sábado, 4 de julio de 2009

La nueva religión de los ateos

Por Felipe Fernández-Armesto, en El Mundo, 30 de junio de 2009

EL ATEÍSMO es un asunto perfectamente racional. En cambio, lo que carece de todo sentido es que el ateísmo se convierta en una especie de religión, hasta con sus propios ritos. Si el ateísmo es racional y la religión es superracional, el ateísmo religioso es subracional.

En la Europa de hoy, y especialmente en España, observamos las pautas de este nuevo evangelismo ateo, que se anuncia hasta en los autobuses, su creciente intolerancia hacia la libertad religiosa de los demás, y el ritualismo en formas tan variadas como la edición de misales laicos y la celebración, con solemnidades imitadas de las de la Iglesia, de bautismos y de bodas-brujerías que satirizan los sacramentos, recordando las misas negras de los resentidos del satanismo. Hay que respetar el ateísmo sincero, pero la religión atea es una ofensa tanto a creyentes como a ateos auténticos.

Entre las muestras más ridículas de la religiosidad atea están, desde mi punto de vista, las ceremonias de acogida civil a hijos recién nacidos -e incluso a los ya mayorcitos-,algo que me parece un insulto contra la dignidad de los niños. En España, una actriz y presentadora de televisión, conocida también por sus excelentes contribuciones a este periódico, acaba de protagonizar uno de estos ritos, llevando a su hijo pequeño ante el concejal madrileño Pedro Zerolo para que le leyese textos de la Convención Internacional de la Infancia y le declarase ciudadano.

Que un concejal tenga la caradura -incluso diría la insolencia- de proclamar ciudadano a quien ya lo es, me parece democráticamente inadmisible. Ni un concejal ni el Estado mismo tiene el derecho de nombrar a nadie ciudadano. Declarar en un caso concreto que un individuo ha logrado ese rango es una insensatez, ya que en una democracia moderna todos lo tenemos por el mero hecho de haber nacido. Para ser miembro de una Iglesia hace falta algo más: el reconocimiento de las obligaciones religiosas, la atestación de la comunidad, la santidad de los ritos tradicionales, etcétera. Ninguno de estos criterios es, ni puede ser, relevante en el caso de la sociedad civil.

Para padres que sean tan orgullosos que al tener un hijo quieran gritarlo al público, lo normal sería anunciarlo en el periódico. Y, si quieren celebrar la venida de ese niño al mundo, sería lógico que se limitaran a invitar a sus parientes y amigos a tomar unos aperitivos de un modo más o menos discreto. Y si lo que buscan son garantías del rango de ciudadano de su hijo, existe el registro civil de nacimientos. Pero recurrir a un burócrata y sufrir un discurso aburrido, banal e importuno del tipo que nos contó Cayetana Guillén-Cuervo que tuvo que aguantar de parte del señor Zerolo -«habló del derecho del niño a crecer feliz. Y de nuestro deber de educarle en el amor, el respeto, la igualdad, la libertad, la paz y una convivencia en armonía»- es, sencillamente, una extravagancia.

La idea de celebrar bautismos y bodas por parte del Estado nació en la Edad Moderna, coincidiendo con el periodo de gran lucha entre el Estado y la Iglesia para ejercer el poder supremo y soberano sobre la vida de todos los súbditos. Hasta entonces, el matrimonio era un arreglo de carácter privado, y los nacimientos eran momentos de alegría esencialmente personal. Ese Kulturkampf -combate cultural-, gracias a Dios, terminó con la victoria del Estado. A nadie se le ocurriría hoy en día, en una sociedad plural, que la Iglesia se ocupase de decir nada sobre quiénes se acuestan juntos ni de presenciar los momentos íntimos de quienes no sean creyentes. Por tanto, no existe ninguna razón -sino la de intentar ofender a los curas- para sustituir a ceremonias religiosas por ritos laicos.

Los revolucionarios franceses de los años 90 del siglo XVIII, quienes introdujeron los primeros rituales de casamiento y de acogimiento civil, no eran ateos, sino practicantes de la religión ilustrada del anticlericalismo y del Culto al Ser Supremo -una religión política que pretendía acabar con un clero independiente del Estado-. Por supuesto, a ellos les hacía falta un misal alternativo. Hoy por hoy, ni quedan adeptos al Culto al Ser Supremo, ni tienen los padres que someter a sus hijos a una farsa de ceremonia, ni hacer mofa de los sacramentos para distanciarse de la tradición religiosa.

