donde adquirió fama de gran tertuliano, de amante de los debates y de apasionado por la batalla de las ideas. Se hizo famoso pronto, pues, poco después de cumplir veinte años, escribió su primer libro God and Man at Yale, en el que tuvo la osadía de denunciar el dominio marxista de las cátedras universitarias y la marginación de Dios y los principios morales y espirituales de la formación de los universitarios. El libro provocó una conmoción nacional, fue condenado por los gurus izquierdistas y los mandarines de la progresía del momento, pasando el joven Bill a ser conocido por el gran público estadounidense –y, en concreto, por la minoría conservadora asediada entonces por las políticas del New Deal.

Tras el éxito indiscutido de sus primeras aventuras literarias, Buckley colaboró con varios medios conservadores, especialmente con el mítico The Freeman y con The American Mercury, decidiendo finalmente, con el apoyo financiero de su padre William Buckley Sr. y el de un grupo de mecenas conservadores, fundar en 1955 la legendaria y todavía hoy viva National Review, con la que modernizó el conservadurismo norteamericano en torno a principios más directos, sin ataduras, atentos a la moral, intelectualmente sólidos y pedagógicos y políticamente incorrectos. El objetivo vital de William Buckley Jr. fue articular principios que propugnaran más libertad, menos estatismo, dejar hacer a los ciudadanos con responsabilidad y que articularan un conservadurismo como sistema de ideas y gozne intelectual que luchara por el interés nacional y por una mayor moralidad individual y cívica.

La National Review fue –y es- una publicación conservadora que, aparte de su habitual rigor, ofrecía –y ofrece- una lectura amena, divertida e irreverente. Su calidad literaria era –y es- parangonable a la de las revistas progresistas de gran circulación, como Time o Newsweek; e hizo uso Bill de la revista para reconciliar las facciones en liza del conservadurismo –libertarios económicos, tradicionalistas morales y halcones de la política exterior- en torno a una nueva filosofía basada en el anticomunismo, el libre mercado y los valores tradicionales judeocristianos. Se ha sólido decir que la National Review de Bill Buckley hizo respetable el conservadurismo purgándole del antisemitismo y de otros virus políticos.

La influencia del catolicismo que le inculcaron sus padres, William y Aloise, acompañó a Buckley toda su vida, siendo una persona profundamente creyente que, incluso con frecuencia, asistía en Connecticut a misas en latín. Una anécdota sobre su profundo catolicismo y su figura a lo Chesterton, se produjo cuando Juan XXIII publicó Mater et Magistra, una Encíclica muy crítica con Occidente, ante la cual Buckley se dejó llevar por su sarcasmo y su vehemencia, exclamando: “Mater, sí, Magistra, ¡de ninguna manera!”.

En definitiva, Occidente necesita un conservadurismo moderno y actual, que sepa dar respuesta a la multiculturalidad y al feminismo de género, que defienda y apoye una política moral y una moral política, que rebata la catastrófica influencia neomarxista en las Universidades y que cuestione la interferencia del Estado en la vida familiar y personal de los ciudadanos. La clave para este conservadurismo del siglo XXI, es bastante fácil y sencilla: inyectar la idea de la libertad en la mentalidad conservadora.

Jueces y objeción de conciencia ante Educación para la Ciudadanía

Por JOSÉ ANTONIO DÍEZ, en Ideal (Jaén), 16 de abril de 2008

NO hace mucho, un conocido profesor universitario vaticinaba que en los próximos años habría un auténtico ‘big bang’ de objeciones de conciencia. En España los hechos parecen darle la razón, y ¿de qué modo!

En los últimos meses, tres Tribunales Superiores (los de Asturias, Cataluña y Andalucía), han dictado sentencias contradictorias sobre recursos presentados por objetores a la polémica asignatura. Empleando un símil deportivo, se podría decir que el resultado provisional es de 2 a 1, a favor de quienes sostienen que la obligación de cursar Ciudadanía no excluye a ningún alumno.

