sábado, 4 de julio de 2009

Racionalidad democrática

Por Alejandro Llano, en Análisis Digital, 18 de junio de 2009

La tarea de la España actual es la regeneración de la vida democrática

La democracia es el régimen político en el que la sociedad se rige por la razón y no por la fuerza. De ahí lo paradójico de que, en una democracia consolidada, el uso de la razón esté sofocado por el pragmatismo rampante o una ideología de cadencia totalitaria. Pongo un ejemplo cercano y patético. En plena campaña para las elecciones europeas, Leire Pajín anuncia un acontecimiento de alcance planetario: la coincidencia histórica de que dos políticos progresistas, Obama y Zapatero, dirijan los respectivos destinos de América y Europa.

Bajo algunos aspectos, vivimos en una democracia ficción. Los modos de pensar dominantes no reflejan una racionalidad humanista, según la cual el poder surge libremente de los ciudadanos, sino que las burocracias y tecnocracias intentan imponer ese “inmenso poder tutelar” que Tocqueville atribuía a la corrupción del régimen democrático.

Entre los conservadores rige aún la ilusión de que la razón económica es la decisiva para la toma de decisiones. Pero, como ha advertido Jesús Ballesteros, el economicismo es nihilista, pues se atiene a una lógica de medios de la que están ausentes los fines y valores que han de dar razón de las acciones humanas. Las limitaciones de este planteamiento se están palpando con ocasión de la crisis económica. Tras afirmar durante años que el avance de la economía y del management haría imposible otro episodio semejante al del 29, no sabemos a ciencia cierta cuáles son las causas de la actual situación y cómo se pueden remediar. Sólo hay algo seguro: el origen de la crisis se sitúa en un nivel más hondo que el vislumbrado por los modelos económicos y las técnicas empresariales.

Si precaria es la situación de las derechas, peor es la de las izquierdas europeas, que llevan años sin levantar cabeza. El hecho de que en España aún gobiernen los socialistas se debe a la penuria conceptual de los conservadores y a la escasa cultura política que arrastramos como pesada herencia de la dictadura franquista. Del marxismo que les inspiró durante décadas —y que abandonaron sin ninguna autocrítica— sólo les queda el determinismo económico que, paradójicamente, comparten con la derecha capitalista. Pero se mueven con prepotencia en el terreno ético y cultural, con un vocabulario ideológico supuestamente progresista que oculta su carencia de un paradigma intelectual que hoy pudieran defender públicamente.

La gran tarea de la España actual es la regeneración de la vida democrática. Lo perentorio de este cometido ha quedado claro, por si hiciera falta, en esta campaña electoral, especialmente con las intervenciones de Zapatero y sus colaboradores más próximos, que se han movido en vuelo rasante.

No bastan las apelaciones retóricas a la moral, sobre todo si se sitúan en ámbitos como la ética empresarial y la bioética. Porque el espectacular despliegue de la ética de los negocios ha coincidido con los grandes escándalos financieros; mientras que los principales valedores de leyes notoriamente injustas, como es el caso del proyecto de ampliación del aborto, son precisamente algunos de los que figuran al frente de comités de bioética. El paso del moralismo al inmoralismo es un movimiento tan repetido históricamente que no debe asombrar a nadie.

Precisamente porque estamos tocando fondo, es la hora de comenzar a plantearnos las cosas con hondura y radicalidad. La democracia no se puede fundamentar en el relativismo ni en la ausencia de valores; tampoco en la grandilocuencia de discursos ideológicos definitivamente archivados. Es preciso abrir espacios para el pensamiento político riguroso y para el despliegue de una vida cultural que no se confunda con el mecenazgo publicitario ni con ambiciones de alcance municipal. Una sociedad democrática es una sociedad culta y educada que no se alimenta de placebos ni traga lo que le echen. Ojalá las elecciones de este domingo primaveral supongan avances hacia una seria racionalidad humanista, no menguada ni arqueológica, inspiradora de una democracia que deje de ser ficticia.
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