Parece mentira que haya gente que desee que el Estado -que no tiene ningún valor moral- se involucre cada vez más en sus vidas íntimas. El gran logro de nuestras sociedades en los últimos 30 años ha sido que hemos podido escapar de los lazos del Estado. Hasta hemos conseguido imponer límites excesivos en su influencia o expulsarlo por completo de zonas de responsabilidad donde, francamente, necesitamos la intervención estatal, sobre todo, como ya reconocemos todos, en el arreglo de nuestras instituciones económicas.

Pero algunos parece que están especialmente contentos de la intervención del Estado en nuestras relaciones más profundas de amor y cariño, solicitándole licencias para compartir nuestras camas y vidas con otras personas, y ahora, cada vez más, pidiéndole que acoja oficialmente a los hijos que nazcan de tales uniones. Pues bien, no creo que mis relaciones con mi mujer se vuelvan más santos, ni más legítimos, ni más morales, ni más estimables por que se nos conceda un documentillo del Ayuntamiento. Ni pienso que mis hijos pertenecieran más profundamente a la sociedad civil, ni que su calidad de ciudadanos se viera afectada ni para bien ni para mal, por el hecho de haber conseguido la aprobación oficial de un concejal. Si no fuera católico, sería un ateo de veras y contemplaría con desdén y delicadeza todo ese trampantojo imitado de la momería religiosa.

Así que hay que buscar los motivos de esos ateos extravagantes, esos quijotes del ateísmo que se ponen armaduras anticuadas y se arremeten contra molinos de viento. ¿Se trata de un quijotismo puro o se fija una meta? ¿Qué gana esa gente recurriendo al Ayuntamiento con los hijos para que les oleen las palabras de un Zerolo?
Claro que el ateísmo tiene sus trampas lógicas, porque quien dice que no cree en Dios por pensar que es un concepto incoherente, comete el mismo error de falta de coherencia. Sería inútil insistir en que los ateos sean más razonables que los demás. Los derechos humanos incluyen el de hacer tonterías de vez en cuando. Seguramente, la gran mayoría de los que seguirán la moda en solicitar bautismos civiles lo harán tan inocentemente como irracionalmente. Así cometemos otras burradas, como comprar los libros de Dan Brown, escuchar la música de Paris Hilton, mostrar interés por las fotos pornográficas de Berlusconi o votar al PNV. Dejando aparte ese tipo de irracionalidad, sólo veo tres posibles motivos para solemnizar una ceremonia de acogimiento civil.

EL PRIMERO es el odio a la Iglesia o la exigencia de un fuerte anticlericalismo, que ha sido una tradición gloriosa en España, compartida por la mayoría de los católicos españoles y por no pocos santos. Si no hubiéramos mantenido una actitud de sospecha hacia la Iglesia institucional, es probable que hubiésemos caído en manos de una teocracia o lo que yo llamo la dictacura. Pero ya ha llegado la hora de tener piedad del sacerdocio y de perdonar a la Iglesia sus batacazos históricos. No existe a día de hoy ningún peligro de que la Iglesia vaya a ejercer excesivo poder. Al contrario, necesitamos más que nunca los servicios sociales y espirituales que nos prestan los curas y religiosas sin cobrar más que donativos voluntarios.

El segundo posible motivo es el étatisme, o estadismo, si existiera tal palabra en español. El Estado, las burocracias y las autoridadillas de los gobiernos regionales y municipales quieren poder, quieren registrar a todas las parejas -incluso las de los gays-, acoger a los recién nacidos, dar a nuestros hijos sus signos de aprobación, quitarnos el tabaco, exigir que nos sintamos culpables de beber alcohol, saber dónde estamos y qué hacemos a cualquier hora del día, señalar nuestros lugares de entierro, apoderarse hasta de nuestros cadáveres... Quieren, en definitiva, asumir de manera totalitaria la responsabilidad de edificar un mundo sano y moral. Hay ciudadanos que comparten esa visión y que se fían de la naturaleza moral del Estado. Mejor nos iría a todos si se centrara en cumplir con sus verdaderas responsabilidades y, cuando las cumpla bien, ya nos plantearemos concederle nuevas.

Por último, parece que el ateísmo se está convirtiendo en una religión, porque hay muchos ateos que reconocen la necesidad de la fe, porque la religiosidad y el anhelo hacia una vida ritual son parte de la naturaleza del ser humano. Por tanto, quieren disfrazar su falta de creencia detrás de la máscara de un maquillaje religioso, e inventar ritos advenedizos para suplantar aquellas tradicionales que no pueden controlar.

Si queréis religión, queridos ateos, quedaros con la de los curas. Porque la del señor Zerolo es aún menos digna de creer y de fiar.
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