El hecho en sí, no debería, sin embargo, resultar demasiado extraño, pues responde a la lógica judicial de asimilación gradual del reconocimiento o la extensión de derechos que presentan aspectos novedosos en algunas de sus facetas. No se trata de un fenómeno nuevo en la historia de la jurisprudencia: las leyes contra la esclavitud, las leyes antirraciales, el reconocimiento de los derechos de la mujer, las que protegen la intimidad de los ciudadanos, etc., se han abierto paso poco a poco y, tantas veces, en medio de dificultades y luchas. En general, el Derecho se suele mover más lento que las transformaciones sociales, y no siempre por un prurito de conservadurismo, sino por prudencia jurídica: la aceptación o la extensión de los derechos individuales, requiere un periodo de decantación hasta garantizar que su reconocimiento general no perjudique a valores como la igualdad ante la ley y la seguridad jurídica.

Volviendo al tema de la objeción de conciencia, nadie niega que el único supuesto regulado en la ley española es el de la objeción al servicio militar. Pero la ley, como cualquier jurista sabe, no es la única fuente del Derecho: también lo son -y de modo singular, en el terreno de los derechos humanos- las decisiones judiciales, los Convenios internacionales, etc. Precisamente, el reconocimiento de la objeción de conciencia en nuestro ordenamiento jurídico ha venido de la mano de los Tribunales: sucedió primero con los médicos y enfermeras, después con algunos funcionarios públicos y, en fecha reciente, con los farmacéuticos.

Cierto es que, hasta ahora, no existían pronunciamientos judiciales sobre un hipotético derecho a la objeción de conciencia en materia educativa; y la razón es bien sencilla: hasta la implantación de Educación para la Ciudadanía, nadie se había inquietado por la impartición obligatoria de una asignatura que -al menos para muchos- autoriza al Estado a interferir en el derecho constitucional de los padres de elegir para sus la educación ética y religiosa más acorde a sus convicciones, desde una postura ideológica determinada y dudosamente compartida por importantes sectores de la sociedad.

Los Tribunales Superiores de Cataluña y Asturias coinciden en dos puntos: el rechazo a ampararse en la objeción de conciencia para no cursar la asignatura, y la falta de pruebas para impugnarla, por no considerarla contraria al derecho a la libertad ideológica y de conciencia. No entran a analizar los contenidos y, en el caso, asturiano se da la paradoja de que, después de reconocer la posibilidad de la objeción de conciencia, y hablar de las posibles reticencias de los padres, se limita a reproducir los principios inspiradores de los Decretos que regulan EpC y, concluir que, de reconocerse un derecho genérico a la objeción de conciencia, sólo podría invocarse en la enseñanza práctica de la asignatura, en las clases. Hasta ahí las coincidencias.

El Tribunal catalán va más lejos: no se para en distinciones y concluye que la Constitución no reconoce (a los padres) «el derecho a imponer a la Administración educativa la exención de asignaturas obligatorias para sus hijos».

De modo bien distinto juzga el problema el TSJ de Andalucía, cuando indica que la falta «de reconocimiento legislativo de la objeción, no puede impedir su objetivo cuando están en juego derechos fundamentales», y precisamente «en los Reales decretos ( ) que establecen las enseñanzas mínimas, se emplean conceptos de indudable trascendencia ideológica y religiosa, como son ética, conciencia moral y cívica, valoración ética, valores o conflictos sociales y morales. Ante esta situación, es razonable que los demandantes, por razones filosóficas o religiosas que no tienen por qué exponer detalladamente […] pueden estar en desacuerdo con parte de la asignatura, y lógico que soliciten que se excluya de ella a su hijo».

Para el TSJC el único ámbito en que reconoce la ley la o. de c. es del servicio militar (art. 30 CE): «Fuera de dicha previsión no puede eficazmente alegarse las propias creencias o convicciones para imponer la exención al cumplimiento de las obligaciones, deberes, funciones o cargas impuestas por la Constitución o por la Ley. Por lo demás, no observan ni en las leyes nacionales ni en los convenios internacionales ni, por supuesto, en los argumentos de los recurrentes la existencia de un derecho a la exención de deberes generales motivada por la propia conciencia o a su prestación con el contenido o en la forma estimada conforme a las creencias personales».

Sin entrar en algunas incongruencias importantes de las que hace gala la sentencia del TSJC, lo más sintomático, a mi juicio, son los dos modos bien distintos de entender el papel del Estado y el de los ciudadanos en la consecución del interés público, una de las claves de la ‘democracia participativa’ moderna. La cuestión que se ventila aquí tiene consecuencias nada desdeñables: ¿es el ‘interés público’ patrimonio exclusivo del Estado, o bien puede y debe ser compartido con la acción de los ciudadanos?; dicho de otro modo, ¿hay o no unos derechos previos a la existencia del Estado cuya misión será protegerlos y extenderlos a todos los ciudadanos? Entiendo que este es un contexto muy adecuado para enfocar el debate sobre la deseable aspiración de un Estado que quiera implicar en su desarrollo a los simples ciudadanos. La sentencia del TSJA realiza, en este sentido, un análisis, a mi entender especialmente lúcido: «El interés público está en la garantía de los derechos, que al final es lo que justifica la existencia del Estado y sus potestades. Entre estos derechos están la libertad ideológica y religiosa ( ) y el derecho de los padres a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones ( ). La salvaguarda de estos derechos mediante la objeción de conciencia no pone en peligro el ordenamiento jurídico democrático, simplemente refleja su funcionamiento. En último caso, corresponde al legislador crear instrumentos para hacer compatibles esos derechos con que la enseñanza básica sea obligatoria y gratuita».

Al margen de consideraciones legales y sin la pretensión de sugerir que la razón jurídica tenga que decantarse a favor de una parte, por serias que sean sus motivaciones y vitales los intereses en juego (nada menos que el futuro de sus hijos), sería una grave irresponsabilidad despreciar a esos miles de padres de familia -que rompiendo una larga tradición de pasividad de la gente corriente de este país- se han implicado en una batalla en la que están arriesgando algo tan delicado como el futuro educativo de sus hijos. Conozco desde el inicio el movimiento de objeción de conciencia a EpC y puedo afirmar con rotundidad que no es un movimiento político, sino social, ciudadano, que no encaja en las limitadas categorías políticas al uso (sólo en fechas recientes, con cientos de recursos presentados, algunos representantes del PP han asumido políticamente las reivindicaciones de los objetores). Con una carencia absoluta de medios materiales y económicos han emprendido una lucha de ‘David contra Goliat’, y en menos de un año han alcanzado las 27.000 objeciones, siendo el fenómeno de objeción de conciencia más importante en toda la historia reciente de España, después de la del servicio militar. Este rasgo se está dando con particular agudeza en Andalucía, la Comunidad que más objeciones ha recibido, no sólo porque el currículo de la asignatura en esta Comunidad autónoma tenga más carga ideológica que el de otras, sino porque desde que surgieron las primeras objeciones, la Administración andaluza no ha hecho sino poner dificultades, ocultar datos sobre el número real de objeciones, negarse con razones peregrinas a tramitar la objeciones, inventar trámites legales inexistentes para poner piedras en el camino de los padres objetores, incluso amenazar abiertamente con el suspenso y la imposibilidad de promoción por no cursar ¿una! asignatura, y finalmente, revolverse con extraña virulencia contra la sentencia del TSJA.

Qué pueda decir el Supremo si, ante sentencias contradictorias, se viera precisado a unificar doctrina, es algo difícil de saber, por más que las profecías de algún brillante catedrático de Filosofía del Derecho auguren un negro futuro a los objetores. El problema no es tanto de convicciones éticas o religiosas, aunque sin duda motivan; sino el respeto a un derecho constitucional que es de los padres, no de la escuela, ni del Estado. En cualquier caso, y tratándose de una cuestión que toca directamente a derechos humanos, lo más razonable es que los Tribunales, amparándose en el principio constitucional no interpretar con criterio restrictivo los derechos humanos, se inclinen por la libertad: ‘in dubio, libertas’: en la duda, por la libertad.

miércoles, 9 de abril de 2008

La negación de la responsabilidad

Por Ignacio Sánchez Cámara, Gaceta de los Negocios, jueves, 27 de marzo de 2008

Cuenta Arthur Koestler en sus memorias una conversación con Sigmund Freud, viejo y exiliado en Londres. El autor de El cero y el infinito comentó no sé qué perogrullada sobre los nazis. El fundador del psicoanálisis se quedó pensando un instante, mirando con ojos ausentes los árboles a través de la ventana, y luego afirmó, de manera vacilante: “Pues, como usted sabe, están desatando la agresividad que se hallaba reprimida en nuestra civilización. Era inevitable que tarde o temprano ocurriera algo semejante”. Y concluyó con estas enormes palabras: “No estoy seguro de que, desde mi punto de vista, pueda censurarlos”.

Los debates morales actuales no enfrentan a dos o más concepciones alternativas de la persona. En ellos se oponen quienes, respectivamente, afirman o niegan la condición personal del hombre. No existe acontecimiento comparable a este proceso, que ya dura varios siglos, de negación de la realidad personal. Ni tampoco hay otro que produzca tan fatales consecuencias. Detrás de cada uno de los males que padecemos, oculta su rostro esta negación injustificada e injustificable de la libertad y de la responsabilidad del hombre por sus actos.

No deja de ser paradójico, aunque sea más razonable y natural, que justo cuando la soberbia humana conduce a la negación de Dios, se produzca no una exaltación de lo humano, sino su más brutal degradación, el descenso imparable en la escala zoológica. Y no faltan quienes aplauden y alientan todos los intentos de rebajar al hombre por debajo incluso del umbral de la animalidad.

Tampoco puede extrañarse que entonces se produzca la cosificación del hombre, su consideración como mera mercancía. Así, se regocijan ante todos los golpes infligidos a la dignidad humana, ya sean reales o ficticios, verdaderos o falsos: Copérnico, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud. Desde luego, no cabe negar que sienten nostalgia del animal ancestral. Su visión del hombre no es sino la proyección de su propio ser. Pretenden hablar del hombre pero sólo hablan de sí mismos.

La responsabilidad puede ser escamoteada por muchos motivos: el deseo irreprimible de caminar “a cuatro patas” ingresando en una confortable barbarie que algunos confunden con el paraíso perdido; el alivio de la angustia de sentirse libre y responsable de sus actos; la mera ignorancia; o el resentimiento que dictamina que el sabio y el ignorante, el bueno y el malo, valen lo mismo, ya que no existe ni libertad, ni mérito, ni culpa, ni responsabilidad, sino la más perfecta y absoluta igualdad.

Si todos somos puros mecanismos, entonces todos somos iguales. Nada daña a algunos tanto ni los deslumbra hasta la ceguera como la luz de la verdad. Es posible que no seamos absolutamente responsables de todo lo que hacemos, pero somos absolutamente responsables de lo que queremos. Freud era perfectamente coherente al dudar de que, “desde su punto de vista” pudiera censurar a los nazis.

Sus ideas se lo impedían. Desde luego, exhibió la mayor honradez intelectual. Si somos la obra ciega de pulsiones inconscientes y vivimos bajo el poder de dos tiranos, Eros y Tanatos, no queda hueco para la responsabilidad. El problema era quizá su punto de vista. Pero somos libres y responsables en una medida mucho mayor de la que usualmente se admite. Aunque, pese a ello, quizá nunca debamos juzgar a otro, si es cierto que toda subjetividad es maravillosa y sagrada, aunque sí sus acciones. Somos responsables, pero no jueces. Entonces, Freud habría expresado, aunque por motivos erróneos, una profunda verdad.

sábado, 5 de abril de 2008

La existencia "científica" de Dios

En una entrada anterior, La miseria de una ética inferior, se ha producido un interesante debate que ha ido decantando hacia la posibilidad (o no) de demostrar la existencia o inexistencia de Dios. Como pruebas científicas - en sentido propio- no se pueden aportar, he pensado que sería interesante hacer una relación de pruebas de científicos. Aquí sigue un ejemplo:

A. EINSTEIN: «A todo investigador profundo de la naturaleza no puede menos de sobrecogerle una especie de sentimiento religioso, porque le es imposible concebir que haya sido él el primero en haber visto las relaciones delicadísimas que contempla. A través del universo incomprensible se manifiesta una Inteligencia superior infinita».

Ch. DARWIN: «Jamás he negado la existencia de Dios. Pienso que la teoría de la evolución es totalmente compatible con la fe en Dios. El argumento máximo de la existencia de Dios, me parece, es la imposibilidad de demostrar y comprender que el universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre, hayan sido frutos del azar».

N. COPÉRNICO: «¿Quién, que vive en íntimo contacto con el orden más consumado y la sabiduría divina, no se sentirá estimulado a las aspiraciones más sublimes? ¿Quién no adorará al Arquitecto de todas estas cosas?».

T. A. EDISON: «Mi máximo respeto y mi máxima admiración a todos los ingenieros, especialmente al mayor de todos ellos, que es Dios».

HATHAWAY (padre del cerebro electrónico): «La moderna física me enseña que la naturaleza no es capaz de ordenarse a sí misma. El universo supone una enorme masa de orden. Por eso requiere una Causa Primera, grande, que no está sometida a la segunda ley de la transformación de la energía y que, por lo mismo, es sobrenatural».

W. VON BRAUN: «Por encima de todo está la gloria de Dios, que creó el gran universo, que el hombre y la ciencia van escudriñando e investigando día tras día en profunda adoración».

A. M. AMPERE: «¡Cuán grande es Dios, y nuestra ciencia, una pequeñez!».

I. NEWTON: «Lo que sabemos es una gota, lo que ignoramos, un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del universo no ha podido salir sino del plan de un Ser omnisciente y omnipotente».

K. F. GAUSS: «Cuando suene nuestra última hora, será grande e inefable nuestro gozo al ver a Quien en todo nuestro quehacer sólo hemos podido columbrar».

G. MARCONI: «Lo declaro con orgullo: soy creyente. Creo en el poder de la oración y creo no sólo como católico, sino como científico».

C. LINNEO: «He visto pasar de cerca al Dios eterno, infinito, omnisciente y omnipotente, y me he postrado de hinojos en adoración».

E. SCHRÖDINGER (premio Nobel de Física, creador de la Mecánica Ondulatoria): «La obra maestra más fina es la hecha por Dios según los principios de la mecánica cuántica».

K. L. SCHLEICH (célebre cirujano, descubridor de la anestesia local): «Me hice creyente por el microscopio y la observación de la naturaleza, y quiero, en cuanto esté a mi alcance, contribuir a la plena concordia entre la ciencia y la religión».

J. KEPLER: «Si Dios es grande, grande es su poder, grande su sabiduría. Alabadle, cielos y tierra. ¡Mi Señor y mi Creador! La magnificencia de tus obras quisiera yo anunciarla a los hombres en la medida en que mi limitada inteligencia puede comprenderla».

Sir Fred HOYLE (gran astrónomo y matemático): «El universo de las galaxias se dilata, y se crea continuamente en el espacio nueva materia para mantener constante la densidad media del universo, y esto exige la existencia de un Creador».

A. S. EDDINGTON (astrónomo y matemático inglés): «Ninguno de los inventores del ateísmo fue naturalista, sino filósofos mediocres. El origen del universo presenta dificultades insuperables, a no ser que lo consideremos sobrenatural».

J. Barón VON LIEBIG (químico y fisiólogo alemán): «La grandeza e infinita sabiduría del Creador la reconocerá realmente sólo el que se esfuerce por extraer sus ideas del gran libro que llamamos naturaleza».

E. WHITTAKER (investigador y catedrático de la Universidad de Edimburgo): «Cuando se investiga profundamente sobre el origen del universo, no hay más opción que convertirse al catolicismo».